Todo empezó como un juego que yo nunca me había imaginado lo que pasó después. Un día, jugando a que me hacía cosquillas, se me subió a mi falda y empezó a moverse para adelante y atrás. Podía sentir el calor de su entrepierna rozando la mía. A los pocos minutos mi erección se hizo notar y, sin darme cuenta, yo también me movía hasta que acabé en mi bóxer.

Al otro día lo mismo: ella esperaba que su madre no estuviera para venir a molestarme. Pero esta vez no aguanté y la agarré de las nalgas, la apretaba contra mí para hacer más placentero el roce. Después de volver a acabar en mi bóxer, la saqué de mi falda, me fui al baño y me repetía a mí mismo: «Nooo, esto no está bien, no lo tengo que hacer más». Pero solo al recordar cómo se movía y el jadeo de ella se me paraba y me tenía que masturbar en el baño.

La evité como un mes. Siempre que estábamos solos, yo me iba afuera o me ponía a hacer algo para que no se me subiera encima, porque no quería hacerlo más.

Un día que era verano armamos la pileta de lona y nos metimos los tres: la madre, ella y yo. La verdad quiero decir que me gustaba verla en malla porque le quedaba bien ajustada, y más en la parte de la cola, que la tenía, a pesar de su edad, bien paradita y redondita.

Después de estar un buen rato los tres en la pileta, la madre me dice: «Yo salgo porque tengo que salir con mi madre». Y yo sabía que cuando salía con ella se iban al bingo y venían a la madrugada. Nos quedamos solos con mi hija y ella andaba de acá para allá. No podía evitar mirar esas nalguitas.

Hasta que en un momento se me sube encima y se empezó a mover. Al instante se me paró y también me movía. Por dentro pensé: «Ay, no, ¿qué estoy haciendo?». Entonces la saqué de arriba mío, me paré y ella me dice: «¡Aaaay no, papá, siéntate!». Le digo: «No, voy a salir que tengo frío». Se podía ver que mi pija estaba muy dura porque tenía el pantalón como una carpa.

Entonces ella de un tirón casi me saca el pantalón y le digo: «¡Nooo, qué haces!». Con una de sus manos me agarra mi pija con todo y pantalón y me preguntó: «¿Qué es esto?». «Nada», le digo, y quiero salir. Me dice: «Dale, a ver qué es». Ella estaba parada y quedaba justo a la altura de mi pija. Entonces le digo: «Cierra los ojos y abre la boca». Ella lo hace. Entonces yo saqué mi pija y se la mandé en la boca.

Estaba tan caliente que ya no pensaba en nada. Le digo: «Chupa, hija, como si fuera un chupetín». «¡Aaaay síiii!». Ella lo hizo y, al hacerlo, dos o tres chupadas, se la sacó de la boca y largó mi leche al costado de la pileta. Le digo: «¡Nooo, nooo, esto no está bien!» y me voy rápido adentro, me cambio y no podía creer lo que había sucedido.

Pasó media hora y ella me llama de la puerta: «¡Paaa, papiiii!». Yo abro y me dice: «Dame una toalla». Se la doy, la alcanzo hasta el baño, se cambia y sale a mirar tele.

Más tarde comimos y yo me voy a acostar. A los pocos minutos ella aparece y me dice: «Pa, ¿me puedo acostar acá hasta que venga mami?». «No, anda a tu cama», le digo. Me dice: «Dale, que tengo frío». Entonces, al final de tanto insistir, la dejé que se acostara. La maldita se pone de costado apoyándome la colita y la movía más y más atrás. Se me puso dura al instante. No aguanté, le bajé el pantalón y le puse mi pija entre sus nalgas. Me movía como si la estuviera penetrando, rozando su conchita mojada con mis jugos. La sensación de suavidad era tal que acabé casi al instante.

Luego me levanté, fui a buscar algo para limpiarla y limpiarme. Me senté a la orilla de la cama y le dije que estaba mal lo que hacíamos y que no tenía que volver a pasar. Ella me dijo: «Bueno, papi».

Pasaron meses, pasaron dos años. Su cuerpo cambió y sus atributos me volvían loco, pero no la toqué más. Solo me masturbaba pensando en ella siempre.

Hasta que una mañana de invierno frío en la que yo no trabajé, su madre sí y ella no tenía clase. Me acuerdo que estaba dormido y en eso me despierto y siento que alguien estaba en mi cama meneando su cola en mi bulto. Al instante me di cuenta que era mi hija en ropa interior. Yo le digo: «¿Qué haces acá en la cama?». «Tengo frío, pa», me dice mientras sentía sus nalgas rozándome. Le digo mientras la abrazaba: «Ya te dije que no podemos hacerlo más, que yo soy tu papá y está mal». Ella no me dice nada, solo se mueve sintiendo que mi pija ya estaba muy dura.

No me pude aguantar, le bajé la bombacha y otra vez le puse mi pija entre sus nalgas. Ella sola se movía rozando su conchita contra mi pija dura y babosa. Yo podía sentir la entrada de su virgen vagina, eso me volvió loco y me movía sin parar hasta que la saqué y le acabé en las nalgas.

Me levanté, busqué algo para limpiar y le dije: «Ves, no, esto está mal». Ella solo se tapó hasta la cabeza y yo me fui al galpón. No podía sacarme la sensación de sentir su cuerpo y su conchita tan suave.

Entonces agarré un preservativo que tenía en el galpón y vuelvo. Ella seguía acostada desnuda en mi cama. Me metí entre las sábanas y le chupé la conchita. Ella se retorcía de placer. Luego le metí un dedo mientras le chupaba sus diminutos pechos, luego dos dedos y ella no se quejaba, solo se movía. Eso me volvió loco.

Tomé el preservativo, me lo coloqué, me subí arriba de ella y, abriendo bien sus piernas y apoyando mi pija en la entrada de su conchita, se la comencé a meter muy lentamente hasta que le entró toda mientras le seguía chupando los pechitos. Mi excitación era tanta que apenas la penetré y de dos movimientos más acabé.