Contar mi historia no es sencillo, pero intentaré que sea un relato fiel y honesto. Mi camino comenzó siendo muy chica, cuando el mundo me veía como un varón, pero dentro de mí crecía una realidad distinta.
A los ocho o nueve años, ya sentía que era una nena. No sé explicar el motivo exacto, pero me fascinaba la ropa de mujer. Crecí en una casa con tres hermanas y, quizás al verlas tan lindas, yo simplemente quería ser como ellas; no veía por qué yo debía ser diferente. Recuerdo que mi mamá me encontraba a veces usando sus faldas o vestidos. No me retaba ni me pegaba; simplemente me quitaba la ropa en silencio. Ese deseo, lejos de desaparecer, se guardó en lo más profundo de mí ser mientras el tiempo pasaba.
La vida me llevó por caminos que parecían alejarse de mi identidad. Por necesidad económica, ingresé al ejército. No fue por vocación, sino por supervivencia, aunque pronto descubrí que el esfuerzo no compensaba la paga. A los 20 años me casé. Durante mucho tiempo, mi vida sexual fue exclusivamente con mi esposa, cumpliendo con lo que la sociedad esperaba de un hombre joven. En ese entonces, la idea de la homosexualidad ni siquiera cruzaba mi mente; mi conflicto no era a quién amaba, sino quién era yo.
Sin embargo, la «nena» seguía ahí. Cuando me quedaba sola en casa, usaba la ropa de mi mujer. Incluso le compraba regalos —maquillaje, joyas, vestidos— con la secreta intención de usarlos yo también después.
Al pasar los treinta, las preguntas se volvieron insoportables. ¿Por qué, si me sentía mujer, estaba casado con una? ¿Por qué mi cuerpo no coincidía con mi sentir? En mi desesperación, acudí a un médico de cabecera y le hice la pregunta más honesta que pude formular: «Si soy mujer, ¿por qué tengo pene?». El doctor, asombrado, me derivó a un psicólogo. Pasé dos años en terapia intentando ordenar mis pensamientos. Mi esposa nunca supo la verdad; yo le decía que mis visitas al médico eran por problemas menores.
Finalmente, a los cuarenta años, me separé. Fue entonces cuando permití que esa mujer que habitaba en mí saliera a la luz de forma permanente. Hoy me identifico como transgénero, aunque también me siento cómoda con términos como «Mariquita» o «Sissy»; me hacen sentir como una princesa.
He aprendido que mi identidad no tiene que ver con etiquetas impuestas, sino con mi felicidad. He tenido relaciones con hombres; algunos solo buscaban algo pasajero, pero otros han sabido valorar quién soy. No pretendo ser una mujer perfecta ni la más hermosa ante los ojos de los demás, pero me siento bella porque soy auténtica. Por fin vivo vestida de nena, como siempre debió ser, abrazando mi deseo y mi verdadera vida.
Si te gusto mi historia, me gustaría que dejes un comentario, o si quieres hacerme alguna pregunta, la responderé a la brevedad.
Romyna