Estábamos en el Puerto de Monterrico, en esa casa de piscina bien arrecha que rentamos frente al mar. El sol pegaba duro, el ruido de las olas se oía de fondo y el ambiente estaba relajado… hasta que Marlen, la esposa de Raúl, la regó bien feo. Ella siempre ha sido así, bien exagerada con todo, y esa tarde se le pasó la mano contando una historia de no sé qué pendejada que pasó en el trabajo. Lo dijo riéndose, pero mi esposa Daniela se lo tomó personal y se enojó como nunca. Daniela se puso roja de la rabia, agarró sus cosas y se fue echando chispas. Yo me quedé ahí, medio incómodo, y Raúl, el pobre, también se fue con ella para calmarla o lo que sea. Marlen se fue con ellos un rato, pero al rato nomás… regresó sola.
Yo estaba sentado en la sala de la casa, todavía con el trago en la mano, cuando oí la puerta. Era Marlen. Venía con ese vestido azul de lunares que se le pegaba al cuerpo como si estuviera pintado, el escote bien bajo dejando ver esas tetas grandes y firmes que siempre me han vuelto loco. El pelo curly le caía suelto sobre los hombros, las gafas rosadas todavía puestas y esa sonrisa nerviosa que tenía.
—Kadel… perdoname vos —me dijo bajito, cerrando la puerta detrás de ella—. No quise enojar a Daniela, fue sin querer, te juro. Exageré y ya. ¿Me perdonás? Mirá, yo sé que se me pasó la mano, pero no era mi intención joderles el rato a ustedes.
Yo la miré de arriba abajo, sintiendo ya cómo se me empezaba a parar la verga solo de verla ahí parada, toda arrecha y arrepentida.
—Marlen, vos sabés que Daniela es bien sensible con esas cosas. Pero contame, ¿qué carajos te pasó por la cabeza para soltar esa pendejada? —le pregunté, cruzando los brazos y recostándome en el sofá.
Ella se acercó un paso, mordiéndose el labio inferior.
—Ay, Kadel, no sé… a veces se me suelta la boca y ya. Pero mirá, yo te quiero pedir perdón de verdad. No quiero que quede mal entre nosotros. Raúl se fue con Daniela a caminar por la playa para que se le baje el enojo, y yo… pues vine directo acá. ¿Subimos a la terraza a platicar vos y yo? Ahí nadie nos va a ver y podemos arreglar esto como adultos.
Le dije que sí con la cabeza y subimos las escaleras. Salimos a la terraza que daba directo al mar. El viento caliente nos pegaba, el sol ya bajando y el ruido de las olas más fuerte. Marlen cerró la puerta de vidrio y se quedó parada bien cerca de mí, casi rozándome el pecho con esas tetas que se le salían del vestido.
—Perdoname, Kadel, por favor… —suplicó, y se acercó más. En ese momento, al dar un pasito adelante para mirarme a los ojos, su cadera se rozó accidentalmente contra mi verga. Yo ya la tenía medio dura dentro del short, y el roce fue directo: sentí cómo su muslo suave y caliente pasó justo por encima de la verga, apretándola un segundo contra mi pierna. Marlen se dio cuenta al instante y abrió los ojos grandes.
—Ay, perdón… ¿eso fue tu… tu verga? —preguntó bajito, pero sin alejarse. Al contrario, se quedó ahí pegada, como si el roce accidental la hubiera puesto más arrecha—. Se siente bien dura ya, Kadel… ¿te estoy poniendo así solo con pedirte perdón?
Yo solté una risita y la agarré suave de la cintura.
—Vos sabés que sí, Marlen. Mirá cómo me tenés, solo de verte con ese vestido y esas tetas que se me salen. Pero decime, ¿qué tanto estás dispuesta a hacer para que te perdone de verdad? Porque Daniela está bien enojada y yo… pues estoy aquí solo con vos.
Ella se sonrojó, pero sus ojos brillaban de pura calentura. Se lamió los labios y bajó la voz, casi susurrando mientras su mano rozaba otra vez “accidentalmente” mi verga por encima del short.
—Haría lo que sea, Kadel… lo que sea. Mirá, yo sé que te gustan mis tetas, siempre te he visto mirándomelas cuando Raúl no se da cuenta. ¿Querés que te las muestre para que me perdonés? ¿O querés que te toque esa verga rica que se me está poniendo más dura cada vez que te rozo? Decime vos… yo estoy aquí de rodillas si hace falta.
Y sin esperar más, se arrodilló ahí mismo en el piso de la terraza. Sus rodillas tocaron el concreto caliente y me miró desde abajo con esos ojos grandes y arrechos.
—Perdoname, Kadel… por favor —suplicó otra vez, y sus manos subieron por mis piernas hasta el short—. Mirá cómo te la voy a compensar… ¿te gusta cuando te hablo así? Decime qué querés que te haga con esta boca y con estas tetas…
Yo ya respiraba agitado. La verga me palpitaba dentro del short, bien parada después de ese roce accidental que ahora parecía todo menos accidental.
—Marlen, vos sos una puta arrecha… seguí hablando así y sacame la verga ya. Quiero sentir cómo me la sobás con esas tetas grandes que tenés, mientras me pedís perdón como la puta que sos.
Ella sonrió con picardía, me bajó el cierre con las dos manos y sacó mi verga gruesa y dura. La tenía bien parada, venas marcadas, la cabeza morada brillando de precum.
—Ay sí, Kadel… mirá qué verga tan rica y gruesa tenés vos —gimió, agarrándola con su mano derecha y empezando a pajearme lento, rico, apretando justo en el ritmo que a mí me gusta—. ¿Te gusta que te hable sucio mientras te pajeo? ¿Querés que te diga cómo me mojé el calzón solo de rozártela accidentalmente hace rato?
Al mismo tiempo se inclinó hacia adelante y se bajó un poco el escote del vestido. Esas tetas grandes, redondas y suaves se salieron libres, los pezones cafés duros del aire y del momento. Metió mi verga entre sus tetas, las apretó con las dos manos y empezó a sobarme la verga con ellas, subiendo y bajando mientras su mano seguía pajeándome la base. Era una paja con tetas brutal, caliente, resbalosa por el sudor de su piel.
—Mirá cómo te la sobo con mis tetas, Kadel… ¿te gusta así? Decime que me perdonás mientras te las froto… ay, se siente tan rica tu verga entre mis chichis…
Yo solo gemía, agarrándole el pelo curly con una mano.
—Seguí, Marlen… seguí pajeándome así y abrime ese culo que tenés. Quiero correrme todo en tu ano mientras me pedís perdón como la puta que sos.
De repente Marlen se puso de lado, todavía de rodillas, y sin dejar de pajearme se levantó un poquito el vestido por atrás. Se inclinó hacia adelante, apoyando una mano en el piso de la terraza, y con la otra mano se abrió el culo. Tenía un culo grande, redondo, moreno, con una rayita rosada en medio. Se abrió las nalgas con los dedos, mostrándome el ano apretado, arrugadito y rosado que palpitaba.
—Mirá mi culo, Kadel… abrílo todo para vos —dijo jadeando, sin parar la paja ni un segundo. Su mano subía y bajaba rapidísimo por mi verga, la cabeza morada rozando ya sus nalgas abiertas—. Quiero que te corrás en mi ano… todo en mi culito caliente… perdoname vos por favor… ¿te gusta cómo te pajeo mientras te muestro mi culo? Decime que soy tu puta y que me perdonás…
Yo ya no aguantaba. La vista era de puta madre: Marlen de rodillas, tetas afuera, una mano abriéndose el culo y la otra pajeándome como loca. Sentí los huevos apretarse y empecé a correrme fuerte. Chorros gruesos y calientes de leche le cayeron directo en el ano abierto. Uno, dos, tres chorros potentes que le pintaron el culito rosado de blanco espeso. Ella siguió pajeándome hasta la última gota, apretando la verga, ordeñándome todo mientras gemía bajito y arrecha:
—Ay sí, Kadel… corréteme todo en el ano… mirá cómo te lo llené… perdoname vos, ya estoy perdonada ¿verdad? Usá mi culito cuando quieras, yo soy tu puta secreta aquí en Monterrico…
Mi verga seguía latiendo en su mano, los últimos hilos de leche cayéndole entre las nalgas. Marlen se quedó un rato así, de rodillas, con mi corrida escurriéndole por el ano y goteando al piso de la terraza. Me miró sonriendo, todavía con las tetas afuera y la mano llena de mi leche.
—¿Ya me perdonaste del todo, Kadel? —preguntó con esa voz arrecha, chupándose un dedo lleno de mi leche—. Si querés, subo más tarde otra vez… y seguimos platicando vos y yo. O mejor, decime qué más querés que te haga para que nunca me perdonés… así repetimos esto todos los días.
Yo solo asentí, todavía respirando agitado, viendo cómo se limpiaba un poquito con los dedos y se chupaba otro, mirándome a los ojos con pura calentura.
Esa tarde en Monterrico, Marlen me pidió perdón de la forma más rica y sucia que se puede imaginar. Y yo… pues la perdoné. Claro que la perdoné. Y con ganas de que se equivocara otra vez.