Capítulo 8
- Ventana con vista al pecado I
- Ventana con vista al pecado II
- Ventana con vista al pecado III
- Ventana con vista al pecado IV
- Ventana con vista al pecado V
- Ventana con vista al pecado VI
- Ventana con vista al pecado VII
- Ventana con vista al pecado VIII: Entre la culpa y el deseo
- Ventana con vista al pecado IX: Sexting tras la pared
CAPÍTULO 8: “LA COMEZÓN QUE HABÍA QUE CALMAR”
o cómo el papá de Pepe pasó de ayudarme con la cortina a dejarme con las ganas de más
De repente, tocó a mi puerta.
Yo, toda nerviosa pero muriendo de ganas. Me acomodé las tetas, les dije a mis pezones: “ahora sí sentirán esa barbita”… y se emocionaron más que yo.
Fui corriendo a abrir, pero sin que se notara mi deseo. O tal vez sí. No sé. Ya no me importaba.
Cuando abrí la puerta y lo tuve frente a mí… ahora fui yo la que quedó boquiabierta.
Era más guapo de cerca. Esos lentes, esa barbita de candado, esos brazos que se marcaban bajo la camisa. Un macho de 38 años en su punto justo.
— ¿Puedo pasar? —preguntó, con esa voz que me había puesto la piel chinita desde la ventana.
— Claro, pase, pase. —me hice a un lado, con la voz más dulce que pude, pero con el corazón latiéndome en el coño.
Cerré la puerta. Me cedió el paso, todo un caballero. Me dejó ir adelante, y yo moví el culo más de lo necesario mientras le mostraba el camino hacia la ventana.
— No la había visto antes por aquí —me dijo, mientras caminábamos.
— Soy nueva en el vecindario —contesté, volteando a verlo con una sonrisa—. Llevo un par de días viviendo aquí y me he sentido realmente muy bien acogida. Demasiado bien, diría yo.
Sonreí. Y él también. Un silencio cómodo, caliente, que decía más que mil palabras.
Llegamos a la ventana. Me subí a la silla, me estiré para alcanzar la cortina… y dejé que mi short se subiera un poquito, que mi tanga de encaje asomara como quien no quiere la cosa. No pude ver su reacción, pero me la imagino.
Así estirada, le dije un par de cosas sobre la cortina, sobre cómo la quería poner, sobre si se veía bien… y le pregunté:
— ¿Qué opina?
— Aaah… sí, sí… me parece bien —me contestó nervioso, sin saber de qué le hablaba.
Sonreí para mis adentros. Lo tenía.
— Ok —le dije, y me dispuse a bajar de la silla.
Pero él se adelantó.
— Permítame —dijo, con esa voz grave—. Para eso estoy aquí.
Me tomó de la cintura con esas manos fuertes. Esas manos de hombre. Me apretó fuerte pero sin lastimar, me sostuvo con deseo, y me bajó de la silla sin ningún esfuerzo. Me dejó en el suelo con la piel ardiendo donde me había tocado.
— Muchas gracias… qué fuerte está —le dije, apretándole los bíceps con disimulo, coqueteándole un poquito.
Él me miró. Tragó saliva. Y luego dijo, con una naturalidad que me hizo temblar:
— Yo creo que me subo yo a la silla para más comodidad.
Entendí a la primera que no hablaba de la cortina.
Sólo le respondí:
— Adelante.
No lo podía creer. Tenía su bragueta a la altura de mis ojos. Él se veía encorvado, incómodo… pero no parecía querer bajarse de la silla. Y realmente yo tampoco quería que se bajara.
Según él, ocupó ambas manos con la cortina. Hizo fuerza, se estiró… y de repente:
— Ay, ay, ay… —exclamó, haciendo una mueca.
Yo, toda asombrada, le pregunté:
— ¿Qué ocurre?
— Comezón —me respondió, con la voz entrecortada.
Uff. Este hombre sí sabía lo que quería. Y una mujer como yo sabe complacer a su hombre.
Le pregunté dónde, porque claramente estaba sosteniendo la cortina con las dos manos, como si no pudiera hacer otra cosa.
— No, cómo cree… —dijo, todo tímido, pero con la mirada encendida.
— Ya dígame. Usted me ayuda y yo le ayudo. —me acerqué un paso más, con la mano lista para lo que viniera.
Y así, sin dudarlo más, me soltó:
— En el huevo izquierdo.
Sonreí. Me mordí el labio. Y le dije, con la voz más puta que pude:
— Con permiso…
Mis manos subieron por sus piernas, llegaron a su bragueta… pero antes de que pudiera hacer algo más, él se bajó de la silla.
Y como por instinto, se dirigió al sillón. Pero no sin antes darme una nalgada que seguramente se escuchó en el departamento de a lado.
Se puso cómodo en el sillón, abrió ligeramente las piernas, y me invitó a besarlo con la mirada. Esa mirada de macho que sabe lo que quiere.
Así que me subí en sus piernas, me acomodé sobre su regazo, y nos fundimos en un beso.
Un beso delicioso. Uno de un hombre lleno de deseo. Su lengua jugando con la mía, sus manos recorriéndome la espalda, bajando hasta mi culo, apretándome, estrujándome. Esa forma tan suya de estrujarme me encantaba. Me elevaba la temperatura, me hacía olvidar dónde estaba, quién era… me hizo olvidarme del tiempo.
Sus labios, su barbita raspándome la cara, sus manos dueñas de mi cuerpo… yo ya estaba empapada, temblando, lista para que me devorara entera.
Cuando de repente, él apartó los labios, me miró a los ojos con esa mezcla de deseo y responsabilidad, y me dijo:
— Me tengo que ir, reina.
Yo también lo sabía. Pepe seguía en el baño. Los minutos se habían volado. Pero aun así, le pedí con la voz más dulce y más puta que pude:
— Sólo 5 minutos…
Y accedió. No le tuve que rogar ni tantito.
Fui directo a su verga. Al menos la tenía que conocer.
Me arrodillé frente a él, desabroché su bragueta con manos temblorosas, y la saqué. Ufff. Una verga hermosa, gruesa, que pedía a gritos ser devorada.
Moría por probarla, por metérmela entera en la boca, por sentirla explotar en mi garganta… pero sólo alcancé a darle 2 o 3 besitos de lengua. Un pequeño adelanto, una promesa de lo que vendría.
— Ahora sí me tengo que ir —dijo, con la voz ronca, mientras se levantaba y se acomodaba la verga de nuevo en el pantalón.
No entendía en qué momento había pasado tanto tiempo. Yo solo quería más de él. Más de sus besos, más de sus manos, más de su voz, más de su verga.
Se acomodó la camisa, se pasó la mano por el cabello, sacó su cartera… y me dio una tarjeta.
La tomé entre mis dedos y leí:
INGENIERO SERGIO G.
Con su número escrito a mano. Y su olor impregnado en el papel. Me la llevé a la nariz sin pensar, respiré hondo, y sonreí como la perra que soy.
— Llámeme —me dijo, con esa voz grave que me derretía—. Para cuando tenga más tiempo.
Se dirigió a la puerta. Yo lo seguí con la mirada, con la tarjeta apretada entre los dedos y el coño latiéndome como loco. Abrió la puerta, me lanzó una última mirada, y se fue.
Me quedé en el marco de la puerta, viéndolo alejarse. Bajó las escaleras, salió del edificio… y desde abajo, volteó hacia mi ventana.
Nuestras miradas se cruzaron otra vez. Él sonrió. Yo también. Y luego siguió caminando hacia su carro, con esa seguridad de hombre que sabe que ya tiene el siguiente encuentro asegurado.
Arriba, en su departamento, Pepe seguía sin imaginar lo que acababa de ocurrir.
Y yo me quedé en la ventana, con la tarjeta de Ingeniero Sergio G en la mano, mi tanga de encaje empapada, y una sonrisa que no me cabía en la cara.
Porque ese domingo tranquilo… se había convertido en la antesala de algo mucho más grande.