Capítulo 8

Capítulo 8: Finca

El fuego de la fogata crepitaba. Ese sonido siempre me había relajado. Observaba el cielo oscuro. De repente, una estrella fugaz. Era la primera vez que veía una.

Cerré los ojos y pedí un deseo. Mi corazón se sintió aliviado, como si dentro de mí hubiera llegado una respuesta afirmativa, como si Dios me lo hubiera contestado con un susurro.

Un extraño sentimiento de paz y éxtasis me invadió. Sonreí y respiré profundamente.

Mi deseo: poder estar en paz conmigo mismo, con mis gustos y con todo aquello que amo.

—Hola, David. ¿Qué haces aquí solo? Te estás perdiendo la fiesta.

—Hola, Brayan. Solo quería darme un respiro.

—¿Te sientes bien?

—Claro que sí.

Lo besé tiernamente. No me acostumbraba a besar a un hombre con tanta barba.

Desde aquella noche en las cabinas, Brayan y yo nos hicimos más cercanos. Amigos con derechos. Él tiene su novia y su iglesia. Yo también voy a la iglesia, pero él no me gusta tanto para una relación. Pero eso no significa que no podamos darnos amorcito de amigos.

Entramos tomados de la mano a la cabaña. Música electrónica a todo volumen, licor y muchos hombres desnudos.

Nunca vi tantos penes juntos. Algunos bailaban, otros ya estaban erectos y se estaban dando una mano.

Un lugar libre de prejuicios. Ojalá el mundo fuera así. El cielo tal vez sea así.

Las luces, la música, el movimiento envolvente, los gritos…

Brayan se desnudó.

—¿David, qué esperas?

Lo dudé, pero el ambiente me ayudó a dejar la pena.

Mi cuerpo flacucho… Pensé que se burlarían de mí, pero muchos me miraban con deseo y algunos me gritaron algún que otro piropo.

Alguien de la multitud me nalgueó. Sí, nalguearon mi huesudo trasero.

No me molestó. Lo sentí como un halago.

Brayan y yo comenzamos a bailar. Nuestros penes se acercaban y casi que se enrollaban. Recordé que el otro día alguien me dijo que los delfines machos, al tener sexo entre ellos, enrollaban sus penes y daban vueltas.

No sé si sea verdad, pero me sentía un delfín en ese momento: un delfín nadando en las aguas de la libertad.

Pocos lugares se sienten así para un gay de clóset.

Un tren se empezó a formar. Poco a poco subía la efervescencia del lugar, la excitación de ver tantos hombres deseosos, diferentes. La cosa subió a más.

Y empezó un tren sexual donde los de atrás penetraban a los de adelante.

Me hice de último y le pedí a Brayan que se hiciera adelante mío.

Ya lo había penetrado muchas veces.

Algo familiar. Él aceptó. Yo lo penetraba y él al muchacho de adelante.

Cambiaron la música. El tren era estático, solo movimiento de pelvis, de puro mete-saca.

Empezó a esparcir un humo en el lugar, de alguna yerba o algo.

Mi corazón se aceleró. Empecé a reír y a machacar el agujero de mi amigo.

La efervescencia de la sangre… Podía sentirlo todo: la música, los gritos, la euforia.

El calor de su entrada, el golpeteo de mi pelvis con sus nalgas.

Y una sensación de placer… Veía colores verdosos y azulados, sentía la textura de su intestino, las gotas de su sudor como si fueran granizo, casi que podía contarlas.

En algún momento me desdoblé y era como si me viera a mí mismo desde lejos, en el tren, penetrando a mi amigo.

Amaneció y estaba en el camarote. No sé cómo había llegado allí. Estaba solo.

La cobija tenía un olor a semen. Salí a la cocina.

Me dolía la cabeza.

Condones usados por todas partes, hombres dormidos y bien deslechados.

No sabía cómo llegué al camarote, ni dónde estaba Brayan.

Salí de la habitación y continué caminando por el pasillo. Llegué a la cocina.

Un hombre de unos cuarenta años, sin camisa, estaba calentando algo en el horno.

—Hola, ¿puedo ayudarte?

—Busco a Brayan.

—Tranquilo, salió con los otros organizadores a comprar lo necesario para el almuerzo. Mucho gusto, soy Ignacio.

—Hola, soy David.

—¿Te gustaría comer algo, David?

—Sí, muchas gracias.

Me sirvió huevos, café, tocino, queso y tostadas. Un tipo muy agradable, con una voz ronca y un cuerpo tonificado.

Mis ojos solo podían mirar su pecho, algo peludo pero tonificado.

Me contó que era sacerdote de una iglesia en Bogotá. Le conté que yo predicaba y también cantaba en una iglesia.

Salimos a la sala. Me mostró un gran cuadro que estaba colgado en la pared.

Parecía un ángel: pelirrojo y de cuerpo perfecto.

—Este cuadro es una réplica del Ángel caído (1847), de Alexander Cabanel. Es Lucifer. Si miras, no parece un monstruo, no está deformado, no es aterrador. Es bello, demasiado bello. Sus ojos lloran, pero no piden perdón; reflejan dolor, pero también orgullo.

Su cuerpo tonificado y bello, pero también tenso, como si contuviera la ira. Sus alas siguen intactas. Él no está destruido, solo derrotado.

Acaba de ser expulsado del cielo. Él prefirió caer antes que obedecer.

Si miras más arriba, lo miran los ángeles que se dirigen a dar alabanzas a Dios.

Este no es un demonio. Es el ángel que desafió todo.

Me quedé en silencio pensando en lo que acababa de decirme. La verdad, solo veía un pelirrojo hermoso dibujado en un cuadro. Este sacerdote es muy sexy. Su voz ronca y su manera de hablar me generaban gusto y admiración.

—David, sin Lucifer no existiría la iglesia, tampoco el pecado ni la redención. Así que gracias a él podemos disfrutar de las delicias del pecado y también continuar con la posibilidad de ser perdonados y no sufrir consecuencias.

Sus palabras resultaban odiosas y me llenaban de rabia, pero al mismo tiempo solo podía darle la razón.

—¿Te gustaría bañarte conmigo?

Se quitó la ropa. Sus piernas bien gruesas y definidas, sus nalgas tonificadas, su pene largo y grueso… Muy hermoso, el más hermoso que había visto. Tenía muchos deseos de meterlo en mi boca.

Acepté y me quité la ropa.

Una vez adentro, abrió la ducha. El agua estaba fría.

Me pidió que lo orinara para calentarse.

Lo hice y eso me prendió demasiado.

—Ahh, me encanta el baño dorado.

Me tomó y me dio un apasionado beso.

El agua recorría nuestros cuerpos. Su lengua revoloteaba dentro de mi boca. Su erección tocaba mi ombligo.

Tomé con mi mano su hermosa espada.

Empecé a acariciarlo y él acariciaba mi pene.

Sus testículos eran más grandes que los míos.

Abandoné esos carnosos labios y metí su pene en mi boca: tocarlo, besarlo, chuparlo, sorberlo… Pequeñas gotas salían, como un dulce néctar.

Su glande suave, firme… Lo pasé por dentro de mi garganta.

Interrumpió mi mamada. Me dijo al oído con esa voz gruesa y varonil:

—No sé si te acuerdas, ayer hicimos una rueda de nalgas. Todos nos pusimos en cuatro y fuimos penetrados y penetramos a todos.

A pesar de que estabas afectado por el humo, no te dejaste penetrar. ¿Por qué?

Le expliqué que no me acordaba, que casi no me gustaba. Muy pocos me habían penetrado, pero solo con Julián lo había disfrutado, mi amor.

—Entiendo, pero sí penetrante a todos, incluyéndome.

Me cogiste de lo más rico. ¿O cómo crees que llegaste al camarote? Aunque no me dejaste devolverte el favor…

Pero no importa. Tu amigo Brayan sí se tragó toda mi leche con su melocotón. Citó el pago por ti, jaja.

Me cargó con sus fuertes brazos y me puso frente a la pared. Me besó de manera apasionada y pasaba su delicioso pene entre mis nalgas.

—No pasará nada que no quieras, pero me encantan las cosas que no todos pueden tener… ¿Me darías tu culito?

Sus besos se hicieron más apasionados. Mis manos se aferraban a su espalda ancha y musculosa. De alguna manera, mi orto palpitaba de deseo de sentir ese hermoso pollón en mi interior.

Le dije que sí. Metió la cabeza, luego todo.

Me embestía cada vez más rápido, como un toro. Lo sentí todo dentro de mí.

Mis piernas temblaban.

Estaba colgado en el aire, sostenido por este hombre fuerte, mientras me empalaba.

Sentí una y otra vez cómo entraba y salía.

Mis manos se aferraban a su espalda.

Mis nalgas rebotaban levemente contra la pared.

El agua fría que salía de la ducha no podía disminuir el calor, pero sí aumentaba el placer.

Sentí como un palpitar que venía de mi agujero y se extendía hasta la punta de mi glande. Solté un montón de semen. Él se vino unos dos minutos después.

Mi culo escurría semen y la verdad me gustó dar el chiquito que ahora le puedo llamar el grande, porque me lo dejó abierto como flor. Sentí mucha tristeza cuando sacó su palo de mi interior.

Me sentía vacío en cuerpo y alma.

Su líquido escurría de entre mis nalgas.

Nos bañamos y salimos.

Brayan y los demás organizadores llegaron.

Prepararon el almuerzo: un sancocho tradicional colombiano.

Cada uno contando sus anécdotas. El padre era muy divertido… O no sé si quedé enamorado. Todo lo que decía me parecía súper gracioso, inteligente, brillante, divino, celestial.

Llegó la hora de volver a casa. Me despedí de él. Quería volver a verlo, pero me dijo que no me daría su número, aunque lo podía visitar en su iglesia.

Salí con Brayan en el auto. Me dejó en casa.

Y así terminó una de las experiencias más raras, profundas y excitantes de mi vida.

A veces, cuando estoy solo, me doy dedo mientras recuerdo esa escena, pero no es lo mismo.

Creo que la estrella funcionó y, al menos, ahora me siento un poco mejor conmigo mismo.

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