Era tal cual como la imaginé, cabello largo, ojos negros, piel trigueña y un cuerpo de diosa como el mío. Si, me gustan las curvas, la carne, las tetas grandes. Mientras conversábamos de nuestros gustos y mi interés por intimar por primera vez con una mujer, podía ver su mirada escaneando mis ojos, mis labios, mis senos. Tenía una sonrisa lasciva como de quien ha iniciado su juego previo de forma mental y que seguramente, si todo salía bien, unas horas más tarde yo sería la protagonista.

Después de unas copas, me dijo que fuéramos a un lugar más íntimo. -Vamos linda, conozco un sitio aquí cerca. Te gustará. Acto seguido me guiño el ojo mientras mojaba sus labios con su lengua perversa. – Si, vamos – Contesté, tomando su mano la cual me ofrecía. El lugar era ambiguo, con pasillos estrechos y luz tenue. Como esos típicos burdeles donde el pecado, la perversión y el deseo andaban sueltos por cada rincón de ese lugar. Pidió las llaves en la recepción y seguí sus pasos hasta un quinto piso por unas escaleras igual de oscuras. En el ambiente se sentía un olor tenue a cigarrillo, licor, sexo y por supuesto mariguana. La combinación de estos olores generaba en mi repulsión y al mismo tiempo deseo. – Ven es aquí, pasa linda. No tengas miedo que no te voy a comer, ¿o sí? – soltó una pequeña risa traviesa. Sonreí nerviosa y entré a la habitación. La luz era roja y tenue como el resto del lugar, olía a canela y dulce. La cama era grande con un cubrecama rojo, las ventanas no tenían cortinas y se podía ver el exterior; las luces de la calle, los edificios, la gente. – Tranquila linda, ya he estado aquí y te aseguro que nadie ve hacia dentro. No tienes nada de qué preocuparte, – dijo. Mientras miraba hacia la calle, sentí sus manos en mis hombros, despojándome de mi chaqueta y luego acariciando mi cuello. Sentía sus suaves labios recorrerme de forma sutil mientras los nervios me consumían y la duda me martillaba la cabeza. – ¿Qué estoy haciendo aquí?, me preguntaba. Sus manos subieron por mis piernas bajando mis pantalones, mientras su boca no dejaba de besar mi cuello, donde unas horas antes le manifesté era mi punto más débil. Su lengua húmeda y caliente mojaba cada centímetro de mi oreja y no pude evitar dejar escapar un gemido. – ¿Te gusta? – preguntó. Mi subconsciente me traicionó al dar un sí como respuesta a semejante provocación. Sus manos apretaban mis tetas mientras mi cuerpo cobraba vida ignorando por completo la razón.

Luego pude sentir como su lengua entraba sin permiso a mi boca, buscando desesperadamente la mía a lo cual correspondí de forma automática. Mis manos, como títeres, la tomaron por la cintura para acercarla hacia mí, mientras apretaba su culo y sus caderas. – Tócame, no sientas miedo, ni pena. Estoy aquí para ti linda -. Fueron sus palabras mientras sujetaba sus tetas con mis manos, eran grandes y pesadas; un morbo empezó a surgir de mi interior hasta desabotonar su camisa, y acto seguido empecé a besar sus tetas. Me encantaba lamerlas, chuparlas, besarlas. Una vez liberadas del sostén, lamí sus pezones con delicadeza mientras escuchaba sus gemidos de placer, tomé cada una en mis manos y las succionaba por turnos. Las mordía con delicadeza de tal forma de no generar algún daño, pero en mi interior quería ser más salvaje. Mientras me entretenía con sus tetas, ella desabrochó su pantalón cayendo a sus pies. Lamí por el centro de sus pechos hasta el cuello y terminar en su boca con un beso degenerado. La miré a los ojos con deseo y acto seguido bajé por su pecho, besando lentamente cada centímetro hasta llegar a su sexo que yacía húmedo. Lo pude notar por encima de sus pantis.

Me arrodillé contemplando su rica vagina, grande y húmeda. Tocándola suavemente con mis dedos sobre su panti, me acerque para besarla con suavidad. Olía a sexo, a deseo, a lujuria; pasé mi lengua mientras de su boca salían gemidos lentos y luego con mis dedos hice a un lado la prenda para luego meter mi lengua. Se sentía suave al tacto con mi lengua, – ¿Te gusta puta?, – pregunté. Un gemido de placer fue su respuesta; seguí lamiendo hasta que sentía mi propio sexo palpitar de deseo, y me tocaba para aumentar mi éxtasis. Succioné su clítoris con hambre mientras gemíamos de placer, chupaba su sexo con hambre, con deseo y depravación. Abrí sus piernas para acomodarme mejor entre ellas y meter mi lengua en su interior. – Si, si, así me gusta, no pares linda, no pares. Lo haces muy bien, – decía entre gritos. Abrí su vagina para introducir mi lengua de principio a fin, – Que rico se siente, que perra eres, – dije. Mientras metía un dedo en su culo y lamia con fuerza su rica vagina que a cada paso humedecía mi boca y mi cara. Podía sentir como sus fluidos se mezclaban con mi saliva que viajaba hacia mi cuello humedeciendo mi pecho mientras mi vagina también se mojaba con cada lamida que daba. Su mano en mi cabello me encendió al punto de lamer con frenesí y succionar su clítoris cada vez más duro, – Así, justo así, no pares jueputa, no pares, ¡¡me vengo!!, – gritaba. Mientras mi dedo salía y entraba de su culo, me tragaba entera su vagina hasta sentir como convulsionaba, sus piernas temblaban y sus gritos ahogados de placer la derrumbaban al suelo. Sin dejar de lamer su vagina, sentía como sus piernas apretaban mi cabeza mientras ella gritaba que parara cosa que me negué a hacer., – Abre las piernas puta, no he terminado contigo, – dije a modo de orden. Y sin dejar de chupar con fuerza su clítoris que aún estaba duro y palpitante, introduje mis dedos en su interior estimulando su punto G hasta hacerla estallar de nuevo en un múltiple orgasmo; metía y sacaba mi lengua de su vagina ardiente tragando cada uno de sus fluidos hasta saciarme. Una sonrisa placida se dibujó en su rostro para recibir mis besos llenos de su leche hasta tragarlos entre lamidas y gemidos. Una vez recuperada del éxtasis, se acomodó entre mis piernas, pasando sus dedos en mi húmeda vagina – Que mojadita estás linda, hiciste un buen trabajo. Es mi turno ahora, relájate -.

Mi cuerpo estaba en llamas, sus leves roces eran una corriente eléctrica viajando por mis entrañas, su lengua inicio su recorrido desde mis tetas, que liberó del sostén y chupaba con ganas que me hacían gemir, – Más duro, chúpalas más duro que me encanta, – dije entre gemidos. Pegando su cara con fuerza hacia ellas mientras sentía sus grandes tetas rozar mi vientre con sus pezones duros. – Mierda que rico, no pares puta, no pares, – exclame con vehemencia ante tanta excitación. Su lengua jugosa viajó por mi abdomen hasta llegar a mi sexo y encontrarse con mi clítoris, el cual estimuló con sus pezones erectos hasta mi vagina. Gemí de placer y abrí mis piernas para recibir su lengua juguetona, sentía como chupaba y lamia al mismo tiempo haciéndome gritar de placer incontenido. – Eso perra, chupa así, con tu lengüita dentro de mí, – dije entre gemidos. Sus ojos me miraban con depravación y lujuria mientras su lengua subía y bajaba por mi vagina; dibujaba círculos por mis labios y los chupaba hasta estirarlos. Se hincharon de placer y enrojecidos de sangre los azotaba con su mano y yo me mordía los labios provocando el mismo efecto. Se tragaba mi vagina como un animal mientras yo apretaba y pellizcaba mis pezones duros y adoloridos del placer. – Trágatela toda puta, que rico me la mamas, – le decía mientras sentía como me excitaba más y más. Sus dedos estimulando mi punto G y sus ricas mamadas lograron lo inevitable. Estalle en un orgasmo finito y sin precedentes, nublando mis sentidos y aturdiendo mis oídos. Sentí que caía a un abismo a medida que seguía chupando sin parar hasta el punto de hacerme llorar de placer. Mis fluidos y su saliva caían en mi garganta como un néctar que no olvidaré mientras la conciencia me abordonaba en los lechos del placer.