Capítulo 2
- El largo viaje interestelar de la nave Orion II. – 1° etapa
- El largo viaje interestelar de la nave Orion II. – 2° etapa
El largo viaje interestelar de la nave Orion II. – 2° etapa
Tras varias sesiones de trabajo e investigación, y un placer sexual desenfrenado, llegamos a la última sesión antes de regresar a la cámara criogénica para continuar el sueño eterno del viaje.
Por un lado, iba a permitirme descansar de nuevo y recuperarme para la siguiente etapa, pero por otro, pensaba en cómo iba a perder el mundo de sensaciones que había experimentado durante este tiempo.
Él me había rescatado de un letargo sexual estéril, demostrándome que la sinergia entre razas de distintas galaxias no solo es posible, sino sublime. Era la última vez que sentiría su calor antes de devolverlo a la heladera de transporte, y mi intención era exprimir cada segundo de esa anatomía colosal hasta dejarla vacía.
Terminé los últimos estudios necesarios para guardar el protocolo de la criatura alienígena, cerré los últimos archivos, dando por finalizada oficialmente la sesión, solo quedaba ponerlo en sueño profundo y guardarlo en la cápsula de la cámara de almacenamiento.
Pero antes del paso final, tenía que tener una última vez con esa maravillosa criatura, mi amado Tomi.
Me desvestí y, como antes, le quité las ataduras para liberarlo, pero esta vez fui un paso más allá.
Le coloqué un chip de actividad cerebral en la nuca antes de despertarlo. Este chip actúa directamente sobre el sistema nervioso central, enviando una descarga directa a su médula espinal con solo una palabra que le dijera a la computadora.
Es la mejor y más directa forma de defensa que encontré si las cosas salían mal, dado que había corrido el riesgo de liberarlo por completo.
Quería ver cómo se comportaría cuando estuviera libre y yo frente a su enorme anatomía.
Entonces, reduje gradualmente la sedación hasta llegar a cero.
La criatura abrió los ojos y me ancló con su mirada mientras yo permanecía expuesta y desnuda a su lado. Al verse libre, se incorporó en la camilla con una parsimonia inquietante. Intentó descender, pero sus piernas fallaron, lo sostuve contra mi cuerpo para evitar el desplome y, en ese contacto fortuito, me rodeó con sus brazos interminables.
Era un ser monumental, su estatura me sobrepasaba por treinta centímetros, proyectando una inmensidad que, lejos de asustarme, me resultaba magnética.
Sus caricias comenzaron como un escaneo exhaustivo, recorriendo mi piel con una curiosidad casi sagrada. Me abandoné a su tacto, permitiendo que su anatomía hiciera conmigo lo que quisiera, sumergida en un placer sublime.
Su exploración fue meticulosa, un recorrido que desde mi pecho y caderas, culminó en mis pies.
De pronto, con fuerza contenida, me elevó en el aire y me depositó en la camilla en la que él estaba, quedé allí desconcertada, bajo su aspecto monumental.
Sus manos separaron mis piernas, se arrodilló, y su inefable olfato comenzó a inhalar mis emanaciones, descifrando cada matiz de mi deseo.
Entonces, su boca se entreabrió para liberar esa lengua bífida y carnosa, un órgano de naturaleza reptiliana que me heló la sangre por un instante.
La aspereza inicial de su tacto se transformó en una caricia eléctrica al separar mis labios vaginales. Cuando sus bordes abrazaron mi clítoris con una presión firme, un gemido escapó de mi garganta, estaba irremediablemente a su merced.
Él poseía un mapa exacto de mis zonas erógenas, su escrutinio táctil le había revelado mis centros neurálgicos y fue tras ellos sin vacilar.
Me retorcí en la camilla, presa de un delirio sensorial mientras su lengua bífida aprisionaba mi clítoris, jugando con esa llave del infierno entre sus ásperas puntas.
La estimulación fue tan devastadora que alcancé el orgasmo sobre su rostro. Grité con la espalda arqueada en un arco de tensión pura, mientras una descarga torrencial lo empapaba por completo. Las ráfagas de contracciones me sacudieron de placer, dejándome a merced de los espasmos que aún reclamaban mi cuerpo.
Entre mis piernas, vi cómo su lengua repasaba su propio rostro, chupando mis fluidos con una parsimonia que me encendió la sangre. Sin tregua, sus puntas volvieron a mi entrada, tanteando los bordes antes de clavarse en mi interior.
La fricción rugosa de esa lengua bífida, ese hurgueteo frenético dentro de mis paredes, desató un torrente de maldiciones que mi garganta ya no pudo contener.
-“¡Bicho hijo de puta, te voy a matar! ¡Me estás volviendo loca, no aguanto más!”grité, perdiendo cualquier rastro de compostura.
Estaba absolutamente desencajada, el respeto y la lógica se habían disuelto en ese mar de sensaciones demoledoras.
La lengua se deslizó con una precisión quirúrgica hasta que percibí su llegada al útero, sentí cómo sus puntas rodeaban la entrada de mi cofre de la fertilidad, sondeando su arquitectura con una curiosidad casi animal.
Una de esas puntas se infiltró, arrancándome un grito de dolor, una puntada lacerante que hizo eco en mi vientre.
Tras retirarse de mi vagina, buscó mi anillo anal sin tregua. Debo admitir que, a diferencia de la rigidez de su dedo, su lengua era una caricia embriagadora, sus puntas jugaban a desarmar mi tensión anal, induciendo una dilatación tan profunda que el resto de su lengua ingresó sin resistencia, como si mi cuerpo siempre hubiera esperado ese ingreso.
Hurgaba en mi interior, su lengua actuaba como una sonda biológica que cartografiaba las paredes de mis entrañas, parecía una búsqueda desesperada en mis rincones más hondos, sentí una presión en el vientre, profunda, hasta que la vi emerger fuera.
Al retirarse, comprendí la magnitud de la invasión, esa fibra húmeda se había ovillado casi medio metro dentro de mi organismo.
Se irguió desafiante y pude ver su monumental miembro colgando como una ofrenda sagrada.
Un trofeo reluciente, surcado por venas prominentes, y esa flor, como una corola abierta y húmeda, latía con un ritmo propio. Así, de pie, la bestia que emergía de su entrepierna resultaba todavía más abrumadora.
Un instante de cordura me atravesó y comprendí que esta jornada superaría en crueldad a las anteriores. Soportar con entereza semejante momento no era tarea para voluntades frágiles, mi orgullo me dictaba que debía resistir ante él, incólume, sin importar el precio.
Recorrió con la yema de sus dedos los labios de mi vulva, y deteniéndose en el pubis, sentí ese calor magnético que emanaba de él, disparando mi excitación hacia un nivel sublime. Mi cabeza cayó hacia atrás en un acto de entrega y, con los ojos entrecerrados, supe que el momento había llegado.
Sentí la flor carnosa de su glande presionando mi entrada y, antes de que pudiera recuperar el aliento, se hundió con una embestida reclamando mi interior. Solté un gemido gutural, un jadeo ronco de plenitud, mientras mi cuerpo se expandía para recibirlo y enfundarlo por completo.
Retrocedió para cobrar impulso y volvió a embestirme, hundiendo su miembro hasta el final de mi ser.
Grité, mi respiración y mis clamores se quebraban con cada estocada profunda, iniciando ese camino al infierno.
Sentí con más violencia que nunca esa rugosidad implacable reclamando mi carne, marcando el territorio con una voracidad tal, como si cada centímetro de mi piel le perteneciera por un derecho ancestral.
No había rastro de sutileza, solo urgencia, que me despojaba de toda voluntad, dejándome a merced de un ritmo salvaje que amenazaba con romperme y reconstruirme al mismo tiempo.
Se inclinó sobre mí, me aferró por la cintura y me elevó, obligándome a rodearlo. Suspendida en el aire, sostenida por la fuerza, permanecía de pie en el centro del laboratorio, y me sentí más expuesta y vulnerable que nunca.
Su inmensidad venosa se abría paso dentro de mí con una libertad absoluta, mientras yo solo lograba claudicar ante lo que su instinto animal me dictaba.
A muchos años luz de mi lugar de origen, supe que era suya, sin retorno.
Ante la ferocidad de su empuje, no logré resistir el ritmo frenético de la fricción, y colapsé en el orgasmo más violento y demoledor de mi vida.
Sentí cómo mi cuerpo se rendía, por un placer que más bien parecía una sentencia, marcando el fin de todo lo que alguna vez fui.
Él no se detuvo ante mi entrega, mi orgasmo solo pareció alimentar su voracidad.
Me apretó contra su pecho con fuerza, mientras sus dedos se hundían en mi carne sosteniendo mi cuerpo inerte.
Emitió un gruñido gutural, un sonido primario y hambriento que rebotó en el metal frío del laboratorio.
Con una delicadeza que resultaba casi más aterradora que su violencia, me depositó de nuevo sobre la camilla.
Sus dedos buscaron con avidez mi esfínter anal, rodeándolo en una exploración minuciosa y despiadada.
Salió de mí vagina con un chasquido húmedo y, al inclinarse, su lengua bífida, hábil y anatómicamente perfecta, penetró en el interior de mi ano deslizándose con suavidad por mis entrañas. Sentí esa invasión bífida reclamando territorios donde ningún hombre había llegado, recordándome que lo que me habitaba no conocía límites humanos.
La sensación era devastadora, su lengua reptando, una presencia ajena y fría que se bifurcaba dentro de mí, explorando recovecos que nunca habían sido tocados.
No era placer, era una colonización absoluta de mi sistema, un rastreo meticuloso que hacía vibrar mis paredes internas con una sensación enferma.
Retiró su lengua tras la exploración, dejando un rastro salival frío y húmedo que se evaporaba en el aire del laboratorio.
Mi consciencia, hecha pedazos tras el orgasmo, apenas lograba recomponerse cuando lo vi, erguido, imponente entre mis piernas…presentí la invasión antes de sentirla.
La flor de su poderoso glande presionó mi anillo venoso con determinación. Sin pausa, sin la menor intención de dilatar mi resistencia, se hundió en la estrechez de mí culo con una violencia quirúrgica.
Un grito exasperante me desgarró la garganta.
Sentí cómo mi carne se rendía a su poder, abriéndose a la fuerza ante esa invasión de músculos y venas, una presión que no admitía negociación y que parecía querer poseerme absolutamente.
Ya no era una entrega, era una conquista biológica brutal que me dejaba anclada a la camilla, reducida a un grito que moría contra las paredes de ese cuarto.
Cada embate de ese animal enviaba una señal de alarma a mi cerebro, me sentí hueca, reducida a un simple contenedor, mientras su miembro se deslizaba con una agilidad obscena, invadiendo mis profundidades.
Con una última estocada salvaje que pareció alcanzar mis intestinos más allá del recto, el bulbo de su miembro obturó mi esfínter preparando la escena para la descarga.
Segundos después, el ser emitió un fuerte ronquido resoplando sus narices y sentí la oleada hirviente de su simiente reclamando cada rincón de mi interior, expandiéndose como un ácido que marcaba mi propiedad en tres oportunidades bien marcadas, como si fuesen eyaculaciones separadas.
Se quedó rígido, anclado a mí, respirando con dificultad el aire denso que olía a ozono y a instinto puro.
En ese silencio, supe que ya no quedaba nada de mi ser que no le perteneciera.
Permanecimos así, fundidos en una inmovilidad opresiva. Empecé a percibir una molestia profunda en mi vientre, una paliza visceral que mis intestinos empezaban a cobrarme.
Con un movimiento seco hacia atrás, retiró su enorme miembro de mi esfínter y un dolor agudo, punzante, me arrancó un respingo mientras su glande, todavía hinchado y prepotente, abandonaba mi cuerpo.
Un mar de esperma espeso comenzó a chorrear por mis piernas, ensuciando la pulcritud de la camilla.
Sentí un alivio desesperado con su salida, una tregua física que apenas lograba disimular el desastre que había dejado dentro de mí.
Me sentía profanada, una carcasa biológica que intentaba recuperar el mando de sus propios miembros mientras intentaba incorporarme, pero mis músculos apenas obedecían, me dolía todo, apoyé los codos sobre la superficie helada de la camilla.
Logré sentarme a medias, con la respiración entrecortada y el cuerpo temblando por el trauma de semejante invasión.
Cada centímetro de mi bajo vientre palpitaba con un dolor sordo, recordándome la brutalidad de su conquista mientras mis manos buscaban desesperadamente un punto de apoyo en ese entorno que ahora olía a mi propia rendición.
Apreté los dientes y obligué a mis piernas a tocar el suelo.
El contacto de mis pies con el piso de acero frío me provocó un escalofrío que trepó por mi columna, sacudiendo mi anatomía maltrecha. Al intentar enderezarme, la gravedad hizo su parte, sentí el resto de su simiente, espesa y todavía caliente, deslizarse sin control por mis muslos, un recordatorio viscoso de la invasión que acababa de sufrir, goteando con un sonido rítmico sobre el suelo del laboratorio
Me sentía abierta, desgarrada como si el tejido de mi esfínter hubiera perdido la memoria de su propia forma.
Me aferré al borde de la mesa metálica con el esfuerzo de no desplomarme, trataba de estabilizar mis pasos, el ardor interno me recordaba que cada centímetro de mi profundidad había sido reclamado.
Logré mantenerme en pie, temblando entre el olor a hormonas y fluidos, buscando algo para cubrir mi indefensión biográfica ante su presencia imperturbable… en realidad, buscaba los restos de mi dignidad.
En medio de ese torbellino, vi a Tomi regresar del sector de comandos, las luces del monitor parecían guiarlo en el silencio del laboratorio.
Se acercó despacio, rodeándome con sus brazos. Al sentir sus dedos en mi zona lumbar, el calor que emanaba de ellos actuó como un bálsamo anestésico, los dolores de mi cuerpo fueron menguando hasta desvanecerse. Repitió el gesto desde mi frente hasta mi pubis y el dolor se extinguió de inmediato.
Abracé a ese ser extraño, habitada por una dualidad, lo quería con mi alma, aunque él hubiera sido la fuente de mis más devastadoras humillaciones.
Aun así, besé su pecho con una ternura triste y lo guie a la camilla. Debía volver a su sedación y obedeció sin reparos, con una docilidad que me partía el corazón.
Lo acomodé, cerré sus ataduras y quité su chip. Besé su rostro por última vez, él sacó su lengua y recorrió mi cara. Quiero creer que fue una señal de cariño… no lo sé.
Me despedí en un susurro, agradeciéndole todo antes de sumirlo en un sueño profundo. Limpié el laboratorio en penumbras, dejé el monitoreo de guardia y me fui a duchar.
Mañana será mi último día despierta, y el eco de su calor será lo único que me acompañe hasta que me toque, volver a despertar.
Era la última jornada, y desde que me levanté sentía una pesadez en mi vientre, seguramente sería parte del maltrato de ayer.
Llevé a Tomi el alienígena al depósito y me despedí de él con cierta nostalgia, guardé su estuche conectándolo al criogenador, besé el vidrio de la inspección y me fui apagando las luces, intuía que jamás volvería a verlo.
Volví al laboratorio a terminar los informes, archivar todo lo documentado hasta la sesión de hoy, guardar las muestras que hice. Inventariar lo sucedido y anotarlo en la bitácora de investigación.
Sentí la molestia de nuevo, es probable que tenga alguna pequeña lesión interna que me haya quedado fruto de la intensidad sexual.
Decidí sacarme la duda tomografiando mis órganos digestivos. Me acosté en la camilla y el ordenador escaneaba lentamente mi pecho, mi abdomen y mi vientre, bajaba desde el tórax buscando anomalías que pudieran verse por todo el tracto, pasando por el estómago y continuó bajando lento, al llegar a la altura del vientre se detuvo porque había inflamaciones importantes de los intestinos, y al mirar el monitor se me heló la sangre.
Ubicados en el colon tenía tres huevos con embriones dentro. La pantalla parpadeaba, mostrando el pulso rítmico de los embriones. No eran simples parásitos, tenían una estructura ósea incipiente que recordaba a la de Tomi.
El pánico me cerró la garganta. Si entraba en criogenia, el proceso no los mataría, solo ralentizaría su metabolismo junto al mío. Despertaría meses después con algo mucho más grande y hambriento dentro.
El ordenador seguía emitiendo un pitido monótono, marcando la ubicación exacta de las masas en mi colon.
No había tiempo para informes, ni para bitácoras, ni para despedidas. Tenía que elegir, o me convertía en una incubadora viviente durante el sueño profundo, o intentaba una intervención por mi cuenta antes de que las luces de la estación se apagaran definitivamente.
Me quise morir, y ahora ¿qué hago? ¿cómo los quito de ahí?
¡Tenía que obligar a mi cuerpo a expulsarlos, ya!
Fui al depósito de reactivos químicos y preparé un cóctel de inductores de movilidad intestinal en dosis fuertes, mezclado con un lubricante sintético de grado médico.
Al ingerir la mezcla, el efecto fue inmediato, una ola de calambres me dobló por la mitad, obligándome a arrastrarme hacia el área de descontaminación del laboratorio.
Desnuda, sentada en el frío metal de la mesada, conectada a los monitores, la tomografía en tiempo real mostraba cómo los embriones, al sentir la agresión química y el aumento de la presión, se aferraban a las paredes de mi colon.
Sentí una dilatación antinatural que me hizo ver estrellas.
El primer huevo bajó, golpeando las paredes de mi tracto con una fuerte presencia. Su consistencia era intermedia, con cáscaras rugosas, diseñadas para resistir parasitariamente.
Con un esfuerzo que me hizo perder el conocimiento por un segundo, el primer embrión cayó al recolector biológico envuelto en una mucosidad oscura, con un sonido húmedo y denso. Luego el segundo, y luego el tercero, el eco de su calor ya no era un recuerdo, era una combustión interna.
El alivio físico fue inmediato, pero la sensación de
profanación quedó tatuada en mis entrañas.
Ver los tres bultos palpitando en el contenedor de residuos, todavía cubiertos de mi propio fluido, me revolvió el estómago más que el cóctel químico. No eran simples parásitos, eran testigos biológicos de un maltrato que ahora tenía forma y pulso.
Limpié la sangre y el lubricante de mis muslos con movimientos mecánicos, casi robóticos.
El ardor en el esfínter y el colon era un recordatorio punzante de lo que acababa de arrancar de mí.
Miré el reloj de la estación, el ciclo de hibernación comenzaría en dos horas.
Tenía que deshacerme de la evidencia, dado que, si el equipo médico encontraba esos embriones en el recolector, no me dejarían dormir y me convertirían en un espécimen de estudio del laboratorio.
Con las manos temblorosas, activé la incineración.
Vi el plasma consumir los huevos, reduciendo a cenizas el rastro que Tomi, tan cariñosamente depositó en mi cuerpo. El fuego del horno y el de mi interior se volvieron uno solo.
Hoy era mi último día despierta.
Mi vientre está vacío, pero el peso emocional me hunde. Me duché, me vestí para el sueño eterno y caminé hacia la cápsula.
Todo ha sido demasiado vertiginoso en estos días, un quiebre total con mis cuarenta años anteriores que nada tenían que ver con esto vivido.
Me acuesto, siento el gas anestésico y cierro los ojos.
Ruego que, al despertar, ese calor se haya extinguido de una vez.
Aunque a Tomi… a Tomi lo voy a recordar siempre.