El timbre suena tres veces, demasiado insistente para ser un simple servicio técnico. Ana seca sus manos en el delantal cuando abre la puerta, encontrándose con tres pares de ojos que la recorren de arriba abajo antes de saludar.
– Señora… problemas con la lavadora, ¿verdad? – dice el primero mientras pasa rozándole el pecho al entregarle la factura.
El segundo ya está entrando sin permiso, dejando caer casi intencionalmente una llave inglesa que rueda hasta sus pies.
– Uy, perdone… – murmura el tercero al agacharse, sus dedos rozan su pierna ligeramente, prolongando el contacto con su pantorrilla más de lo necesario.
Ana siente el primer escalofrío cuando nota cómo sus overoles azules no logran ocultar las protuberancias que se forman entre sus piernas.
El rubio, el de manos ásperas y uñas mugrosas, es quien da el primer paso audaz.
– Hace un calor de mierda aquí, ¿no le parece, señora?
Dice mientras se baja un poco el overol para revelar la parte alta de su bóxer ajustado. Ana abre la boca para protestar cuando el moreno de nariz torcida y nudillos tatuados le atrapa la muñeca.
– Tranquila, sólo estamos trabajando – susurra mientras su pulgar frota círculos en su palma sudorosa.
El tercero, el más alto, elige ese momento para pasar detrás de ella, frotándole su erección palpable contra sus nalgas cuando por accidente tropieza.
– Uy, qué torpe – murmura sin un ápice de vergüenza.
La resistencia de Ana duró hasta que el moreno le quita el delantal con un tirón brusco. Ella se quedó sin reacción, no sabía que hacer ni que decir… pero era algo que le estaba gustando…
– Mira cómo tiemblan estas tetas – gruñe mientras aprieta sus enormes entre dedos engrasados.
El rubio ya está desabrochándose el cinturón cuando el alto le agarra la nuca.
– Ponete de rodillas, puta, te vamos a enseñar para qué sirve nuestra herramienta.
Ana solloza cuando el primer dedo entra en su boca, sabiendo exactamente hacia dónde se dirige esto… y lo peor, lo más excitante, es que parte de ella siempre lo supo.
El moreno empuja a Ana contra la lavadora vibrante, sus dedos aún siguen húmedos de su saliva, cuando descienden hacia su entrepierna.
– Mira cómo se abre sola esta puta – gruñe mientras rasga su ropa interior con un dedo engrasado. El rubio le agarra las tetas desde atrás, mordiendo su oreja.
– Grita si te duele, puta… aunque sabemos que te gusta. Ana arquea la espalda cuando el primer dedo penetra su vagina, demasiado seco al principio, hasta que el alto escupe directamente sobre los labios hinchados de su sexo.
– Así… relájate, perra, que esto es sólo el calentamiento.
El rubio ahora tiene a Ana doblada sobre la lavadora, sus nalgas al aire mientras el moreno le frota el glande contra su clítoris.
– Te vas a tragar cada centímetro, puta – jadea mientras empuja dentro de ella de un solo golpe. Ana grita, no de dolor, sino de ese placer culpable que la hace arquearse más. El alto observa, deslizando sus dedos por su espalda sudorosa.
– Mirala… como empuja el culo hacia atrás. Esta perra nació para esto.
Y cuando el moreno acelera el ritmo, sus peludos muslos golpeando sus nalgas, Ana empieza a gemir en serio, ese sonido gutural de hembra que ya no puede fingir que no lo quiere.
El alto elige ese momento para agarrarle las caderas y girarla bruscamente.
– Ahora el culo, puta. – ordena mientras escupe en su agujero tenso. Ana solloza cuando la cabeza de su verga empuja contra el esfínter, demasiado grande, demasiado rápido, hasta que el moreno le agarra el pelo y le gruñe,
– Respira, perra, o te lo hago doler de verdad.
El rubio, todavía empotrándola por delante, le aprieta las tetas contra el metal de la lavadora:
– Mirala… hasta el ano se le abre como una buena puta.
El gemido de Ana se convierte en un quejido largo cuando el alto finalmente se hunde dentro de su culo, cada centímetro arrancándole lágrimas que el rubio lame con sadismo.
– Grita más fuerte, puta… que tu marido escuche desde el trabajo lo que le hacemos a su mujer – jadea el moreno mientras acelera sus embestidas.
La lavadora vibra tan fuerte que el metal parece quemar las tetas aplastadas de Ana, pero ya no importa… sólo importan las tres vergas que la están convirtiendo en su juguete personal. El alto gruñe algo sobre ensartarla como a una perra en celo, cuando empieza a correrse.
El primer chorro de semen del alto llena el culo de Ana con tanta fuerza que sus músculos abdominales se contraen involuntariamente.
– Toma, puta… ahí tienes tu lubricante – gruñe mientras sigue eyaculando dentro de ella.
El rubio, viendo eso, acelera sus embestidas, los testículos chocando contra el clítoris hinchado de Ana.
– Ahora te toca a ti, puta… ábreme esa conchita – ordena mientras sus dedos se clavan en sus caderas.
El moreno, todavía agarrando su pelo, acerca su verga a sus labios.
– Y a chupar, perra… no querrás que se desperdicie.
Ana abre la boca instintivamente cuando el moreno le clava la verga hasta la garganta, demasiado profundo, y tose alrededor del miembro mientras el rubio sigue martilleando su concha.
– Traga, puta… que tu marido ni siquiera te hace hacer esto.
Gruñe el alto mientras frota sus bolas contra su culo todavía palpitante. El gemido ahogado de Ana se convierte en un gorgoteo cuando el moreno eyacula directamente en su esófago, sus dedos atrapando sus fosas nasales para obligarla a tragar cada gota.
El rubio elige ese momento para clavarla hasta el fondo, sus peludos muslos aplastando el clítoris de Ana.
¡Ahora, puta, córrete con nuestra leche adentro!
El orgasmo de Ana llega con violencia, una serie de espasmos que hacen que el rubio gruña.
– Mierda, esta puta me está exprimiendo la verga.
El alto, todavía sobándole el culo lleno de semen, le da una nalgada que deja una marca roja.
Qué buena perra… hasta el culo te late como si quisiera más.
El moreno, retirando su verga babosa de su boca, le dice directamente en la cara.
– Limpiate, puta… que tu marido vea cómo quedaste’.
La puerta se abre justo cuando el rubio está eyaculando dentro de la concha palpitante de Ana, chorros espesos que le hacen arquear la espalda contra la lavadora.
Hugo queda paralizado en el umbral, viendo cómo el semen del rubio se mezcla con el que ya gotea del culo de su esposa.
Ana, jadeando, levanta la cabeza y lo mira directamente mientras el moreno le frota la verga babosa contra los labios.
– Vení, cornudo… prueba lo que hombres de verdad pueden hacer con una hembra como tu esposa.
Los técnicos ríen cuando Hugo cae de rodillas, arrastrándose hacia ellos como un perro obediente.
Ana estira su mano, como llamándolo hacia donde esta ella, él se acerca, sigue arrodillado, y Ana lo toma de la nuca y lo empuja hacia abajo, hacia su vagina.
Hugo lame el semen que gotea de la concha abierta de Ana, sus labios temblorosos succionan cada gota de leche de sus machos, mientras los técnicos ríen arriba de ellos.
– Más, cornudo… chupa toda la leche de mis nuevos amos.
Jadea Ana, empujando la cabeza de Hugo más contra su entrepierna. El rubio agarra la nuca de Hugo, forzándolo a lamer el semen que chorrea del culo de su esposa.
– Así se hace, cornudo… aprende cómo se sirve a una puta bien atendida.
El alto, todavía semiduro, frota su verga babosa contra la mejilla de Hugo.
– Ahora abre bien, mamón… que te toca tragar nuestra marca.
El moreno agarra a Hugo por el pelo y lo obliga a arrodillarse frente al alto, cuya verga aún gotea sobre la cara de Ana.
– Abre, cornudo… que tu mujer ya aprendió su lugar.
Gruñe mientras le clava los dedos en las mejillas. Hugo abre la boca instintivamente cuando el alto se embiste hasta la garganta, demasiado rápido, demasiado profundo, mientras Ana mira con los ojos brillantes.
– Sí, Hugo… traga como la puta que siempre quisiste ser.
El rubio, todavía sobándole las tetas a Ana, escupe directamente en la boca abierta de Hugo.
– Toma, cornudo… nuestro sello.
El alto eyacula directamente en la garganta de Hugo, chorros espesos que le hacen toser semen mientras el moreno le aprieta las fosas nasales.
– Traga, cornudo… igual que tu puta esposa. – dice mientras frota la punta babosa contra sus labios temblorosos.
Ana, todavía empalada por el rubio, se retuerce con placer al ver a su marido arrodillado.
– Míralo, tan obediente… ahora entiende cómo debe ser.
El rubio finalmente eyacula dentro de la conchita ya abierta de Ana, chorros espesos que se mezclan con el semen previo mientras Hugo lame frenéticamente.
– Miralos… toman leche como dos perros hambrientos. – ríe el alto mientras agarra la cabeza de Hugo y la empuja contra las nalgas sudorosas de Ana.
– Limpia bien a tu puta, cornudo – ordena el moreno, frotando su verga semidura contra la mejilla de Hugo.
Ana gime cuando los dedos del rubio encuentran su clítoris hinchado.
Sí, Hugo… chupa toda su leche de mí… demuéstrales a estos machos lo buen cornudo que eres.
El alto y el rubio levantan y voltean a Ana sobre la lavadora, ella tiene sus muslos temblorosos abiertos en forma de V mientras el moreno empuja a Hugo contra el piso.
– Dos por delante, uno por atrás… cómo les gusta a las putas.
Mientras el alto clava su verga en la vagina ya abierta de Ana, el rubio, con un movimiento brusco, le introduce la suya en el culo todavía palpitante, los dos cuerpos chocando contra sus nalgas en un ritmo perverso. Mientras, el moreno levanta la camisa de Hugo y escupe directamente en su ano virgen.
– Ahora te va a tocar a vos, maricón.
Pero primero se dirige hacia donde esta Ana y comienza a meterle su verga en la concha, justo al lado de la verga que ya tenía Ana adentro, haciéndole una doble penetración simultánea de concha, Ana grita cuando las dos vergas la penetran al mismo tiempo por su concha, demasiado lleno, demasiado profundo, sus tetas seguían aplastadas contra el metal vibrante.
– Mirala cómo empuja contra las dos vergas – jadea el rubio mientras el alto le aprieta las caderas.
Hugo solloza cuando el moreno finalmente sale de adentro de Ana y se hunde en su culo, estaba muy seco y fue demasiado rápido, mientras Ana lo mira con ojos vidrioso.
– Sí, Hugo… ahora sabes cómo se siente.
Los tres técnicos establecen un ritmo brutal, las embestidas del alto y el rubio haciendo que Ana rebote sobre la lavadora mientras el moreno martilla el culo virgen de Hugo.
– Grita más fuerte, cornudo… que tu puta esposa escuche lo que le hacemos a tu agujero – gruñe el moreno mientras agarra las caderas temblorosas de Hugo.
El rubio, viendo las lágrimas en la cara del marido, se inclina para lamerlas con sadismo.
– Tranquilo… pronto te va a encantar y vas a pedir más.
El rubio agarra las tetas de Ana con ambas manos, apretándolas alrededor de su verga mientras el alto sigue empotrándola por detrás.
– Mirala… cómo se frota sola contra mi pija – dice mientras frota sus pezones hinchados contra el glande.
Ana gime cuando el alto le muerde el hombro algo fuerte, dejando marcas, y el rubio aprovecha para clavar su verga entre sus labios.
– Chupa, puta… que tu marido vea cómo se hace – ordena mientras le empuja la cabeza hacia abajo.
Hugo solloza desde el piso donde el moreno sigue martilleando su culo, pero Ana ya no lo ve, sólo tiene ojos para ver las dos vergas que la están usando como su juguete personal.
El alto cambia de ángulo bruscamente, levantando las piernas de Ana sobre sus hombros, mientras el rubio le frota las tetas contra su vientre sudoroso.
– Ahora sí… sacale toda la leche a esta perra – jadea el alto mientras acelera sus embestidas tan profundas, que Ana grita cada vez que sus peludos muslos golpean sus nalgas.
El rubio, viendo cómo se le cierran los ojos a Ana, le agarra el pelo:
– Ábrelos, puta… mira cómo tu marido llora mientras le rompemos el culo.
El orgasmo de Ana llega con violencia, un espasmo tan fuerte que hace que el alto gruña
– Mierda, esta perra me está exprimiendo la verga.
El rubio no se detiene, frotando su glande contra su clítoris palpitante.
– Otra vez, perra… correte otra vez con nuestra leche adentro.
Y cuando Ana abre la boca para gemir, el rubio la embiste hasta la garganta, silenciándola con carne mientras el alto sigue llenándole su conchita.
El alto levanta a Ana de la lavadora como un fardo, sus piernas temblorosas colgando a cada lado de sus caderas mientras el rubio le muerde una teta.
– A la cama, perra… ahí es donde perteneces – le dice mientras camina hacia el dormitorio, seguido por los otros.
Hugo arrastra sus rodillas raspadas detrás, lamiendo el semen que gotea de los muslos de Ana. El moreno abre las piernas de Ana sobre el colchón, y escupe directamente en su ano palpitante.
– Doble por delante, cornudo… que aprendas cómo se debe coger a tu mujer.
El rubio y el alto se posicionan entre sus muslos, dos cabezas gruesas presionando contra su concha bien abierta. Ana grita cuando la penetran simultáneamente, demasiado profundo ambas vergas al mismo tiempo entrando hasta lo más profundo de ella, sus cuerpos chocando contra su clítoris en un ritmo perverso.
El moreno no espera, agarra el pelo de Hugo.
– Ahora lame, maricón… limpia la verga de tus amos.
Dice esto hundiéndose en el culo de Ana con un solo empujón mientras el squirt de Ana llega cuando el rubio frota su glande contra su clítoris hinchado, un chorro caliente que moja el vientre del alto y las manos de Hugo.
– Mirala… cómo orina de placer – ríe el moreno mientras acelera sus embestidas. Ana no puede hablar, sólo gemir alrededor de la verga del rubio que le llena la garganta, sus ojos rodando hacia atrás cuando el alto murmura.
– Esta puta nació para ser un juguete de tres agujeros.
El alto y el rubio aceleran simultáneamente sus embestidas, los muslos del rubio aplastando el vientre de Ana mientras el alto la empala contra la cabecera de la cama.
El moreno, viendo cómo el culo de Ana se abre alrededor de su verga, le da una nalgada que deja una marca roja:
– Grita, puta… que tu marido escuche cómo te rompemos toda, y te cogemos como una verdadera puta como vos se merece…
Ana intenta obedecer, pero el rubio le clava los colmillos en las tetas demasiado fuerte, y su grito se convierte en un gemido ahogado cuando el alto murmura.
– Córrete otra vez, perra… con nuestras vergas adentro.
El segundo squirt de Ana llega con violencia, un chorro caliente que moja el pecho del alto y las manos de Hugo, quien lame frenéticamente.
– Traga, cornudo… nuestra marca – gruñe el rubio mientras eyacula directamente en la garganta de Ana.
El alto sigue empotrándola tan profundo, que cada embestida hace que el semen del rubio rebose por sus comisuras.
El moreno elige ese momento para clavar sus dedos en las caderas de Ana y rugir
– ¡Ahora, perra, tómalo todo! – mientras descarga dentro de su culo.
Los tres técnicos se retiran simultáneamente, dejando a Ana temblorosa y llena de semen, sus agujeros goteando sobre las sábanas.
Hugo sonríe complica cuando el rubio le agarra la cabeza.
– Limpia a tu puta, maricón… que sepa su lugar.
Ana mira a su marido con ojos vidriosos mientras lame su concha bien abierta y llena de leche.
– Sí, Hugo… aprende cómo me deben tratar los hombres.
FIN