La verdad, no podía estar más feliz. Mi nombre es Pablo y acabo de terminar la carrera de medicina, un sueño que tenía desde que era chico.

Pero la alegría no venía solo del título, sino también de la compañía. La conocí a Celeste en la facultad, una piba de carácter fuerte que siempre estaba dispuesta a saltar contra las injusticias, especialmente cuando se trataba de abusos. Llevábamos juntos desde segundo año de la carrera, y era increíble cómo habíamos crecido juntos tanto en lo académico como en lo personal.

Yo era un pibe promedio, no destacaba físicamente en nada, pero siempre había sido buena persona. Y eso fue lo que atrajo a Celeste. Ella, por otro lado, era bajita, medía un metro cincuenta, tenía el pelo castaño y unos ojos miel que te mataban. Tenía un cuerpo impresionante: buenos pechos y una cola bárbara. Era una suerte que estuviera conmigo.

Celeste y yo habíamos desarrollado una pasión compartida por el pádel. Jugábamos seguido en un complejo a las afueras de la ciudad, que tenía varias canchas, un buffet y un restaurante. Nos encantaba el ambiente del lugar y nos habíamos hecho amigos ahí. Hace poco anunciaron un torneo mixto y con Celeste decidimos que sería divertido anotarnos.

El día de la inscripción, mientras esperábamos nuestro turno, el mundo se me vino abajo al ver a un tipo del pasado que preferiría haber olvidado. Rodrigo, un antiguo compañero de la secundaria, estaba ahí. Rodrigo había sido mi pesadilla durante la adolescencia; era el típico canchero que se levantaba a todas las minas y verdugueaba a los más débiles por su tamaño y corpulencia. Después del colegio le había perdido el rastro, porque él estudió empresariales en otra facultad.

Me puse pálido al verlo. Estaba más grandote que la última vez que nos vimos. Siempre con esa sonrisa en la cara, ocultando lo sorete que podía llegar a ser. Rodrigo se acercó, con esa sonrisita sobradora que no había cambiado nada.

—¡Ey, Pablo! ¿Cómo va? —dijo Rodrigo, como si fuéramos íntimos.

—Ah, hola, Rodrigo. Bien. ¿Qué hacés por acá? —pregunté, extrañado porque era la primera vez que lo veía en el club de pádel.

—Me enteré de que iban a hacer un torneo. Y como juego desde que estaba en la facultad, me dieron ganas de venir y ganarlo —exclamó con una soberbia total—. Esta es Martina, mi pareja y mi arma secreta para llevarme el trofeo —dijo, dándole un chirlo en la cola a su novia. La trató como un pedazo de carne, y Celeste puso una cara de asco terrible al verlo.

—No creo que vayan a ganar. Acá hay mucha gente que juega bien —intervino Celeste, señalando el lugar con la mano—. Además, jugamos nosotros, y te aseguro que un tipo como vos no va a poder conmigo.

Yo estaba cagado por la posible respuesta de Rodrigo; siempre había sido un tipo agresivo con los que le llevaban la contra. Pero me sorprendió con algo totalmente distinto.

—Puede ser, nunca estuve acá —explicó Rodrigo, clavándole la vista a Celeste—. Vos tenés pinta de jugar bien, va a ser interesante ver cómo recibís mis pelotas —sonrió de oreja a oreja y le guiñó un ojo antes de despedirse de los dos.

—Qué pedazo de pelotudo —me susurró Celeste, lo suficientemente fuerte como para que lo escucharan.

Él la ignoró y se fueron. Celeste se dio vuelta al notar que me había cambiado el humor.

—¿Por qué ponés esa cara y de dónde conocés a ese fantasma? —preguntó Celeste—. ¡¿Viste cómo trató a la piba que estaba con él?! Odio a este tipo de gente —tenía la cara roja de la bronca.

Le conté lo mal que Rodrigo me la había hecho pasar en la secundaria. Su reacción fue instantánea: se re calentó y dijo que iba a hacer que Rodrigo muerda el polvo para que aprenda.

Al fin llegó el día esperado. Celeste y yo encaramos para el club, re nerviosos pero manijas. Mi novia se puso un top deportivo y unas calzas rosas que le marcaban todo; le quedaban pintadas. Estaba espectacular, con esas curvas que tiene que me vuelven loco. Yo, por mi parte, me puse una remera normal y unos shorts, porque me gusta estar cómodo para concentrarme en el juego.

Cuando llegamos, nos cruzamos con Rodrigo y Martina. Ella tenía una musculosa y una pollerita haciendo juego, parecía profesional. Rodrigo, fiel a su estilo de fantasma, cayó con una musculosa que le dejaba ver todos los músculos de los brazos y unos shorts bastante apretados que le marcaban un bulto importante en la entrepierna. Se sentía la tensión en el aire mientras los cuatro nos preparábamos para arrancar.

El torneo avanzaba y las dos parejas íbamos pasando de ronda; con cada partido los nervios crecían. En la primera ronda, con Celeste jugamos contra una pareja que jugaba bien, pero no fueron un gran desafío. Ganamos en dos sets ajustados. Rodrigo y Martina también ganaron caminando, pero lo que me llamó la atención fue cómo la trataba él a ella. Cada vez que ella pifiaba un golpe, él la bardeaba mal, la humillaba. Podía escuchar cómo a mi novia le rechinaban los dientes del odio al verlo.

En la segunda ronda las cosas se pusieron picantes. Celeste y yo nos enfrentamos a una pareja muy competitiva. Fue un partido re peleado, pero logramos ganar en el último set. Después del partido, mientras íbamos al buffet a descansar, los vimos a Rodrigo y Martina jugando. Él la seguía tratando para el orto, gritándole instrucciones y echándole la culpa de cada error. Celeste, que estaba apretando los puños con fuerza, no se pudo aguantar: lo señaló con el dedo y le gritó desde la tribuna:

—¡Dejá de tratarla así, Rodrigo! —le soltó, haciendo que varios de los que estaban mirando se dieran vuelta. Yo me quedé mudo con la reacción de mi novia.

El creído ese, con una sonrisa sobradora, le respondió sin dejar de mirar a Martina:

—No te metas en lo que no te importa, Celeste. Esta es nuestra forma de ganar —dijo, haciendo un gesto con la mano como restándole importancia.

La pica entre Celeste y Rodrigo iba en aumento. En cada cruce, ella estaba más decidida a pasarlo por arriba, no solo por el torneo, sino para demostrarle que era un desubicado.

Llegó la semifinal y nos tocó contra una pareja todavía más fuerte. Durante el partido me doblé un poco el tobillo, pero no le dije nada a Celeste para no preocuparla. Me aguanté el dolor y pudimos ganar, pero sabía que me lo tenía que hacer ver antes de la final.

Rodrigo y Martina también ganaron su semi, aunque el ambiente entre ellos era un velorio. Martina parecía estar al borde del llanto por los maltratos de él. Celeste, con la cara roja de la bronca, me agarró de la mano y me llevó a un costado.

—Pablo, no soporto más esto. En la final lo vamos a hacer bosta a Rodrigo. No solo por nosotros, sino por Martina. Nadie se merece que lo traten así —me dijo con los ojos que le brillaban.

Asentí, compartiendo su indignación. Estaba perdidamente enamorado de esta mujer; era la persona más buena y con más ovarios que había conocido en mi vida.

Antes de la final, me fui derecho a la enfermería a buscar unas vendas y un antiinflamatorio para el tobillo. Mientras me vendaban, pensaba en lo pesada que estaba la mano y en cómo iba a hacer para bancarme el dolor y no fallarle a mi compañera.

Cuando volví, la vi a Celeste hablando con Rodrigo; Martina no aparecía por ningún lado. Me acerqué y me di cuenta de que se estaban diciendo de todo. Pude escuchar justo cómo él terminaba una frase cuando llegué:

—Yo siempre cumplo lo que prometo. Espero lo mismo de vos —dijo Rodrigo, riéndose y mirándola desde arriba. A pesar de que Celeste plantaba cara con toda la actitud, Rodrigo le sacaba como dos cabezas de ventaja por lo bajita que era ella.

Odiaba esa forma asquerosa en la que le clavaba los ojos a mi novia, recorriéndole todo el cuerpo de arriba a abajo con la mirada.

—Yo cumplo siempre. ¡Te prometo que los vamos a hacer bosta y te vas a tener que comer tus palabras! —le gritó Celeste, con los ojos que se le salían de las órbitas de la bronca. Rodrigo ni se mutó, seguía matándose de risa.

—Ya vamos a ver quién se traga qué —soltó Rodrigo sin un pelo de vergüenza. Se agachó para quedar a la altura de la cara de Celeste y le apoyó el pulgar en los labios. Ella le sacó la mano de un manotazo.

Cuando me vio aparecer, me deseó suerte con una sonrisa de víbora y se fue a buscar a Martina.

—Tenemos que ganarle como sea, Pablo —exclamó Celeste, con los ojos inyectados en sangre.

La final fue un hervidero. Desde el primer punto se notaba la pica en cada pelotazo. Rodrigo y Celeste se mataban con la mirada en cada cambio de lado, mientras Martina parecía cada vez más sacada por la presión que le metía el novio. A pesar del dolor en el tobillo, lo di todo, tratando de que no se me note que estaba medio estropeado.

El marcador estaba empatado, cada punto era una guerra. En un momento clave, Rodrigo tiró una bola bien larga. El tobillo me mató y no llegué ni a tocarla. Perdimos por un punto. Celeste se re calentó conmigo; me decía que si le ponía un poco más de garra, llegaba lo más bien.

Esa noche, en la terraza del club, se hacía la entrega de premios y una cena con canilla libre. Mientras miraba para todos lados, lo vi a Rodrigo a los gritos con Martina. Ella se terminó yendo re caliente. Se lo comenté a Celeste y me contestó que era lógico, que un tipo así no tenía ni idea de cómo tratar a una mujer.

Decidí que, después de un par de tragos más para juntar coraje, iba a ir a decirle a Rodrigo que la próxima vez lo íbamos a pasar por arriba.

Me quedé mirando a Celeste mientras caminaba hacia la barra para pedirse otra copa. Sabía que para ella el torneo no era solo un trofeo, sino una forma de demostrar que no se achicaba ante nadie, y menos ante un fantasma como Rodrigo. A medida que pasaba la noche, le seguía dando al alcohol, buscando la forma de encarar al que me había verdugueado toda la secundaria. Habíamos cambiado un montón desde esa época. Se sentía liberador enfrentar a Rodrigo en una cancha donde las reglas eran justas, muy distinto a esos días de colegio llenos de miedo y humillaciones.

Celeste volvió con dos vasos y me pasó uno.

—¿Sabés qué? —arrancó—. A pesar de todo, estoy orgullosa de nosotros —siguió, levantando su trago para brindar—. Lo importante es que nosotros sabemos lo que valemos.

Choqué mi vaso con el suyo y sonreí, sintiendo que, aunque habíamos perdido, yo había ganado algo mucho más importante. Era un re suertudo por tener a una mina como ella al lado.

Mientras encarábamos para la mesa de premios para buscar el trofeo del segundo puesto, yo ya estaba bastante entonado por el alcohol. Lo volví a ver a Rodrigo. Me pareció que le hizo un gesto con la cabeza a Celeste, pero debieron ser imaginaciones mías por lo que había tomado.

Volvimos a nuestro lugar re orgullosos. Hasta me animé a mirarlo a Rodrigo y le hice un gesto señalando a mi novia, como diciéndole: «Mirá el MUJERÓN que tengo al lado». Algo que un tipo como él no iba a tener en su puta vida.

Cada vez me sentía más dado vuelta, así que me quedé sentado mirando el trofeo que habíamos pegado. Celeste me avisó que le había agarrado un apretón, que necesitaba ir al baño y que iba a tardar un poquito, que no me preocupara. Que cualquier cosa le mandara un WhatsApp. O eso fue lo que llegué a cazar entre tanto mareo.

No tengo ni idea de cuánto tiempo pasó desde que Celeste se fue, pero ahora era yo el que se estaba meando encima. Así que también encaré para los baños. El tema es que estaban explotados de gente y ni loco me ponía a esperar. Me mandé para la parte de atrás del club para mear contra cualquier pared.

Mientras caminaba hacia el fondo, vi los galpones donde guardan las redes, los canastos de pelotas y el resto de las cosas de deporte. La zona estaba bastante oscura y me pareció el lugar ideal para que nadie me viera. Me acerqué a una de las casillas y, después de fijarme que no hubiera nadie cerca, me mandé una meada bárbara, sintiendo cómo me volvía el alma al cuerpo a medida que me vaciaba.

Para mi sorpresa, vi que en el galpón más alejado había luz. Así que me acerqué a chusmear. A medida que me aproximaba, se escuchaba un murmullo. Eran voces. Casi me da un infarto cuando me di cuenta de que la voz de mujer era la de Celeste. La otra la hubiera reconocido, aunque estuviera bajo el agua: era la de Rodrigo.

Me asomé a una ventana para ver de qué estaban hablando y por qué carajo estaban tan apartados de todo el mundo. Por suerte, por cómo estaba parado era imposible que me vieran, pero yo podía ver todo perfectamente.

—Te toca cumplir con el trato, ¿o te vas a echar atrás ahora? —susurró Rodrigo, relamiéndose los labios y mirándola con unas ganas de asco a Celeste—. Le habría pedido perdón, pero Pablo siempre fue un flojito. Por eso perdieron.

—No puedo creer que lo digas en serio —le recriminó ella—. Lo voy a hacer. Pero con una condición: no me podés tocar —el creído ese puso una sonrisa, parecía más que conforme—. Tampoco se puede enterar Pablo. ¿Te quedó claro?

Me quedé blanco al ver cómo el que me verdugueaba en la secundaria se bajaba el short deportivo. Dejó a la vista un miembro enorme y todo depilado. Debía ser como el doble que el mío en reposo. Me doblé sobre mí mismo de las náuseas; entre el alcohol que todavía tenía encima y lo que estaba viendo, sentía que me iba a desmayar ahí mismo.

Levanté la cabeza de nuevo. Y mis peores miedos se confirmaron: Celeste lo estaba pajeando a Rodrigo.

—¿Habías tenido alguna vez entre manos algo así de grande? —preguntó él, re orgulloso del tamaño que tenía.

Estaba apoyado sobre unas colchonetas. Celeste estaba al lado y lo pajeaba despacio. Cada vez se le ponía más gorda y dura; parecía que todo en ese tipo era gigante.

—Cerrá la boca. Voy a terminar con esta asquerosidad y nos volvemos. Pablo me está esperando —exclamó Celeste. Pude ver que tenía las mejillas rojas y suspiraba; la tenía que estar pasando para el orto.

Él se recostó todavía más, haciendo que lo que mi novia tenía entre manos pareciera todavía más grande. Celeste aceleró el movimiento, buscando terminar de una vez. Yo estaba paralizado y el tiempo pasó volando. Debían llevar más de cinco minutos, a juzgar por cómo estaban transpirando los dos.

—Che, ¿qué pasa, que no acabás más? —lo apuró ella.

—Terminaría más rápido si pudiera ver algo más que ese top y esas calzas de regalada que tenés puestas —respondió él, humillándola.

Ella ignoró el insulto.

—Solo el top, porque no tengo nada abajo de las calzas. Pero terminala rápido —Se sacó el top y lo dejó en un estante, dejando a la vista sus pechos, grandes y turgentes, con los pezones como piedras. Siguió un poco más, escupió sobre la verga para que resbalara mejor y terminar cuanto antes.

—Si vas a escupir, prefiero que me la chupes. Esa boca tan bocona hay que cerrarla de alguna forma.

No lo podía creer. Le estaba pidiendo a mi novia que se la chupe y la estaba basureando. Conociendo cómo era ella, pensé que se iba a mandar a mudar después de eso.

—Eso no era parte del trato —soltó Celeste, mirándolo a los ojos y suspirando. Tenía la cara colorada; debía hacer un calor de locos ahí adentro.

Después de unos segundos, terminó aflojando.

—Pasame una colchoneta. No quiero lastimarme las rodillas.

Pusieron una colchoneta debajo de ellos. Celeste se agachó, agarró la verga con una mano y sopesó lo que tenía adelante. Estaba totalmente de piedra y un poco curva, con una vena gruesa que le recorría casi todo el largo, desde la base hasta el glande.

—Es verdad, es enorme —confesó, antes de meterse toda la cabeza en la boca. Trató de ir más al fondo, pero apenas llegó a tragarse la mitad.

Mi novia estaba ahí, de rodillas, chupándole la pija. Los ruidos que me llegaban eran asquerosos, pura lujuria. Solo se escuchaba la respiración agitada de Rodrigo y los sonidos de Celeste mientras se la comía.

Él apoyó una de sus manos enormes sobre la cabeza de Celeste, acariciándole el pelo y acompañando el movimiento mientras suspiraba. Con la otra le amasaba las tetas, pellizcándole los pezones. Ella no le sacó las manos, solo soltó un gemido como respuesta.

—Vos lo que necesitabas era un macho de verdad —exclamó Rodrigo, llevándose el pulgar a los labios. Le pasó el dedo por la mejilla con una delicadeza que me dio escalofríos.

Ella levantó la vista y se quedaron unos segundos que se me hicieron eternos mirándose fijo. Había fuego en esas miradas. De golpe, él la agarró de la cabeza con las dos manos, mandando la delicadeza a la mierda, y empezó a empujarla en cada embestida para que la pija le llegara bien al fondo de la garganta.

—No podés ocultar lo caliente que estás —siguió el tipo—. Desde acá puedo olerte la concha. Pide a gritos que le dé lo que se merece una agrandada como vos. Quiero ver cómo te tocás.

—Cerrá el orto. Sos un cerdo —le retrucó Celeste, y siguió con la mamada; la saliva le corría por las mejillas y caía sobre el short de Rodrigo.

Le ponía un esmero impresionante. Las pocas veces que me la había chupado a mí había sido mucho más modesta y cortada. Lo que estaba viendo me desencajó por completo: el gorgoteo constante intentando metérsela entera en la boca, la sacaba, la escupía, la pajeaba unos segundos y volvía a empezar. Le masajeaba los huevos al mismo tiempo. No tenía idea de dónde habría aprendido eso.

Me quedé helado al ver cómo se metía una mano por adentro de las calzas; se estaba masturbando frenéticamente, tal cual él le había dicho, y ronroneaba de placer. Ese hijo de puta la había recalentado. Ella no era así, esto no podía estar pasando.

—Sacate las calzas. Voy a hacer que te acabes como nunca antes —anunció Rodrigo, sin dejarle lugar a que se queje.

Celeste obedeció, sacándose las calzas a las apuradas y tirándolas al piso. Dejó a la vista su cola espectacular y una concha rosadita, depilada y con los labios hinchados. Podía ver cómo le bajaban gotitas por los muslos desde donde yo estaba; no me quería ni imaginar lo empapada que estaría de cerca.

—Ponete un forro —exigió mi novia—. No pienso garchar sin uno.

El abusador la apartó a Celeste, estiró un brazo, agarró una silla y la puso arriba de la colchoneta en medio del cuarto. Se sentó con esa pija enorme apuntando al techo.

—Voy a acabar afuera. Tengo experiencia —Se bajó los pantalones hasta los tobillos y empezó a pajearse. Celeste se relamía al verlo, nunca la había visto así—. Ahora vení, que te van a garchar de verdad y no como el mediocre de Pablo.

—¿Me prometés que me vas a avisar? —preguntó Celeste. En la cara se le notaba que tenía dudas; ese tipo no era de fiar para nada.

—Tengo pensado un lugar mejor. Ya vas a ver —informó él con una sonrisa, sintiéndose victorioso—. Ahora vení y ponete acá arriba —agarró el pedazo de carne dura y bajó toda la piel, dejándolo totalmente al descubierto. Celeste se le sentó a upa, a horcajadas.

Aparté la mirada. Ya no podía más, estaba roto, con los ojos llenos de lágrimas. Solo se escuchaban gemidos. Junté fuerzas como pude y volví a mirar.

Se besaban mientras ella cabalgaba. Él le encajaba unos cachetazos tremendos en la cola; el cuerpo de ella respondía temblando de placer. El ruido de los cuerpos chocando era impresionante, ella subía y bajaba, siendo ensartada una y otra vez por ese pedazo de carne. Los huevos le golpeaban contra su culo perfecto.

—Sacá el dedo de ahí —suplicó Celeste, al notar que Rodrigo le estaba jugando con el ano. Él no le dio bola y le metió el dedo en la boca, lo sacó todo empapado en saliva y se lo mandó de una adentro del culo. Ella pegó un saltito.

A medida que se fue acostumbrando, él iba cada vez más a fondo con el dedo, y ella gemía cada vez más fuerte. Había logrado meterle el dedo por atrás y garchársela al mismo tiempo. Ya no parecía que le molestara mucho.

Siguieron así un rato más. Él la agarraba de la cintura y la movía como si fuera una muñeca de trapo. Eran golpes secos y fuertes. Ella no paraba de gemir, más bien gritaba, sin darse cuenta de que la podía escuchar cualquiera que pasara cerca.

Para mi sorpresa, Rodrigo se levantó con ella a upa y le siguió dando de parado, salvajemente. Estaba un poco inclinado para atrás y le había pasado los brazos por abajo de las piernas para moverle la cadera a la velocidad que se le antojara. Celeste le mordía el cuello y él resoplaba como un toro sacado.

Mi novia le arañaba toda la espalda al que me verdugueaba. Se estremecía con cada embestida de ese bruto.

—Seguí… seguí… no pares, hijo de puta. Ya casi estoy —anunció Celeste con los ojos entreabiertos, muerta de placer.

No tardó nada en acabarse a los gritos. Rodrigo, al escucharla, le dijo que se agachara; se le iba a acabar en la boca y ella se lo iba a tener que tragar. La dulce y tierna Celeste se puso de rodillas sin decir ni mu. Siguió con la mamada monumental que había dejado a medias antes. Él acabó en su boca entre bufidos, agarrándola con las dos manos de la cabeza y sacudiendo la cintura con golpes secos para que no se apartara. Mi novia se tragó toda la chele, algo que conmigo nunca había hecho.

—Todas las minitas de tu onda son iguales. Se les tiene que sacar lo agrandada a pijazos —soltó él, sintiéndose Gardel por haber ganado el primer premio y garcharse a la novia del salame de Pablo.

—Esto lo hice solamente porque yo siempre cumplo mi palabra. Sos un cerdo, y de esto no se puede enterar nadie —soltó Celeste, tratando de recuperar el aire.

—Sí, sí, te obligué a acabar como una loca. No me rompas las bolas —soltó él, haciendo un gesto con la mano como restándole importancia.

No sabía qué hacer en ese momento. La cabeza me daba mil vueltas, cada vez me sentía peor. Volví a la mesa sin hacer ruido, destruido. Miré la hora en el celu; todo había pasado en menos de media hora. No tenía idea de cómo seguir con mi relación después de esto.

A los cinco minutos apareció Rodrigo. Cinco minutos más tarde, hizo lo mismo Celeste. Ella me pidió disculpas por haber tardado tanto.

—¿Estás bien, Celeste? Tardaste un montón y te veo mala cara —pregunté, sin ser capaz de decirle que lo había visto todo.

Al final, ella supuestamente trató de ayudarme para que Rodrigo me pidiera perdón por todos esos años de mierda. Fue mi culpa por perder ese punto.

—Sí. Es que había un montón de gente —explicó, completamente colorada y con el pulso a mil. Podía ver que tenía las rodillas marcadas de haber estado apoyada en el suelo. Todavía se le notaban los pezones bajo el top—. Me duele todo el cuerpo ahora. Creo que me está cayendo encima todo el cansancio de los partidos.

—Lo mejor es que nos vayamos ya y te deje en tu casa —anuncié—. Tenemos que descansar los dos —terminé, mientras tenía la mirada perdida en el trofeo. Todos los momentos que pasé con Celeste me vinieron a la cabeza, pensando qué decisión tomar—. No quiero volver a ver nunca más al pelotudo de Rodrigo.

—Che, me crucé a ese idiota al salir del baño y me dio el número para que repitiéramos el partido algún día. Ya vas a ver, Pablo, la próxima les ganamos y le cierro bien el orto —contó Celeste, pelando los dientes con una sonrisa de oreja a oreja y un poquito de rubor en las mejillas.

El mundo se me vino abajo. No podía ser. No quería volver a pasar por lo mismo, era demasiado para mí. Finalmente, junté el coraje que me quedaba y le respondí de la mejor forma que pude, aunque sabía que algún día me iba a arrepentir.

—Claro, gorda. El próximo seguro ganamos nosotros.

Encaramos para el estacionamiento. Yo iba atrás de ella, mirándole las calzas hechas bolsa; la zona de la entrepierna estaba de un rosa más oscuro, toda mojada, y se habían enganchado un poco en un costado. Cojeaba un poquito al caminar, seguro por haber tenido semejante aparato adentro.

FIN