Todo empieza a mis 18 años. Iba casi tres veces al mes donde mi tío Esteban, hermano de mi padre. Soy el único varón de cuatro hijos, el tercero. Mis hermanas mayores están casadas, la menor está en secundaria. Mis primos quedaron huérfanos hace tres años: mi tía política murió en un accidente sirviendo a la patria.

Uno de esos fines de semana, su tía Minerva se instaló para ayudar con mis primos. Empezó a interesarme esa señora: alta, rubia, ojos azules, cuerpo de diosa, de 49 años, viuda, con los hijos en el extranjero.

Un día mis primos tuvieron una pijamada y mi tío no regresaba hasta el día siguiente. La estaba ayudando a organizar la cocina. No traía panty. Puse mi verga en su mano a la orilla del lavaplatos; ella no la quitó. Después me puse detrás de ella rozando su trasero.

Ella sonreía. Dijo que iría a bañarse para dormir. Le dije que estaba cansado; mis padres habían viajado donde mis abuelos y no me dejaban solo en casa. Fue a bañarse. Aproveché para mirarla; eso hice. Mi verga se estaba poniendo dura. No resistí, salí, me fui al cuarto y me quedé quieto. Ella entró, miró, salió, se puso a tomar el whisky de mi tío. Yo miraba.

Cuando estaba un poco mareada, la acompañé a su cuarto. Cuando la estaba acostando, se abrió la bata: ese cuerpo ardiente y yo caliente. De una cogí sus tetas, succionándolas; ella gimiendo. Le metí dedos, estaba mojada. Bajé, abrí su vagina con mi lengua, la lamía; ella gimiendo: «Ay, ay, ay, ahh». Bajé mi bóxer, mi verga dura. Ella abrió bien sus piernas. La penetré hasta el fondo, una y otra vez. Dijo lo rico que se sentía, que le diera más, que le gustaba mucho lo gruesa y larga que tenía mi verga. La besé, pasé mi lengua por su cuello.

Cambiamos de posición: se puso boca abajo, levantó su trasero. Eché un poco de saliva en mi punta, se la hundí un poco en su culo apretado. Gimió fuerte y dijo: «Acabas de romperme el culo, muchacho. Hace años que no me la metían». Le dije que desde ahora lo haría. Seguí embistiéndola hasta acabar. Saqué, ella chupó mi verga con semen. Le dije: «Qué rico». Me gustó. Me acosté en mi cama sin poder creer que me había culiado a la tía Minerva.

Otro relato de cómo un sábado la volví a culiar en mi casa.