Capítulo 1

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Era un martes cualquiera de esos que en Bogotá llueve a medias y el aire huele a tierra mojada y gasolina. Yo estaba en la casa de mi mamá, sola porque ella se había ido al pueblo unos días, y el baño del patio tenía una grieta en la pared que ya estaba dejando pasar agua cada vez que llovía fuerte. Llamé al señor que siempre recomendaban las vecinas: don Ramiro, un albañil de unos sesenta y pico, gordo como barril, con barriga que le colgaba por encima del cinturón y brazos gruesos cubiertos de vello canoso. Decían que era bueno, barato y rápido. Yo solo quería que arreglara la mierda esa y se largara.

Llegó a las nueve de la mañana, con una camiseta vieja de algodón que alguna vez fue blanca y ahora era grisácea por el sudor y el polvo. Olía fuerte desde que entró: a sudor rancio de varios días, a tabaco barato, a cemento húmedo y a ese olor masculino pesado que tienen los hombres que trabajan con las manos todo el día. No era perfume, era animal. Me puse a observarlo desde la cocina mientras preparaba café, fingiendo que no lo miraba.

Se agachó a revisar la grieta, la barriga se le salió por completo del pantalón, la raya del culo asomando por encima de la cintura del overol sucio. Tenía el culo grande, carnoso, con pelos negros y blancos saliendo por los bordes del bóxer que se le marcaba. Me quedé mirando más de lo debido. No sé qué me pasó, pero de repente sentí un calor subiendo por la entrepierna, como si el olor de su sudor me hubiera entrado directo al cerebro. Era repulsivo y excitante al mismo tiempo. Me mojé solo de imaginar lo que había debajo de esa tela gastada.

Le llevé el café. Se lo puse en una mesita improvisada y me quedé ahí, apoyada en el marco de la puerta.

—Gracias, mija —dijo con voz ronca, sin levantar mucho la vista—. Está caliente el día pa’ estar metido en esto.

Yo sonreí, me acerqué un poco más.

—No se preocupe, don Ramiro. Yo le hago compañía. Total, aquí no hay nadie más.

Me miró por primera vez de verdad. Sus ojos eran pequeños, hundidos en la cara redonda, pero se abrieron un poco al verme: shorts cortos, camiseta sin mangas, pelo suelto y descalza. Se quedó callado un segundo, como si no supiera si había oído bien. Siguió mezclando el cemento con la llana, pero ya no tan concentrado. Le temblaba un poco la mano.

Me senté en una silla cerca, abrí las piernas un poquito, lo suficiente para que viera que no tenía nada debajo del short. El olor de mi excitación empezó a mezclarse con el suyo. Él lo notó. Se le hinchó la respiración.

—¿Le molesta si me quedo mirando? —le pregunté con voz suave—. Me da curiosidad cómo trabaja un hombre de verdad.

Se rió nervioso, se limpió el sudor de la frente con el antebrazo.

—Uy, mija, usted es muy bonita pa’ estar perdiendo el tiempo con un viejo gordo como yo.

—Precisamente por eso —le dije, y me acerqué más—. Me gusta lo que no es perfecto. Me pone cachonda lo real.

Se quedó tieso. La llana se le cayó al piso con un ruido metálico. Me miró como si no pudiera creer lo que oía. La cara se le puso roja, no solo por el calor.

Yo me arrodillé frente a él, despacio. Le puse las manos en los muslos gordos, sentí la carne blanda y caliente debajo del overol. Subí las manos hasta la cintura, le desabroché el botón. Él no se movió, solo respiraba fuerte, como si le faltara aire.

—¿Qué hace, niña? —susurró, pero no me apartó.

—Quiero olerte bien —le dije—. Quiero probar todo lo que escondes.

Le bajé el overol hasta las rodillas. El bóxer estaba sudado, amarillento en el centro, con una mancha húmeda grande donde la verga ya se le marcaba dura. Olía intensamente: a bolas sudadas, a culo de todo el día trabajando, a hombre viejo que no se ha bañado desde ayer. Metí la nariz ahí, entre la tela y la piel, e inhalé profundo. Gemí sin querer.

—Dios mío… —murmuró él, perplejo, con la voz temblorosa—. Nadie me había hecho esto nunca.

Le bajé el bóxer. La verga salió pesada, gruesa, corta pero muy ancha, con venas marcadas y la cabeza morada brillando de precum. Pero lo que más me llamó fue el culo. Grande, blanco, con celulitis y pelos por todos lados. Se lo agarré con las dos manos, lo abrí un poco. El olor era brutal: sudor acumulado, un rastro de mierda seca, piel caliente. Me puse a lamerle las nalgas despacio, de abajo hacia arriba, metiendo la lengua en el surco.

Él soltó un gemido largo, como si le doliera de placer.

—Ay, mija… qué rico… —balbuceó—. Nadie… nadie me ha tocado ahí.

Me miró desde arriba, los ojos vidriosos, incrédulo.

—¿Te gusta? —le pregunté, con la boca pegada a su culo.

—Mucho… mucho… —jadeó—. Bésamelo, por favor… bésamelo hondo.

Me lo pidió así, con voz ronca y suplicante. Un viejo gordo, sucio, pidiéndole a una chica joven que le bese el culo. Y yo lo hice. Separé las nalgas con fuerza, metí la lengua en el agujero arrugado, lo lamí en círculos, lo chupé, lo abrí con los dedos para meterla más adentro. Él se agarró de la pared, temblando, gimiendo como animal. La verga le goteaba en el piso.

Después lo puse contra la pared, me bajé el short y me senté encima de él. Me la metí despacio, sintiendo cómo me abría con esa grosura. Me moví arriba y abajo, mientras le seguía chupando el cuello, oliendo su sudor salado. Él me agarraba las nalgas con sus manos callosas, me apretaba fuerte, me decía cosas sucias que nunca pensé que diría un hombre como él: “Métetela toda, zorrita… así, rómpete con el viejo…”.

Me corrí primero, apretándolo dentro, gritando bajito. Él se vino después, gruñendo, llenándome con chorros calientes y espesos que se me escurrieron por los muslos. Nos quedamos ahí, jadeando, él todavía dentro de mí, el olor a sexo y sudor llenando todo el patio.

Cuando terminó la reparación, se dispuso a irse no sin antes decir.

—Nunca… nunca me había pasado algo así —dijo, mirándome como si yo fuera un sueño raro.

Yo sonreí, todavía con su sabor en la boca.

—Vuelve cuando quieras arreglar algo más, don Ramiro. O cuando no haya nada que arreglar.

Se fue caminando lento, con una sonrisa boba en la cara. Y yo me quedé pensando que a veces lo más sucio es lo que más te prende.