Durante mucho tiempo viví un romance apasionado, que finalizó porque la vida nos llevó por distintos derroteros, siempre he recordado los encuentros sexuales vividos durante ese periodo y ciertamente, ningún otro ha alcanzado el nivel de complicidad que tenía con la que fue mi pareja durante ese tiempo y aunque todo acabó sin una causa concreta, siempre ha permanecido en mi recuerdo. Ha pasado ya bastante tiempo, pero nunca lo olvidé.

De repente un día, ocurrió lo inesperado, nuestras vidas casualmente se volvieron a encontrar y tras la alegría inicial, y quedar para tomar algo, parecía que nada había cambiado, ni siquiera el tiempo. Días después me invitó a su casa y tras nuestro encuentro fugaz, porque no vivíamos en la misma ciudad, me pidió que mantuviéramos el contacto y me pidió que le describiera como había sido nuestro encuentro, como lo había vivido y que había sentido y que había percibido de ella. Esta es la carta que le escribí:

Tras nuestro reencuentro, estabas deseando verme. He llamado a la puerta y me has recibido sin ropa. Con tu bata de seda, sin nada debajo, solo las medias negras que te regale en su día.

Solo verte, tuve una tremenda erección.

Te abriste la bata, desafiante con las piernas entreabiertas y tu pecho exuberante apareció ante mi. Me sonreíste con tus labios rojos, recién pintados, y un escalofrío recorrió mi cuerpo, desde la cabeza, hasta la punta de mi pene que parecía que iba a reventar.

Me vi obligado a cogerte por la cintura traerte a hacia mi. Tu pecho se aprisionó contra mi pecho, a través de la ropa sentí el calor del tuyo.

Notaste mi deseo sobre tu monte de venus. Te miré y desesperado te besé apasionadamente. Mi lengua penetraba en tu boca, ardiente, que se entrecruzaba con la tuya. Succioné tus labios, y volví a introducir mi lengua en tu boca que repasaba internamente tu labio superior.

Mis manos inquietas, sienten la necesidad de agarrar tus pechos. Ah qué sensación, cuánto hacía que no los sentía en mis manos. Los apreté entre mis manos y pellizqué tus pezones que se enredaban enhiestos entre mis dedos.

Mi boca se deslizaba por tu cuello, lamiéndote hasta el hombro. Sentí que iba a estallar.

¿Cuánto tiempo hacía que no lo hacíamos?

Mi deseo se fundió con el tuyo. Me agarraste de la mano y me llevaste a la habitación.

Te apoyaste ligeramente en la cama hacia mi y me dijiste:

– Mira como estoy, esto es para ti.

Y apoyando tu espalda sobre la cama, abriste las piernas y con tus manos abriste tu sexo, que apareció ante mi rosado, precioso con un clitoris henchido de sangre y lascivia. Con tus dedos sujetas tus labios vaginales y percibí la brillantez rosada de la humedad en tu vagina, profunda y cálida.

Te frotaste ligeramente el clítoris y creí que iba a eyacular sólo de contemplar la escena.No puedía más, me rendí a tus pies, me puse de rodillas e introduje mi cara en tu sexo. Mi nariz rozaba tu clítoris mientras mis labios y mi lengua se introducían en tu vagina. Repentinamente te retorciste de placer y empezaste a gemir. Yo seguí moviendo mi lengua intentando penetrarte profundamente y tu respondiste contorsionando tu cuerpo, porque me querias en tu interior agarrándome la cabeza con ambas manos y apretando mi nuca contra tu sexo.

Mi lengua pasaba de tu clítoris a tu vagina alternativamente mientras suspirabas placenteramente.

Es mi turno, Ahora soy yo quien abrió tu sexo con mis manos y lamió tus nalgas. A veces alguno de mis dedos jugaba con tu esfínter. Sin penetrarlo pero lubricándolo.

Llevabas mucho tiempo sin mí y una ola de placer te invadió. No puedes más y mientras mi lengua succionaba tu clítoris, te penetré con mis dedos que insertados en tu vagina con la palma de la mano hacia arriba intentaban localizar tu punto G.

Y de repente contuviste la respiración y mientras succionaba con mis labios tu clítoris. Noté como todo tu cuerpo se contraía y un chorro cálido escurrió por mi barbilla y mi cuello mientras te retorcias de placer. Tuviste un gran orgasmo. Y ya sabes que es lo que más me gusta en la vida, sentir como te retuerces de placer conmigo.

Tras recobrar el aliento me empujaste hacia atrás y me arrancaste la ropa. Mi pene apareció ante ti. Parecía que iba a reventar babeante. Te lo introdujiste en la boca profundamente, tus labios y tu lengua los noté acariciando mi pubis. Tus manos agarraban mis testículos y me moría de placer.

Pero esto no iba a quedar aquí. Sabías que deseaba penetrarte y tras lubricar y frotar mi pene con tus manos. Te levanté y te puse ante mí. Abrí tus piernas e hice que mi glande rozara tu clítoris que todavía estaba súper hinchado, y pulsante. Ah, que gusto rozar tu clítoris con mi pene, me encanta. Me podría correr así, pero quería más, y tú…. También

Abrí tu sexo con mis manos quería verlo, quería sentirlo ante mi. Lo miré, te penetre previamente con mi lengua como un preludio de lo que iba a venir a continuación, y sin más introduje mi pene bruscamente en tu vagina.

Qué maravilla, qué sensación, sentir tu calor en mi pene nuevamente, empecé a moverme despacio, como me gustaba y empezaste gemir. Y me volví loco. Perdí el control y un espasmo recorrió todo mi cuerpo y mi pelvis empezó a bombear rápidamente y profundamente. En cada penetración profundizó durante unos segundo intentando llegar más allá, más profundamente. Tu pelvis generosa y agradecida respondió acompasando los movimientos, sincronizandose con los míos.

En un intento loco y frenético intenté controlarme, pero el deseo profundo de sentir tu calor de tu vagina me anuló los sentidos y me abandoné al placer y no pude más y un río de semen se desbocó en tu interior, mientras continuaba moviendo mi pelvis bombeando alocadamente sobre tu vagina. Tu, al sentir el calor de mi eyaculación en tu interior y con el acompañamiento sincronizado de nuestros movimientos también conseguiste otro maravilloso orgasmo, Mientras te retorcias y tu cuerpo se contraía en espasmos de placer, mi boca mordisqueaba tus pezones duros como piedras y mi pene continuaba clavado en lo más profundo de tu interior.

Después nos besamos apasionadamente y abrazos te dije, Hoy ya no voy a ningún lado. Me quedo esta noche contigo, y quien sabe si alguna más o para siempre.