Era un sábado tarde de julio.
Salimos a comer y a dar una vuelta por Castelldefels.
Bebimos mucho comiendo. Yo iba muy arregladita, con un vestido corto con brillantina, muy elegante. Se veían las piernas y la espalda.
Después de comer nos fuimos buscando un sitio para seguir bebiendo.
Subimos una escalera y yo me maté como siempre.
Le dije: «Mira que no venga nadie, que voy a mear», y me metí en un portal. Del portal salió un hombre adulto de mi edad, que se asustó más que yo.
Pero me dijo: «Tranquila, no pasa nada», aunque lo tienes precioso, y se rio.
Bueno, seguimos paseando. Pasó el día muy divertido como siempre, llegó la noche y nos fuimos a sentar a un parque oscuro para darnos el lote y excitarnos, como nos pone.
Nos sentamos en un banco, tomándonos, besándonos y tal.
Llegó un hombre, qué casualidad, que era el hombre del portal.
No nos veía porque estábamos en lo oscuro.
Se sentó en un banco y se encendió un cigarro.
Yo miré a mi marido, me bajé las bragas y se las di.
Le dije: «Espérate aquí y graba».
Me fui para el banco de él con un cigarro en la boca.
Me senté a su lado, abierta de piernas, y le pedí fuego.
Él miró mi entrepierna y se avergonzó, pero se le iba la vista. Sacó el mechero y me dio fuego.
Me dice: «Rubia, ¿no te cansas de enseñármelo?».
Y le dije: «¿Quieres tocar?».
Acercó su mano e imaginaros cómo lo acariciaba, hasta que me clavó sus dedos, mientras yo fumaba y le miraba su paquete, que cada vez se inflaba más.
Yo gozaba hasta que le pedí: «¿Quieres venir a lo oscuro? Está mi acompañante, pero como si no estuviera».
Fuimos y nos sentamos. Me arrodillé frente a él y le dije a mi marido: «Graba esto, cariño».
Le bajé la cremallera, se la saqué y me la comí como si nunca la hubiera comido, con ansia.
Qué gorda era… monster.
Me subí encima suyo y empecé a saltar hasta que explotó y me llenó. Después de una hora… qué rico.
Continuará…