Esta historia comienza cuando yo tenía 18 años. Me llamo Roberto, mido 1.74 m, tengo cuerpo atlético, soy deportista: juego fútbol, básquet y corro como atleta en 100 y 200 metros. Cursaba el 4.º año de secundaria. Vivo con mi madre, se llama Isabel, tiene 33 años, estatura regular, cuerpo esbelto y cabello largo.

Yo acostumbraba a salir todas las noches a jugar y conversar con mis amigos en la plaza de armas de la ciudad donde vivimos. Me recogí a eso de las 10 de la noche. Cuando llegué a casa, vi que la luz estaba apagada, me sorprendió. Abrí la puerta despacio para no hacer ruido y entré sigilosamente. Entonces escuché en el cuarto de mi madre sus gemidos y lo que decía:

—Juan, mi amor… soy tuya… así, mi amor, métela… qué rico… quiero toda tu pinga en mi conchita… amor, sigue… no pares…

Él respondía:
—Isabelita, ¿te gusta mi pinga?… así la quieres toda adentro… toma, toma…

Al ratito él le dijo:
—Isabelita, voltéate, ponte en cuatro.

Ahí solo escuché que mi madre gritó:
—Juancito, mi amor… despacio… me duele… despacio…

Y él contestaba:
—Así te quería tener, Isabelita… ahora eres solo mía.

Mi madre respondió:
—Sí, papacito, soy solo tuya… sigue, mi amor, dame más fuerte… sigue, voy a terminar…

Como a los minutos, mi madre dijo:
—Ya terminé, mi amor… sigue… sigue… no la saques… ya, ya, ya terminé…

Pasaron unos minutos, solo escuché que hablaban en voz baja. Hice que abría la puerta y la cerré, y dije:
—Mamá, ya llegué… ¿estás bien?

Ella me contestó:
—Sí, hijo, estoy bien. Ya corre a dormir.

Cerré las puertas, me fui a mi cuarto y me quedé dormido pensando en lo de mi madre.

Al día siguiente me levanté temprano para ir al colegio. No estaba el tal Juan. Mi madre me dio el desayuno y me fui al colegio. Después, el tal Juan venía cada 15 días.

Fue en la tercera vez, era fin de semana. Habíamos jugado fútbol y nos quedamos a brindar. Yo no tomo mucho, me recogí a eso de la 1 de la mañana. Llegué a casa y había música. Al toque dije: «Ahí está Juan». Entré despacio para que no me escucharan, me asomé a la sala y vi a dos desconocidos. Eran amigos de Juan, que la tenían a mi madre agarrada y tocándole los senos, mientras Juan estaba borracho durmiendo.

Boté la mochila de mis implementos, entré y grité:
—¿Qué mierda pasa acá? ¡Dejen a mi madre! ¡Fuera de mi casa, maricones! Se meten con una mujer indefensa… ¡fuera o los saco a patadas!

Uno de ellos se puso machito, yo agarré una silla… Para eso mi madre se sentó en el sofá. Los patas solo dijeron:
—Vámonos, ya perdimos.

Agarraron sus casacas:
—Ya nos vamos, amigo, tranquilo.

Yo estaba furioso y les dije:
—También llévense a su amigo borracho. Espero no volver a verlos, menos por mi casa… porque ahí sí me van a conocer.

Salieron los tres, cerré la puerta de la calle y entré a ver a mi madre. Estaba que se dormía. Le dije:
—Mamá, despierta… entra a tu cuarto a descansar.

En eso se paró y me abrazó:
—Hijo… hijito… gracias… ¿qué hubiera pasado si no llegabas?

Me abrazaba y besaba la frente. Estaba en camisón y le vi sus tetas, eran grandes. Se me paró la verga. La separé y le dije:
—Mamá, para eso estoy… tengo que cuidarte y hacer que te respeten. Mamita, corre a dormir… mañana conversamos.

Al día siguiente era sábado, me desperté a eso de las 9 de la mañana. Mi mamá había hecho el desayuno. Le dije:
—Mamá, ¿no has abierto la tienda?

Ella respondió:
—Descansemos, hijo, más tarde la abro.

Estábamos a fines de abril. Yo ahora me recogía a las 8 de la noche máximo. Una de esas noches llegué a casa y encontré que mi madre tenía compañía de una amiga. Se llamaba Rosario, era alta, buen cuerpo, sobre todo buen trasero, tendría 28 años.

Mi madre me dijo:
—Hijo, ¿no te acuerdas de ella? Es hija de la señora Paulina.

Yo hice memoria y le dije:
—Claro… sí me acuerdo… está linda.

Rosario comentó:
—Pero cómo se ha crecido tu hijo… está todo un hombre… ja, ja, ja.

Tomamos un par de cervezas y Rosario le dijo a mi madre que la acompañara a su casa. Mi madre accedió. Eran como las 10 de la noche, salimos, hacía frío. Rosario me dijo:
—Robertito, abrázame para que los borrachos no nos molesten, que digan que somos enamorados.

La abracé, ella también me correspondió. Llegamos a su casa, nos despedimos. En eso ella me jaló y me besó en la boca. Eso me puso más arrecho. Ella lo notó y me dijo:
—Robertito… lo dejamos para otro día.

Llegué a mi casa, mi madre me estaba esperando:
—Hijo, ¿todo está bien? ¿No pasó nada?

Yo le dije:
—Sí, mamá, todo bien… hasta mañana. Y no olvides que tenemos una conversación pendiente.

Ella respondió:
—Verdad, hijo, mañana sin falta conversamos.

Continúa…