La tarde de ese fin de semana llegué a casa de Caro, sabiendo que esa noche estaría completamente sola. Me abrió la puerta con una sonrisa tímida, vestida con una blusa suelta de algodón y sus jeans favoritos. Por supuesto, también su cachorra, Ópera, una chihuahua mediana, quien salió trotando detrás de ella. Su pelaje era negro y blanco, como el pastel ópera, de ahí el nombre. Sus ojos eran grandes y expresivos, de color café oscuro bordeados de negro, y tenía una curiosidad que parecía no tener límites.

—Hola, pásate, antes de que la metiche de la vecina se asome —dijo Caro con voz suave, casi formal—. No te esperaba tan temprano.

Cerró la puerta y me invitó a sentarme en la sala. Nos servimos un café y platicamos un rato sobre el trabajo, el clima y tonterías sin importancia. Ella estaba nerviosa, lo notaba en cómo jugueteaba con cualquier cosa que tuviera en la mano y evitaba mirarme directamente a los ojos durante demasiado tiempo. Sabía perfectamente a qué había venido, pero ella no era de las que se lanzaban.

Poco a poco la conversación se fue suavizando. Me acerqué a ella y le acaricié el dorso de la mano. Caro no se apartó. Cuando me incliné para besarla, respondió con ternura. Qué delicia es besar sus labios delgaditos. Mis dedos subieron por su brazo, luego por su cuello, y ella suspiró contra mi boca. Las caricias se volvieron más lentas, más amorosas. Besé su hermosa carita y ella inclinaba la cabeza, permitiéndome seguir haciéndolo. Su respiración se aceleró, pero seguía conteniéndose.

—Quizá… lo mejor sería subir a la habitación —susurró finalmente, con las mejillas sonrojadas—. Aquí estamos menos cómodos, ¿no?

Asentí y la seguí por las escaleras. Ópera nos acompañó trotando, jugueteando y siguiendo los pasos de su ama, cargando con su mantita para dormir, ajena a toda la situación.

En la habitación, la luz era tenue. Me acerqué a Caro y la besé apasionadamente. Sin prisa, la tocaba tanto como me fuera posible. Nos desnudamos con lentitud. Caro se quitó la blusa y yo le ayudé con los jeans. Al quitarle el bra, Caro se cubrió un instante con los brazos antes de dejarlo caer. Su cuerpo era suave y el tono de su piel era digno de admirar. Me encantaba sentirla, amaba posar mis manos en ella. Sus curvas discretas y sus enormes pechos cálidos y suaves me volvían loco. Todo lo que tuviera que ver con ella me encantaba.

Me acosté a su lado y empecé a besarla de nuevo, explorando cada rincón con paciencia. Ella gemía bajito, casi en susurros. Sus manos acariciaban mi cabello y espalda. Nos movíamos disfrutando el uno del otro. Todo era íntimo, cariñoso.

Toqué su entrepierna y, por supuesto, estaba lubricada. Entré en Caro con lentitud, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño caliente y húmedo me envolvía con fuerza. Ella soltó un suspiro entrecortado, los ojos entrecerrados, mientras su cuerpo se abría para recibirme. Mis manos se aferraron a sus caderas y me hundí hasta el fondo, quedándonos quietos un momento, solo respirando juntos.

Luego empecé a moverme con un ritmo lento y profundo. Cada embestida hacía que su mojadez facilitara el paso, y sentía su interior apretado pulsando alrededor de mi verga. Caro arqueaba la espalda y gemía bajito cada vez que la penetraba por completo. Sus uñas se clavaban ligeramente en mi espalda mientras nos mecíamos juntos. El sonido húmedo de nuestros cuerpos llenaba la habitación.

Entonces empezó la incesante curiosidad de Ópera. La perrita se subió a la cama y comenzó a husmear. Primero olisqueó mis piernas, luego el lugar donde nuestros cuerpos se unían. Su hocico frío y húmedo rozaba mi piel y los labios hinchados de Caro. Un lametazo tímido, luego otro más largo y ansioso. No se detenía. Cada vez que yo me movía dentro de Caro, Ópera acercaba más el hocico, lamiendo con dedicación tanto mi miembro como el sexo de su dueña, como si quisiera entender qué estaba ocurriendo. Su lengua áspera y caliente creaba un contraste sorprendente que me hacía estremecer.

Caro lo notó y, al principio, se tensó, pero no la apartó. Su respiración se volvió más irregular.

—Ópera… —murmuró, entre un gemido y una risa nerviosa—. Ahhh, qué perra tan metiche eres. Bájate de la cama.

Ópera la obedeció, pero solo por un instante. Diez segundos después volvió a acercarse para seguir lamiendo, ahora con más insistencia, empujando su hocico entre nosotros, recorriendo mi sexo y los labios vaginales de Caro. Sus ojos café oscuro se dilataban con una concentración casi obsesiva.

Cuando salí de Caro para recuperar el aliento, noté que Ópera ponía especial atención a mi miembro erecto. Lo acerqué para ver qué hacía y ella reaccionó lamiéndome con avidez, limpiándolo y saboreándolo con mi complacencia. La sensación y el morbo de una lengua no humana en mi falo era realmente excitante.

Tras la chupada que me acababa de dar, Ópera se dio la vuelta, levantó su cola corta y presentó su pequeña vulva hinchada, rosada y claramente húmeda. Se quedó allí, quieta.

«Se me está ofreciendo», pensé. Movía ligeramente las patas traseras, como si supiera exactamente lo que quería.

Caro se quedó mirándola en silencio. Vi el conflicto en su rostro: amor profundo por su perrita, sorpresa, duda y un toque de excitación que no podía ocultar.

—Nunca… nunca me imaginé esto —susurró Caro, acariciando el lomo de Ópera con ternura—. ¡Caye! Pero… mírala. Esta perra loca está de ofrecida, la muy cuzca!!! Quiere… ¿coger? ¿Y tú? ¿Querrías metérsela? Nooooo… Mi perrita es virgencita…

La cachorra volvió a levantar la cola y empujó hacia atrás, buscando contacto. Ese gesto fue lo que terminó de animarme. El deseo crudo y natural de Ópera era imposible de ignorar.

Caro tragó saliva y me preguntó:
—¿Es en serio que te la vas a coger!!!???

—Pues no es que yo lo haya propuesto —dije—. La verdad es que no sé cómo te sientes, pero a mí me puso super caliente.

—Es que no sé si eso realmente está bien… —dijo con voz temblorosa, aunque sus ojos mostraban que también quería ver qué pasaba—. Solo hazlo con mucho cuidado.

Me posicioné detrás de la perrita con extrema delicadeza. Era pequeña, pero no diminuta; su tamaño permitía un poco más de maniobra. Apoyé la punta de mi miembro contra su vulva caliente y resbaladiza.

—¿No es muy pequeña? —preguntó Caro, aún con dudas pero ansiosa por ver…

Empujé despacio. Tenía una erección dura como un hierro. Estaba realmente sobreexcitado. Parecía por un momento que no iba a caber en ese agujerito, así que insistí en tratar de metérsela. Me gustaba la mezcla de lo peludo del exterior con lo caliente y mullido del interior de su “vagina de perra”. Sus labios vaginales, hinchados y de un rosa intenso, se abrían gradualmente conforme mi glande empujaba… Hasta que al fin comenzó a devorarse mi pija. Sentí como el conducto uretral de mi verga se abrió, pero centímetro a centímetro empezó a llenar la cavidad de la perrita.

Era un espectáculo hipnótico: la carne de sus adentros era elástica y suave, se estiraba alrededor de mí, abrazándome la verga dentro de su canal. Su temperatura interna era mucho mayor a la de mi cuerpo. Sentí su interior muy pero muy caliente y pulsante, sin duda contrastaba con la suavidad de la piel de Caro.

Ópera soltó un gemidito agudo, mezcla de sorpresa y placer evidente. Su cuerpo entero tembló mientras le entraba mi verga, pero no se apartó; al contrario, empujó hacia atrás con un instinto natural. Sentí cómo sus paredes internas me succionaban, contrayéndose rítmicamente a mi alrededor. Cada pequeño movimiento enviaba ondas de placer intenso tanto a ella como a mí, como si su labia estuviera viva, abrazando y liberando mi miembro con cada embestida lenta y controlada.

Caro se acercó y acarició la cabeza de Ópera mientras yo la penetraba.

—Tranquila, mi niña… —susurró, aunque su voz también estaba cargada de excitación. Ella observaba cómo profanaba el hueco de su cachorra, ahora convertida en un juguete sexual.

El placer de Ópera era imposible de disimular. Temblaba, jadeaba con la boca abierta, y su cola se movía frenéticamente de lado a lado. Sus gemidos cortos y agudos llenaban la habitación. Yo sentía cada contracción, cada espasmo de placer que recorría su pequeño cuerpo.

Después de unos minutos de tener la verga dentro de la perra, Caro se masturbaba viéndonos. Se acercaba ocasionalmente a darme besos y a meterme los dedos bañados de sus jugos en la boca para que la probara.

—Métemela a mí, por favor —me pidió Caro—. Quiero sentir cómo compartimos tu verga… las dos.

No esperó respuesta. Se colocó a cuatro patas junto a Ópera, levantando las caderas y separando las piernas para ofrecerme su coño todavía hinchado, brillante y baboso.

Saqué mi miembro de la perrita con un sonido húmedo y resbaladizo. Ópera soltó un quejido de protesta, pero Caro ya estaba lista. Empujé dentro de ella de un solo movimiento, sintiendo el contraste inmediato: más suave, pude entrar más profundo, era más familiar. Caro gimió fuerte y empujó hacia atrás, clavando los dedos en las sábanas.

Apenas habían pasado unas cuantas embestidas cuando ella volvió a hablar, la voz entrecortada por el placer:

—Ahhh, qué caliente tienes la verga!!! Otra vez… sácala y métesela a Ópera. Quiero que nos folles a las dos… alternando.

Obedecí. Saqué mi verga del coño de Caro y la dirigí de nuevo hacia la vulva de la perrita. Los labios de Ópera se abrieron ansiosos y la penetré otra vez, sintiendo esa presión apretada y vibrante que me hacía apretar los dientes. La perrita se contrajo alrededor de mí.

Solo unos cuantos empujones más y Caro insistió de nuevo:

—Ahora yo… por favor, Caye. Métemela otra vez.

Así continuamos durante varios minutos: sacaba mi miembro de una para metérselo inmediatamente a la otra. Del coño caliente y elástico de Ópera al interior más suave y profundo de Caro. Del apretado, pequeño y pulsante hueco de la perrita al húmedo y acogedor de su dueña.

Cada cambio creaba una nueva oleada de sensaciones: la textura áspera de la lengua de Ópera cuando lamía lo que quedaba en mi verga entre un cambio y otro, el contraste de temperaturas y presiones, los gemidos bajos de Caro mezclados con los quejidos agudos de la perrita.

Caro estaba cada vez más desesperada, la voz quebrada por la excitación.

—Más rápido… quiero sentirte pasar de ella a mí… quiero que nos uses a las dos.

El placer se acumulaba con fuerza. Mis embestidas se volvieron más urgentes, alternando entre las dos sin descanso. Finalmente, cuando sentí que ya no podía contenerme más, me quedé dentro de Caro. Ella empujó hacia atrás con fuerza, gimiendo mi nombre. Me corrí profundamente en su interior, ola tras ola de semen caliente llenándola mientras mi cuerpo se sacudía.

Yo seguía a mil. La sensación de la novedad de cogerme a la perrita era una delicia para mí. Apenas terminé, Ópera se acercó a la vulva de Caro, empapada de mi leche y sus jugos. Bajé la cabeza y al mismo tiempo empezamos a lamer el semen que salía del coño hinchado de Caro. El sabor salado y espeso se mezcló con el gusto familiar de ella. Ópera metió el hocico entre mis labios y los labios vaginales de su dueña, lamiendo con avidez el semen que goteaba. Nuestras lenguas se rozaban: mi boca contra su hocico húmedo y áspero, compartiendo el líquido espeso que salía de Caro. La perrita lamía con hambre, pasando de mi boca al sexo de Caro y de vuelta, como si quisiera beber cada gota.

Caro nos observaba jadeando, con una mano en mi cabello y la otra acariciando la cabeza de Ópera. Sus ojos brillaban con una mezcla de sorpresa y satisfacción profunda.

—Así… las dos —murmuró, la voz aún temblorosa.

Nos quedamos los tres entrelazados de esa manera extraña y cruda: mi lengua y el hocico de Ópera limpiando y compartiendo mi semen dentro y fuera del cuerpo de Caro, pasando de boca a hocico y de hocico a coño en un ciclo lento y húmedo, “besándonos” si pudiera decirse…

El aire de la habitación estaba cargado de olor a sexo y a esa intimidad nueva que ya no tenía vuelta atrás. Nos quedamos los tres en silencio sobre la cama. Yo acariciando y besando a Ópera lentamente. Caro acariciaba el pelaje de su perrita con devoción.

—Nunca pensé que llegaría a esto… —murmuró Caro, pero no había arrepentimiento en su voz, solo una aceptación profunda y tranquila.

Ópera suspiró, exhausta y contenta, y lamió suavemente mi mano y regresó al lado de su ama, quien acariciaba su cabecita. Me recosté a su lado, con Caro apoyada en mi pecho y la perrita acurrucada contra nosotros. El aire olía a sudor, a sexo y a una intimidad nueva, inesperada y extrañamente natural.

Caro me miró a los ojos y sonrió con timidez.

—Quédate esta noche —dijo en voz baja.

Asentí en silencio. Ya no había nada que decir. Los tres habíamos cruzado una línea que ninguno esperaba, y en ese momento sabíamos que definitivamente iba a volver a pasar…