Capítulo 2

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Historias penitenciarias.

Las ejemplificadoras prácticas de la sargento Tomasa.

Si bien transcurría una tarde apacible dentro del Establecimiento Penal n°2, el ambiente parecía cargado de una energía con mucha presencia.

La semana pasada luego de una requisa, hubo movimientos en los escalafones del personal y se reubicaron los mandos de otra forma.

Alguien que logró sacar partido de esto fue, ella…Tomasa, una Sargento Ayudante del servicio, mujer con mucho carácter y bastión importante dentro del penal, incluso con una reputación que hasta los reclusos reconocen.

Cabe destacar que Tomasa, a sus cuarenta años, es alguien que ha pasado casi dos décadas «en el barro» del sistema penitenciario, y su jerarquía de Sargento Ayudante no solo representa tiempo de servicio, sino la autoridad de quien sabe leer el pabellón antes de que ocurra un problema.

En un entorno como el Establecimiento Penal n°2, el ascenso o la reubicación de mandos suele dejar huecos de poder que solo alguien con la «muñeca» de Tomasa sabe aprovechar. Ella es el puente entre la rigidez del reglamento y la realidad cruda de la cárcel, tiene la edad suficiente para tener experiencia acumulada, pero aún mantiene la energía necesaria para imponer respeto.

Su reputación entre los reclusos es su activo más valioso, en el servicio penitenciario, ser un «bastión» implica que su palabra muchas veces pesa más que una orden escrita, porque se basa en un código de conducta que ambos lados de la reja entienden, por otra parte, sus muchos años de prácticas de artes marciales así lo confirman.

Pero ella, dentro de esa reputación de autoridad y respeto que tiene ganado a fuerza de trabajo y muchas veces, golpes, guarda también, algunos oscuros secretos.

Se sabe que su autoridad tiene también un costado distinto, ha hecho uso de esa autoridad en forma carnal en varias oportunidades.

En los rincones oscuros del penal, donde la vigilancia se vuelve ciega por conveniencia, ella ha convertido su mando en moneda de cambio, cobrándose en cuerpos la paz que garantiza con su sola presencia. Su dominio es total, domina el pabellón con el golpe y la voluntad con el deseo, tejiendo una red de lealtades y deudas que la vuelven tan peligrosa como aquellos que custodia.

La luz de los tubos fluorescentes del pasillo del Pabellón 4 parpadeaba con un zumbido eléctrico. Era la hora de la fajina, pero el aire estaba inusualmente denso. Tomasa caminaba con las manos entrelazadas en la espalda, el sonido de sus borceguíes rítmico, seco, como un metrónomo que marcaba quién era la dueña del tiempo ahí dentro.

Se detuvo frente a la celda 212. El «Rata» estaba sentado en el borde del camastro, con la mirada clavada en el suelo. Había un desorden que no era el habitual, un olor a miedo que Tomasa detectó al instante.

-“Rata, te encontraron una punta de diez centímetros en la requisa de ayer “ dijo ella, con una voz que no necesitaba elevarse para ser letal.

-“Sabés que eso te manda directo al buzón (aislamiento). Tres meses sin ver el sol, y sin las visitas de tu novia.”

El recluso levantó la vista. Tenía el labio partido. No era por la requisa, era por la interna del pabellón.

-“Sargento… usted sabe cómo es. Si no me calzo, me limpian, los reos del fondo me la tienen jurada” susurró el hombre, con la voz quebrada.

Tomasa no se inmutó.

Dio un paso hacia adentro, invadiendo el espacio mínimo del preso, la cámara de seguridad del pasillo tenía un punto ciego justo ahí, un detalle que ella conocía de memoria. Se acercó lo suficiente para que él sintiera el olor de su uniforme, un contraste violento con el hedor de la celda.

-“ Yo puedo hacer que esa punta desaparezca del acta. Y puedo hacer que «los del fondo» pasen una semana en el calabozo por una «falta disciplinaria». Vas a estar tranquilo.”

dijo ella, bajando el tono, casi como una confidencia.

El Rata tragó saliva, porque sabía que la protección de Tomasa no era gratis. No era justicia, era un intercambio. Ella le puso una mano en el hombro, una mano firme, técnica, la misma que podía dislocar una clavícula en tres segundos, pero que ahora se movía con una lentitud predatoria.

-“Pero ya sabés cómo funciona esto” continuó ella, rozándole el cuello con el dorso de los dedos.

-“La autoridad se respeta, y el respeto se paga, no te parece?.”

Tomasa arrimó la puerta de la celda desde adentro.

Afuera, el resto de los presos no veían ni escuchaban nada que ahí se hablara. En el Penal n°2, cuando la Sargento Ayudante cobraba sus impuestos, el silencio era la única ley que se cumplía a rajatabla, aunque muy a pesar de todo su accionar, ella era una autoridad respetada y querida dentro del establecimiento.

-“Mañana te voy a venir a buscar para un indagatoria, fíjate de estar “presentable”, si?” le susurró suavemente como para que no queden dudas al respecto.

Se fue a seguir su ronda, había trabajo que hacer aún antes de irse a la zona de descanso. Salió de la celda 212 ajustándose el correaje con un movimiento seco y preciso. Se acomodó el pelo, en un gesto típico de ella, y recuperó su máscara de piedra.

Mientras caminaba de regreso por el pasillo central, el eco de sus borceguíes sobre el cemento parecía dictar una sentencia. Los reclusos que estaban cerca de las rejas se alejaron instintivamente, evitando el contacto visual. Ella no miraba a nadie, pero lo percibía todo, el olor a tabaco barato, el susurro de una radio clandestina, el odio contenido que flotaba en el aire como estática.

Al llegar al final del pabellón, se cruzó con un guardia joven, un cabo que apenas empezaba a perder la mirada de civil. El muchacho se cuadró de inmediato.

-“¿Todo tranquilo en el cuatro, Sargento?” preguntó el cabo, tratando de que su voz sonara firme.

Tomasa se detuvo un segundo, lo miró de arriba abajo con una mezcla de lástima y autoridad, y apenas asintió.

-“El cuatro duerme, Cabo. Asegúrese de que siga así. Mañana a primera hora traiga al interno 212 a la oficina de guardia para una indagatoria administrativa. Yo misma voy a tomarle declaración.”

-“Entendido, mi Sargento.”

Tomasa siguió de largo hacia la zona de descanso, antes de cruzar la doble reja que separaba el mundo de los presos del de los guardias, se miró las manos. Estaban limpias, pero sentía el peso de la «muñeca» que tanto le costó construir. En el penal, el descanso era un lujo de los débiles, y ella no pensaba permitirse ni un segundo de debilidad.

Todavía tenía que revisar los turnos de la requisa de medianoche, el poder no solo se cobraba, también había que vigilarlo.

La oficina de la guardia en el Penal n°2 era un espacio gélido, con paredes descascaradas y el olor penetrante a tabaco rancio y café recalentado. A esa hora, el resto del personal estaba ocupado con el recuento matutino, dejando a Tomasa en un silencio absoluto, solo interrumpido por el zumbido de un ventilador de techo que giraba lento.

El Rata entró escoltado por el cabo joven. Se lo veía distinto, se había afeitado con un pedazo de jabón y agua fría, y su uniforme, aunque viejo, estaba prolijamente acomodado. El miedo seguía ahí, pero ahora estaba camuflado por una sumisión que parecía devoción.

-“Déjenos solos, Cabo. Cierre la puerta y que nadie interrumpa. Es un tema de seguridad interna, yo después lo llevo nuevamente a su celda” ordenó Tomasa sin levantar la vista de unos formularios que, en realidad, no estaba leyendo.

Cuando la puerta se cerró, el ambiente cambió. Tomasa dejó la lapicera sobre el escritorio de metal y se reclinó en su silla, observándolo.

-“Te ves… presentable “ dijo con una sonrisa gélida que no llegaba a los ojos.

-“ Me gusta que seas aplicado porque además sos un chico lindo. Sentáte!! .”

El preso se sentó en la silla de madera frente al escritorio, al borde del asiento, con las manos entrelazadas entre las rodillas. Tomasa se puso de pie y caminó hacia la ventana enrejada que daba al patio interno, donde los otros reclusos empezaban a salir al sol.

-“Ya hice los arreglos, el acta de la requisa de ayer fue modificada. Y a los del fondo… bueno, tuvieron un altercado en las duchas hace media hora. Van a pasar unos días en los buzones. Vas a tener aire para respirar tranquilo, Rata.”

Se dio vuelta y se apoyó contra el borde del escritorio, invadiendo el espacio personal del hombre. Su pierna, enfundada en el pantalón táctico, rozó la rodilla del preso.

-“Pero tenés que entender algo. Esto no es un favor, es una inversión. Y hoy, hoy quizás la indagatoria vaya a ser larga.”

Abrió el primer cajón del escritorio y sacó un paquete de cigarrillos importados, un lujo imposible para alguien de la condición del Rata. Le encendió uno y se lo puso en los labios con una delicadeza casi maternal, que resultaba más aterradora que un golpe.

-“Fumá tranquilo que después vamos a pasar al cuarto de atrás, el que no tiene ventanas. Quiero que me cuentes «en detalle» todo lo que pasa en el Pabellón, todo…”

El Rata inhaló el humo, temblando. Sabía que la información era solo la excusa para lo que vendría después. Tomasa no solo quería su cuerpo o sus datos, quería la confirmación de que, dentro de esos muros, ella era la dueña de su voluntad.

Él terminó su cigarrillo, y ella sin decir palabra le hizo seña que pase al cuarto, él accedió mansamente. Entró dócil, casi arrastrando los pies. El cuarto era un caos de papeles amarillentos y trastos olvidados, un rincón que olía a cuero viejo y a ese tabaco rancio que se pega en la garganta. En el centro, un camastro desvencijado parecía ser el único testigo de lo que estaba por pasar.

Tomasa no se anduvo con vueltas. Sin mirarlo, soltó la orden como quien dicta una sentencia

-“¡Desvestite!”

Él quitó lentamente sus ropas, mientras ella desabrochaba los cordones de sus borcegos de cuero. Se los quitó y dejó a un costado, quitó su remera azul penitenciaria y su corpiño quedándose solo con el pantalón. Se dio vuelta y mirándolo a los ojos le preguntó socarronamente.

-“¿Qué ves? “le soltó, desafiante.

El Rata no pudo evitar que los ojos se le escaparan hacia sus pechos. El miedo y la fascinación peleaban en su cara.

-“Tus pechos… Sos mucha mujer, Sargento.” balbuceó, tragando saliva.

Ella acortó la distancia con una sonrisa que no tenía nada de amable.

-“¿Y qué esperás para tomarlos? ¿O tengo que darte una orden para eso también?”

Con las manos temblando, él estiró los dedos y apenas rozó la piel de ella. El suspiro de Tomasa fue profundo, casi un rugido contenido. En un arrebato de impaciencia, ella le atrapó las manos y se las hundió contra la carne con fuerza bruta.

-“Así… con ganas, como si después de esto de verdad fueras capaz de cogerme.” le gruñó al oído.

La atmósfera en el depósito se volvió espesa, densa.

El Rata, empujado por esa mezcla de mando y deseo, olvidó el miedo. Se abalanzó sobre sus pezones con una furia hambrienta mientras la mano de Tomasa bajaba directa a su entrepierna. Al rodearlo con los dedos, la sargento dejó escapar un brillo de auténtica sorpresa en los ojos.

-“Me dijeron que estabas bien armado, pero esto supera el informe…” sus ojos brillaron de lujuria.

Lo empujó hacia una de las sillas viejas.

El mueble crujió bajo el peso del joven, pero el ruido se perdió cuando ella se le sentó a horcajadas, sellando sus bocas en un beso desesperado que sabía a urgencia y prohibición. El beso se volvió una lucha de alientos y mordiscos, Tomasa, con la espalda arqueada y las manos enterradas en el pelo del Rata, lo obligaba a mantener el contacto mientras sus caderas empezaban un vaivén lento y pesado sobre su regazo.

El roce de las telas y la piel encendida generaba un calor que parecía derretir el aire viciado del depósito. Ella de un empujón se separó del muchacho, y arrodillándose entre sus piernas tomó el grueso miembro con ambas manos, y mirándolo extasiada, exclamó

-“No puede ser más hermosa, de haber sabido que tu verga era así te hubiese vuelto loco antes jaja” rió con ganas

Sin dejar pasar un segundo sumergió esa bestia dentro de su boca saboreándola en todos los sentidos, su lengua recorría febrilmente cada detalle que el enorme glande y sus venas le proporcionaban, todos y cada uno de los accidentes topográficos de su anatomía eran objeto de una dedicación húmeda sin precedentes.

Se paró y con su boca babeante le ordenó al joven

-“Desvestíme!”

Él, ya poseído por un instinto que borraba cualquier rastro de sumisión, prácticamente arrancó su pantalón y su ínfima tanga, llevó sus manos a los muslos de la sargento y la acercó a su cuerpo con determinación, y besando tiernamente el pubis de Tomasa que ya deliraba de excitación, la atrajo hacia si, la levantó apenas unos centímetros, lo suficiente para acomodarla, y ella, clavando sus uñas en los hombros del joven cuando sintió la piel desnuda de él buscándola con desesperación se dejó caer, recibiéndolo sin reparo.

Toda la extensión de esa “belleza” carnal se hundió en el cuerpo de Tomasa en un solo golpe, que sintió como si la partieran en dos, sus piernas flaquearon temblando constantemente y un sollozo ahogado escapó de su garganta apagándose contra el cuello del joven.

El ritmo en el depósito se volvió frenético, una coreografía de piel, sudor y desesperación entre el polvo y los papeles viejos. El Rata, con las manos firmemente hundidas en las nalgas de la sargento, la elevaba y la recibía con embestidas que hacían que la vieja silla de madera chillara en una protesta constante.

Tomasa ya no daba órdenes, ahora solo emitía sonidos guturales, aferrándose al cuello del joven como si fuera lo único sólido en un mundo que se deshacía. Sus pechos chocaban rítmicamente contra el pecho de él, y el sudor hacía que sus cuerpos se deslizaran con una fricción eléctrica.

-“¡Seguí! No pares, dáme… más!” alcanzó a gemir ella, con los ojos en blanco y los dientes apretados.

El joven sintiendo que la tensión en su bajo vientre llegaba al punto de no retorno. La imagen de la sargento, tan poderosa y a la vez tan entregada a su propio placer sobre él, lo empujó al abismo. Apretó los dientes, agarró los muslos de Tomasa con una fuerza casi dolorosa y levantándose con ella encima la tiró de espaldas sobre el camastro.

Con ella debajo suyo pero aún aferrada cual garrapata, comenzó a embestirla sin miramientos en una fricción interna sin límite, hasta que soltó un gruñido profundo mientras su cuerpo se tensaba en un espasmo violento, abrió el grifo de su fertilidad en una inmensa oleada de viscosa esperma que inundó el interior de la sargento automáticamente.

Ella lo siguió de inmediato, el grito ahogado quedó atrapado en su garganta mientras sus músculos internos lo rodeaban en una serie de contracciones rítmicas y potentes. Se desplomó hacia atrás, jadeando con una fuerza que hacía que sus pulmones ardieran, mientras el eco de sus respiraciones agitadas era lo único que llenaba el pequeño depósito.

Se quedaron así unos segundos, fundidos en un abrazo húmedo y pesado, mientras el olor a tabaco rancio y sexo impregnaba el aire. La jerarquía había quedado reducida a cenizas en ese rincón olvidado.

Tomasa tomó el rostro de su joven amante y comenzó a besarlo tiernamente, era una imagen tierna que se desdecía de como ella se mostraba siempre, en un suave susurro le agradecía por lo hecho.

El Rata, todavía aturdido por la descarga y la intensidad de la sargento, no sabía cómo reaccionar ante esa vulnerabilidad inesperada. La mujer de hierro, la que hacía temblar los pabellones con solo un taconazo de sus botas, ahora lo acariciaba con una delicadeza que le resultaba casi irreal.

-“No me mires así, pibe. Acá adentro soy la ley, pero acá entre estos papeles viejos… acá solo somos piel. “

susurró ella contra sus labios, depositando un último beso.

Esa ternura duró lo que un suspiro en el corredor. Poco a poco, la respiración de Tomasa se fue normalizando y sus ojos recuperaron ese brillo de mando que la caracterizaba. Se separó de él con lentitud, sintiendo el rastro de la entrega del joven todavía cálido en su interior, y buscó su ropa tirada en el suelo.

Sin decir más, comenzó a vestirse con movimientos mecánicos y precisos. El Rata la observaba desde el camastro, todavía desnudo y con el corazón galopando. El silencio en el depósito volvió a ser pesado, pero ya no por el deseo, sino por la realidad que golpeaba la puerta.

Tomasa se ajustó el cinturón, se calzó la remera azul y, antes de ponerse los borcegos, se volvió hacia él.

La sargento había vuelto, pero en la comisura de su boca sobrevivía el rastro de una sonrisa satisfecha.

-“Arregláte y vestite! Tenés que volver a tu celda por hoy…” le ordenó, recuperando su tono seco.

Dos días después en otra requisa importante organizada, la ley y los oficiales penitenciarios golpearon fuerte a una organización de narcos que, desde el centro mismo del penal, organizaban la venta en el exterior de forma continua, un sinnúmero de redes delictivas que confluyen en un ser oscuro que se encuentra dentro del penal y comanda todo.

“El Turco”, como lo apodaban con una mezcla de miedo y respeto, ni siquiera necesitaba levantar la voz para que las órdenes se cumplieran.

Su celda, a diferencia de los camastros húmedos de los demás, era una oficina improvisada de poder, blindada por la lealtad comprada de unos y el terror de otros.

Tomasa, con el uniforme impecable, era parte integrante de la gente que lideraba el operativo. Sus botas resonaban contra el cemento, marcando un ritmo que hacía que los internos se pegaran a las rejas. La sargento sabía que golpear a la red del Turco era meterse en un avispero, pero también era la única forma de mantener su propia autoridad frente a los altos mandos que exigían resultados.

Mientras los guardias sacaban colchones y derribaban muebles falsos, Tomasa se detuvo frente a la celda del líder. Él, sentado con una tranquilidad exasperante, la miró fijamente.

-“Usted siempre tan eficiente, Sargento “ dijo él con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

-“Pero sabe mejor que nadie que en este penal, las cosas nunca quedan así, sin respuesta…”

Tomasa no respondió. Sus ojos buscaban restos y evidencias entre la multitud de presos que eran sacados al patio, instantes antes de ladrar una orden a sus subordinados.

-“¡Sigan buscando! No quiero que quede ni un solo gramo, ni un solo celular, ¡nada sin requisar!” gritó, con su voz cortando el aire como un látigo.

Ella estaba sin dudas obstinada a ir por todo sin importar las consecuencias. Tenía que buscarle al Turco un lado flaco dónde poder golpearlo para que se caiga y eso es lo que buscaba denodadamente.

La tensión en el pabellón era eléctrica. Ella sabía que el Turco no era un preso común, era un estratega que manejaba los hilos del penal con la precisión de un relojero. Mientras sus hombres destrozaban el mobiliario de las celdas VIP, ella se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal del líder.

-“ No me corras con amenazas Turco, ya no estás en la calle te crees el dueño de los muros, pero te olvidas de quién tiene las llaves.”

De repente, un grito de uno de los guardias interrumpió el duelo de miradas.

-“¡Sargento! Encontré algo en el hueco del mueble.”

Se trataba de un pequeño cuaderno de tapas negras, envuelto en plástico grueso, al abrirlo, los ojos de Tomasa brillaron con una mezcla de triunfo y peligro, no eran solo números de ventas, eran nombres de personal jerárquico y registros de pagos que involucraban a gente de afuera que ella no esperaba encontrar.

El rostro del Turco se transformó. La sonrisa desapareció, reemplazada por una máscara de odio puro.

-“Ese cuaderno es tu sentencia de muerte, Sargento. Si eso sale de este pabellón, no vas a tener rincón en el mundo donde esconderte.” susurró él, esta vez sin una pizca de ironía.

-“Turco, ambos sabemos que el fiscal se va a hacer una panzada con esa información, y vos, si no cooperas, vas a pudrirte acá dentro de por vida. Así que no me amenaces porque no estoy yo sola en esto” ella espetó con una sonrisa entre dientes.

Tomasa lo observó mientras él permanecía sentado, parecía imperturbable, conocía bien el perfil del Turco, su fe no era solo una cuestión espiritual, sino el pilar de su autoridad.

En su interpretación del islam, el orden del mundo era inamovible, y su posición sobre el sexo y las mujeres era imperativa y dominante. Para él, una mujer con uniforme era una anomalía, una mujer dándole órdenes, una ofensa a su credo y a su hombría.

Esa rigidez era, precisamente, lo que Tomasa planeaba explotar. Sabía que para un hombre que veía el control sexual como una extensión de su poder divino y terrenal, ser doblegado por una mujer no era solo una derrota táctica, sino una humillación existencial.

-“Por cierto, tu religión habla de sumisión, Turco. Pero acá adentro, el único dios al que vas a tener que rendirle cuentas cuando se te acabe el negocio, somos nosotros.” dijo ella, manteniendo el cuaderno negro aún en sus manos.

El Turco tensó la mandíbula.

El hecho de que Tomasa, una mujer que él consideraba inferior por naturaleza, hubiera invadido su celda y profanado sus secretos, lo hería más que cualquier golpe físico. Para él, el sexo y el poder eran lo mismo, dominación. Y ver esa dinámica invertida en manos de la sargento le resultaba intolerable.

-“Usted no entiende nada de leyes sagradas, Sargento.

Hay cosas que el cuerpo reclama y que el espíritu ordena. Usted cree que tiene el mando porque lleva un arma, pero en la oscuridad, todos los hombres sabemos quién nació para mandar y quién para obedecer.” respondió él con una voz gélida.

Ella no se inmutó, sabía que esa verborragia misógina era el mecanismo de defensa de un hombre que se sentía acorralado.

Tomasa hizo una señal seca con la mano, indicando el fin del operativo. Los guardias comenzaron a retirarse, arrastrando las pertenencias incautadas y empujando a los presos de vuelta a sus celdas entre gritos y empujones metálicos.

-“¡Despejen el área! ¡Todo al depósito de efectos!” ordenó ella, sin quitarle la vista de encima al Turco.

Él permanecía en su lugar, recuperando su espacio profanado con una lentitud ceremonial, como si tratara de limpiar el aire con su sola presencia.

Ella se acercó a él y en un susurro mirándolo a los ojos dijo

-“Tranquilo Turco, nos volveremos a ver.”

Dio media vuelta y salió del pabellón, escuchando el eco de sus propias botas, pero su mente ya estaba trazando el plano de la próxima jugada.

Para quebrar a un hombre que se creía ungido por una ley superior, necesitaba algo más que papeles, necesitaba entrar en su cabeza, en ese espacio donde su fe y su deseo de control se mezclaban. Sabía que el Turco, a pesar de su fachada de rectitud religiosa, no era inmune a las pulsiones que gobernaban el penal.

Se miró en el espejo del baño, se acomodó el pelo tirante y se limpió una mancha de polvo del uniforme, la adrenalina de la requisa había mutado en una curiosidad peligrosa. Quería volver a verlo, pero no con la guardia de apoyo ni ante las cámaras de seguridad, quería un encuentro a solas, en la penumbra de alguna oficina o en el silencio de los traslados nocturnos. Necesitaba ver cómo esa mirada imperativa y su doctrina de dominio se desmoronaban cuando no tuviera a sus soldados cerca.

Quería probar si, ante ella, el Turco seguía siendo un líder sagrado o si terminaba siendo solo otro hombre más atrapado por la piel y el encierro.

Aprovechando la situación de una guardia, pensaba actuar. Esa noche donde el turno de las tres de la mañana, que era el favorito de Tomasa, porque los ruidos de los pabellones se apagaban, dejando solo el lamento de las tuberías y el murmullo lejano de algún preso que hablaba entre sueños.

Se quitó el cinturón con la cartuchera para evitar el ruido del cuero y el metal, dejando solo la linterna y las llaves maestras. Caminó por el corredor del Pabellón 7, donde el olor a encierro se mezclaba con el de la cera barata.

Al llegar a la celda del Turco, no encendió la luz. Dejó que sus ojos se acostumbraran a la penumbra, filtrada apenas por la luna que entraba por los ventiluces altos.

El Turco no dormía, estaba sentado en el borde de su camastro, con la espalda recta, sumido en una oración silenciosa o quizás simplemente esperando. Al sentir la presencia, levantó la cabeza. El brillo de sus ojos en la oscuridad era el de un animal que sabe que el cazador ha entrado en su territorio.

Tomasa hizo girar la llave con una suavidad quirúrgica y entró, cerrando la reja tras de sí sin trabarla del todo.

El espacio era asfixiante, cargado de una tensión que se podía palpar.

-“¿Vino a confesar sus pecados, Sargento, o a buscar los míos? “ la voz del Turco sonó profunda, sin el rastro de arrogancia que mostraba frente a sus hombres.

-“Debo admitir que es una mujer valiente….es admirable”

Ella se acercó hasta quedar a centímetros de él.

Podía oler el sándalo que, de alguna manera, él conseguía filtrar en el penal. Era un aroma que chocaba violentamente con la realidad del lugar.

-“Vine a ver qué queda del profeta cuando se apagan las luces” susurró ella, desafiante.

Se mantuvo de pie, obligándolo a mirar hacia arriba desde su asiento, sabía que para él tener a una mujer invadiendo su refugio nocturno, de pie sobre él, era el desafío máximo a su doctrina.

El Turco se puso de pie con una lentitud amenazante, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban. Su postura era imperativa, intentando recuperar el control del aire que ambos respiraban.

-“Usted juega un juego peligroso Sargento. Jugar con la voluntad de un hombre que cree que su destino ya está escrito es como intentar frenar la marea con las manos.” dijo él, bajando el tono hasta convertirlo en una caricia áspera.

Tomasa no retrocedió ni un milímetro.

En lugar de eso, sostuvo la mirada, dejando que la cercanía física se convirtiera en un arma. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo del Turco, una energía contenida que vibraba con la misma intensidad que su dogmatismo. El aire en la celda se volvió denso, cargado de una electricidad que ya no tenía nada que ver con el reglamento.

Él la observó, sus ojos recorriendo cada facción de su rostro con una fijación casi violenta.

Para el Turco, la mujer frente a él representaba todo lo que su doctrina intentaba someter, la autoridad, el desafío y la tentación. Sus manos, grandes y callosas, se cerraron en puños a los costados de su cuerpo, luchando contra el impulso de tomar el control de la situación.

-“¿Siente eso, Sargento? “ susurró él, su aliento rozando la mejilla de ella.

-“Es la naturaleza reclamando lo que le pertenece. Usted puede llevar ese uniforme, pero bajo la piel, sabe que su lugar no es estar de pie frente a mí.”

Tomasa sonrió apenas, una mueca cargada de una seguridad casi cruel. En lugar de responder con palabras, acortó el último centímetro de distancia, apoyando una mano firme sobre el pecho de él, justo sobre el corazón que latía con una fuerza desbocada. Sintió la tela de su remera blanca y, debajo, la tensión de unos músculos que parecían de piedra.

El Turco soltó un gruñido bajo, una mezcla de rabia y deseo contenido. Su mano subió de golpe, atrapando la muñeca de Tomasa con un agarre de hierro, pero no la apartó. La atrajo hacia sí, obligándola a sostenerla sobre su pecho.

En ese espacio mínimo, la voluntad imperativa de él y la ambición indomable de ella colisionaron.

-“Acá no hay reglamentos, Turco. Acá solo hay lo que vos y yo queramos que pase.” murmuró ella desafiando su dominio.

Y en un movimiento digno de sus cualidades felinas, Tomasa giró con fuerza la mano del Turco y en una perfecta llave de Jiujitsu lo tiró sobre su cama boca abajo. Antes que el Turco pudiera reaccionar ella ya le había puesto las esposas, lo dio vuelta boca arriba y poniéndose a horcajadas de él, se dignó a mirarlo a milímetros de su rostro sonriéndole.

-“Turquito….te estoy dando una oportunidad única de portarte como un caballero, no sé si te das cuenta?.”

Le susurró al lado de su oído

-“si sos caballero, te vas a coger a esta dama como corresponde. Pero si no lo sos, te voy a coger yo como si fueras la peor basura…vos elegís…”

El Turco quedó paralizado, no por el dolor de la llave, sino por el shock absoluto de verse inmovilizado en su propio feudo. El metal frío de las esposas mordiendo sus muñecas era un insulto a su credo, pero el peso de Tomasa sobre él, desafiando toda su estructura de mando, generaba un cortocircuito en su cabeza.

Sus ojos, negros y encendidos, devoraban el rostro de la sargento. La humillación de estar encadenado luchaba contra una pulsión primaria que ella acababa de despertar con esa propuesta brutal. Tomasa podía sentir la furia del Turco vibrando en sus músculos, pero también la capitulación de su voluntad ante el deseo de ser él quien dictara el ritmo, incluso desde esa posición.

-“Usted es el mismo diablo, Sargento. Cree que con estas cadenas me ha quitado la hombría, pero solo ha logrado que el animal tenga más hambre.” gruñó él, con la voz quebrada por la tensión

La mirada del Turco se volvió oscura, aceptando el desafío. El concepto de «caballero» para él era una etiqueta ajena, pero el de «dueño» era algo que entendía a la perfección.

-“ Soltame una sola mano y te voy a demostrar que mi ley no necesita de llaves ni de uniformes para que termines pidiendo más por favor.”

Tomasa lo observó, saboreando el momento. Tenía el control total, la llave en su bolsillo y al hombre más peligroso del penal bajo su bota, o mejor dicho, bajo su cuerpo. Lentamente levantó la remera del Turco y acercó su boca mordiendo y chupando los pezones, los músculos del pecho, del abdomen, le pasaba la lengua como degustando el cuerpo del delito. El Turco soltó un gruñido ronco, una mezcla de rabia contenida y un placer que lo quemaba por dentro. Sentir la lengua húmeda de la sargento recorriendo cada fibra de su abdomen era una tortura deliciosa que ponía a prueba todo su estoicismo.

Sus músculos se tensaban bajo cada caricia de ella, marcándose como cordones de acero bajo la piel.

Tomasa subió de nuevo, deteniéndose justo frente a sus labios, pero sin besarlos. Lo miró con una suficiencia que lo volvía loco, disfrutaba viendo cómo el gran líder del penal, el hombre que dictaba sentencias de muerte con un gesto, estaba ahora reducido a un cuerpo que reaccionaba involuntariamente ante su tacto.

-“¿Qué pasa, Turquito? ¿Tu ley no dice nada sobre sentir el cuerpo de una mujer que te tiene encadenado? le susurró, rozando su nariz con la de él.

Estiró su mano y apretó firmemente la erección del Turco que, a medio camino, ya se notaba bajo su pantalón. Él emitió un gemido ronco mirándola sorprendido, forzó el movimiento de sus brazos, haciendo que el metal de las esposas tintineara violentamente contra los barrotes del camastro. La frustración de no poder rodearla con sus manos lo estaba consumiendo. Ella volvió a bajar nuevamente y comenzó a desabrochar su pantalón quitándolo. Miraba contemplativa el bulto que bajo el calzoncillo blanco, crecía a ritmo sostenido.

Y mirando al Turco a sus ojos se sacó la remera azul y el corpiño.

Los ojos del delincuente mirando embelesado sus magníficas tetas no tenía precio. El Turco, con las pupilas dilatadas y la respiración convertida en un silbido pesado, no podía apartar la vista de ella. Ver a la mujer que representaba la ley, la disciplina y el castigo, despojándose de su armadura azul para mostrarse desnuda y poderosa sobre él, era un golpe directo a su orgullo y a su fe.

Sus pechos, firmes y desafiantes bajo la luz de la luna, parecían burlarse de su inmovilidad.

“Maldita seas… “ logró articular él, con la voz rota por el deseo que ya no podía ni quería ocultar.

Ella esbozó una sonrisa, y no se detuvo. Con una mano aún presionando con firmeza su erección sobre la tela del calzoncillo, usó la otra para recorrer sus propios senos, frotándolos con una lentitud que buscaba la tortura visual absoluta. El contraste entre la piel canela de ella y la blancura de la remera acentuaba la atmósfera de pecado que se respiraba en esa celda.

Ella bajó la cabeza y, con una destreza que denotaba que sabía exactamente qué cables tocar, deslizó el borde del calzoncillo del Turco. La anatomía del hombre, liberada finalmente, saltó con fuerza, latiendo bajo la mirada evaluadora de la sargento.

-“Mirá vos Turquito….me habían dicho que eras escaso de acá, pero veo que solo eran noticias amarillistas “ siseó sonriente.

Él, enardecido, mancillado en su orgullo, pero con su maquinaria bombeando sangre a full, miraba a Tomasa con más hambre que nunca.

-“¿Dónde quedó el profeta ahora? Solo veo a un hombre que se muere por que yo decida qué hacer con él.” Chicaneó al Turco que vibraba en el aire denso de la celda.

Tomasa se deslizó hacia adelante con la elegancia de una depredadora que sabe que tiene a su presa exactamente donde quiere. Sin dejar de mirarlo a los ojos, se deshizo de sus propios pantalones, quedando completamente desnuda sobre él.

El contraste era absoluto, la piel suave de la sargento contra la piel curtida y sudorosa del líder, y el frío metal de las esposas marcando el límite de su poder.

Se elevó apenas, escupió en su mano y untando el glande de su oponente, se posicionó con precisión, y con un movimiento lento y deliberado, se dejó caer sobre él.

El miembro venoso del Turco se perdió dentro de ella en un solo movimiento, fue una estocada profunda que la dejó sin aliento, las paredes de su vagina recibieron de golpe toda su rugosidad arando su interior de manera violenta.

Él soltó un alarido sordo, una mezcla de triunfo y agonía, mientras cerraba los ojos y apretaba los dientes con tal fuerza que los músculos de su mandíbula parecieron a punto de estallar.

-“No cierres los ojos “le ordenó ella, con una voz cargada de autoridad.

-“ Mirame! quiero que veas quién te está haciendo esto!”

Él obedeció, sus pupilas eran dos pozos negros de deseo y rabia.

Tomasa comenzó a moverse, imponiendo un ritmo pausado, casi marcial, que no permitía que él acelerara el encuentro. Ella era la que subía y bajaba, la que decidía cuándo darle placer y cuándo detenerse justo antes del abismo. Cada vez que el Turco intentaba arquear la pelvis para tomar el control, ella lo presionaba contra el colchón con sus manos firmes sobre sus hombros, recordándole su inmovilidad.

El tintineo de las esposas contra el hierro del camastro se convirtió en la música de fondo de esa celda.

El Turco estaba completamente a su merced, sus manos, encadenadas sobre su cabeza, se cerraban en puños hasta que los nudillos se ponían blancos. Nunca antes nadie le había arrebatado el mando de esa manera, y menos en el terreno que él consideraba su dominio absoluto.

-“Sos mi prisionero, Turco, afuera mandas vos, pero acá arriba mando yo.” susurró ella, inclinándose para que sus pechos rozaran el pecho de él mientras seguía moviéndose con una cadencia hipnótica.

Justo cuando la tensión se volvía insoportable y el ritmo alcanzaba un punto de no retorno, Tomasa se detuvo un segundo. Con la respiración entrecortada y el sudor perlando su frente, tomó la llave y, con una precisión asombrosa pese al temblor de la adrenalina, liberó ambos pernos de las esposas.

El sonido del metal abriéndose fue el disparo de salida.

El Turco no perdió ni una milésima de segundo, con las manos finalmente libres, sus brazos rodearon la cintura de Tomasa como dos pinzas de acero, atrayéndola contra su cuerpo con una fuerza que buscaba recuperar el tiempo perdido y restaurar su orgullo herido.

Ya no había cadenas, solo dos cuerpos colisionando con una urgencia salvaje.

-“Ahora… “ gruñó él contra su boca, finalmente reclamando sus labios en un beso que sabía a posesión y desafío.

Él tomó las riendas del movimiento, empujando con una potencia que hizo que el camastro golpeara rítmicamente contra la pared de piedra, un eco metálico que resonaba en todo el pabellón silencioso. Tomasa echó la cabeza hacia atrás, entregándose por fin a la marea que ella misma había desatado, sintiendo cómo la voluntad imperativa del Turco y su propia ambición se fundían en un solo estallido.

Llegaron al límite juntos.

Él, sintiendo esa punzada dolorosa en el vientre que anticipa la pérdida del control y el comienzo de los espasmos. Y ella, en un sinfín de contracciones uterinas apretaba al reo en su celda vaginal sin parar.

Así dieron vía libre al tsunami blanco que invadió de esperma las profundidades de Tomasa inundándola por completo, en un abrazo violento y sordo que pareció detener el tiempo en esa celda olvidada.

Durante esos segundos, no hubo sargento ni jefe narco, solo el rastro de dos voluntades que, tras intentar doblegarse, terminaron por reconocerse en el mismo fuego.

Se quedaron abrazados, jadeando en la penumbra, uno tirado sobre el otro, mientras el olor a sándalo y sudor impregnaba el aire.

La jerarquía había vuelto a quedar reducida a cenizas, pero esta vez, con un testigo mudo, las esposas abiertas que colgaban vacías del barrote.

El silencio que siguió fue más denso que el que había antes de entrar. El Turco, todavía con los músculos vibrando por el esfuerzo, no se apartó de inmediato. La mantuvo sujeta con un abrazo firme, como si estuviera procesando la transgresión que acababa de ocurrir. No había en él la satisfacción relajada de un amante, sino la mirada analítica de un estratega que acaba de descubrir un nuevo frente de batalla.

Ella, aún apoyada sobre su pecho giró su rostro buscando la mirada del reo. Se cruzaron de frente y en ambos una sonrisa fue el factor común, él con suma delicadeza apartó un mechón de pelo sudado de la frente de la mujer sin dejar de mirarla profundamente, había un dejo nostálgico en esa mirada, como si extrañara el post de momentos así.

Con una lentitud calculada, ella se incorporó y se sentó en el borde del camastro a su lado. Él, se frotó las muñecas, donde el metal de las esposas había dejado una marca roja y circular, un recordatorio físico de quién había tenido la llave hasta hacía un momento.

-“Usted no vino acá solo por placer, Sargento. Vino a demostrarme que puede entrar en mi santuario y desarmarme cuando Ud. quiera. ¿O me equivoco?” dijo él, con su voz recuperando esa cadencia profunda y fría.

Se volvió hacia ella, y en la penumbra, su rostro recuperó esa máscara de rectitud religiosa, aunque su torso desnudo y sudado contaba otra historia.

-“Solo quiero saber si para volver a verla voy a tener que esconder más cuadernos en mis muebles?” dijo irónicamente.

Tomasa soltó una carcajada, y parándose en medio de la frialdad de la celda contestó

-“Creo que por ahora, con ese cuaderno alcanza y sobra”

Los muslos de Tomasa daban cuenta del fragor de la batalla chorreando el regalo del Turco profusamente.

Él en un atisbo de atención llamativa, tomó una toalla y arrodillándose a su lado, separó sus piernas limpiándola con sumo detalle. Ni bien terminó, apoyó sus labios en el pubis de la Sargento y con un sonoro beso selló el final del momento.

Tomasa sintió el contacto de sus labios como una marca de fuego. Se quedó inmóvil un segundo, dejando que el frío del penal volviera a erizarle la piel desnuda mientras él se ponía de pie, recuperando su estatura imponente. La mirada nostálgica de antes se había transformado ahora en un respeto cargado de complicidad.

-“Ese cuaderno tiene nombres que pueden quemarte las manos. Si vas a usarlo, hacélo rápido. Porque una vez que el resto de la «familia» sepa que el nido fue profanado, van a venir por vos. Y yo no siempre voy a estar esposado a una cama para protegerte.” advirtió él, mientras ella comenzaba a vestirse con movimientos que ya no buscaban ocultar nada.

Ella terminó de ajustarse el cinturón, se acomodó el pelo con un gesto firme y lo miró una última vez antes de acercarse a la reja.

-“No necesito protección, Turco. Necesito aliados que sepan cuándo callar y cuándo golpear. El cuaderno es mi seguro de vida. Y lo que pasó acá… bueno, digamos que es un incentivo para que sigas siendo mi «caballero» preferido.”

Antes de cerrar el cerrojo de la reja le tiró un beso con la mano y salió al pasillo con el eco de sus botas resonando en la piedra. Mientras caminaba hacia el control, sentía la humedad de él todavía presente, un secreto líquido que la acompañaría durante todo el turno.

Sabía que, al cruzar la puerta de salida del pabellón, volvería a ser la mujer de hierro, pero el Turco ya no era solo un objetivo, era una pieza de ajedrez que ahora vibraba en su mismo tablero.

La vida penitenciaria está cargada de grises y monotonía, solo que a veces hay que buscar los momentos que le brinden una nota de color…

Historias penitenciarias.

Anabel, los reos y los guardiacárceles