La primera vez que me pasó

Me llamo Alexander y esa noche no tenía planeado que terminara así.

Habíamos salido cinco o seis, como siempre los viernes: chelas en el depa de Luis, luego unos tragos más fuertes en el bar de la esquina y, cuando ya nadie contaba las rondas, terminamos de nuevo en la casa de Marco porque “tenía el mejor estéreo y todavía quedaba tequila”.

Yo estaba en ese punto de borrachera feliz donde todo da risa, donde te sientes invencible y al mismo tiempo muy suelto. Marco y yo siempre hemos tenido esa química medio cabrona, medio coqueta, pero nunca había pasado de bromas pesadas, palmadas en el culo al pasar y comentarios subidos de tono que terminaban en carcajadas. Esa noche, sin embargo, algo se sentía diferente.

Estábamos en su cuarto porque los demás ya se habían desmayado en el sillón y en el piso de la sala. Solo quedábamos él y yo, sentados en la orilla de su cama, pasando la botella de un lado al otro. Hablábamos pendejadas, como siempre, hasta que en un momento se quedó callado mirándome fijo.

—¿Qué? —le dije riendo, medio nervioso.

—Nada… solo que estás bien pinche guapo cuando estás tomado, cabrón.

Me reí fuerte, le di un empujón en el hombro, pero él no se movió. En lugar de eso se acercó más. Sentí su aliento caliente en mi cuello cuando murmuró:

—¿Me dejas probar algo?

No supe qué contestar. Mi cabeza dijo “¿qué chingados?”, pero mi cuerpo ya estaba diciendo otra cosa. El corazón me latía en los oídos. Asentí casi sin darme cuenta.

Marco sonrió de lado, esa sonrisa que siempre me había parecido peligrosa, y me empujó suave hasta que quedé boca abajo en su cama. Sentí sus manos en mis caderas subiendo la playera, luego bajando el elástico del bóxer junto con el pantalón de un solo movimiento lento. El aire fresco me dio en la piel y al mismo tiempo sentí un calor que subía desde el estómago.

—Relájate, Ale… solo relájate.

Y entonces pasó.

Primero fue solo el roce de sus labios en una nalga, luego en la otra, besos suaves, casi inocentes. Después la lengua. Plana, caliente, húmeda, trazando una línea lenta justo donde empieza la separación. Me tensé entero, pero no de miedo… de pura sorpresa eléctrica.

Cuando separó mis nalgas con las dos manos y sentí la punta de su lengua directamente en el culo, solté un gemido que no pude contener. Fue como si me hubiera conectado a corriente. Nadie me había tocado ahí nunca. Nadie. Y de repente estaba Marco, borracho igual que yo, lamiendo con una dedicación que no esperaba: lento al principio, círculos suaves alrededor del borde, luego presionando más firme, más adentro, la lengua plana y caliente abriéndose paso.

Me agarré de las sábanas. Las caderas se me movían solas, empujando hacia atrás sin que yo se lo ordenara. Cada vez que su lengua entraba un poco más o hacía ese movimiento rápido de lado a lado justo en la entrada, se me escapaba un jadeo ronco. Sentía el culo palpitar, caliente, mojado, abierto. Era una sensación tan intensa que casi dolía de lo rico que estaba.

—Puta madre, Marco… —murmuré entre dientes, con la cara enterrada en la almohada.

Él solo gruñó algo que no entendí y siguió. Ahora lamía más profundo, más hambriento, haciendo ruiditos húmedos que me volvían loco. En un momento metió un dedo, solo la yema, y lo movió en círculos mientras seguía con la lengua. Creo que grité su nombre. No estoy seguro. Solo sé que en ese instante entendí por qué a algunos les encanta tanto esto.

No sé cuánto tiempo pasó. Minutos, tal vez más. Solo sé que cuando por fin se apartó, yo estaba temblando, con el culo empapado, palpitante, y una erección que dolía contra el colchón.

Me dio la vuelta con cuidado, me miró con los labios hinchados y brillosos, puso su boca en mi verga y no ocupó mamar mucho cuando sentí que mi verga estallaba llenando su boca de mi leche. La tragó toda exprimiéndome hasta la última gota y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—¿Te gustó? —preguntó con esa voz ronca de quien acaba de hacer algo muy sucio y muy bien.

No contesté con palabras. Solo lo jalé de la nuca y lo besé con todo y sabor a mí. Porque sí, cabrón. Me había encantado. Y en el fondo sabía que esa no iba a ser la última vez.

Desde esa noche, cada vez que nos vemos y estamos solos, hay un momento en que nos miramos y sonreímos igual. Porque los dos sabemos lo que pasó… y lo que todavía puede volver a pasar.