El sol filtrándose por la ventana del dormitorio de Mariano iluminaba apenas las sábanas revueltas de su cama. Era un muchacho delgado y bajo que a su corta edad había empezado a notar cambios en su cuerpo, sensaciones que no sabía cómo explicar. Su pene, bastante pequeño comparado con lo que había visto de sus compañeros cuando se atrevía a mirar, era fuente de inseguridad constante. Pero lo que realmente lo confundía eran otras sensaciones, más profundas, relacionadas con partes de su anatomía que apenas estaba empezando a explorar.
En casa solo estaban él y su padre, Miguel. Su madre partido al nacer él, así que creció en un mundo dominado por figuras masculinas. Y entre todos los hombres que podía imaginarse, era su padre quien ocupaba sus pensamientos con mayor frecuencia y de maneras cada vez más turbadoras. Miguel era alto, fornido, cubierto de vello oscuro, sobretodo en el pecho, brazos y piernas. Tenía un olor natural, un aroma a hombre puro sin contaminar por jabones ni colonias, el mismo que Mariano respiraba desde que nació y que se había convertido en una especie de adicción para Mariano.
—Mariano, ¿despertaste?— La voz grave de Miguel resonó desde el pasillo, haciéndose eco por toda la casa—. Necesito que vengas a ayudarme con algo en el taller.
El adolescente se levantó de la cama, todavía en interiores después de haberse levantado, se vistió rápidamente con unos jeans ajustados y una camiseta blanca, mirando su reflejo en el espejo. Su cara aniñada y de rasgos delicados, le hacía verse incluso más joven de lo que era. Tomó aire antes de salir de su habitación.
Al llegar al taller de la casa, encontró a su padre trabajando en algún proyecto mecánico. Los músculos de sus brazos se marcaban bajo la camisa sin mangas mientras manipulaba unas herramientas, y el olor a sudor masculino llenaba el espacio cerrado. Mariano sintió esa familiar punzada de calor por debajo del estómago.
—Papá, aquí estoy— dijo, acercándose con paso indeciso. —¿Qué necesitas?
Miguel levantó la vista y sonrió a su hijo, limpiándose las manos en un trapo. Era una sonrisa cálida y protectora, la misma que siempre había tenido para Mariano desde que era un bebé. A pesar de estar viudo, se había encargado de criar a su hijo con amor y dedicación absoluta.
—Gracias por venir tan rápido, campeón— respondió, apoyando una mano grande y callosa en el hombro del muchacho. —Necesito que sostengas esto mientras yo sujeto esto otro. No es complicado, pero estos tornillos pueden ser difíciles si no se hacen bien desde el principio.
Se giró hacia la bancada de trabajo donde yacían varias piezas metálicas y una herramienta de presión. Colocó una de las piezas en el soporte y le hizo señas a Mariano para que se posicionara cerca. El taller era un espacio estrecho, y con ambos trabajando en el mismo área, el joven tenía que mantenerse muy próximo a su padre.
—Bien, ahora…— Miguel comenzó a instruirle sobre cómo sujetar la pieza, pero mientras hablaba, su mano libre fue a descansar en la cadera de Mariano de manera casual, guiándolo con toques suaves y firmes en cómo sostener el metal en su lugar.
Los dedos de Miguel eran calientes contra la cadera de su hijo, y Mariano pudo sentir el calor emanando de su cuerpo más grande y musculoso. El contacto era inocuo, paternal, pero Mariano experimentó un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Inspiró profundamente, inhalando otra vez ese aroma a sudor y testosterona que tanto amaba.
—Listo, papá —dijo en voz baja cuando terminaron con la tarea, tratando de mantener la calma en su tono.
—Perfecto —respondió Miguel, moviendo el aparato ya ensamblado al otro extremo del taller para ponerlo sobre la mesa de trabajo principal. Pero antes de apartar la mano completamente, dejó que sus dedos rozaran el brazo de Mariano una última vez, como una caricia casi imperceptible—. Eres un buen chico, hijo. Me alegro de tenerte cerca.
Y con eso, se alejó hacia el lavabo para limpiar sus manos grasosas, permitiendo a Mariano un momento para recobrar la compostura. El muchacho respiró hondo y se preguntó qué demonios le estaba pasando consigo mismo.
Mariano regresó a su cuarto y cambió la ropa que tenía puesta. Sacó una de sus camisas favoritas y decidió ponérsela. Era una de esas camisetas que su padre solía llevar en verano, suéteres de manga corta coloridos que dejaban los hombros y los bíceps al descubierto. Obviamente, en Mariano simplemente colgaba de su cuerpo delgado, pero de alguna forma, tener puesto algo que había sido usado por Miguel hacía que se sintiera más cerca de él, aunque solo fuera psicológicamente.
Luego, cuando consideró que había pasado suficiente tiempo como para que pareciera casual, volvió a salir de su habitación y se dirigió hacia la cocina donde solía encontrar a su padre a esa hora. Al entrar, vio a Miguel frente a la nevera.
—Papá —lo llamó con voz suave—, ¿vas a preparar algo de comer?
Miguel se giró hacia él, cerrando la nevera con un sonido suave. Sus ojos, oscuros y profundos, lo miraron con afecto.
—Sí, iba a prepararte tu merienda favorita. Estás creciendo mucho, y necesitas mantener tus fuerzas —respondió con una sonrisa tierna, lanzándole una mirada comprensiva al ver el contraste entre el tamaño de ambos, como si supiera que el pequeño se sentía decepcionado por su falta de desarrollo físico.
Y tal vez sí lo sabía. Tal vez Miguel notaba más de lo que parecía. Después de todo, había un código de hombres, una forma de reconocerse el uno al otro. Y aunque Mariano aún no entendía del todo lo que estaba sintiendo, su cuerpo respondía a ciertas señales… y todas ellas provenían de su padre.
Mientras Miguel preparaba la merienda, Mariano se acercó lentamente a su padre, fingiendo interesarse en lo que estaba cocinando. En realidad, solo quería estar cerca de él, aspirar su aroma, sentir su presencia física. El vapor del agua hirviendo mezclado con el olor a hierbas frescas y el sudor del día de trabajo de Miguel, creando una combinación embriagadora.
Pero lo que Mariano no sabía era que su padre estaba librando una batalla interna similar a la suya propia, aunque de diferente naturaleza. Miguel miró disimuladamente a su hijo, admirando la delicadeza de sus rasgos, la suavidad de su piel lampiña, y sintió una punzada de culpa acompañada de algo más que no quería aceptar. El cuerpo delgado de Mariano le recordaba demasiado a su madre y eso despertaba algo en él que nunca debería sentirse por un hijo.
«Recuerda lo que pasó», pensó Miguel con angustia, removiendo su té con más fuerza de la necesaria. Recordó aquella ocasión, cuando Mariano, siendo apenas un niño, se cayó en la bañera golpeándose el trasero. Para secarlo y revisar las heridas, Miguel lo había acunado desnudo en sus brazos, y el tacto de la piel suave contra su propio torso peludo lo había excitado involuntariamente. Se odiaba por ello, pero su cuerpo había reaccionado de inmediato, y tuvo que vestir rápidamente al pequeño antes de que notara nada.
Desde entonces, Miguel se vigilaba constantemente, asegurándose de mantener límites claros aunque el cariño entre ellos fuera profundo. Pero recientemente, con Mariano convirtiéndose en adolescente y comenzando a experimentar su propia sexualidad, las cosas se estaban volviendo más difíciles de manejar.
El día transcurrió con normalidad. Miguel había preparado un guiso de res con papas para cenar que a Mariano siempre le encantaba. Comieron juntos en la cocina, conversando sobre temas cotidianos: la escuela, los amigos de Mariano, los proyectos que Miguel estaba trabajando en el taller. Era una dinámica cómoda y familiar, aunque ambos guardaban secretos que no se atrevían a compartir.
Después de limpiar los platos, se instalaron en el sofá del living para ver una película. Miguel eligió alguna de terror, sabiendo que a Mariano le gustaban ese tipo de peliculas, aunque luego no pudiera dormir. Se acomodaron con una manta y cuando la película comenzó, Mariano se recostó naturalmente contra el costado de su padre, como solía hacer cuando era niño.
El tiempo pasó. La película avanzaba, pero Mariano se encontraba cada vez más relajado por el calor del cuerpo de Miguel a su lado, el sonido de su voz cuando murmuraba algún comentario sobre la trama y el constante aroma a hombre que emanaba de él. Sus párpados se volvieron pesados, y sin darse cuenta, se quedó dormido.
Miguel notó el momento exacto en que su hijo se durmió. Sintió el peso de la cabeza de Mariano apoyarse contra su hombro, luego deslizarse suavemente hacia su pecho. El muchacho se acurrucó como un gato, sus delgadas piernas enrolladas en la manta, su aliento caliente contra la piel expuesta por la camisa abierta de Miguel.
El padre contempló a su hijo dormido y algo se removió dentro de él. La delicadeza de Mariano, su suavidad, el leve rubor en sus mejillas… todo le recordaba lo hermoso que era, y la culpa lo mordió una vez más. Pero esta vez, en la intimidad de la casa vacía y con la película sonando de fondo, Miguel permitió que sus defensas bajaran un poco.
Extendió una mano y acarició el cabello lacio de su hijo, disfrutando de la textura sedosa. Luego dejó que su pulgar rozara la mejilla de Mariano, sintiendo la piel tibia y suave. El muchacho murmuró algo en sueños, acurrucándose aún más en el refugio del cuerpo de Miguel, y el hombre sintió una punzada de necesidad en el vientre que le decía que quizás no fuera tan solo cariño paternal lo que estaba sintiendo.
Sin poder resistirse, Miguel bajó la vista hacia la boca de su hijo. Los pequeños labios rosados se curvaban ligeramente en una expresión pacífica, y por un momento, su propia boca se secó de deseo. ¿Sería posible que estuviera excitado solo por ver a su propio hijo durmiendo? Dios santo…
Pero la presión de sus propios pantalones lo confirmaba, una poderosa erección firme e incómoda, se levantaba contra la tela bajo la manta. Miguel cerró los ojos y contó hasta diez, pero no ayudó. Lo único que logró fue pensar en el olor de Mariano, en la sensación de su cuerpo menudo contra el suyo, en la tentación de esos dulces labios entreabiertos.
Con un gemido ahogado, Miguel dejó que sus dedos se aproximaran a la boca de su hijo dormido. Mariano estaba dormido tan profundo que no se daría cuenta, pensó, y comenzó a acariciar esos labios que lo hipnotizaban. Solo un toque. Un roce suave, sutil, que le permitió sentir la tibieza húmeda de la boca de su hijo incluso a través de la piel. La saliva de Mariano mojó los dedos de Miguel, quien nublado por el deseo se los llevo a la boca pensando como seria besar a su propio hijo.
No supo cuánto tiempo estuvo ahí, simplemente sintiendo, hasta que por fin recuperó la cordura y retiró su mano. Mariano emitió un sonido de sueño placentero, una especie de «Mmm…» que hizo que Miguel se endureciera aún más en sus pantalones.
«Estoy perdido», se dijo a sí mismo, cerrando los ojos y tratando de respirar lentamente, «Estoy absolutamente perdido».
Pero antes de que Miguel se diera cuenta de lo lejos que había ido, Mariano comenzó a moverse y a gemir sutilmente en su abrazo. El niño pequeño murmuró en sueños: «Papá… papá…» y Miguel sintió que el cuerpo delgado de su hijo reaccionaba con una pequeña erección bajo la tela de los pantalones de Mariano. “Acaso esta soñando conmigo?” se pregunto, pero no… no podía ser.
La sensación del miembro de su hijo, aunque pequeño y tembloroso, fue demasiado para Miguel quien decidió que mejor terminaran el día ahí mismo. Lo cargo en brazos como una pluma y lo llevó directamente a su habitación, sin molestarse en encender las luces, solo guiándose por instinto y familiaridad con el camino.
Abrió la puerta, cruzó la habitación oscura hasta llegar a la cama, y allí dejo suavemente a Mariano bajo la colcha. El niño se acomodó como un ovillo, moviendo sus piernas y moviendo suavemente sus brazos mientras seguía soñando. Miguel vio que la erección de su hijo se mantenía firme, y la suya se ajustó al ritmo, respondiendo de igual manera.
A pesar de todo, y en contra de todos los consejos de su razón, Miguel no podía evitar acercarse a su hijo dormido. “No puedo dejarlo dormir vestido” se decía, pero en el fondo sabia que era una excusa. Le quitó suavemente los pantalones, ahí pudo ver el bultito de su hijo duro en sus boxers de Spiderman y sintió un latigazo en su propio bulto que le era imposible de disimular. “Con el calor infernal que hace, va a sudar si no le saco la remera” se convenció Miguel, y aprovechó los movimientos suaves para acariciar sutilmente la piel suave de su hijo, sintiendo como la humedad invadía su propia entrepierna. Por ultimo, se inclinó sobre la cama y pasó sus dedos por la cabeza de Mariano, acariciando algunos mechones de cabello con su mano. Luego descendió lentamente hasta rozar la mejilla de su hijo con su propia nariz, inhalando profundamente ese aroma infantil y aterciopelado que conocía tan bien.
Miguel supuso que debería castigárse por esta indulgencia, por esta transgresión de límites, pero su cuerpo parecía estar tomando el control, haciendo lo que le dictaba el deseo cada vez más feroz.
Mariano entre sueños extendió los brazos, buscando el consuelo de la presencia de su padre. Con voz suave y adormilada, murmuró: «No te vayas, papá… quédate conmigo, como cuando era pequeño». Los ojos del muchacho se abrieron apenas, entreabiertos, confundidos y suplicantes. Era un pedido simple, sincero, el de un niño que extrañaba la seguridad de tener a su padre cerca luego de una película de terror.
Miguel dudó, luchando internamente entre su sentido del deber y la tentación que representaba acostarse junto a su hijo. Sabía que debía irse, que era lo correcto, pero algo en él no podía soportar la idea de abandonarlo en ese momento vulnerable. Además, su propio deseo egoísta clamaba por permanecer cerca del cuerpo cálido y frágil de Mariano.
«Solo esta noche», se prometió a sí mismo, justificando su decisión. «Mañana todo volverá a la normalidad». Que equivocado estaba…
Asintió en silencio, para no despertar a su pequeño, y se quitó la camisa y los pantalones, quedando solo en su ropa interior. La prenda ajustada dejaba claro el contorno grueso de su pene erecto y sus bolas pesadas y peludas. El inconfundible olor a macho de Miguel inundo la habitación, aún no se había duchado luego de un día de calor sofocante y trabajo arduo, sumado al sudor y humedad típicas de estar excitado. Trepó a la cama de Mariano, se arrastró hasta él, y se acostó a su lado.
El contacto entre sus cuerpos fue instantáneo y electrizante. Mariano, dormido, se giró hacia su padre y se acurrucó contra él, colocando su rostro contra el pecho peludo de Miguel. Este lo abrazó suavemente, rodeándolo con sus brazos fuertes y protectores.
El olor de ambos se mezcló en el aire: el aroma masculino y fuerte de Miguel, y el perfume limpio y dulce de Mariano. Sus respiraciones se sincronizaron, y pronto el silencio de la noche los envolvió en su manto.
En la oscuridad los recuerdos comenzaron a inundar la mente de Miguel mientras sostenía a su hijo dormido entre sus brazos. Volvió a pensar en aquella ocasión, hacía ya varios años, cuando Mariano estaba pasando por una fase de temor a las tormentas. Una noche especialmente violenta, con truenos y relámpagos iluminando la habitación, el pequeño había corrido hacia el cuarto de su padre, asustado y sollozando.
Miguel recordaba cómo había consolado a su hijo, dejándolo dormir en su cama esa noche, acunándolo hasta que el sueño se lo llevó. Pero lo que no podía sacar de su cabeza era lo que había pasado más tarde, cuando Mariano, dormido y confundido, se había aferrado a su pecho buscando confort, y luego había encontrado uno de los pezones de Miguel con sus labios.
En un primer momento, el hombre había intentado apartar suavemente a su hijo, pero luego algo dentro de él había cedido, tal vez una mezcla de soledad, cansancio y otra emoción más intensa que no quería reconocer. Se había dejado hacer, sintiendo la lengua y los labios del niño succionar débilmente contra su pezón endurecido. Y había tenido que tragarse un gemido al sentir la chispa de placer que aquello le provocaba.
Esa noche, aunque Mariano era mayor y estaba más consciente, algo similar parecía estar sucediendo de nuevo entre ellos dos, su pequeño dormido volvía a acariciar con sus labios el pecho peludo de Miguel. Tal vez el joven simplemente buscara consuelo en su padre como cuando era pequeño, tal vez solo seguía soñando algo tan intimido que lo mantenía duro como una toca, pero la reacción visceral y la excitación que eso provocaba en Miguel le decían que quizás hubiera algo más detrás de todo eso…
Mariano se movió en sueños una vez más, y su pequeña mano, como guiada por una voluntad propia, cayó directamente sobre el bulto duro y sudado de su padre. Miguel contuvo la respiración, su cuerpo entero tensándose ante el contacto inesperado pero desesperadamente deseado.
La mano de Mariano yacía abierta y relajada sobre la erección de Miguel, sintiendo su calor y dureza a través de la delgada tela de la ropa interior. El padre dejó escapar un suspiro tembloroso, luchando contra el impulso de moverse, de frotarse contra esa mano inocente. Pero el calor y la humedad bajo las mantas, combinados con el aroma macho intenso que saturaba el aire, estaban consumiendo cualquier rastro de autodisciplina que le quedaba.
Lentamente, casi imperceptiblemente, Miguel comenzó a frotar su verga contra la palma abierta de su hijo. El movimiento era suave, rítmico, controlado. No buscaba el climax, solo quería sentir placer, el calor de la piel de Mariano contra su miembro palpitante. La fricción generaba un sonido húmedo y sigiloso que se mezclaba con las respiraciones entrecortadas de Miguel.
El calor de la noche sumado a la calentura del momento hacia que ambos sudaran, empapando la cama debajo de ellos y haciendo que sus cuerpos resbalaran el uno contra el otro. El olor a macho, a hombre excitado y descontrolado, inundaba toda la habitación, tan denso que parecía casi visible. A Mariano, dormido y ajeno a todo, este olor le llegaba como un sueño y su cuerpo respondía con pequeños espasmos involuntarios.
Miguel mordió la almohada para amortiguar el gemido que escapaba de su garganta cada vez que la mano de su hijo se movía levemente con los movimientos del sueño, y cada ligero apretón accidental enviaba descargas eléctricas por toda su espina dorsal.
Un cambio en la respiración de Mariano alertó a Miguel. Las inhalaciones del muchacho se volvieron más profundas, más conscientes y su cuerpo comenzó a tensarse lentamente. Miguel tuvo apenas unos segundos para decidir qué hacer.
Debería haberse apartado. Debería haber movido la mano de su hijo y haberse levantado de la cama. Pero no lo hizo. Algo oscuro y morboso dentro de él lo mantuvo en la misma posición, con la erección presionando contra la palma de Mariano, fingiendo un sueño profundo mientras su corazón martillaba en su pecho.
«Dios me castigará por esto», pensó, pero no se movió ni un milímetro.
Mariano recuperó lentamente la conciencia. Sus párpados se agitaron y sus ojos se adaptaron a la oscuridad de la habitación. La primera sensación que registró fue calor: el calor del cuerpo de su padre, el calor de su propia mano, y el calor de algo duro contra su palma. Su cerebro, aún envuelto en la nube del sueño, tardó un momento en procesar lo que estaba sucediendo.
Cuando lo entendió, se quedó paralizado.
Con cautela, sin mover ni un músculo, comenzó a verificar si su padre estaba despierto. Observó la cara de Miguel en la penumbra: sus facciones relajadas, sus labios ligeramente entreabiertos, su pecho peludo al descubierto subiendo y bajando en un ritmo pausado. Parecía profundamente dormido.
El corazón de Mariano latía tan fuerte que temía despertarlo. Pero su cuerpo ardía con un calor que no podía ignorar, una calentura repentina e intensa se extendía desde su vientre hasta la base de su columna. El olor a macho saturaba todo el aire que respiraba —sudor, deseo, testosterona— y era abrumador.
Con manos temblorosas y un miedo que le producía escalofríos, Mariano comenzó a masajear el bulto de su padre. Primero con toques suaves y exploratorios, sintiendo la firmeza a través de la tela empapada de sudor. Luego, con más confianza, sus dedos se curvaron alrededor del tronco grueso y comenzó a mover su mano lentamente de arriba a abajo, descubriendo las dimensiones de lo que su padre escondía bajo los boxers.
Un gemido ahogado escapó de los labios de Mariano antes de que pudiera contenerlo “ufff papá” decía mientras suspiraba, pero Miguel no se movió. No reaccionó. El muchacho continuó su exploración, fascinado y asombrado por igual de lo enorme que se sentía la verga de su padre, mientras su propia excitación crecía entre sus piernas, una erección completa que nunca antes había experimentado con tal intensidad.
El aire que salia de abajo de las mantas olía a sexo, a hombre, a algo prohibido y adictivo. Padre e hijo permanecían unidos en un abrazo intimido, uno fingiendo dormir, el otro cumpliendo su más oscura fantasía.
Mariano lentamente y como pudo bajo sus manos, quería sentir el peso de los huevos de su padre, lentamente recorrió el tronco de esa verga enorme que latía con cada caricia, llegó la cabeza de la verga de su papá y el calor y la humedad ahí eran absolutas. Su padre se mojaba muchísimo y eso solo aumento la excitación de Mariano, entonces por fin llegó, las bolas de papá, grandes, pesadas dentro de esa que estaba empapada en sudor, las acaricio un poco y emprendió el camino devuelta. Notó que la erección de su padre estaba distendiendo el borde de los boxers y que el inicio del pubis de su padre asomaban por encima de la tela. Con una timidez y una audacia que no sabía que poseía, extendió su mano y los tocó. El vello era grueso y suave, empapado de sudor que se unía a la humedad que su mano ya había juntado mientras exploraba el bulto de su padre.
Luego, llevado por un frenesí que no podía controlar, Mariano llevó los dedos a su rostro y los olió profundamente, inhalando el aroma del sudor de la verga de su padre. Fue un gemido ahogado lo que brotó de su garganta y tuvo que taparse la boca con ambas manos para no gritar.
El olor era intoxicante: hombre, sexo, sudor… papá… una mezcla de sensaciones que lo hizo sentir mareado y excitado en igual medida. Su propia erección palpitaba con insistencia y Mariano necesitó todas sus fuerzas para no comenzar a masturbarse en ese mismo momento.
Miguel siendo testigo mudo de todo esto confirmó lo que más temía: su hijo no solo era gay, sino que también lo deseaba a él, a su propio padre, con el mismo deseo o quizás aun mayor que el estaba volviendo a sentir por su propio hijo después de años de reprimirlo. La idea lo llenó de una culpabilidad abrumadora, pero también de un deseo que no podía negar. Su verga latió con fuerza, endureciéndose aún más contra la palma de Mariano, pero se quedó perfectamente quieto, fingiendo seguir dormido. «Esto está mal», pensó Miguel. «Lo estoy corrompiendo… lo estoy usando…». Pero no se movió. No quiso moverse. El placer que sentía al ser tocado por su hijo, aunque fuera involuntariamente, era demasiado grande para resistirse.
Con movimientos lentos y calculados, Miguel se acomodó en la cama, cambiando de posición de manera que su axila izquierda quedó a solo unos centímetros de la cara de Mariano. El vello era grueso y negro, empapado de sudor que brillaba bajo la luz tenue de la luna que filtraba por la ventana. El olor que desprendía era intenso: masculino, crudo, viril. «Si quiere olerme», pensó Miguel con un deseo que lo sorprendió a sí mismo, «que lo haga. Así sabrá a qué huele el hombre que desea».
Y así, con el corazón martillando en su pecho y su erección presionando contra la mano de su hijo, Miguel fingió dormir mientras su axila peluda y sudada se acomodaba bajo el rostro de Mariano, invitándole a explorar, a oler, a satisfacer esa curiosidad morbosa que ahora sabia era parte integral de quien era su hijo.
El cambio de posición fue un regalo divino para Mariano. Ahora tendría acceso completo a la axila que tanto deseaba, y podría probar el sabor y el olor de su masculinidad sin restricciones, su mas profunda fantasía se hacia realidad. Embriagado por el deseo y la locura, enterró su rostro en la axila de su padre. Inspiró profundamente, absorbiendo todo el aroma del sudor y la testosterona, y un gemido que se escapó de sus labios. Era demasiado, más de lo que cualquier mortal podría soportar sin rendirse al éxtasis total.
«Oh dios papá», se escuchó decir mismo, sin importarle si Miguel despertaría o no. Sus manos, todavía sobre la erección de su padre, aumentaron el ritmo y la presión, sintiendo cómo la verga vibraba y palpitaba en respuesta. Estaba fuera de sí, respiraba el olor saturado a macho de su padre, sentía la cara mojada por el sudor de quien lo había engendrado, y en su mano latía la enorme verga de papá, gorda, húmeda, caliente, empapando su mano, llenándola del precum de su verga que ya filtraba por la tela del bóxer. Fue demasiado, algo se rompió en su mente y ya no pudo controlarlo mas. Con un gemido profundo, Mariano alcanzó su clímax, el más explosivo hasta el momento. No llegó a masturbarse siquiera; simplemente el olor y el tacto fueron suficientes para hacerle derramar todo su semen sin siquiera tocarse.
Sus piernas se sacudieron violentamente, su cuerpo se arqueó, su cara que apretó contra la axila peluda de su padre sofocando los gemidos y llenando sus pulmones con su olor en cada respiración. Un orgasmo tan fuerte y visceral lo recorrió que tuvo que sentía su alma se iba completa en cada pulsación de su verguita. Luego, como si toda su energía hubiera sido drenada, se desplomó contra el torso sudoroso de su padre, con su rostro enterrado en esa axila que lo había llevado al limite.
Miguel esperó con la respiración contenida hasta que sintió que su hijo se desplomaba contra él, y luego exhaló en silencio. Sabía que lo que acababa de suceder era una línea que no podían cruzar de vuelta, pero en ese momento, todo lo que importaba era el peso cálido y suave de su hijo pequeño en sus brazos.
El sol matutino filtró su luz a través de las cortinas de la habitación, y Mariano se despertó con un sobresalto. Parpadeó varias veces, confundido por un momento, hasta que se dio cuenta de que estaba solo en su cama, «fue un sueño?» se preguntó.
Se incorporó rápidamente y la confusión inicial se transformó en una comprensión devastadora. El recuerdo de lo que había sucedido la noche anterior inundó su mente, y las sensaciones —el tacto de su padre, su olor, el clímax que lo había sacudido hasta los huesos— eran tan reales que aún sentía en su cara ese olor a macho viril y en su entrepierna la humedad de sus boxers.
«Papá…» susurró, buscando en la habitación vacía. No había señales de Miguel; probablemente se había levantado temprano, como siempre hacía. Pero lo que si había era la certeza de que lo de anoche no había sido un sueño, la habitación olía a él, la cama estaba húmeda de sudor en donde él había estado, y su mano… su mano olía a una verga que no era la suya.
El muchacho salió de la cama y se paró frente al espejo, examinando su propio rostro y cuerpo. ¿Cómo se había permitido llegar tan lejos? ¿Cómo habían llegado las cosas a este punto?. Pero mientras se miraba, otra sensación empezó a emerger: una excitación febril, un anhelo que se extendía por todo su cuerpo. Recordó el olor de la axila de su padre, la sensación de su miembro grueso entre sus manos, el gemido que había lanzado al alcanzar el clímax más intenso de su vida…
«Quiero más», se oyó decir a sí mismo, y se avergonzó de la necesidad en su voz.
Sabía que lo que habían hecho estaba mal, pero no podía negar el deseo abrasador que ardía en su interior, un fuego que solo su padre podía apagar. Y aunque la culpa lo carcomía, también lo excitaba, porque le gustaba la idea de ser el juguete de Miguel, de entregarse completamente a él y dejar que papá tomara todo lo que quisiera.