Era un viernes por la noche en San José, Guatemala. El clima estaba fresco pero dentro de la casa de Aida y Rabí el ambiente se sentía cargado, tanto por el ron Zacapa que corría como por la tensión que siempre flotaba cuando nos reuníamos los cuatro. Kadel y Daniela habían llegado alrededor de las ocho de la noche con una botella de ron y unas cervezas. Rabí, el esposo de Aida, como siempre, estaba sentado en su sillón favorito de la sala con cara seria, control remoto en mano, viendo un partido de fútbol. No era un hombre abierto a experimentar. La sola idea de swingers o de que su esposa se pusiera demasiado “amistosa” con otros le molestaba profundamente. Por eso se mantenía distante, respondiendo con monosílabos y bebiendo su cerveza sin quitar los ojos de la pantalla.
Aida, por otro lado, era todo lo contrario. Esa noche llevaba un pantalón de lona azul oscuro que le marcaba sus caderas anchas y su culo chubby, y una blusa de mamá color beige, abotonada hasta el cuello, de esas cómodas que usan las mamás para estar en casa. A pesar de la ropa sencilla, se notaba el volumen de sus tetas grandes y pesadas, hinchadas de leche porque aún amamantaba a su bebé de dos años. El cabello negro le caía suelto sobre los hombros y sus lentes transparentes le daban ese aspecto de mamá decente que contrastaba brutalmente con la mirada cachonda que me lanzaba cada vez que Rabí y Daniela no estaban viendo.
Daniela, mi esposa, ya estaba bastante alegre. Sentada a mi lado en el sofá, reía fuerte con cualquier comentario, recostaba su cabeza en mi hombro y tomaba ron con Coca-Cola sin parar.
—Qué rico se siente estar aquí con ustedes —dijo Daniela, levantando su vaso—. Hace mucho no nos reuníamos así.
Rabí solo gruñó algo que sonó como “sí” y siguió viendo el partido.
Aida se levantó del sofá para servir más tragos. Al pasar frente a mí, rozó su muslo contra mi pierna a propósito. Sentí un escalofrío. Llevábamos varios meses con esta tensión silenciosa. Miradas largas, mensajes a escondidas y mucha provocación cuando nadie veía.
De repente, Aida puso cara de sorpresa y exclamó:
—Se nos está acabando el ron. Kadel, ¿me ayudás a traer unas botellas que tengo guardadas en el closet de la habitación? Están bien al fondo, casi no las alcanzo.
Rabí ni siquiera volteó. Daniela, ya bien tomada, hizo un gesto con la mano.
—Vayan pues, yo me quedo aquí platicando con Rabí.
Me levanté y seguí a Aida por el pasillo. El corazón me latía fuerte. Cuando entramos a la habitación matrimonial y ella cerró la puerta con seguro, el ambiente cambió por completo. El ruido de la sala quedó lejos. Solo se escuchaban nuestras respiraciones.
Aida se agachó frente al closet grande, buscando las botellas. El pantalón de lona se le ajustó perfectamente al culo, marcando sus nalgas redondas y carnosas. La blusa se le subió un poco, dejando ver la piel suave de su espalda baja.
No pude aguantar más y solté el comentario que tenía guardado:
—Puta, Aida… yo pensé que algo bueno venía a ver. Creí que por fin iba a poder ver tus tangas o algo interesante.
Ella se quedó quieta unos segundos, todavía agachada. Luego soltó una risita baja y se levantó despacio. Se volteó hacia mí con una sonrisa pícara, mordiéndose el labio inferior.
—¿Ah sí? ¿Querías ver mis tangas, Kadel? —preguntó con voz baja y provocadora, casi un susurro.
Sin decir nada más, se desabotonó tres botones de la blusa de mamá, dejando ver el canal profundo entre sus tetas. Luego bajó la mano hasta el pantalón de lona, abrió el botón y bajó un poco el cierre. Se bajó ligeramente el pantalón y el tanga negro diminuto quedó a la vista. La tela era tan fina que se le marcaba perfectamente la rajita de su panocha. Había una mancha oscura de humedad en el centro.
—¿Te gusta el que cargo puesto hoy? —susurró, pasando un dedo por encima de la tela mojada—. Me lo puse pensando en ti… y ya lo tengo empapado.
Mi verga se endureció al instante dentro del pantalón. Aida se acercó lentamente, pegando su cuerpo al mío. Puso su mano sobre mi bulto y empezó a sobarlo con la palma, sintiendo cómo crecía.
—Mirá cómo se te puso dura, cabrón… —murmuró cerca de mi oído, su aliento caliente—. Rabí nunca quiere hacer nada de esto. Dice que no le gusta compartir, que no es swinger y que esas pendejadas no son para él. Pero yo estoy bien caliente, Kadel. Llevo semanas pensando en tu verga.
Se arrodilló frente a mí sin perder tiempo. Me bajó el cierre, metió la mano y sacó mi verga gruesa, dura y palpitante. La miró con verdadero deseo, lamiéndose los labios.
—Qué verga tan rica y gruesa tenés… —susurró antes de escupirle y metérsela a la boca.
El calor húmedo de su boca me hizo soltar un gemido ronco. Aida empezó a mamar con ganas, lento pero profundo. Subía y bajaba la cabeza, girando la lengua alrededor de la cabeza, bajando hasta casi llegar a los huevos. Hacía ruidos mojados y babosos que llenaban la habitación. Con una mano me pajaba la base con fuerza y con la otra me acariciaba los huevos suavemente.
—Puta madre, Aida… mamás delicioso —gruñí, agarrándole el cabello con una mano.
Ella sacó mi verga un momento, con hilos gruesos de saliva colgando de sus labios y de mi cabeza, y me miró desde abajo con esos ojos grandes detrás de los lentes.
—Me encanta chupar verga a escondidas… sobre todo cuando mi esposo está en la sala viendo fútbol. Me pone bien puta saber que él está ahí y yo estoy aquí mamándote.
Volvió a metérsela con más ganas, haciendo que la cabeza le golpeara el fondo de la garganta. Empezó a babear abundantemente, saliva corriendo por su barbilla y cayendo sobre sus tetas. Yo tenía que morderme el labio para no gemir demasiado fuerte.
Después de varios minutos de una mamada intensa y babosa, Aida se levantó, me tomó de la mano y me llevó hasta la cama matrimonial.
—Acostate de espalda, mi amor —dijo con voz dulce pero llena de deseo—. Hoy mamá te va a consentir bien rico.
Me recosté. Aida se quitó la blusa de mamá completamente y desabrochó su brasier. Sus tetas grandes, pesadas y un poco caídas saltaron libres. Los pezones oscuros y grandes estaban hinchados. Luego se bajó el pantalón de lona y el tanga negro, quedando totalmente desnuda frente a mí. Su cuerpo chubby de mamá, con pancita suave, caderas anchas y piernas gruesas, se veía extremadamente cachondo.
Se subió a la cama, se acostó de lado junto a mí y presionó sus tetas calientes contra mi verga.
—Mirá cómo te voy a pajear con mis tetas llenas de leche —susurró.
Apretó sus dos tetas suaves y pesadas alrededor de mi verga y empezó a moverlas arriba y abajo. Al mismo tiempo bajaba la cabeza y me lamía la punta, chupando la cabeza cada vez que subía. La presión hacía que saliera un poco de leche tibia de sus pezones, que actuaba como lubricante perfecto, haciendo que mi verga se deslizara fácil y resbalosa entre sus chichis.
—Ay sí… ¿te gusta sentir mis tetotas así, Kadel? —gemía bajito—. Están bien llenas de leche… mirá cómo te las estoy mamando con ellas. Rabí nunca me deja hacer estas cosas.
El placer era brutal. La combinación de sus tetas suaves, la leche tibia y su boca caliente me estaba volviendo loco. Aida aceleraba el movimiento, apretando más fuerte, mirándome a los ojos con cara de pura puta.
—Quiero que te vengas rico, papi… quiero que me llenes estas tetas de tu leche caliente —me pedía entre gemidos—. Imaginate que Rabí y Daniela están allá afuera sin saber que estoy aquí, desnuda, pajéandote con mis tetas de mamá.
Yo ya no aguantaba más. Sentía que las bolas se me apretaban.
—Aida… me voy a venir —advertí con voz ronca.
—Venite, mi amor… tirame toda tu leche —respondió ella, acelerando el movimiento de sus tetas y su mano.
Con un gruñido profundo empecé a correrme fuertemente. Chorros gruesos y abundantes de semen salieron disparados, cayendo sobre sus tetas, su cuello, su barbilla y hasta en una mejilla. Aida siguió moviendo sus tetas y pajéandome con la mano hasta sacarme hasta la última gota, sonriendo satisfecha y cachonda.
Cuando terminé, ella tomó un poco de mi semen con los dedos y se lo llevó a la boca, lamiéndolo con gusto mientras me miraba.
—Qué rica leche tenés, Kadel… —susurró.
Nos limpiamos rápidamente con unas toallas que había en el baño de la habitación. Nos vestimos en silencio, todavía con la respiración agitada. Antes de salir, Aida se acercó, me dio un beso corto en los labios y me dijo bajito:
—Esto queda entre nosotros, ¿va? Rabí no puede enterarse nunca.
Salimos de la habitación como si nada hubiera pasado. En la sala, Daniela seguía riéndose de algo y Rabí seguía concentrado en el partido, sin la menor idea de que su esposa acababa de mamármela y pajearme con sus tetas llenas de leche en su propia cama.
Aida me miró de reojo una última vez y sonrió con complicidad. Esa noche inocente entre amigos había terminado siendo mucho más peligrosa y placentera de lo que cualquiera imaginaba.