Era una noche de esas en las que la calentura te come vivo y no hay forma de calmarla en casa. Había leído en un grupo cerrado de Telegram sobre un lugar en el sur de Bogotá: un cine porno viejo convertido en sitio de cruising, con glory holes en los baños y salas donde pasan películas hardcore. Decidí ir sola, vestida discreta pero lista para lo que viniera: leggins negros ajustados, camiseta holgada sin brasier y una chaqueta para taparme si necesitaba. Llegué como a las 10 pm, pagué la entrada barata y entré al cine.

La sala estaba oscura, olía a semen viejo, cigarrillo y sudor. En la pantalla pasaban un gangbang: una morena rodeada de seis o siete hombres, todos turnándose. Me senté al fondo, pero no aguanté ni diez minutos. La concha me palpitaba, me toqué un poco por encima del leggin y decidí ir al baño. Ahí estaban los glory holes: dos agujeros en la pared de madera que separaba el baño de hombres del de mujeres (o lo que quedaba de él).

Me metí al cubículo, me bajé los leggins hasta las rodillas y me puse de rodillas frente al agujero. No pasó mucho y apareció la primera verga: morena, gruesa, venosa, ya dura. No dijo nada, solo la metió. Me la chupé con ganas: lengua en la cabeza, bajando hasta las bolas, garganta profunda hasta que me dio arcadas. Gemía bajito, el sonido se perdía en la música porno de fondo. Se vino rápido en mi boca, chorros calientes y espesos que tragué casi todo. Se sacó, desapareció.

Minutos después, otra: más larga, curvada, con la punta goteando. La lamí despacio, jugué con la lengua en el frenillo, la mamé hasta que empujó fuerte y se corrió en mi garganta. Tragué de nuevo, limpié la verga con la lengua y me quedé ahí un rato, boca llena de sabor salado, concha chorreando.

Pero la cosa no terminó ahí. Volví a la sala principal. El gangbang seguía, pero ahora en vivo: en un rincón del cine habían armado una especie de tarima improvisada con colchones viejos. Una mujer estaba siendo follada por cuatro hombres, pero mi atención se fue directo a un negro alto, de unos 185 cm, piel oscura brillante de sudor, músculos marcados, verga enorme colgando entre las piernas mientras esperaba turno. Me miró fijo, sonrió de lado y me hizo señas con la cabeza.

No lo dudé. Me acerqué, me quité la chaqueta y la camiseta. Quedé en leggins y tetas al aire. Él me agarró por la cintura, me besó fuerte (lengua invadiendo, manos grandes apretándome el culo). Me bajó los leggins de un tirón, me puso contra la pared y me metió dos dedos en la concha mientras me chupaba las tetas. Estaba empapada.

Me llevó al colchón. Me puso boca abajo, culo en pompa. Escupió en su mano, me lubricó el culo y me la metió despacio. Era enorme: gruesa, larga, me abrió como nunca. Gemí fuerte, el dolor se mezcló con placer puro. Me folló el culo profundo, lento al principio, luego más rápido, empujones que me hacían rebotar. Los otros miraban, algunos se masturbaban, pero él no compartía: me tenía para él solo.

Cambiamos: me puso boca arriba, piernas en sus hombros, me penetró la concha hasta el fondo. Cada embestida llegaba al útero, me hacía gritar. Me mordía los pezones, me daba nalgadas que ardían rico. Me corrí dos veces así, apretándolo dentro, temblando entera. Él no paraba: me volteó de nuevo, me puso a cuatro patas y volvió al culo. Me follaba con fuerza, agarrándome el pelo, diciendo bajito “qué culo tan rico, mami… apriétamela así…”.

Se vino al final en mi boca. Me puso de rodillas, se masturbó dos veces y descargó chorros gruesos, calientes, espesos directo a mi garganta. Tragué todo, mirándolo a los ojos, con la lengua afuera para que viera cómo lo limpiaba. Me dejó la boca llena, goteando por la barbilla.

Me quedé tirada en el colchón un rato, cuerpo adolorido, lleno de semen por dentro y por fuera, oliendo a él y a sexo crudo. Los demás seguían con la mujer del gangbang, pero yo ya había tenido lo mío. Me limpié como pude con toallitas que llevaba en la cartera, me vestí temblando y salí del lugar caminando despacio, con las piernas débiles y una sonrisa satisfecha.

Esa cogida con el negro alto de 185 fue deliciosa: salvaje, profunda, sin filtros. El glory hole fue solo el aperitivo. El plato fuerte fue esa verga enorme abriéndome entera mientras el cine olía a deseo ajeno. Volveré. Porque noches así no se repiten todos los días… pero cuando pasan, valen cada gota.