Capítulo 1

La telaraña de Mariana

Adrián y su novia Sofía, Karen y su novio Ricardo, se ven envueltos en un juego de Twister que Mariana hermana de de Sofia dirige con reglas que desafían los límites. El alcohol y la música crean un ambiente cargado de tensión sexual, donde los roces casuales se vuelven intencionados y las miradas hablan de deseo.

El aire en el salón de juegos se siente pesado, cargado de una electricidad estática que nada tiene que ver con la tormenta que azota las ventanas. Adrián ajusta la lámpara de pie en la esquina, bajando la intensidad hasta que la habitación se baña en un crepúsculo dorado y violáceo. Las sombras se alargan, estirándose como gatos perezosos sobre el tablero de Twister desplegado en el centro de la alfombra. La música que provoca el deseo, suena a un volumen justo suficiente para vibrar en el pecho, un ritmo constante y latente que invita al movimiento, pero también al roce. Sobre la mesa de cristal, tres copas de vino y una selección de licores destilan condensación, testigos mudos de la configuración del tablero.

Sofía se encuentra de pie junto al sofá, sus dedos nerviosos jugando con el dobladillo de su vestido. Es una pieza de gasa casi invisible, de un blanco lechoso que bajo esta luz tenue se vuelve translúcido, revelando el contorno exacto de sus pechos jóvenes y la ropa interior de encaje negro que compró ayer por expresa instrucción de su hermana. Tiene dieciocho años, y su timidez se manifiesta en el rubor que asciende por su cuello cada vez que alguien la mira directamente. A su lado su amiga de colegio, Karen, de piel tan pálida que parece porcelana y con un vestido azul cielo igual de etéreo, se ríe tímidamente, cubriéndose la boca con la mano. Sus pezones rosados, duros por el frío del aire acondicionado o la anticipación, se adivinan nítidos contra la tela fina.

Ricardo, novio de Karen, se sienta en el borde del sofá, las piernas abiertas en una postura relajada que no logra ocultar la erección que empieza a abultar sus pantalones. Sus ojos recorren el grupo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en la hermana de Sofía. Mariana, por su parte, es la única que parece totalmente en control. De pie junto a la ruleta del Twister, su vestido rojo carmesí se adhiere a su cuerpo como una segunda piel, dejando al descubierto la longitud de sus muslos y la ausencia de ropa interior por debajo. Ella es la arquitecta de esta noche, la directora que nadie ha elegido pero todos obedecen.

—Bueno, chicos —dice Mariana, girando la flecha de la ruleta con un chasquido seco—, las reglas son simples. El que cae, pierde. Y como soy la anfitriona, yo decido las posiciones.

—Empecemos —propone Adrián, su voz ronca por la bebida.

Se colocan alrededor del tablero. Mariana se queda al lado, controlando el flujo del juego.

—Derecha, rojo —anuncia Mariana, mirando a Adrián.

Adrián se inclina, estirando su brazo derecho para colocar la mano en el círculo rojo más cercano.

—Izquierda, verde —dice Mariana, señalando a Sofía.

Sofía avanza un paso inseguro, su vestido subiendo ligeramente con el movimiento. Se inclina para poner la mano izquierda en el verde, quedando a escasa distancia de la cara de Ricardo. El aroma de su perfume, vainilla y sudor dulce, llega a la nariz de él.

—Izquierda, azul —ordena Mariana a Ricardo.

Ricardo se mueve con agilidad, cruzando el cuerpo de Sofía para alcanzar su posición. Al hacerlo, su cadera roza el hombro de la chica. Sofía se queda inmóvil, conteniendo la respiración, mientras la mano de Ricardo se posa firme en el círculo azul. El roce es casual, pero la intención en la mirada de Ricardo mientras mira a Sofía por encima del hombro es cualquier cosa menos casual.

—Derecha, amarillo —dice Mariana, ahora dirigiéndose a Karen.

Karen se estira, su vestido azul levantándose hasta la cintura, exponiendo el lencería de encaje blanco que apenas cubre sus nalgas perfectamente curvas. Adrián, que está justo enfrente, tiene una vista frontal privilegiada. Él no aparta la mirada; se clava en la tela fina que marca el pliegue de sus muslos. Karen se tambalea un poco al soltar la mano, y su pecho oscila, el pezón rosado frotando contra su vestido es observado por Adrian.

Mariana observa la escena con una sonrisa casi imperceptible. Nota cómo la respiración de Adrián se acelera. Gira la ruleta despacio, dejando que el suspense crezca.

—Izquierda, rojo —dice Mariana, mirando a Sofía.

Sofía intenta alcanzar el círculo rojo, pero está demasiado lejos. Tiene que estirar todo su cuerpo, pasando un brazo por debajo de las piernas de Ricardo, que está agachado. Al hacerlo, su vestido se desliza hacia arriba, dejando al descubierto sus nalgas cubiertas solo por una tanga negra de hilo dental. Ricardo siente el calor de su muslo contra su oreja. La vista que tiene es directa: la tela fina de la tanga se hunde en su carne, delineando los labios vaginales que se abultan por debajo.

Ricardo, por su parte, está en una posición incómoda, con las piernas abiertas para mantener el equilibrio. Mariana se acerca a él, fingiendo ajustar la posición de su pie, pero en realidad pasa su mano muy cerca de su entrepierna.

—Cuidado, Ricardo —susurra ella, con una voz que es miel y veneno—, no quieras caer tan pronto.

Ricardo muerde el labio, sintiendo el contacto cercano de los dedos de Mariana. Él mira a su novia Karen, que está frente a él, agachada y con el vestido subido y los pezones semiexpuestos.

—Derecha, verde —anuncia Mariana, ahora para Karen.

Karen se mueve para poner la mano derecha en el verde. Para hacerlo, tiene que abrir las piernas más, arqueando la espalda. El movimiento tensa la tela de su vestido sobre su pecho, los pezones rosados endurecidos clavándose en la tela. Adrián, que está justo debajo de ella, recibe el impacto visual de su entrepierna a centímetros de su cara. Puede ver la humedad oscureciendo el encaje blanco de su braga. El olor a excitación, ácido y salado, se mezcla con el perfume.

Sofía, atrapada en su posición, intenta no mirar, pero sus ojos se desvían hacia Adrian. Él está mirando fijamente el escote de Karen, pero cuando siente la mirada de Sofía, gira la cabeza hacia ella. Hay una complicidad instantánea, un pacto silencioso de lujuria compartida. Mariana lo ve todo. Ella es la telaraña, y ellos son las moscas.

—Izquierda, amarillo —dice Mariana, dirigiéndose a Adrián.

Adrián tiene que mover la mano izquierda. La única forma de alcanzar el amarillo sin caer es deslizarse por debajo de Karen. Al hacerlo, su hombro roza el interior del muslo de la chica. Karen suelta un gemido ahogado, un sonido gutural que la música casi cubre. Adrián siente la piel suave y caliente de su muslo contra su cuello. Su cara queda ahora entre las piernas de Karen, mirando hacia arriba, con la vista directa de la tela mojada de su ropa interior.

—¿Estás bien, Adrián? —pregunta Karen, su voz temblorosa.

—Perfecto —responde él, sin apartar la mirada.

Mariana gira la ruleta con más fuerza esta vez.

—Derecha, azul —ordena a Ricardo.

Ricardo se estira para poner la mano derecha en el azul. El movimiento lo lleva directamente sobre el cuerpo de Sofía. Su mano derecha aterriza en el círculo, pero su torso queda presionado contra el de Sofía. El pecho de él aplasta el de ella, sintiendo los pechos duros de la chica a través de la gasa y el encaje. Sofía levanta la cara, sus labios a milímetros de los de Ricardo.

—Disculpa —murmura Ricardo, pero no se mueve.

—No te preocupes —responde Sofía, su respiración entrecortada.

La presión de los cuerpos genera fricción. Ricardo mueve la cadera ligeramente, frotando su erección contra el vientre de Sofía. Ella corresponde al movimiento, levantando las caderas instintivamente para buscar más contacto. Nadie dice nada, pero el aire en la sala se siente denso, casi líquido. Mariana los observa, disfrutando de la tensión que ella ha orquestado.

—Izquierda, verde —dice Mariana a Sofía.

Sofía intenta moverse, pero está atrapada entre el suelo y Ricardo. Para alcanzar el verde, tiene que deslizar su cuerpo por debajo de Ricardo. El roce es total: pecho contra pecho, vientre contra vientre, muslo contra muslo. Sofía siente el miembro duro de Ricardo deslizarse sobre su pierna, dejando una estela de calor. Al finalizar el movimiento, el vestido de Sofía ha dejado expuesto, sus pezones, la cara de Ricardo queda a la altura perfecta para apreciar esos bellos pechos, a lo cual Sofía parece avergonzarse un poco.

Mariana se acerca al oído de Adrián.

—Dale un poco más de emoción, Adrián —susurra—, nadie está mirando… excepto yo.

Adrián, con la cara entre las piernas de Karen, decide arriesgarse. Mientras mantiene la posición de la mano en el círculo amarillo, usa su otra mano libre para «ajustarse» el pie. En el proceso, sus manos pasa rozando ligeramente las nalgas abiertas de Karen, ella se tensa, pero no se aparta. Al contrario, abre un poco más las piernas, invitando al avance. Los dedos de Adrián encuentran el borde de la braga de encaje. Con un movimiento sutil, desliza un dedo debajo de la tela, tocando directamente la piel húmeda y caliente de los labios de Karen.

Karen deja escapar un gemido más alto esta vez.

—Ay… —dice ella, tratando de disimularlo como un bostezo.

Ricardo, que está encima de Sofía, oye el gemido y mira hacia Karen. Ve la mano de Adrián desapareciendo bajo el vestido de su novia. Una oleada de celos se mezcla con una excitación brutal al contacto con el cuerpo de Sofía. Mariana capta la reacción de Ricardo inmediatamente.

Mariana sonríe. El intercambio ha comenzado.

—Izquierda, azul —anuncia Mariana a Adrián.

Adrián se mueve, obligando a Karen a cambiar de posición. Ella ahora está de espaldas a el, con las nalgas expuestas, formando una silueta perfecta en los glúteos expuestos de Karen. Adrian, aprovechando el movimiento, deja que su mano derecha «resbale» y aterrice en el glúteo perfecto de Karen. Lo aprieta fuerte, dejando una marca roja en la piel pálida. Karen grita sorprendida, pero es un grito de placer.

—¡Adrian! —exclama, riéndose nerviosamente.

—Lo siento, resbalé —miente él, pero su mano sigue allí, masajeando la carne blanda y palida.

Mientras tanto, Ricardo se ha colocado frente a Sofía. Ella está arrodillada, con el vestido subido hasta la cintura. Ricardo, al moverse para poner su mano en el azul, roza su pene erecto contra la cara de Sofía. Ella siente el calor y la dureza a través de la tela de los pantalones de él. Sofía, embargada por una valentía repentina, gira la cabeza y deja que su mejilla se presione contra la erección de Ricardo, inhalando su olor masculino.

Mariana observa cómo las máscaras de novios fieles se desmoronan. La música sube de tempo, impulsando el ritmo de sus corazones.

—Derecha, amarillo —dice Mariana a Karen.

Karen intenta alcanzar el amarillo, pero pierde el equilibrio. Caen todos en una cascada de cuerpos y extremidades. Ríen, jadeando, mientras intentan desenredarse. Pero nadie se separa realmente. Adrián termina encima de Karen, y Ricardo encima de Sofia.

—Creo que perdí —dice Karen, mirando a Ricardo con ojos vidriosos.

—Yo también —responde Sofía, acariciando el brazo de Ricardo.

Mariana se acerca al grupo, caminando con elegancia sobre el tablero desordenado.

—Bueno, parece que el juego se ha complicado —dice Mariana—. Pero no tienen que parar. Pueden seguir jugando… sin reglas.

Se agacha y ayuda a Adrián a levantarse, pero sus manos rozan el pecho de él. Luego se gira hacia Ricardo y le ofrece la mano, pero se queda de pie, obligándolo a mirar hacia arriba, hacia sus muslos y la falta de ropa interior bajo su vestido rojo.

—¿Qué dicen? —pregunta Mariana—. ¿Seguimos?

Adrián y Ricardo se miran. No hay palabras necesarias. La decisión está tomada por sus cuerpos, que gritan por más contacto, más fricción, más transgresión.

—Sigamos —dice Adrián, su voz ronca.

Mariana sonríe y se retira a la sombra, dejándolos en el centro de la alfombra. Ahora, las parejas que eran fieles, están invertidas. Adrián está junto a Karen, y Ricardo está junto a Sofía. La luz tenue oculta los detalles, pero realza las siluetas y los movimientos.

Adrián se acerca a Karen. Ella no se retrae. Le toma la mano y la guía hacia su entrepierna.

—Tócalo —susurra él.

Karen, con la mano temblando, desabrocha el botón de los pantalones de Adrián. Baja la cremallera lentamente, el sonido del diente recorriendo la tela parece un trueno en la sala. Libera su miembro, que salta erecto y palpitante. Karen lo mira, fascinada por el tamaño y la dureza. Envuelve sus dedos pálidos alrededor de la carne oscura y caliente, apretando suavemente. Adrián exhala un suspiro profundo, inclinando la cabeza hacia atrás.

Al otro lado, Ricardo no pierde tiempo. Se acerca a Sofía, que está sentada en el suelo con las piernas abiertas, mostrando la tanga mojada. Ricardo se arrodilla entre sus piernas y se inclina para besarla. Sofía responde con furia, pasando sus manos por el cabello de él y tirando de él para acercarlo más. Ricardo baja una mano hacia el centro de las piernas de Sofía, desplazando la tanga negra a un lado. Sus dedos encuentran el clítoris hinchado y comienza a frotarlo en círculos rápidos. Sofía se arquea, gritando contra la boca de Ricardo.

Mariana observa desde la oscuridad, bebiendo un sorbo de su vino. La escena es perfecta. El intercambio es total, y nadie parece recordar quién llegó con quién. El olor a sexo inunda la habitación, mezclándose con el alcohol y el perfume.

Adrián, con la mano de Karen masturbándolo lentamente, decide dar el siguiente paso. Le toma los hombros y la empuja suavemente hacia atrás hasta que ella está recostada en el sofá. Se levanta y se quita la camisa, revelando un torso musculoso brillante de sudor. Luego se baja los pantalones y la ropa interior, quedando completamente desnudo. Su pene se balancea en el aire, grueso y rojo.

Se acerca a Karen y le sube el vestido hasta la cintura. Ella se levanta las caderas para ayudarlo a que se lo quite por completo. Ahora está desnuda excepto por la braga de encaje blanco, que está empapada. Adrián se agacha y le quita la braga con los dientes, tirando de ella hacia abajo. Karen levanta las piernas, dejándolas al descubierto. Su piel es blanca como la leche, con un pequeño triángulo de vello rubio sobre el monte de Venus.

Adrián se coloca entre sus piernas. Guía su pene hacia la entrada de su vagina, que está brillando de lubricación. Karen mira hacia abajo, con los ojos muy abiertos, sosteniendo la respiración. Adrián empuja las caderas hacia adelante, penetrándola lentamente. Karen gime, sintiéndose estirada y llena. Él entra hasta el fondo, quedándose inmóvil un momento para que ella se acostumbre a su tamaño.

—Te sientes increíble —murmura Adrián, moviendo las caderas en pequeños círculos.

Karen aprieta los muslos alrededor de la cintura de él, arrastrando las uñas por su espalda.

—Mueve… por favor —suplica ella.

Adrián empieza a follarla con ritmo lento y profundo. Cada embestida hace que los cojines del sofá crujan. Karen levanta la cadera para recibirlo mejor, sus pechos rebotando con cada golpe. El sonido de la carne chocando contra la carne se suma a la música.

Mientras tanto, Ricardo ha despojado a Sofía de su vestido. Ella está tumbada en la alfombra, completamente desnuda, su piel brillando bajo la luz. Ricardo está encima de ella, besando sus pechos, mordisqueando los pezones cafes. Sofía pasa las manos por la espalda de él, animándolo.

—Quiero que me comas —le dice Sofía con voz suplicante.

Ricardo baja por su cuerpo, besando el estómago y el interior de los muslos. Separa los labios de Sofía con las manos y expone su clítoris, rojo y sensible. Baja la cabeza y empieza a lamerla con movimientos largos y planos de la lengua. Sofía grita, pasando las manos por el cabello de Ricardo, presionando su cara contra su entrepierna.

—Sí… así… —jadea ella.

Ricardo introduce la lengua dentro de su vagina, saboreando sus jugos. Sofía se retuerce bajo él, acercándose al orgasmo. Ricardo introduce un dedo, luego dos, mientras sigue lamiendo el clítoris. Sofía levanta la cintura, gritando su nombre mientras el placer la explota desde adentro.

—¡Ricardo! ¡Sí, sí, sí!

Ricardo no para hasta que ella deja de temblar. Luego sube por su cuerpo y la besa, permitiéndole probar su propio sabor.

—Ahora quiero que me folles —dice Sofía, mirándolo a los ojos.

Ricardo se quita la ropa rápidamente. Su pene está duro y goteando preseminal. Se coloca entre las piernas de Sofía y penetra su vagina húmeda y caliente en un solo movimiento profundo. Sofía gime, sintiéndose llena. Ricardo empieza a moverse con fuerza, embistiéndola con profundidad. Sofía levanta las piernas, envolviéndolas alrededor de su cintura.

Mariana sigue observando, pero ahora se siente excitada. La escena de dos parejas follando a escasos metros una de la otra, el sonido de los gemidos y los jadeos, el olor del sexo, es demasiado para resistirse. Se acerca más, caminando alrededor de los dos cuerpos entrelazados.

Se agacha junto a Adrián y Karen. Adrián está follándola con fuerza ahora, y Karen está gritando con cada golpe. Mariana le acaricia la espalda a Adrián y luego baja la mano hacia el ano de Karen. Rozo el orificio cerrado con el dedo, humedeciéndolo con los jugos que corren por la entrepierna de Karen.

—¿Te gusta? —susurra Mariana al oído de Karen.

Karen solo puede asentir, incapaz de hablar.

Mariana introduce el dedo suavemente en el ano de Karen. Karen grita de sorpresa y placer, apretándose más contra Adrián. Adrián siente el dedo de Mariana a través de la fina pared que separa la vagina del ano, lo que aumenta la presión y la sensación para ambos.

—Te está apretando mucho —dice Adrián, jadeando.

—Es porque le estoy metiendo un dedo en el culo —responde Mariana con una sonrisa pícara.

Adrián aumenta el ritmo, acercándose al clímax. Siente cómo sus testículos se contraen, listos para explotar.

—Me voy a correr —avisa.

—Dentro —dice Karen—, correrte dentro.

Adrián gruñe y empuja una última vez, profundo, liberando su carga caliente dentro del vientre de Karen. Él tiembla, vaciándose, mientras Karen lo abraza fuerte. Mariana retira el dedo suavemente.

Al otro lado, Ricardo y Sofía están en una posición similar. Ricardo está follándola con furia, y Sofía está gritando su placer.

—¡Más! ¡Más fuerte! —grita ella.

Ricardo la agarra por las caderas y la levanta, penetrándola desde arriba. Sofía se aferra a sus brazos, sintiendo cómo el pene de él golpea su cérvix.

—Me voy a correr —dice Ricardo.

—Sí, hazlo —suplica Sofía—, lléname.

Ricardo se estremece y eyacula dentro de ella, llenándola con su semen. Sofía siente el calor esparciéndose dentro de su cuerpo, lo que la lleva a otro orgasmo menor.

Los cuatro se quedan inmóviles por un momento, recuperando el aliento. El olor a semen y sexo es inconfundible en la sala. Adrián y Ricardo se retiran, dejando un rastro de fluidos en los muslos de las chicas. Karen y Sofía permanecen con las piernas abiertas, mostrando sus vaginas abiertas y goteando.

Mariana se levanta y se dirige a la mesa para servir más bebidas. Regresa con cinco copas.

—Brindemos por la amistad —dice Mariana, levantando su copa.

Los demás toman sus copas, bebiendo con sed. El alcohol les devuelve un poco de energía.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Sofia.

—Podemos descansar un poco —sugiere Karen—, recobrar fuerzas.

Se tumban en la alfombra, formando las parejas originales, pero el contacto sigue siendo cruzado. Adrián acaricia el pecho de Karen, y Ricardo mete su mano en las nalgas de Sofía. Mariana se sienta en el sofá, observándolos, su propia excitación creciendo. Ella no ha participado todavía, pero su turno se acerca.

La música sigue sonando, pero ahora es más lenta, más sensual. Las luces parecen más tenues, creando un ambiente de sueño y lujuria.

Se acomodan en la alfombra, usando cojines y mantas. Sofía y Karen se tumban una al lado de la otra, abrazadas, todavía desnudas y con los restos del sexo en sus cuerpos.

Adrián y Ricardo están medio dormidos, pero despiertan cuando sienten que Mariana les susurra.

Mariana se coloca en el centro, y empieza a desnudarse lentamente habiéndose quitado el vestido rojo. Su piel brilla en la oscuridad. Despertándolos por completo.

—Chicos —susurra—, todavía no hemos terminado.

Continuar PARTE II.

Los juegos del deseo

Twister: Los juegos del deseo II