Esperando en el living, me siento en el borde del sillón con el celular en la mano, pasando de una notificación a otra sin leer nada de verdad. Es diciembre, el comienzo del verano, y el calor pegajoso parece empeorar mi mal humor. Aprovechando que todavía nadie se fue de vacaciones, a alguien se le ocurrió la brillante idea de organizar esta juntada para reencontrarnos después de tantos años.
La idea de ver a mis antiguos compañeros me provoca una mezcla incómoda de nervios y curiosidad. Hace años que no veo a la mayoría y tengo ganas de saber en qué andan. Bueno, casi todos. Hay alguien a quien preferiría no volver a ver nunca más. El simple pensamiento de que aparezca me hace apretar la mandíbula, mientras una punzada de rabia y algo parecido al miedo se me instala en el pecho. Ojalá haya inventado alguna excusa para no venir. Por favor.
Me miro la chomba blanca, ajustada pero sin exagerar, y los jeans de marca. No suelo preocuparme mucho por la ropa, pero esta noche me quise esmerar un poco. No es que sea nada especial, pero al menos estoy algo arreglado. Aunque, para ser sincero, no sé para qué me esfuerzo. ¿Para mostrarle a todo el mundo que cambié? ¿Para impresionar a mi novia? ¿O para demostrarle a cierta persona que ya no puede joderme?
Me paso una mano por el pelo, sudado, y dejo escapar un suspiro. Mierda, ¿por qué acepté ir?
Entonces escucho unos pasos detrás de mí y levanto la vista. Ahí está Sofía, al final del pasillo, con un vestido rojo que le queda por arriba de la mitad del muslo. Ceñido en la cintura, resalta sus curvas y termina en un vuelo liviano que se balancea con cada paso que da. Cuando empezó la facultad, su cuerpo cambió de manera drástica; ahora parece otra persona, alguien que nunca hubiera creído que fuera la misma chica que conocí en la secundaria. Es como si hubiese evolucionado hacia algo inalcanzable, como si cada parte de ella se hubiese perfeccionado. Verla así, sabiendo que es mi novia, me genera una mezcla de orgullo y… sí, también inseguridad. ¿Cómo no sentirla cuando sé que otros la miran como yo?
—¿Qué tal, Álex? —pregunta, girando sobre sí misma para mostrar el vestido desde todos los ángulos, como si necesitara que le confirme lo fuerte que está o algo así.
Trago saliva, intentando aclarar la garganta, pero no sé si lo consigo. Mientras tanto, ella se agacha con una facilidad casi despreocupada para ponerse sus zapatillas Converse blancas, ajustando los cordones con cuidado. Su postura acentúa sus caderas, y noto cómo el vuelo del vestido roza apenas la curva de sus muslos. Cuando se pone de pie, su mirada está fija en mí, claramente esperando alguna reacción, alguna palabra.
—Te ves… increíble —murmuro, sintiéndome un estúpido por lo torpe que sueno, pero es la verdad. El vestido rojo, del mismo tono que su pelo, hace que se vea todavía más impresionante.
Recuerdo cómo era antes. Siempre fue linda, pero ahora… ahora es otra cosa. Antes estaba rellenita, igual que yo, pero al empezar la facultad su cuerpo cambió. Bajó bastante de peso, aunque mantuvo esas caderas anchas y ese pecho generoso que siempre llamaron la atención. No es que ahora esté flaquísima; todavía tiene ese último rollito en la panza que tanto cuesta sacar, pero eso, lejos de restarle, la hace todavía más atractiva. Es como si el equilibrio entre sus curvas y sus pequeñas imperfecciones la hiciera única, más real.
Yo también cambié desde la secundaria. Dejé atrás los kilos de más y, aunque no soy precisamente atlético, al menos ahora estoy más flaco y me siento más cómodo con mi cuerpo. Pero al lado de ella, a veces siento que Sofía es la verdadera versión «mejorada», esa en la que todo el mundo inevitablemente se fija. Y hoy, con ese vestido que marca cada una de sus curvas, sé que se va a robar todas las miradas.
Ella me devuelve la sonrisa, con una mezcla de orgullo y satisfacción. Ese gesto, dulce y confiado, me recuerda que, aunque haya cambiado por fuera, sigue siendo la misma de siempre.
—Gracias —dice, y su sonrisa se ensancha un poco mientras se acomoda la falda con las manos y me guiña un ojo.
—Che, ¿por qué se te mueven tanto las…? —pregunto al notar cómo sus tetas parecen moverse más de lo normal bajo la tela.
Me dedica una mirada de chica mala; sus ojos verdes chispean con esa picardía que aparece cuando sabe que me tiene en la palma de la mano.
—Es que este vestido tiene algo de relleno y soporte —me explica con total tranquilidad, tocándose el pecho con el índice, sin un gramo de vergüenza—. Me dolía usar corpiño abajo, así que voy mucho más cómoda sin nada. Ni se nota, ¿no?
Mi cerebro tarda unos segundos en procesar lo que dijo, lo justo para sentir cómo el calor me sube por el cuello.
—No… no, para nada.
Cuando me acerco para ayudarla con el bolso, un suave aroma floral me envuelve. Es el mismo perfume que usa siempre, pero esta noche parece más intenso, dejándome sin aliento.
—Dale, que se nos hace tarde —dice, dándome un empujoncito en el hombro con una mirada traviesa—. Si te portás bien, capaz tenés premio cuando volvamos. Esta vez seguro que no va a haber ningún problema.
Antes de que pueda reaccionar, se da media vuelta y, con un movimiento lento y provocador, se sube el vestido hasta las caderas, dejando a la vista una tanga de encaje rojo haciendo juego. Mi mirada se queda clavada en su culo grande, redondeado, perfecto y tentador, con la tirita perdida entre las nalgas. Mueve apenas las caderas, de manera deliberada, mientras se agarra un cachete con una mano, dándole un apretón juguetón y dejando asomar los vellos pelirrojos de la concha.
La imagen de la tira de la tanga tapándole apenas el ano me destruye. Lo único que puedo pensar es en bajarme los pantalones y cogérmela ahora mismo. Agarrarla de las caderas, tirarla sobre el sillón y dejarnos llevar. Hace un tiempo que está cada vez más juguetona; ojalá pudiera estar a la altura…
—¿Te gusta? —pregunta, girando apenas la cara para mirarme de reojo, con esa sonrisa que sabe que me vuelve loco.
Estoy tan embobado que, sin pensar, estiro la mano para tocarla, pero justo en el último segundo ella se gira y me da un chirlo en los dedos.
—Te dije que solo si te portás bien —me reprende, mordiéndose el labio inferior. Se baja el vestido de nuevo con un gesto elegante y se aleja hacia la puerta, dejándome re caliente—. Vamos, agarrá el casco y salgamos, que si seguimos así vamos a llegar tarde.
El aire se me escapa en un suspiro mientras siento cómo se me pone dura. Joder, esta mujer me va a volver loco.
Asiento, aunque me cuesta sacar la vista de ella cada vez que camina unos pasos adelante. Es hipnótica, como si todo a su alrededor se borrara y solo quedara ella. No sé cómo va a ir la noche, pero ahora, con ella al lado, siento que cualquier cosa es posible… aunque en el fondo, ese temor constante sigue ahí, agazapado en las sombras de mi mente. Temo que vuelva a pasar lo mismo de otras veces.
La realidad es que, aunque lo oculte tras una sonrisa o cualquier comentario, una parte de mí duda de poder cumplir con sus expectativas. Sé que se viste así para provocarme, para encenderme, pero lo único que logra es meterme más presión. Hace un tiempo que vengo teniendo algunos gatillazos, y aunque intento convencerme de que es por el estrés del laburo, sé que no es solo eso.
El pasado tiene raíces profundas, y las mías están llenas de espinas. En el colegio, los matones siempre encontraban algo para humillarme, y el tamaño de mi miembro era su arma favorita. Comentarios ácidos, carcajadas, miradas burlonas… El vestuario era como un tribunal, y yo siempre era el acusado. Por más que intente dejarlo atrás, esas palabras me quedaron tatuadas en la cabeza. Ahora, cada vez que estoy con Sofía, esos fantasmas vuelven, susurrándome que no soy suficiente. Que nunca lo voy a ser.
Ella siempre dice que no le importa, que no es relevante, pero cuando la veo así, tan increíble, tan segura de sí misma… es como si esos mismos fantasmas cobraran fuerza. ¿Y si no es verdad? ¿Y si, en el fondo, me está mintiendo y yo soy la razón de su insatisfacción? ¿Y si necesita más…?
—Álex, dale, que te quedaste colgado.
Parpadeo, sacudiéndome esas ideas de golpe. Intento sonreír, pero me sale forzado.
—Perdón, ya voy —mi voz suena más firme de lo que me siento.
Bajamos a las corridas por la escalera, casi saltando los escalones de a dos. Vamos jugados con el tiempo (como siempre) y siento cómo se me acelera el pulso mientras apuramos el paso. Al llegar a la calle, la moto nos espera en la vereda, reflejando bajo la luz de los faroles los pequeños rayones de tantas salidas improvisadas. Busco el casco mientras mi chica me sigue, riéndose por la carrera.
Antes de que se lo ponga, me detengo un instante. Algo en cómo la luz le acaricia la cara me atrapa, y me doy cuenta, una vez más, de lo increíblemente linda que es. Su pelo rojo, siempre tan indomable, le cae como mechones de fuego alrededor de la cara. Los anteojos redondos que usa le dan ese aire que tanto me gusta, entre intelectual y dulce, haciendo que sus ojos parezcan todavía más brillantes, como esmeraldas. Ella tiene algo… algo que nunca me canso de mirar.
—¿Qué? ¿Qué mirás? —dice, ladeando la cabeza y mirándome con una mezcla de curiosidad y burla—. Hoy estás tonto, ¿eh? ¡Corré, que llegamos tarde!
No sé qué me pasa, tendría que estar acostumbrado, pero no me canso de verla.
—Nada… —respondo, todavía perdido en ella mientras le paso el casco—. Solo quería acordarme de cómo te ves sin él.
Ella pone los ojos en blanco, pero el gesto que hace me dice que le gustó el comentario.
—Andá, bobo, subí de una vez.
Me da un empujoncito mientras se pone el casco.
Cuando me subo a la moto, ella se sube atrás mío; siento sus manos rodearme la cintura y cómo sus tetas se aplastan contra mi espalda. Aunque a veces todo parezca más complicado de lo que debería, en momentos como este, me pregunto si soy el único que se da cuenta de lo afortunado que soy.
Estaciono la moto justo frente a la puerta del restaurante, con el zumbido del motor todavía resonando en mis oídos mientras trato de concentrarme. Echo un vistazo alrededor y ahí está, como una maldita advertencia: un BMW de alta gama, negro, brillante, imposible de ignorar. Solo de verlo se me revuelven las entrañas. No hace falta que Sofía diga nada; sé exactamente quién está acá.
Entramos juntos y lo veo, como si me estuviera esperando. El puto Gabriel Campos. Siempre fue igual, ocupando más espacio del que le corresponde, como si el aire mismo se doblara a su alrededor. En la secundaria era el cheto agrandado con el que nadie podía competir. Siempre conseguía lo que quería y, por supuesto, disfrutaba pasando por arriba a los que no estaban a su altura.
Y ahora… parece que la esencia no cambió, aunque su facha sí. Está plantado en la entrada, apoyado contra la pared con una media sonrisa clavada en la cara, como si tuviera escrita la palabra «arrogancia» en la frente. Tiene el pelo oscuro perfectamente peinado, y la barba, cuidadosamente recortada, le da ese aire de tipo duro que parece calculado para intimidar. Pero lo que más llama la atención son los tatuajes.
Antes, en el colegio, no tenía ninguno. Ahora sus brazos son un lienzo completo: diseños intrincados, líneas perfectas, símbolos que no entiendo pero que parecen gritar «mirame». Es como si hubiera evolucionado en una caricatura de todo lo que ya era: el tipo que quiere que cada centímetro de su cuerpo exija atención. Cada vez que lo miro, siento que está mandando el mismo mensaje de siempre: yo soy el alfa y vos no valés nada.
Sofía parece tensarse a mi lado, pero no dice nada. Yo tampoco.
Cuando nos ve, suelta un silbido que atraviesa el salón. Nos escanea de arriba abajo con un descaro total, arruga los labios y asiente con la cabeza, como si nos estuviera dando su puta aprobación. Se lleva la mano a la pera, donde un tatuaje de una flor le cubre el dorso de la mano, y sus ojos claros se clavan en nosotros, intensos, evaluadores. Lleva una camisa y unos pantalones tan ajustados que parece que van a explotar; siempre le gustó usar dos talles menos de lo que debería. Qué pedazo de pelotudo.
—Mirá quiénes se animaron a venir… —dice, con esa voz grave y arrastrada, cargada de esa condescendencia que nunca olvidé—. Alejandro Torres y Sofía Martínez.
La forma en que pronuncia nuestros nombres, lenta, como si saboreara cada sílaba, me revuelve algo por dentro. Su sonrisa se ensancha, mostrando una fila de dientes perfectos, mientras nos observa como si pudiera desarmarnos con la mirada.
—Qué cambio, ¿eh? —agrega, inclinando un poco la cabeza sin dejar de mirarnos—. No sabía que la pequeña Sofi y el «bueno» de Álex iban a venir así de facheritos.
De golpe, sus ojos claros recorren a Sofía de arriba abajo, de una forma que hace que apriete los dientes sin poder evitarlo.
—Se ve que a algunos el tiempo les sienta bien —suelta, dejando caer las palabras con una intención clarísima.
Mi chica se pone colorada, bajando la mirada mientras finge acomodarse el bolso al hombro. Yo, en cambio, me quedo mirándolo, incapaz de sacar los ojos de esa sonrisa soberbia que amenaza con destruir el poco coraje que me queda.
La actitud de Gabriel tiene ese toque de burla que me recuerda exactamente por qué lo odiaba tanto en la secundaria. A mi lado, mi novia parece tranquila, pero noto cómo su expresión cambia sutilmente, como si las palabras del antiguo matón hubieran despertado algo incómodo en ella también.
Intento no reaccionar, para no darle el gusto de verme temblar, pero todo se siente como un déjà vu de hace años. Frente a él, siento que vuelvo a ser el mismo adolescente de siempre, y todas mis inseguridades me pegan de lleno en la cara.
Nos acercamos al grupo y enseguida nos rodean las caras conocidas, los abrazos y las risas. Uno a uno vamos saludando a los antiguos compañeros, y pronto las anécdotas empiezan a volar, recordando esos momentos del colegio que, aunque parecían enterrados, vuelven a la superficie con facilidad. Sofía se encuentra con algunas amigas de su curso y se mete de lleno en la charla, riéndose y recordando viejas historias. La veo feliz, relajada, y eso me tranquiliza. Por un momento, parece que va a ser una noche normal.
provecho la oportunidad para acercarme a la barra y pedir una Coca, esperando que la cena empiece pronto. El ambiente está animado, y aunque todo me resulta un poco surrealista, empiezo a pensar que capaz esta noche no sea tan mala.
De repente, siento una mano grande y pesada apretándome el hombro. La fuerza me hace inclinarme hacia adelante, y cuando me giro, ahí está el matón que me volvía loco. Su pera está justo delante de mis ojos; me saca por lo menos una cabeza. La presencia de este tipo siempre me impuso, pero ahora, con ese porte seguro, su físico más musculoso y esos tatuajes intimidantes, se me hace todavía más difícil mantenerme entero. Su mano sigue ahí, firme sobre mi hombro, como si quisiera dejar claro que sigue siendo el más fuerte.
—¡Esa, bro! ¿No te alegrás de verme? —dice Gabriel, con una mueca que parece más una burla que un saludo—. Ya que llamaste al mozo, ¿por qué no me pedís una cerveza antes de que te dé un infarto?
—Va… dale.
Mientras hago el pedido, noto cómo sus ojos recorren el salón hasta detenerse en mi novia, que sigue charlando con sus amigas. Entrecierra los ojos y suelta su comentario, filoso como una navaja.
—Che… cómo cambió la colorada desde la última vez que la vi. —Su tono es amistoso, pero hay algo en la forma en la que lo dice que me pone en guardia. Sé lo que va a hacer. Sé lo que quiere.
Intento no morder el anzuelo, pero la forma en que sus ojos se desvían hacia Sofía me hace apretar los puños.
—Sí… sí, cambió. —Mi voz tiembla un poco, traicionándome, y odio lo inseguro que sueno.
—Te ganaste la lotería, ¿eh?
—Es una chica especial —respondo, obligándome a sonreír, aunque siento que el aire no me pasa por la garganta.
Gabriel arquea una ceja, fingiendo estar impresionado. Pero su mirada vuelve a desviarse hacia Sofía, recorriéndola de arriba abajo con un descaro total.
—Especial no es la palabra que yo usaría. —Se inclina hacia mí, bajando el tono para que nadie más escuche—. Mirá ese orto, bro. ¿Viste lo bien que se le marca con ese vestido? Está increíble.
Termina la frase llevándose los dedos a la boca y haciendo el gesto de chuparse uno con una lentitud exagerada, como si quisiera subrayar sus palabras de la forma más provocadora posible.
—Está para partirla al medio.
—No digas eso —murmuro, pero apenas se escucha.
—¿Qué? ¿No me digas que no te diste cuenta? Dale, boludo. Si hasta el mozo se quedó mirándola cuando entró. —Suelta una risita, mientras el barman apoya su cerveza en la barra. Gabriel la agarra con calma, disfrutando de verme tan incómodo—. La verdad, Álex, no sé qué vio en vos. —Da un sorbo a su copa y me mira, mostrándome los dientes—. Aunque bueno, supongo que hay minas a las que les gustan los «proyectos de hombre».
Sus palabras son un dardo envenenado directo a mi orgullo. Mi mandíbula se tensa, y aunque quiero decir algo, no me sale nada.
Disfruta con esto, no tengo ninguna duda. Su garra aprieta todavía más mi hombro, el dolor me sube por el brazo y, sin pensar, me escucho decir:
—Soltame, por favor, me estás doliendo.
Gabriel abre la boca, fingiendo sorpresa, y me suelta al toque. Me recorre con la mirada, con esa mezcla de condescendencia y diversión que siempre lo caracterizó. Se toma su tiempo antes de hablar, y cuando lo hace, su tono desborda burla.
—Relajate, man. —Me da un par de palmadas en el hombro—. No seas tan maricón.
Después, como si nada hubiera pasado, se gira y se va hacia la puerta, donde está Jonatan Méndez, «el Jonny». Me basta un vistazo para reconocerlo: su eterna sombra, el tipo que siempre lo seguía como un perrito fiel en la secundaria. Y, por lo que veo, nada cambió. Me quedo ahí, con el hombro todavía caliente por el apretón y el estómago hecho un nudo, mientras ellos se saludan con esa familiaridad que siempre me dio asco.
El cómplice está más fibroso ahora, aunque sigue teniendo ese aire de poca cosa. Su brazo derecho está cubierto de tatuajes desordenados, como si hubiera intentado imitar a Gabriel pero sin el mismo estilo. Se dan un abrazo de «machote» mientras se palmean la espalda.
Por un segundo, vuelven a ser esos dos de siempre: Gabriel, el líder, y Jonatan, el segundón que le festeja los chistes, ocupando su lugar medio paso atrás de él. Verlos así me recuerda por qué detestaba tanto las dinámicas del colegio… y por qué nunca dejé de hacerlo.
Después de pedir que nos lleven los tragos a la mesa, me siento junto a Sofía, que sigue entretenida con su charla. Habla rápido, con esa sonrisa que solo saca cuando está realmente cómoda. Espero a que termine de reírse de un chiste y, en cuanto puedo, me inclino a su oído.
—Parece que el reventado este no cambió nada —le murmuro—. Sigue con la misma actitud de mierda de siempre.
Ella gira la cara hacia mí, totalmente incrédula. Levanta las cejas y se le borra un poco la sonrisa mientras me responde en un susurro:
—¿En serio? Bueno, las chicas dicen todo lo contrario. Todas me contaron que cambió un montón, que ahora es un «hombre maduro»…
Deja la frase en el aire, como si ella también tuviera dudas.
—Aunque conociéndolo, lo dudo —agrega con un toque de escepticismo, arrugando la nariz.
Pongo los ojos en blanco, resoplando bajito.
—Claro, un tipo «maduro» —replico con sarcasmo—. No sé cómo se la comen.
Miro hacia donde está, rodeado de un grupito de gente, riéndose con esa risa exagerada que siempre usa cuando quiere llamar la atención. Sus gestos, sus palabras, todo en él parece calculado para que el foco esté siempre sobre su maldita cara perfecta. ¿Cómo mierda puede engañar a tanta gente?
Mi chica me mira de reojo, cruzando los brazos sobre el regazo, pensativa. Pero no dice nada.
La verdad es que nunca pude entender qué le veían todas las minas en la secundaria. Sí, siempre fue el típico rompecorazones: ese al que todo el mundo miraba como si tuviera un imán en el pecho. Siempre rodeado de pibas, tirando esas sonrisas soberbias y miradas que las hipnotizaban al toque. Era como si pudiera tener a cualquiera con un chasquido de dedos. Y lo peor de todo es que lo sabía.
Era tan jodidamente intocable que hasta tuvo un escándalo en el colegio: lo pescaron con una profesora suplente cogiendo en la sala de profesores. Era una bomba, apenas unos años más grande que nosotros, y él la había estado chamuyando durante semanas. Contaban cómo entró el director y la encontró a ella abierta de piernas sobre la mesa y a él dándole de forma salvaje.
¿Y qué pasó? Nada. Absolutamente nada para él. Viene de familia bien, así que taparon todo para cuidar su reputación. Pero a ella, obvio, la echaron como si fuera la única culpable. Otra «conquista» más para su lista.
Ni siquiera Sofía se salvó. A ella también le gustaba. Me lo confesó mucho tiempo después, casi terminando la facultad, cuando nuestra relación ya estaba bien firme. Fue en una de esas charlas nocturnas que empiezan como cualquier cosa y terminan sacando secretos que ya no deberían doler… aunque a veces todavía duelen. Me dijo que durante un tiempo sintió algo por él, que, como muchas chicas de nuestra edad, también cayó en su juego. Pero, como siempre, Gabriel ni sabía que existía. Era invisible para él.
Pero me aseguró que ahora no fuma a los tipos que se creen mil, esos que se sienten superiores solo por tener facha y saber que gustan. Me dijo que ahora prefiere a los buenos pibes… como yo. No es que fuera el mejor halago del mundo, pero me hizo sentir especial, y eso me encantó.
«Ahora no lo banco», me dijo esa noche, con una media sonrisa, tratando de restarle importancia. «Los tipos como él, que se creen que se llevan el mundo por delante solo por ser facheros… me dan asco». Después agregó, con un tono que parecía más una certeza para ella misma que un cumplido para mí: «Ahora prefiero a los pibes buenos… como vos».
No voy a mentir. No fue el halago más grande de la historia. Pero me hizo sentir especial. Y en ese momento, con eso alcanzó.
La cena avanza entre platos que van y vienen, y charlas que saltan de una punta de la mesa a la otra. Al principio todo parece equilibrado; cada uno cuenta un poco en qué anda su vida, algún logro reciente o una anécdota graciosa. Las risas fluyen, las copas se llenan y se vacían, y por un momento el ambiente es casi agradable, como si todos hubiéramos dejado atrás la secundaria.
Pero de a poco, Gabriel empieza a robarse el show. Cada vez que abre la boca, todas las cabezas giran hacia él. Su voz grave y segura llena el lugar, y la gente lo escucha como si cada pelotudez que dijera valiera oro. Cuando cuenta alguna historia, exagerada o no, logra que todos se rían, incluso si el chiste es malísimo. Y ahí está el Jonny, sentado al lado, festejándole todo con una devoción tan exagerada que es patética. Cada carcajada suya parece echarle más leña al fuego del ego de mi antiguo matón.
Lo observo desde mi lugar, fingiendo interés aunque me importa un carajo, mientras juego con el tenedor entre los dedos. Por dentro siento cómo me empieza a subir el cansancio. ¿Es que nadie se da cuenta de lo mismo que yo? Está disfrutando, se está relamiendo con esto, como si hubiera estado esperando este momento durante años. Joder, estamos más cerca de los treinta que de la secundaria. El Jonny, obvio, lo alimenta, asintiendo a cada palabra como si fuera su maldito apóstol.
Es el mismo egocéntrico de siempre, manipulando la situación para ponerse en el centro, donde cree que pertenece. Años después y ahí está, como si el tiempo no hubiera pasado. Gabriel, el «dueño del boliche», ese tipo que todos parecen querer tener cerca, al que no pueden dejar de mirar y al que le siguen la corriente aunque no haya dicho nada realmente gracioso. Mientras tanto, yo siento cada vez más asco de verlo.
En medio de una de esas pausas en la charla, Sofía se inclina hacia mí y me susurra: —Tendría que haber cargado el celular antes de salir. No me fijé y me queda solo un quince de batería. No sé si me va a aguantar toda la noche. Qué mala suerte…
Me encojo de hombros, tratando de restarle importancia. —No te hagas drama, apagalo si querés. Si pasa cualquier cosa, tengo el mío. No es para tanto.
Ella asiente, soltando una sonrisa antes de apagarlo y guardarlo en la cartera.
Cuando estamos terminando el plato principal, la charla en la mesa se calma un poco, como pasa siempre cuando la comida empieza a desaparecer. Es ahí cuando Gabriel, con su típica postura de «mírenme todos», se tira para atrás en la silla y tira su gran idea de la noche, con esa sonrisa que parece de publicidad de dentífrico:
—Che, ¿por qué no salimos después a Razzmatazz? —exclama, levantando un poco la voz para que todos lo escuchen—. Está en recoleta, pero en veinte minutos estamos ahí. ¡Y que siga la joda, carajo! Invito yo, que me acaban de ascender.
Al toque, los murmullos y las risas empiezan a llenar la mesa. La idea de ir a un boliche tan mítico parece entusiasmar a casi todos. Algunos ya están asintiendo antes de que termine de hablar. Al lado mío, Sofía y yo intercambiamos una mirada; aunque no lo decimos, a nosotros también nos parece un buen plan. Nunca fuimos y sería una forma distinta de terminar la noche.
Aunque, claro, viendo quién invita, la sensación es agridulce. «Me acaban de ascender», sí, seguro. ¿Cómo no le va a ir bien con el puesto que le consiguió el papito en su empresa? A este tipo todo le cae del cielo. Qué caradura.
Sofía, por su parte, parece más entusiasmada. La emoción de las chicas de la mesa se le contagia, porque la veo mordiéndose el labio mientras escucha. —¿Qué te parece? —me pregunta, inclinándose hacia mí con un brillo en los ojos que delata las ganas que tiene de ir.
—Y… podría estar bueno —respondo neutral, aunque por dentro no sé si es buena idea.
—¡Perfecto entonces! —Se da vuelta hacia la mesa con una sonrisa—. ¡Anótennos!
No puedo evitar notar el destello de satisfacción en los ojos de Gabriel mientras Sofía habla. Él ya sabe que la mayoría va a ir, porque siempre fue experto en arrastrar a la gente con su carisma. Y ahora, mientras mira a mi chica de reojo, con esos ojos tan afilados que hacen que me cague encima, me doy cuenta de que esta noche todavía puede dar para mucho… para bien o para mal.
Mientras el mozo se acerca para preguntar por los postres, noto que el celular me vibra en el bolsillo. Lo saco y, en cuanto veo el mensaje, siento que se me cae el alma al piso. Es del laburo. Estoy de guardia esta semana, y cuando hay algún problema, tengo que conectarme a la notebook y solucionarlo al toque. Suspiro y me refriego la frente, buscando una salida.
Miro a mi novia y su expresión cambia en cuanto me ve la cara. Trato de explicárselo como puedo: —Acaba de saltar un quilombo en el laburo… —le digo en voz baja, sintiendo cómo se me junta la frustración en el pecho—. Tenemos que volver a casa para que me conecte a arreglarlo.
Ella parpadea, primero con sorpresa, pero después veo cómo la cara se le cae en una mezcla de decepción y resignación. —Joooo… ¿No hay otra forma de hacerlo? —pregunta con la voz cargada de fastidio, agarrándome del borde de la chomba con fuerza, como si intentara retenerme.
Sus ojos, grandes y brillantes, me buscan como si quisiera convencerme solo con mirarme. Pero no se queda ahí. Se inclina para adelante, lo justo para que el escote del vestido quede peligrosamente expuesto, dejando a la vista su escote exuberante. Sé que lo hace a propósito; siempre le gustó provocar para que yo ceda. Y mierda, le funciona.
Por un instante, mi decisión tambalea. El perfume me envuelve y no puedo evitar que la mirada se me escape por un segundo. Todo en su postura, desde cómo inclina la cabeza hasta ese tono dulce en la voz, parece diseñado para que me quede.
Pero no puedo. —Perdón, Sofi —trago saliva y miro para otro lado, obligándome a concentrarme en cualquier otra cosa—. Tengo que hacerlo, es importante.
Ella frunce los labios y me clava la mirada con una mezcla de frustración y súplica. Después suelta un suspiro exagerado y me mira haciendo ese puchero que siempre me desarma. —Pero es que… —Deja la frase ahí, casi como una queja para ella misma, y cruza los brazos.
Por un momento me siento el malo de la película, el que está arruinando la noche. Ese gesto de nena caprichosa me pega más fuerte de lo que debería. Al final, sé que si no le doy su espacio para disfrutar con los demás, se va a enojar conmigo, y eso es lo último que necesito ahora.
—Quedate y disfrutá con tus amigas, hace un montón que no las ves. Al final es solo una noche y la estás pasando bien —trato de sonreír, aunque tengo un sabor amargo. Lo que menos quiero es dejarla acá sola, especialmente con él dando vueltas, pero no tengo opción—. Pedite un taxi para volver y yo me llevo el casco.
Sofía me mira unos segundos, como debatiendo si insistir o no. Finalmente suelta un suspiro, de esos que indican que ya no hay más que hablar. —Buéeeeeno… —dice, alargando la «e» de forma exagerada, claramente molesta. Después mira para otro lado y se encoge de hombros, como queriendo caretear que no le importa tanto—. Supongo que la puedo pasar bien igual.
Hay algo en su tono que me duele más que cualquier pelea. No es enojo, no exactamente, pero tampoco es indiferencia. Es como si estuviera decepcionada, pero decidiera no hacer un drama. —Tené cuidado, ¿está bien? —agrega después, más suave, aunque no me mira directo.
Sé que no está contenta, pero tampoco quiere armar una pelea. Es un gesto que me parte al medio, porque refleja más resignación que otra cosa. La está pasando bien y no puedo culparla por tener que dejarla sola.
Le doy un beso rápido en el cachete antes de que pueda cambiar de opinión. Al alejarme, noto cómo sus dedos juguetean nerviosos con la tela del vestido, como si todavía estuviera debatiendo entre dejarme ir o insistir un poco más. No me animo a mirarla mientras me levanto, porque sé que si lo hago, esa parte de mí que se quiere quedar va a ganar. Y no puedo permitírmelo.
El grupo nos tira miradas curiosas, murmurando entre ellos mientras les explico por arriba que tengo que atender una urgencia del laburo. Gabriel, que está tirado en su silla, me dedica una mirada que me hace hervir la sangre. Es una mezcla de lástima y diversión, como si me estuviera diciendo: «Tranquilo, gil, que ya la cuido yo».
Me despido rápido y salgo del restaurante con el casco en la mano, con una sensación horrible en el cuerpo y la bronca creciendo por dentro.
Y al salir, ahí está: el maldito BMW de ese cheto de mierda, brillando bajo el cartel del restaurante. Hasta el auto parece burlarse de mí, como si supiera exactamente lo que siento. Miro rápido a los dos lados, asegurándome de que nadie me vea, y tiro un gargajo verde y espeso contra la ventanilla. Lo veo chorrear lento por el vidrio impecable, dejando una marca pegajosa que, por un segundo, me da una satisfacción retorcida.
—Puto bastardo… —murmuro entre dientes, apretando el casco con tanta fuerza que me duelen los dedos.
Me lo pongo de forma brusca, ajustándolo más de la cuenta, y arranco la moto con un rugido que parece descargar toda la furia que llevo adentro. Mientras acelero por las calles desiertas, no puedo dejar de pensar en Sofía, sentada ahí adentro, rodeada de gente que seguro ni le importa, pero sobre todo… con él.
Al final, resulta que el problema era una pavada. Después de casi una hora revisando configuraciones y posibles fallos, bastó con reiniciar el sistema para que todo volviera a andar. Respiro aliviado, aunque me invade una sensación de frustración: ¿En serio dejé la cena por esta boludez? Podría haberlo arreglado al volver, no era para tanto.
Miro la hora en la compu. Todavía no es tan tarde. Si le meto pata, capaz llego a encontrar a los demás en el boliche. La idea me pone bastante contento, una mezcla de emoción… y nervios. No puedo evitar pensar en Sofía. Me jode haberla dejado sola, especialmente sabiendo quién está ahí. Pero no pasa nada, ¿no? Ella me quiere y está con sus amigas. Además, ¿qué podría pasar de malo?
Seguro se va a sorprender cuando me vea llegar, y capaz hasta se pone más contenta de lo que me imagino. Me imagino su cara iluminándose al verme entrar, sus ojos verdes brillando y esa sonrisa tímida que siempre me hace babear. Decido que es una buena idea darle la sorpresa.
Me fijo en el grupo de WhatsApp donde pasaron la ubicación. Hace rato que están en Razzmatazz, tal cual habían dicho. Perfecto. Cierro todo en la compu y agarro el casco para salir. Mientras bajo las escaleras, la emoción se me mezcla con un cosquilleo en el estómago. Capaz puedo salvar la noche después de todo.
Estaciono a una cuadra de la ubicación que pasaron. No quiero arriesgarme a dejar la moto justo en la puerta del boliche; siempre hay algún borracho que decide probar la estabilidad de las cosas con un empujón, y mi moto no va a ser otra víctima. Le pongo la traba rápido, guardo el casco de Sofía en el baúl y ato el mío al costado. Una vez que está todo listo, respiro hondo y empiezo a caminar hacia Razz.
Las luces de neón azules y violetas bañan la entrada, dándole al lugar un aire eléctrico. Un flujo constante de gente, la mayoría riéndose y charlando a los gritos, se amontona en una fila que parece eterna. Me pongo al final, esperando impaciente mientras los graves de la música retumban en el aire.
Cada paso hacia adelante se siente como una eternidad hasta que finalmente me toca. Frente a mí, el típico patovica, con cara de pocos amigos y una espalda que parece un muro, me escanea de arriba abajo. Siento que se me seca la garganta, pero para mi alivio, me hace un gesto con la cabeza y me deja pasar sin drama.
Cruzo la puerta y entro al lobby, un espacio que se abre a un laberinto gigante de pistas, barras y pasillos. Nunca había estado acá, y ahora entiendo cuando me decían que era enorme. Pero ninguna descripción le hace justicia. El lugar es un monstruo. Casi no hay luz; los neones tiran destellos azules, rojos y violetas, haciendo que todo sea un caos en movimiento. La música retumba por todos lados y las sombras de la gente parece que te tragan en cada rincón.
Camino casi a ciegas; cada esquina parece igual a la anterior. Es un lugar diseñado para perderse. Me doy cuenta de que encontrar a mi novia acá va a ser mucho más difícil de lo que esperaba. La pista principal es un abismo: está explotada de gente, los cuerpos se mueven al ritmo de la electrónica y los graves me hacen vibrar las costillas. El calor es asfixiante, una mezcla de perfume barato, sudor y alcohol que se te pega a la piel.
Empiezo a caminar entre la multitud, esquivando empujones y tratando de reconocer alguna cara. Recorro varias salas, pero nada. No la encuentro. La sensación de no verla se convierte en ansiedad. Me fijo la hora en el celular, pero solo empeora las cosas. ¿Dónde carajo se metió?
Trato de calmarme. Es un lugar gigante; seguro está por ahí, riéndose con las amigas, sin tener idea de que la estoy buscando. Justo cuando le voy a mandar un mensaje, siento un retortijón. Mierda. Tendría que haber ido al baño en casa. Puta cena. No me queda otra que buscar un baño.
Encuentro el cartel y me mando por una puerta lateral. Bajo unas escaleras estrechas y mal iluminadas; el aire acá tiene un olor denso a humedad y desinfectante barato. Siento que estoy bajando al purgatorio. Acá abajo el ambiente cambia: es un espacio más oscuro, con luces fluorescentes que parpadean y paredes peladas. De golpe me llega un olor asqueroso, una mezcla de sudor y mugre. Es opresivo, pero no tengo opción.
Me meto en un box, limpio como puedo la tabla y me siento, tratando de relajarme. Entonces, después de unos minutos, escucho unas risas. Al principio se oyen distorsionadas por el eco, pero cuando una carcajada resuena fuerte, el estómago se me hace un nudo. Esa risa. La reconozco al toque. Es Gabriel.
—¡Qué nochecita, bro, la estoy pasando de diez! —dice otro, mientras los pasos resuenan en las baldosas—. Como en los viejos tiempos, ¿eh? —El tono me suena, pero no me doy cuenta de quién es.
Antes de que pueda sacarlo, estalla una risa estridente, desproporcionada. El sonido rebota en el baño, agudo, desagradable, como el chillido de una hiena. El Jonny. El otro que me verdugueaba, que sigue siendo igual de patético años después.
Gabriel suelta una risa soberbia y responde: —Ya ves. Y esto recién empieza…
Desde el box, sentado y escuchando sin querer, siento cómo el cuerpo se me pone rígido. Las palabras llegan claritas.
—¿Viste cómo está la pequeña Sofi? —sigue, con ese tono burlón y canchero que tanto me saca—. Bajó un montón de peso, pero… qué pedazo de orto pegó, puff, y las tetas le quedaron igual que cuando estaba gordita.
Escucho como su fiel perrito suelta una risita cómplice antes de agregar: —Ni me digas, boludo… Me tuve que aguantar para no babearme en el restaurante cuando la vi aparecer así, con esos anteojos de nena buena. Y cuando bailaba… cómo se le movían los magumbos, chabón. Está para el crimen. La haría gritar como una perra en cuatro patas, te lo juro.
Se me aprieta la mandíbula y siento que el pecho me prende fuego. Escuchar cómo hablan de mi novia como si fuera un pedazo de carne me revuelve las tripas. Mi bronca crece con cada comentario. Gabriel baja un poco la voz, como compartiendo un secreto. Cierro los ojos y me concentro en escuchar.
—Me aproveché hace un rato, ¿viste? Cuando se fueron todos a la barra, nos quedamos solos y nos pusimos a bailar —suelta una risa corta y se escucha el ruido de un cierre bajando—. Al principio, todo tranqui. Me le fui acercando de a poco, dejando que la música haga lo suyo.
El muy hdp hace una pausa, como disfrutando el recuerdo. —Primero le rocé la cintura, después dejé que las manos me subieran un poco más, por la espalda. Lo hice lento, para que se fuera acostumbrando. Y cuando vi que no decía nada… —su risa se vuelve más pesada, cargada de arrogancia—, no lo dudé. Le agarré el culo de una, sin asco.
Me quedo duro. Corto la respiración, esperando lo que viene. —Pero la muy conchuda se recalentó —termina Gabriel, molesto—. Me sacó la mano de un sacudón y me soltó que ni se me ocurra volver a tocarla, que quién mierda me creía que era.
Respiro aliviado y, aunque estoy escondido, siento un orgullo tremendo. Sabía que Sofi odiaba a los tipos como él. Este tipo no cambió nada; es más, seguro empeoró. El silencio dura poco, roto por un bufido de desprecio de alguno de los dos.
—¿Y qué hiciste? —pregunta el Jonny, curioso, aunque se nota que se quiere reír.
—¿Qué te parece que hice? Lo de siempre, hermano —responde Gabriel, sobrando la situación—. Le dije que se rescate, que no fuera tan exagerada. Que a esta altura ya sabe cómo soy. Primero puso cara de indignada, pero ya sabés cómo es esto: la ignorás un poco, un par de temas más, unos tragos encima… y todo cambia.
Cómo? Pará, ¿qué…?
—Se hacía la difícil, como si estuviera por encima de todo eso —su voz es áspera y dura, llenando el bañito—. Pero empecé a jugar, tranqui al principio, un comentario acá, una mirada allá… le iba tirando esas frases que hacen que las minas se replanteen todo.
Jonny suelta una risita nerviosa y pregunta con una mezcla de admiración y envidia: —¿Y cómo reaccionó?
—Pff, al principio se hacía la dura, obvio, como hacen siempre —responde con una confianza insultante—. Pero de a poco se fue soltando. Entre trago y trago, el lenguaje corporal lo decía todo. Esa manera de girarse para que la rozara «sin querer», las risitas tontas que no podía controlar, esas miradas buscándome… Boludo, es de manual.
Su mejor amigo se ríe más fuerte esta vez, casi sin poder contenerse.
Mis uñas se clavan en mis rodillas mientras trato de procesar lo que escucho. No puede ser. ¿Está hablando de Sofía? La bronca me hierve bajo la piel, pero el miedo de descubrir la verdad me mantiene en el inodoro, paralizado.
—No me costó nada manosearla un poco aprovechando el amontonamiento —sigue, bajando el tono, pero lleno de malicia—. ¿Y sabés qué? Esta vez ni se quejó. Solo me miró desde abajo, levantándose un poco los anteojos, como si me estuviera desafiando. ¡A mí! ¿Entendés? —estalla en carcajadas, disfrutando su relato—. Le mantuve la mirada mientras me le pegaba todo.
—¿En serio se dejó? —murmura su compañero.
—Bro, ¿vos qué creés? Le mandé la mano por abajo del vestido hasta que la agarré bien fuerte de una nalga. Y ahí estaba ella, suspirando, con esa vocecita temblorosa: “Gabriel, pará, que alguien nos puede ver”. —El hijo de puta imita la voz de Sofía con burla, soltando una carcajada que rebota en las paredes—. Y yo pensando: «Claro que sí, nena, que alguien te vea, así es más emocionante, ¿no?».
El otro lo interrumpe, muerto de risa: —Sos un hijo de puta, chabón. ¿Pero no se apartó? No sé… yo no noté nada raro en la pista.
El sonido de una canilla abriéndose interrumpe la charla, y el corazón me late tan fuerte que temo que lo escuchen.
—¿Apartarse? —Le sigue el sonido asqueroso de un escupitajo contra el piso—. Ni en pedo. Se quedó quietita, como esperando a ver hasta dónde llegaba. Hasta me dijo: «Te estás pasando… Alguien nos puede enganchar».
No puede ser. No lo creo.
—Le dije que me chupaba un huevo, que nadie me provocaba a mí. ¿Y entonces qué creés que hizo? —hace una pausa, dejando que Jonny se muera de curiosidad—. Se me pegó más. Ni un intento de sacarme la mano mientras mis dedos le jugaban con la tanga. Le acariciaba con dos dedos toda la rayita del culo, rozándole los pelitos. Trataba de disimular, pero estaba cantado que le encantaba.
El amigo golpea la bacha de la canilla con algo metálico, y el eco se mezcla con su risa histérica.
—¡No me jodas, man! —logra decir entre carcajadas—. No entiendo cómo mierda te funcionan siempre estas cosas. Es como si tuvieras un superpoder, boludo.
Mi antiguo matón se ríe con él. —No lo puedo evitar, bro. Hay cosas que simplemente me salen bien.
Siento que el piso se me tambalea. Una mezcla de rabia y desconcierto me invade. Trato de encontrar una explicación, pensando que seguro está exagerando o inventando todo para quedar bien con el amigo. Y después, otra posibilidad me cruza la mente: capaz Sofía tomó de más y por eso ni se dio cuenta de lo que hacía este imbécil.
Pero las dudas me siguen taladrando la cabeza. Una parte de mí se resiste a creer que mi chica haya permitido algo así, mientras la otra se llena de una inseguridad que no puedo controlar. ¿Si no, cómo sabe que tiene tanga? Capaz se la vio en algún momento; al final, este boliche está lleno de escaleras y cualquier descuido te deja ver todo. Es imposible que ella se haya dejado, ¿no?
—Seguro la tenés loca ahora mismo.
El sonido de la canilla se corta, dejando un silencio tenso. Entonces Gabriel, con esa voz de mierda que conozco demasiado bien, agrega:
—Solo tenés que saber manejarlas. Te ponés firme, les marcás el ritmo… y tarde o temprano aflojan. Siempre aflojan. —Se detiene, disfrutando el efecto—. Esta está recaliente, te lo aseguro. En cuanto encuentre la excusa perfecta para llevármela a casa, esto va a ser un trámite.
El cuerpo me tiembla de rabia, de miedo o de las dos cosas. ¿Por qué no salgo? ¿Por qué no lo freno? Mi mente me tortura con imágenes de Sofía, con su vestido rojo… ¿Y si…?
—No me sorprende para nada, la verdad —sigue, haciendo una pausa dramática—. Con esos anteojitos de mosquita muerta y esa carita de nena buena, estaba cantado que en el fondo se moría de ganas de soltarse. Solo necesitaba a alguien con quien hacerlo.
—Pero che… tiene novio. ¿No te da lástima el pibe?
Gabriel suelta una carcajada llena de desprecio.
—¿Lástima? ¿Por el pito corto ese? Ese es problema de Sofía. Yo no tengo la culpa de que el infeliz del novio haya sido tan estúpido de dejarla sola conmigo. Además, las que están de novia siempre son más ricas.
Cada maldita palabra me trae flashes de la secundaria: las risas, las miradas, esa misma palabra que usaba para humillarme frente a todos. “Pito corto”. Siempre con esa mezcla de superioridad y crueldad. Una espina que nunca me pude sacar, y ahora se me está clavando de nuevo, más profundo que nunca.
Y ahora el mismo tipo que me hizo la vida imposible está acá, decidido a arruinarme otra vez. Le importa un carajo todo lo que no sea él mismo.
—Boludo, con lo que te mide a vos y lo chiquita que es ella… —le responde el otro, tentado de risa—. La vas a romper toda, hdp.
Las palabras de su mano derecha son como una piña en la boca. Gabriel le resta importancia, como si hablara del clima, como si no estuviera hablando de cojerse a mi novia. Los escucho alejarse de a poco.
—Bah, tranqui. No va a ser la primera que me dice eso al principio. Pero al final… —su voz se pierde mientras se alejan—. Siempre quieren repetir.
La sangre se me congela y la respiración se me vuelve pesada. Bajo la vista, casi sin querer, y me miro la entrepierna. Esa parte de mí que siempre fue un recordatorio cruel de todo lo que no soy. Chico. Insuficiente. Ridículo. Sus palabras me apuñalan en el lugar más vulnerable.
¿Pero por qué? Sofía nunca se quejó. Jamás dio señales de que le faltara algo. Entonces, ¿por qué mierda no puedo sacarme de la cabeza que, en el fondo, él puede tener razón? ¿Por qué sigo dejando que este tipo me destruya?
Sacudo la cabeza y junto fuerzas para levantarme. Salgo del box, tratando de armarme, con el impulso de encararlos… pero cuando abro la puerta, ya no hay nadie. Las risas de Gabriel y Jonatan se desvanecieron, dejándome solo con mis pensamientos y el retumbar de la música.
Con las manos temblando, saco el celular y marco el número de Sofía. Espero. Uno. Dos. Tres tonos. Pero no llega a sonar. Salta directo al contestador. Aprieto los dientes con tanta fuerza que me cruje la mandíbula. “Apagalo si querés”, le dije. Idiota. ¡Qué pedazo de imbécil que soy!
Me acerco a la bacha y abro la canilla, dejando que el agua fría corra antes de lavarme bien la cara. La sensación helada me despierta, pero no me calma. El reflejo del espejo me devuelve una imagen que no quiero reconocer. Mis ojos, apagados y tristes. No soy el Álex que quiero ser. Soy el Álex que ve Gabriel: débil, patético, impotente.
—Te voy a buscar, Sofi. —El susurro se me escapa, más como una promesa para mí mismo que para ella.
Cierro los puños con fuerza y me pego un par de cachetazos para reaccionar. Siento el ardor en las mejillas, pero no me importa. Necesito centrarme.
Cierro la canilla, me seco rápido y salgo del baño subiendo las escaleras con paso decidido. No puedo dejar que ese hijo de puta le ponga un dedo encima.
La música me taladra los oídos mientras empujo a la gente, esquivando cuerpos sudados y miradas de orto. Los neones parpadean como si estuvieran en alerta máxima, un puto aviso de que algo anda mal. Mis ojos saltan de una cara a otra, buscando, siempre buscando. Pero no la veo. No está. Mi respiración se acelera con cada paso; la ansiedad me araña el pecho.
¡Maldita sea, ¿dónde está?!
Cada sala se convierte en un callejón sin salida. Tropiezo con un tipo que me grita algo, pero ni lo escucho. Mi cabeza es un zumbido constante de música, luces y un solo pensamiento: Sofía no está acá.
Joder. Joder. ¡La puta madre!
Me detengo un segundo, tratando de respirar, pero el aire del boliche está tan cargado que no sirve de nada. Huele a sudor, perfume barato y cerveza volcada. Mi mente da vueltas buscando una solución. Entonces me doy cuenta: si subo al piso de arriba, voy a poder ver mejor la pista central. Desde ahí… tengo que encontrarla.
Empujo a la gente a mi paso con más fuerza, ignorando las quejas y las miradas asesinas. Subo las escaleras jadeando. No sé si es el esfuerzo, el miedo o una mezcla de los dos, pero el pecho me prende fuego.
Llego al primer piso y me apoyo en la baranda. Mi mirada escanea la pista, con las luces estroboscópicas bañando a la multitud en rojo, azul y verde. Mi corazón golpea cada vez más fuerte. Cada grupo parece igual al anterior, cada cara es una copia borrosa de la otra. No está. No la veo.
El sudor me cae por la frente, los ojos me empiezan a arder. La puta ansiedad me está matando, estrangulándome cada segundo que pasa. Aprieto la baranda con las dos manos, sintiendo cómo el metal frío se me clava en la piel.
Y entonces la veo.
Ahí está, Sofía.
Está bailando con sus antiguas compañeras. Su pelo rojo brilla bajo las luces, moviéndose con cada giro. Se ríe. Está despreocupada, como si nada en el mundo pudiera romper ese momento. Se mueve al ritmo de la música, tan natural, tan desprevenida, que por un instante algo adentro mío se relaja. Está bien. Está con ellas. No está sola.
Me quedo un momento mirándola, casi olvidándome de todo lo demás. Es como si estuviera en su propia burbuja, una zona segura, rodeada de amigas. Todo parece normal. Casi puedo convencerme de que estaba exagerando.
Pero entonces lo veo a Gabriel.
Está a unos metros, en su propio grupito de pibes. Y aunque está lejos, su presencia pesa. Siempre lo hace. Esa mezcla de superioridad y falsa camaradería sigue intacta, como si el tiempo no hubiera pasado.
Me convenzo de que lo que escuché en el baño era puro humo, una fantasía para impresionar al idiota del Jonny. Desde acá, parece que no tiene nada que ver con Sofía. Ni siquiera la mira.
Y, por un segundo, vuelve la calma.
La veo ahí, en un costado de la pista, y todo lo demás se borra. Ese vestido no deja nada a la imaginación, con la parte de arriba pegada al cuerpo como si hubiera nacido con él. Cada salto, cada giro, hace que sus tetas parezcan a punto de explotar, luchando contra un escote que no tiene chances de contenerlas. El sudor le brilla en la piel y su melena, despeinada y pegada al cuello, atrae las luces como un puto imán.
Está radiante, jodidamente espectacular, riendo y bailando como si no existiera un mañana, con un trago en la mano que salpica con cada movimiento. Las amigas no paran de alentarla, pero está claro que ella es el centro de todo. Parece salida de un sueño… o de una fantasía que no se supone que deberías tener frente a todo el mundo.
Pero no dura. Obvio que no dura.
Lo veo moverse. Gabriel va hacia mi novia con ese caminar típico, lento y seguro, como si todo lo que lo rodea fuera de él. Maldito hijo de puta. Mi cuerpo echa chispas y no puedo sacarles la vista de encima.
Se inclina sobre ella, tan cerca que puedo imaginar su aliento rozándole el cuello. Su mano se apoya en la parte baja de la espalda, justo donde el vestido empieza a estar más suelto, y Sofía… Mierda, Sofía. No se corre. No lo empuja. No le clava esa mirada de «cortala» que yo sé que tiene. En vez de eso, ladea la cabeza, ofreciéndose para escucharlo mejor. Y entonces lo hace: apoya su mano chiquita en el pecho de él, en ese torso marcado que atrae todas las miradas de las minas alrededor.
Hablan un poco más. Puedo ver la duda en su cara, mueve un poco la cabeza como si por dentro tuviera una lucha. Pero entonces, finalmente, asiente y, como si no fuera suficiente, baja la mirada y la vuelve a subir con una lentitud que me destroza, mordiéndose el labio inferior. ¿Qué carajo? Es apenas un gesto, chico, sutil, pero me arranca algo por dentro, como si mi mundo se viniera abajo en ese instante.
Sin decir nada, él señala con la mano hacia la salida.
Es como si algo me atravesara. La baranda tiembla bajo mis manos, o capaz soy yo el que tiembla, no sé. La veo despedirse del grupo de chicas con un par de besos rápidos. Gabriel ya está avanzando, abriéndose paso entre la gente sin drama.
Y ella…
Ella lo sigue.
No.
No.
¡No!
La ansiedad me pega como un tsunami. Esto no está pasando. Mi mente busca desesperadamente una explicación, algo que me diga que estoy entendiendo todo mal. Pero no hay lógica.
—¡Sofía! —grito con todas mis fuerzas, pero el sonido se pierde en el quilombo ensordecedor de la música. Nadie se da vuelta, nadie dice nada.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Suelto la baranda y corro. Bajo las escaleras a los tropezones, sintiendo que las piernas no me responden. Tengo que alcanzarlos. Pero en un descuido, el pie se me patina en el borde de un escalón.
—¡Mierda! —es lo único que llego a gritar antes de caerme.
Golpeo el piso con la rodilla primero, después el hombro, y ruedo un par de escalones antes de frenar, tirado como un muñeco roto. El dolor llega al toque, un latigazo ardiente que me sube por la pierna. Me tomo un segundo para armarme, pero no me puedo quedar ahí.
La gente pasa por al lado mío, algunos me miran preocupados, otros ni me registran. Me apoyo en la pared para levantarme, con la respiración cortada y el corazón como un tambor. El dolor en la rodilla es insoportable, pero lo ignoro. No puedo parar ahora.
Sigo adelante, rengueando, con la adrenalina empujándome. Tengo la visión borrosa por el sudor, pero al final llego a la pista, aunque cada paso sea una tortura. Esto no terminó.
—¡Perdón! —le grito a nadie, chocando con un pibe que me mira con cara de asesino.
—¡Mirá por dónde vas, pelotudo! —protesta uno cuando casi lo tiro al piso.
Pero no me importa. Mi mente está en un solo lugar: en Sofía. En Gabriel. En esa salida que ahora parece lejísimos. El lugar es un caos. Intento apartar a todos con los brazos, abriéndome paso a los empujones. Alguien me empuja de vuelta, escucho insultos, pero todo es ruido blanco. Tengo que alcanzarlos.
Mis pies golpean el piso con fuerza, pero siento que avanzo en cámara lenta con la rodilla doliéndome a gritos. Siento que se me escapan. La ansiedad me oprime el pecho y me cuesta respirar.
Salgo a la calle con dificultad, jadeando, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor. ¿Dónde están? ¡¿Dónde mierda están?! Busco frenéticamente por todos lados. Pero nada. La entrada del boliche está llena de gente, y por un momento creo que los perdí para siempre.
Voy corriendo como puedo hacia donde estacionan los autos, esquivando a la gente. Me tiemblan las piernas y tengo la nuca empapada.
Entonces, un ruido. Un motor arrancando, grave y ensordecedor, me frena en seco. Levanto la vista y ahí está. El BMW negro de Gabriel.
Las luces de atrás se prenden, bañando la vereda en un rojo intenso, y el auto empieza a moverse. Primero lento, como si quisiera darme tiempo para procesar lo que estoy viendo. Después acelera, tomando velocidad hasta que las luces se pierden en la oscuridad de la calle.
Se fueron.
Me mando el pique de mi vida hasta la otra cuadra, tan rápido que siento que el corazón me va a explotar y la rodilla se me va a salir de lugar. Salto sobre la moto y la arranco de una, saliendo con una fuerza que casi me hace perder el equilibrio. No puedo perderlos.
Avanzo por las calles como un loco, buscando esas luces rojas. Y ahí están. A lo lejos, el BMW negro. Siento un chispazo de satisfacción, aunque no sé por qué. ¿Por haberlos encontrado? No hay nada que festejar, idiota, estás persiguiendo a tu novia con otro tipo.
Acelero, pero mantengo una distancia prudencial para que no se den cuenta. Pienso que capaz Gabriel solo la está llevando a casa. Capaz es todo un malentendido. Pero justo cuando esa idea intenta calmarme, veo cómo agarra una salida que va hacia una urbanización apartada, lejos de cualquier lugar donde debería estar mi novia.
La presión en el cuello me crece. ¿Qué carajo hacés, Sofi?
Bajo la velocidad y me esfuerzo por no perderlos de vista sin acercarme demasiado. La calle está vacía; solo ellos y yo en este tramo desierto. Cada vez que el BMW dobla o frena, siento que mi moto hace demasiado ruido, que cualquier movimiento me puede mandar al frente.
Las dudas me taladran la cabeza. Quiero acelerar, pasarlos, terminar con esto de una vez. Pero sé que no tengo los huevos para enfrentar a Gabriel. No acá, no ahora. Todo lo que representa, todas las humillaciones de años atrás, se amontonan como un muro imposible de pasar.
Al mismo tiempo, trato de aferrarme a la confianza que le tengo. Ella nunca haría algo así. Tiene que haber una explicación. Pero, joder, las palabras de Gabriel en el baño me vuelven a la cabeza, y el sudor frío que me corre por la espalda me dice que capaz no estoy preparado para lo que pueda encontrar.
Los sigo de lejos, viendo cómo el BMW se mete en una rampa de un chalet enorme, aislado entre los árboles. Mantengo la distancia, yendo a paso de tortuga, rezando para que no me vean. El garaje se abre lento, bañando la entrada con una luz blanca que ilumina la fachada moderna y exagerada de la casa.
Es acá.
Estaciono la moto unas casas más abajo y me quedo quieto, chequeando el terreno. El chalet es ridículamente grande, una de esas casas que gritan «mirá cuánta guita tengo». Todo moderno, líneas rectas, minimalista, con ventanales tan grandes que parecen una vidriera y una pileta iluminada que brilla como un cartel de neón. Esto no puede ser de él, ni en pedo. Tiene que ser del viejo. Porque, seamos realistas, Gabriel no podría pagarse esto ni en tres vidas.
Respiro hondo, tratando de calmarme. No pienses. Actuá. Sin pensarlo mucho, me acerco al tramo del muro que parece más bajo. Calculo la distancia y decido que puedo. Trepo como puedo, sintiendo el corazón en las sienes, y cuando llego arriba me preparo para bajar… pero los dedos se me patinan a último momento.
Caigo de culo, de frente, de todo, directo al piso, amortiguado solo por las plantas que rodean la casa. El golpe me sacude la espalda y la rabadilla, sacándome un quejido que me guardo en la garganta.
Mierda. Joder. ¡La puta madre!
Me quedo quieto, aguantando la respiración, con miedo de que alguien haya escuchado el quilombo que acabo de armar. Pasa un minuto. Otro. No viene nadie. Todo sigue en silencio. Vuelvo a respirar, aunque me arden las palmas de las manos y el culo.
Me levanto despacio, sacudiéndome la tierra y los yuyos de la ropa. Me tiemblan las piernas, pero sigo adelante. Mañana seguro voy a estar lleno de moretones. Buenísimo. El olor a tierra mojada se me pega en la nariz mientras me acerco al edificio, sintiéndome como un chorro de cuarta en una película barata.
Miro hacia el chalet, imponente y silencioso. El porche está iluminado por unas luces cálidas que proyectan sombras suaves en las mesas de madera y las reposeras con almohadones beige. Adelante, la pileta refleja la luz como un espejo. Todo parece diseñado para ser perfecto, un contraste cruel con lo que sé que está pasando.
Veo una escalera hacia la casa y empiezo a subir. Justo cuando voy a pisar el segundo escalón, unas luces se prenden de golpe, bañando la entrada con un resplandor que me agarra desprevenido. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Me agacho al toque y, a los tropezones, huyo hacia unos arbustos, escondido entre las plantas. Casi no me animo a respirar.
Desde mi escondite, los veo aparecer. Sofía y Gabriel bajan las escaleras con una calma que me parece surrealista. Ella va adelante, y cada vez que baja un escalón, sus tetas rebotan con un ritmo marcado. El vestido, ajustado y atrevido, parece a punto de rendirse y dejarlas escapar, pero ella actúa como si no se diera cuenta. Desde donde estoy, tengo el ángulo perfecto. Es imposible no notarlo, aunque preferiría arrancarme los ojos.
Gabriel baja atrás, y su mirada no deja dudas. Ese hijo de puta la está devorando con los ojos, sin asco, como si ella fuera un trofeo. Hasta se muerde el labio mientras se queda mirando cómo se le mueve el culo a cada paso. Por un momento parece que hasta se relame.
Cuando llegan al porche, se frenan cerca de unas reposeras. Mi novia apoya dos vasos con hielo y Coca, antes de pararse derecha y cruzarse de brazos. Gabriel, por su parte, apoya una botella de Jägermeister en la mesa.
Estoy a solo unos metros de ellos. En este silencio de la urbanización, donde no hay más ruido que el zumbido de las luces, la charla me llega clarita, como si estuviera sentado con ellos.
Escondido entre las sombras, los observo con el estómago cerrado.
—No tendrías que haber manejado después de tomar —dice ella, con ese tono de reto que usa cuando trata de sonar seria.
Gabriel suelta una risa sobradora, como si lo que acaba de decir no importara nada.
—Si me paran, pago la multa y listo. ¿Qué problema hay? —responde, encogiéndose de hombros con una seguridad que me revuelve las tripas—. Además, tampoco tomé tanto. Y ya te lo dije: podés decirme Gabi.
Gabi. Se me aprieta la mandíbula solo de escuchar ese diminutivo. ¿Quién carajo te creés que sos para hablarle con esa confianza?
Él la mira de reojo con una sonrisa canchera, acercándose un poco más a su espacio personal.
—Nos tomamos una última y te llevo a casa, como te prometí —agrega, mientras llena uno de los vasos sin siquiera preguntarle.
—Cuando te ofreciste a traerme, no me dijiste que íbamos a venir acá —Sofía lo mira fijo, frunciendo el ceño. Pero el enojo se le pasa rápido, reemplazado por una expresión un poco más simpática—. Así que esta era la casa tan grande de la que hablabas, ¿eh?
Lo divertida que suena su voz me duele como una herida abierta. Gabriel finge ofenderse, arruga la frente y le pone una mano en el hombro, un gesto al pasar, pero que desde acá parece re calculado.
—Relajate, Sofi. Ya te dije que mi casa quedaba de camino y quería mostrártela. Además, con el calor que hace esta noche, es mejor tomarnos algo tranquilos acá que adentro. Hace siglos que no nos veíamos.
Su tono, más falso que billete de tres pesos, parece que funciona. Mi novia suspira, como resignándose, aunque su respuesta tiene ese tono de aceptación que me pone los pelos de punta.
—Buéeeeeno, pero antes te re pasaste. Menos mal que no nos vio nadie —remolonea un poco, estirando los brazos—. Y si se lo llegás a contar a alguien… te dejo de hablar.
Le miro los cachetes, rojizos por el alcohol y la vergüenza. Tomó. Lo sé. Capaz demasiado, tanto que tiene el juicio nublado.
Ella se deja caer en una de las reposeras al lado de él, apoyando la cabeza en el almohadón y moviéndose torpemente mientras se trata de bajar el vestido para taparse un poco más. Pero la tela no ayuda, y Gabriel, el hijo de mil putas, no se pierde ni un detalle de sus muslos. Con movimientos lentos, abre la botella de Jäger, sirve un poco en su vaso y se lo ofrece. Pero antes de que ella lo agarre, él se inclina, como compartiendo un secreto.
Le agarra el hombro con suavidad y le susurra algo al oído. No escucho lo que dice. No puedo. Pero el solo hecho de verlo tan cerca de ella me hace hervir la sangre. ¿Qué le estás diciendo, basura? ¿Qué mierda te creés que estás haciendo? El cuerpo me tiembla, pero sigo pegado al piso, con las uñas clavadas en la tierra húmeda para no gritar.
Sofía se endereza y baja la mirada; mueve el vaso haciendo girar los hielos. Parece que está procesando lo que escuchó, con los labios apretados. Finalmente, levanta la cabeza y responde, con una mezcla de nervios y desdén: —Eso se lo decís a todas, ¿no? —suelta una risa corta y amarga—. Sos un chamuyero, Gabi.
Él ni se mosquea. Es más, su sonrisa se agranda, esa mueca de arrogancia que tiene pegada a la cara desde que lo conozco. Toma un trago lento y apoya el vaso en la mesa antes de tirarse para atrás en la reposera. Sus ojos siguen fijos en ella, midiéndola, esperando.
—¿Chamuyero? ¿Yo? —dice con falsa indignación—. No seas injusta, Sofi. Los dos sabemos que no soy como los demás —se toma su tiempo, inclinándose un poco para adelante, bajando el tono hasta que suena casi íntimo—. ¿Te acordás de cuando estábamos en la secundaria? Siempre supe que tenías algo especial. Nunca me animé a decírtelo antes, pero ahora… ahora me alegro de haberte encontrado de nuevo.
Sofía larga otra risita, pero no tiene nada de alegre. Se mueve inquieta, como si no supiera qué hacer con las piernas. Toma un sorbo rápido, mecánico, mientras la cara se le ilumina con ese rubor que no sé si es por el alcohol o por lo que le dice este malnacido.
—Dale, Gabi… no me vengas con esa. Ni me mirabas —lo dice con timidez, como queriendo restarle importancia, pero tiene un brillo en los ojos que me preocupa. Se inclina un poco para adelante para poner distancia, pero lo único que logra es mostrar todavía más el escote—. Eras el centro del universo, siempre rodeado de minas.
Gabriel no tarda en contraatacar. Se le pega un poco más, apoyando los codos en las rodillas. Su tono es más bajo, más persuasivo: —Rodeado de minas, sí. Pero eso no significa que no te fichara. —La frase queda en el aire antes de agregar con una intensidad calculada—. Siempre hubo algo en vos, Sofi. Pero yo… era un pibe. No tenía idea de lo que quería, ni de la belleza que tenía adelante. Ahora sí.
Ella lo mira de reojo y la expresión le cambia. Es como si las palabras de Gabriel hubieran tocado algo enterrado. Pero no responde. En cambio, toma otro trago, evitando mirarlo mientras él, relajado y canchero, sigue tejiendo su red.
Esto duele más que todos los golpes de la noche. No puedo creer lo que pasa frente a mis ojos. Están histeriqueando y mi cuerpo no reacciona; no me puedo mover.
—Álex es buen pibe, ¿no? —sigue él, pegándose más y apoyándole la mano en la rodilla—. Pero siento que vos necesitás algo más… algo que él no te puede dar.
Gabriel se acerca todavía más, lo suficiente para que el aliento le roce el cuello a Sofía, mientras su mano sube lento por el muslo, disfrutando el tacto. —Algo que un pito corto como Álex nunca te va a poder dar.
El corazón se me para. Ese apodo de mierda, ese insulto de la secundaria que me persigue como un fantasma. Y ahora lo suelta adelante de mi novia, con una facilidad asquerosa, como si supiera exactamente qué cable tocar para destruirme.
Sofía, al principio, parece sorprendida. Frunce el ceño, incómoda. —No podés hablar así de él —dice, tratando de sonar dura, pero la voz le tiembla al final—. Álex es… es un buen chico.
Gabriel ni se inmuta. Sus miradas chocan y siento que en cualquier momento sale una chispa que incendia todo el matorral donde estoy escondido. —Tranqui. Solo soy honesto —hace una pausa mientras la mano le sigue subiendo por abajo del vestido—. No te pongas a la defensiva… los dos sabemos que hay cosas que necesitás y que él no te puede dar —veo cómo le acaricia los muslos con una calma total—. No hace falta que lo digas. Tus ojos ya lo dicen por vos.
Sofía le saca la mano con suavidad, un gesto que solo transmite nerviosismo. Le tiemblan los dedos y veo cómo brilla el sudor en su frente; se le empiezan a empañar los anteojos. Por un segundo quiero creer que es el calor. Pero sé que no. Está respirando cortado, vacilante.
Entonces, ella mira el vaso y suelta la frase que me corta como una navaja: —Y… a veces me gustaría que tuviera un poco más de sangre. Que no fuera tan… quedadito.
Quedadito. La palabra me pega como una trompada.
—¿Quedadito? —repite Gabriel con una satisfacción que me revuelve el estómago. Vuelve a apoyarle la mano en la rodilla, haciendo círculos en la piel—. Sofi, hay cosas que no se arreglan. O tenés madera de hombre, o no tenés.
Ella cruza los brazos sobre sus tetas y le habla en tono juguetón, con esa mirada de desafío y picardía que siempre me dedicaba a mí cuando estaba de buen humor. —Siempre te la agarraste con mi novio —dice, inclinándose para agarrar el vaso—. Incluso ahora, adelante mío. ¿Sabés? A veces pienso que lo hacés porque vos también tenés algún complejo… No sé, ¿capaz como él, con el tamaño de tu… ya sabés?
Mi antiguo matón la mira divertido, como si ella le acabara de dar un regalo. Se ríe, esa risa grave que siempre me sacó de quicio, y se pone de pie, apoyando el vaso con un golpe seco. —¿Un complejo? —pregunta burlón, mientras se empieza a desabrochar la camisa—. Vamos a sacarnos la duda, ¿no?
Mi chica frunce el ceño, todavía con esa chispa juguetona, aunque parece confundida. —¿Qué hacés? —le pregunta, riéndose suavemente.
Gabriel le hace un «shhh» con el dedo y le guiña un ojo. Se saca la camisa rápido, mostrando el pecho marcado y tatuado. Después, sin perder tiempo, se desabrocha el pantalón y deja que caiga al piso. Ahí está, plantado frente a ella en calzoncillos, con una confianza total y una expresión de depredador.
—Mi complejo no es por tenerla chica, justamente —responde, mientras se acomoda el calzoncillo para que Sofía no pueda ignorar el bulto enorme.
Ella se ríe nerviosa, corre la mirada un segundo y vuelve a mirar, con los cachetes colorados. Siento que la sangre me hierve. ¿Qué mierda está pasando? Sofía parece estar disfrutando el jueguito, mientras yo… yo siento que voy a explotar.
Gabriel se sienta al lado de ella en la misma reposera, invadiéndole todo el espacio. Ella no se corre. No pone ninguna barrera. Al contrario, mira de reojo el paquete con ese brillo travieso que tanto me jode.
—Bueno. Capaz no era por eso —responde ella en voz baja. Lo dice desafiándolo, siguiendo el juego de toda la noche. Gabriel ladea la cabeza. Apoya el brazo atrás de ella, peligrosamente cerca de su culo.
—¿Ah, no? —dice él, sobrado—. Entonces ilúminame, linda. ¿Por qué decís que me la agarraba con él?
Ella se muerde el labio y larga una risita nerviosa antes de tomar otro trago. —No sé, Gabi… —dice, encogiéndose de hombros—. Capaz porque te divertía. Porque siempre fuiste un poco bastante hdp, admitámoslo.
Él larga una carcajada. —Capaz. —Se inclina hacia ella—. Pero no me vas a negar que con vos soy otra cosa. Con vos, Sofi… soy especial.
Sofía no responde al toque. Se queda mirándolo con una mezcla de incredulidad y algo más que no distingo. Pero lo peor es que no lo rechaza. No se corre. Entonces inclina la cabeza, dejando que un mechón de pelo le caiga sobre la cara, con los anteojos un poco torcidos. Y con una sonrisa descarada, le susurra: —¿Especial? Mmm… demostrámelo. A ver si es verdad.
Esa frase provocativa termina de prender fuego el ambiente. Gabriel arquea una ceja, disfrutando el desafío. Se le acerca más, llenando todo el espacio entre los dos. Su voz, baja y ronca, parece arrastrarla hacia él.
—Dale, Sofi… no me provoques así —su dedo empieza a recorrer el borde del vestido—. Me estás tentando, y ya sabés lo que pasa cuando jugás conmigo.
Ella se ríe, pero suena forzado, como si tratara de esconder lo que siente. Tiene la cara roja por el calor y el alcohol. —¿Jugando? —pregunta pícara—. No me hagas reír, Gabi.
—No te hagas la inocente. Tus ojos dicen todo —hace una pausa y le agarra la mano con delicadeza—. Decime, ¿te ponés así de colorada con Álex?
Ella lo mira de reojo, tratando de procesar la pregunta. Su sonrisa tambalea un segundo, pero en vez de contestar algo ingenioso, toma un trago largo y lento. —No te creas tan importante —murmura, aunque se nota que lo está escaneando de arriba abajo.
—Entonces, demostrámelo. Decime que no te morís de ganas de hacer esto. Sin decir nada, guía la mano de Sofía con una suavidad que contrasta con la tensión del momento. Le envuelve los dedos y la lleva lento hacia su entrepierna, frenándola a centímetros del bulto.
Mi corazón da un vuelco. La escena es una pesadilla. Sofía traga saliva, nerviosa. Tiene los labios entreabiertos y la cara prendida fuego. —Sos un creído —susurra.
Gabriel sonríe de costado, con la cara a centímetros de la de ella. —Tranquila. No tenés que hacer nada que no quieras. Pero si querés saber si tengo algún complejo, esta es tu oportunidad.
Ella respira cortado. Por un momento parece que va a sacar la mano. Pero no. La deja ahí, temblando, debatiéndose entre bajar o irse. —Esto está mal… —pero no se mueve. —Estamos solos, ¿quién se va a enterar? —Nadie se puede enterar de esto… —la voz de Sofía es un hilo. —Olvidate, nadie se va a enterar. Esto queda entre nosotros, Sofi. Solo vos y yo.
Mi novia duda un segundo, pero decide rápido. Le toca el paquete, deslizando los dedos por toda la zona hinchada, como con vergüenza. Se muerde el labio, entregada al deseo. Empieza a masajearlo lento, siguiendo la forma a través de la tela. Su respiración se vuelve pesada. Se nota que la dimensión y la dureza la desconciertan. Intenta agarrarlo, pero el calzoncillo lo mantiene firme.
—Es… —susurra para ella misma. Sus manos titubean antes de volver a intentar con más decisión. Pero la tela y el tamaño parecen burlarse de ella; no llega a abarcarlo.
Gabriel disfruta su lucha entre la curiosidad y los nervios. —Así te va a ser más fácil. Se baja los calzoncillos hasta los tobillos y la pija le sale disparada como un resorte.
Abro los ojos como platos. Tengo adelante la pija más grande que vi en mi vida: larga, gorda, llena de venas y un poco torcida. Está todo depilado y, abajo de ese rabo, cuelgan dos huevos de un tamaño descomunal. Pienso en todas las veces que boqueó sobre esto en la secundaria… una cosa es escucharlo y otra verlo así. Solo de pensar en la comparación que ella debe estar haciendo en su cabeza, siento que se me hunde la vida.
—¡Dios! —exclama Sofía, tapándose la boca. Gabriel sonríe, sabe que ganó. Sabe que se va a cojer a mi novia. Sabe que se va a cojer a la «inocente» Sofía Martínez por puro capricho. Y yo no puedo hacer nada.
—Bajate el vestido. Quiero verte esas tetas que tenés. Ella obedece, sin sacar los ojos de la polla. Se baja los breteles y libera sus tetas enormes, que rebotan contra su panza. Tiene los pezones gordos y las venas azuladas marcadas por el calor.
Entonces le agarra el rabo y empieza a pajearlo lento, apretando fuerte las venas hinchadas. El silencio solo lo rompe el sonido de la carne subiendo y bajando. La mano de ella parece de juguete al lado de la poronga de Gabriel.
—Es enorme… ¿cuánto te mide? —murmura ella, con un hilo de voz. Está babeando, con la mirada clavada. —No sé. ¿Más de veinte? Nunca me hizo falta medirla —responde él con una sonrisa torcida.
Sofía traga saliva con dificultad. Se acerca despacio, a centímetros, como si necesitara verlo mejor. Su mano no para, cada vez más rápido, provocando ese sonido húmedo que me apuñala los oídos.
—Te la vas a comer toda, como la puta que sé que sos —murmura Gabi, enredando los dedos en el pelo pelirrojo de Sofía. Yo cierro los ojos, no puedo más. No debería estar viendo esto. Dejo de escuchar voces y empiezo a escuchar un sonido nuevo: húmedo, rítmico. Abro los ojos. No estoy preparado.
Sofía tiene metida casi toda la pija en la boca. Mueve la cabeza sin parar, lamiendo todo el tronco. Llega hasta la punta y se concentra ahí, para volver a bajar de una manera que a mí jamás me hizo (la mía mide la mitad, capaz es por eso…). Usa la mano para la parte que no le entra en la boca, haciéndole una flor de pete, lleno de baba. Gabriel tiene la cara desencajada de placer.
Él gime con fuerza, perdiendo el control por un segundo, pero se recompone rápido. Con voz provocadora, le dice: —Tuve ganas de hacerte esto desde que apareciste en el restaurante, moviendo ese culo perfecto… con el infeliz de tu novio al lado —dice, y le levanta el vestido para darle un cachetazo sonoro en una nalga.
Le corre la tira de la tanga y le manda dos dedos de golpe. Empieza a cojerla con los dedos mientras ella sigue con la cabeza abajo. Desde acá escucho el chapoteo de su vagina; ese ruido que a mí me costó años provocar, él lo logró en cinco minutos. Ella gime ahogado, bajando la lengua hasta los huevos. Vuelve a chuparlo, intentando meterlo más profundo hasta que se pone roja y se le llenan los ojos de lágrimas. ¿Quién es esta Sofía y qué le hicieron a mi novia?
Gabriel se aparta y se tira en la reposera de al lado, con las piernas abiertas y el pene apuntando al cielo. —Vení acá, te voy a cojer como te merecés.
Sin dudarlo, mi novia se le pone arriba, se corre la tanga y se refriega como una perra alzada. Se miran fijo, en una lucha de deseo. Sofía está entregada, con las pupilas dilatadas como nunca las vi. —P-ponete forro…
Se me termina el aire. ¿Forro? Mi cabeza da vueltas. Nosotros siempre usamos preservativo, siempre. Pero él… él se la va a poner en seco. No lo puedo creer. Mi antiguo matón niega con la cabeza. —No hace falta —dice seguro. Le encaja la pija de una y ella suelta un gemido sensual—. Tengo mucha experiencia, no va a pasar nada.
Me muerdo el labio tan fuerte que siento el gusto a sangre. ¿En serio le dice eso? Siento un sabor amargo en la boca. —Nunca lo hice así con Álex… —susurra Sofía, temblando. Se muerde el labio—. Tengo miedo de que pase algo.
¿Miedo? ¿Ahora tiene miedo? ¡Conmigo siempre me exigió protección! ¿Qué tiene él que no tenga yo? ¿Por qué se arriesga con este tipo? Qué irónico… con la excusa de que «querías estar segura», nunca lo hicimos sin nada. No puedo creer que esté cruzando esa línea con el tipo de pibe que decía que odiaba.
—Estás empapada, ¿cojer a pelo hace que te mojes tanto? —pregunta él, moviendo las caderas despacio y metiéndole la punta—. ¿Te excita saber que tu novio está en casa durmiendo y vos acá, arriba mío, con mi poronga adentro?
Están poseídos, dominados por un placer carnal que no deja lugar para nada más, ni siquiera para la culpa. Cada gesto, cada mirada, es una confirmación de que cruzaron un límite del que no se vuelve.
Mi mundo se desmorona en tiempo real. Cada movimiento de Sofía es un cuchillo que se clava más profundo, desgarrando todo lo que alguna vez di por sentado. Ella, mi Sofi, mi chica, moviéndose con un ritmo firme y decidido sobre él, abriéndose paso sin ninguna resistencia. Pero lo peor no es lo que veo, sino lo que siento.
La bronca y la impotencia me comen vivo, pero no alcanzan para apagar lo que me hierve adentro: una excitación cruda, abrasadora, que me llena de asco hacia mí mismo.
Los ruidos húmedos son fuertes y claritos. Él le susurra cosas asquerosas al oído. Palabras que me niego a repetir, mientras ella solo mueve más y más rápido el culo. Sube las caderas hasta caer sobre él de golpe, con esos sonidos de carne chocando penetrándome en la cabeza.
—¿Me vas a responder? ¿O voy a tener que seguir dándote hasta que lo grites?
Mi novia mueve la cabeza despacio, negando la verdad, como si con ese gesto pudiera deshacer lo que está haciendo. Pero el cuerpo la manda al frente: encajada arriba de él, con la respiración cortada y el colorado de la piel que se le extiende por todos lados. Niega con la cabeza, pero no deja de moverse, negando lo mucho que lo desea. Y yo, incapaz de sacar la vista, me odio más cada segundo.
La pija de él se ensancha de una forma impresionante adentro de ella. Parece irreal la imagen de su culo, lleno de sudor y rojo por los cachetazos, incrustado en el rabo enorme de Gabriel. Abriéndose paso una y otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Hasta que veo cómo la verga empieza a estar manchada con un líquido blanquecino; Sofía se está acabando, pero no frena, sigue moviéndose.
Las manos enormes de él se agarran de sus caderas, hundiéndose en la piel con una fuerza que parece reclamarla como suya. Cada movimiento es más intenso, y el ritmo frenético de las estocadas hace que Sofía suelte un sollozo ahogado, como si no pudiera aguantar más.
Sus gemidos rompen el silencio del barrio, resonando en el aire quieto de la noche. Es un sonido tan fuerte, tan cargado de placer, que estoy seguro de que cualquiera que pase cerca los escucha. Me zumban los oídos, la cabeza me late y la realidad de lo que estoy viendo me pega una trompada en la cara.
Gabriel frena de golpe, sin avisar, sacándole a Sofía un gemido de frustración. Sus manos, grandes y firmes, se deslizan por las caderas hasta atraparlas por completo. Antes de que ella pueda reaccionar, él se incorpora, tironeando su cuerpo hacia arriba.
Con un movimiento rápido, la da vuelta y la empuja para adelante, haciéndola caer boca abajo sobre la reposera. La tela cruje bajo el peso de Sofía mientras ella jadea, con el pecho pegado a la superficie y las caderas todavía presas de las manos de Gabriel.
—ahhhh, Gabi. Seguí. ¡Seguí! ¡Seguí! —grita ella, desesperada, cada palabra acentuada por un golpe de pelvis de él contra su cuerpo, que apenas la deja respirar.
Los movimientos de Gabriel se vuelven más intensos, más exigentes, como si quisiera dejarle una marca que no se pueda borrar nunca. Le levanta las caderas, buscando un ángulo donde la penetración sea más profunda, más dura.
Se está cojiendo a mi novia contra la reposera y yo solo puedo mirar cómo entra y sale de su concha empapada. Y lo peor de todo es que siento cómo se me pone dura ante semejante espectáculo. Patético. No tengo palabras para describirlo. Patético.
Gabriel la agarra con más fuerza, agachándose sobre ella para hablarle al oído: —Decime quién es mejor. ¿El pelotudo de tu novio o yo? —pregunta entre jadeos, sin parar, con cada palabra reforzada por un golpe seco.
Sofía arquea la espalda con desesperación, clava los dedos en los bordes de la reposera y se entrega toda al movimiento. Levanta el culo por instinto, buscando más, como si la intensidad de cada golpe fuera lo único que necesitara. El sonido de la carne chocando llena el aire, seco y ensordecedor, una fuerza salvaje calculada para desbordarla una y otra vez. Hasta que ella termina rindiéndose.
—¡Vos! ¡Vos! —grita al borde del orgasmo, con la voz quebrada—. ¡Vos sos mejor, Gabi!
Gabriel aprieta los dientes, pero en vez de aflojar, le da todavía más duro, con movimientos brutales que le arrancan gemidos cada vez más altos. Sus ojos brillan con esa crueldad de siempre. Se inclina y le susurra, pero lo suficientemente fuerte como para que yo escuche:
—¿Esto te lo da el infeliz de tu novio? —escupe burlón, descuartizándome la poca autoestima que me queda—. ¿Ese pito corto alguna vez te hizo gritar así? —se ríe, exhalando con esfuerzo mientras le sigue dando—. No me hagas reír, Sofi. Ahora entendés lo que es un hombre de verdad.
Ella no responde con palabras, solo con gemidos incontrolables que parecen confirmar todo lo que él dice. El cuerpo me tiembla al escucharlos y mi mente se niega a procesarlo, pero mis ojos no dejan de mirar, atrapados en esta visión infernal. Tengo los puños cerrados, pero el dolor físico no alcanza para sacarme de acá.
Entonces, siento algo más. Una presión cada vez mayor en el pantalón. La tengo recontra dura viendo cómo se cojen a mi novia, y me inunda un asco profundo hacia mí mismo. ¿Qué clase de enfermo soy para reaccionar así ante algo tan humillante? Quiero gritar, llorar, romper algo, pero me quedo quieto, sin sacar la vista, consumido por la culpa y una vergüenza que me ahorca.
La visión de esa poronga enorme rellenando a mi novia como un martillo neumático me impresiona y me excita al mismo tiempo. Está tan mojada que entra y sale con una facilidad total, como si tuviera la concha acostumbrada a recibir algo así. Me siento minúsculo. Esto no es justo…
Gabriel se burla de nuevo: —Decime. ¿Esto es lo que necesitabas? —le gruñe, haciendo las estocadas más lentas y profundas—. ¿Un hombre de verdad que te llene, que te haga sentir como nunca? No ese triste perdedor que te dejó sola.
Sofía jadea, arqueándose abajo de él, arañando la tela de la reposera. No puede ni hablar, el cuerpo habla por ella. Él la agarra fuerte del pelo pelirrojo, levantándole la cabeza para hablarle al oído: —Respondé, putita. ¿Te gusta?
Ella, totalmente ida de placer, asiente apenas, pero a él no le alcanza. —Más fuerte —exige, y le clava un cachetazo en la nalga que suena por todo el jardín.
El golpe la hace temblar; un gemido primitivo se le escapa antes de responder con voz quebrada: —¡Sí! ¡Me encanta! ¡Nadie me cojió así nunca!
Una sonrisa de satisfacción total se le dibuja a Gabriel. La suelta del pelo y vuelve a agarrarle las caderas, hundiéndole los dedos mientras acomoda la postura. —Eso es… sabía que ibas a terminar así —su tono es despiadado—. Una nena buena para mí, ¿no? Necesitabas a alguien que te diera lo que te merecés.
Cambia el ángulo y Sofía jadea todavía más fuerte cuando él encuentra un punto nuevo. Los golpes de sus caderas contra ella se hacen más intensos, con un ritmo desquiciado.
La estructura de la reposera cruje con la siguiente embestida, y el grito de Sofía es escandaloso, desgarrador. Un sonido que nunca le escuché. Siempre pensé que esos gritos eran de las actrices porno, algo actuado para las cámaras. Pero ahora, escuchándola, sé que no. Cada golpe de Gabriel le saca un gemido nuevo, más ronco, como si el placer se la estuviera comiendo viva.
El espectáculo es asqueroso, ver cómo mi novia chiquitita puede meterse algo tan grande adentro, que parece que la va a romper en cualquier momento. Tengo la boca seca. El bulto en mi jean me duele cada vez más.
Finalmente, después de unos minutos eternos, Gabriel frena de golpe, chorreando sudor. La agarra de los hombros y la da vuelta en la reposera hasta que queda boca arriba, con las piernas colgando a los lados, abierta de par en par. Ella sigue temblando, con las tetas enormes subiendo y bajando, mientras él la mira desde arriba, como si estuviera admirando su trofeo.
Ella lo mira con los labios entreabiertos, todavía jadeando, con el cuerpo brillando por el sudor bajo la luz. Gabriel la observa con los ojos desencajados de placer, chocho por salirse con la suya otra vez.
—Sacá la lengua —ordena con un tono bajo, firme, cargado de autoridad, sin sacarle la vista de los labios mientras se la pajea con violencia.
Sofía traga saliva, todavía agitada, con las tetas subiendo y bajando rápido mientras trata de recuperar el aire. Pero no duda. De a poco, saca la lengua, temblando, obedeciendo sin chistar, con la mirada clavada en la pija de Gabriel, sabiendo lo que se viene.
Gabriel se tira para atrás, poniendo un pie a cada lado de la reposera, acercándose peligrosamente a su cara y dejando escapar un gemido largo, de las tripas. Lo que sigue pasa tan rápido que parece irreal, como si el tiempo se frenara para que cada detalle me quede grabado a fuego.
El cuerpo de Sofía, todavía brillante por el sudor, es salpicado de golpe por un líquido espeso, blanco perlado. Los chorros de semen salen a presión, golpeándola por todos lados. Veo cómo le pega en las tetas, en el cuello, en la lengua; le enchastra el pelo y hasta los anteojos, donde resbala lento por el vidrio, distorsionando su mirada del otro lado. El asiento, el vestido, todo queda marcado por ese rastro asqueroso.
Parece que no termina más. Gabriel sigue dándole, con el cuerpo temblando en cada espasmo mientras exprime hasta la última gota. Cuando termina, la usa a ella para limpiarse los restos de leche de la polla, refregándosela por las tetas sin que ella diga nada.
Me arden los ojos. No puedo pestañear, no me puedo mover. Mi mente trata de buscarle una lógica, pero no la hay. Es como si mi cuerpo se hubiera desconectado, dejándome atrapado en una pesadilla.
Sofía se queda ahí, quieta un instante, respirando pesado, con la cara colorada y… ¿satisfecha? Traga saliva y se saca los anteojos con los dedos temblando, limpiándolos torpemente mientras Gabriel la mira con una expresión de triunfo total.
Él no dice nada. Se queda mirándola un segundo, como grabando la imagen. Después, con toda la calma del mundo, se agacha a buscar el pantalón y la camisa que estaban tirados. Sacude la ropa, le saca un poco de tierra y se empieza a vestir sin apuro, abrochándose la camisa con movimientos lentos, casi burlones.
—Sos un hijo de puta… —le dice Sofía, con la voz que es un hilo, agotada y con un poco de reproche—. Tenías planeado esto desde el principio, ¿no?
Gabriel frena, con una sonrisa de mierda mientras la mira. —Obvio, linda. ¿Qué pensabas? —Su tono es arrogante, como siempre—. Ahora dale, mejor bañate. Así no te voy a llevar. El baño está en el primer piso, primera puerta a la derecha.
Con movimientos mecánicos, ella se acomoda el vestido como puede, como si no tuviera fuerzas. El cuerpo le brilla por el sudor y el pelo pelirrojo le cae por la cara, todo desprolijo y sucio. Los anteojos, todavía manchados, la hacen ver vulnerable, un contraste total con la bestialidad que acaba de pasar.
Sin decir una palabra, sube las escaleras lento, mirando el piso, como si lo que pasó le pesara en cada paso. Gabriel la sigue tranquilo, con una cara de satisfacción ganadora que me dan ganas de matarlo. Los dos desaparecen arriba, metiéndose en la casa y dejándome con un vacío desolador.
Cuando todo queda en silencio, mis piernas por fin reaccionan. Salgo de los arbustos a los tropezones. No puedo procesar nada. Me acerco a la reposera, que está toda mojada por lo que pasó hace minutos.
Siguiendo mi espiral de autodestrucción, me agacho y el olor me pega como una piña: una mezcla penetrante de sudor, fluidos y sexo. Es tan fuerte que retrocedo, tapándome la boca. Las imágenes no paran de repetirse en mi cabeza, mezcladas con ese aroma que se me mete en la nariz y no sale más.
Bajo la vista para no vomitar, pero lo que encuentro me deja helado. Una mancha oscura resalta en la entrepierna de mi pantalón. Se me corta la respiración y el asco me desborda. Asco por lo que veo. Por lo que hizo mi cuerpo.
¿Qué carajo me pasa?
Doy media vuelta, tambaleándome, y voy hacia el muro. Solo quiero salir de acá. Me trepo como puedo, con el cuerpo doliéndome por dentro y por fuera. Cuando salto para el otro lado, caigo mal y aterrizo de rodillas en el pasto mojado. Definitivamente no es mi día. El frío de la tierra se me mete en las piernas y la garganta me quema. Entonces no aguanto más, me doblo y vomito. Una mezcla ácida de bilis y desesperación. El gusto amargo me quema la lengua, pero eso es lo de menos.
Lo peor no es el ardor; lo peor es saber que no es solo el estómago lo que se me vacía. Es mi dignidad, mi orgullo. Todo.
Me quedo ahí, de rodillas, limpiándome la boca con la mano, inundado de vergüenza. Pasa un tiempo hasta que me levanto, sintiendo que nunca voy a volver a ser el mismo. Llego a la moto destrozado, miro la oscuridad de la calle y siento el peso de lo que vi. Me subo, acelero y me mando a mudar.
No me acuerdo casi nada del viaje de vuelta. La moto rugía, pero mi cabeza estaba en otra parte, pasando la película de lo que vi una y otra vez. Cuando llego a casa, ni sé cómo hice para no chocar. Dejo el casco por ahí y voy directo a la pieza. Me tiro en la cama mirando el techo, en estado de shock.
Ojalá no hubiera salido. Ojalá el quilombo del laburo hubiera sido más difícil. Ojalá ese hijo de puta de Gabriel desapareciera del mapa.
Esos pensamientos se me clavan como espinas hasta que el cansancio me gana. No sé en qué momento me dormí.
El ruido de la puerta de entrada cerrándose me despierta. Mi mente tarda unos segundos en arrancar. Hay luz entrando por la persiana: está amaneciendo.
Me quedo quieto, respirando fuerte. Escucho sus pasos por la casa, y después el ruido de la ducha. Me refriego la cara tratando de despertarme, pero el malestar no se va. Sé lo que vi. Lo sé.
Los minutos se hacen eternos hasta que ella aparece en la puerta de la pieza. Tiene puesta una de sus remeras anchas para dormir y un short que ni se ve abajo de la tela. Tiene el pelo mojado y la piel limpia, fresca, pero los ojos la mandan al frente: tiene unas ojeras tremendas y los párpados pesados. No durmió nada.
—¿Cómo la pasaste? —pregunto con un tono duro y frío, aunque por dentro estoy hecho pedazos.
Ella se frena, como si la pregunta fuera un golpe. Se tensa y esquiva la mirada, haciendo que se seca el pelo con la toalla. —No estuvo mal —responde nerviosa—. Pero… te extrañé un montón.
No me mira. Ni un segundo. Trago saliva, tratando de que las palabras no me quemen. —Perdón por haberme ido. —Cada sílaba pesa una tonelada—. Tendría que haberme quedado. Al final… el problema no era nada. Lo podría haber arreglado cuando volvía.
Finalmente, ella gira la cabeza y nos miramos. Ahí está. Tiene los ojos hinchados como si hubiera llorado horas, y el labio le tiembla. No puedo evitarlo. Me ablando, como siempre.
—Vení acá —le digo en un susurro, estirando el brazo.
Ella duda un segundo y se acuesta al lado mío, abrazándome fuerte. Está agotada, se nota en cómo respira. —No quiero salir por mucho tiempo —murmura con la voz apagada, escondiendo la cara en mi pecho.
Cierro los ojos. Puedo sentir su arrepentimiento en cada fibra. Está avergonzada. Lo sé. Se siente como la mierda por lo que hizo. ¿Cómo no iba a estarlo? Pero no puedo odiarla. No me sale.
—¿Y Gabriel? —pregunto bajito, con miedo—. ¿Se desubicó con vos? ¿O con alguna de las chicas?
Ella me aprieta más fuerte, como si quisiera desaparecer adentro mío. —No —responde después de un silencio que pareció eterno—. Él… fue el que me trajo. Se hizo tarde y no había taxis. Me alcanzó él.
Sus palabras me duelen de una forma que no puedo explicar. Sé que me está mintiendo, lo siento en su voz, en cómo no me sostiene la mirada. Pero no puedo decirle nada. No puedo enfrentarla. Asiento en silencio, acariciándole el pelo. Su olor, ese aroma a limpio de recién bañada, me marea. Me embriaga.
Se me escapa una lágrima antes de que pueda frenarla. No me la limpio. No quiero que se dé cuenta.
—Te amo con locura, Álex. No me dejes sola de nuevo, ¿sí? —Yo también te amo. —La abrazo más fuerte, tragándome el llanto—. Y no lo voy a hacer. No va a volver a pasar.
Nos quedamos así, en silencio. Ella se duerme primero, hecha un bollito contra mí. Yo no puedo cerrar los ojos. Mi mente da vueltas en una espiral de dolor, bronca y culpa. Lo quiero matar. Lo quiero matar por aprovecharse de ella, por destruirnos así. Pero no puedo.
La amo demasiado como para perderla. No puedo perderla. Cuando finalmente cierro los ojos, solo tengo un pensamiento claro: cuando me despierte, voy a decidir qué hacer. Pero por ahora, solo quiero dormir.
fin