Capítulo 1
- El clímax final con el trío familiar consolidado
- El descubrimiento de la madre (Marta), que decide unirse
- El encuentro explícito inicial
- La tensión en el sofá entre el tío y la sobrina (Elena)
Marta, exhausta pero insaciable, se apartó apenas unos centímetros para recuperar el aliento, pero Elena no estaba dispuesta a dejar que el ritmo decayera. Con la energía que solo la juventud permite, mi sobrina se colocó sobre mí, pero esta vez me obligó a tumbarme cuan largo era en el sofá. Se sentó sobre mi pecho, dándome la espalda, ofreciéndome una vista perfecta de su retaguardia mientras guiaba mi miembro de nuevo hacia su humedad, que ya desbordaba.
—Ahora es mi turno de nuevo, mamá. Mira cómo lo disfruto —provocó Elena, mientras se bajaba lentamente sobre mí, soltando un gemido que vibró en todo mi torso.
Marta, lejos de quedarse como espectadora, se situó frente a mí. Se arrodilló sobre el sofá, quedando a la altura de mi rostro. Mientras su hija se movía sobre mí con un ritmo frenético y salvaje, Marta me ofrecía sus pechos maduros, restregándolos contra mi boca. Yo alternaba entre succionar con fuerza a mi hermana y observar cómo mi sobrina se retorcía de placer encima de mí, con sus manos apoyadas en mis rodillas para ganar impulso.
La escena era un caos de sensaciones. Tenía la cara hundida entre los pechos de Marta, sintiendo su corazón latir con fuerza, mientras Elena aceleraba el ritmo, sus paredes apretándome con una urgencia que me hacía ver estrellas. En un movimiento coordinado, Marta bajó su cuerpo y comenzó a lamer el cuello y las orejas de su hija desde atrás, mientras yo las sostenía a ambas, una mano en la cadera de cada una, uniendo a las dos generaciones de mi familia en un solo bloque de carne y deseo.
—¡Oh, sí, así… los dos juntos! —gritaba Elena, perdiendo el control mientras sus movimientos se volvían espasmódicos.
Marta, viendo que su hija estaba a punto de estallar de nuevo, se posicionó de tal manera que yo pudiera penetrarlas a ambas en turnos rápidos, sin darles respiro. Me puse en pie, haciéndolas quedar a las dos sobre el sofá. Primero una, luego la otra; el sonido de los cuerpos chocando se mezclaba con sus risas nerviosas y sus gemidos compartidos. Era una danza prohibida donde ya no importaba quién era quién; solo importaba el roce, el calor y el fluido que nos cubría a los tres por igual.
Finalmente, las obligué a ponerse frente a frente, de rodillas, para que pudieran besarse mientras yo las poseía desde atrás alternando posiciones. El clímax final fue una explosión coordinada; las tres respiraciones se volvieron una sola cuando el placer nos golpeó con la fuerza de un rayo, dejándonos a los tres entrelazados en una pila de extremidades y sudor sobre la alfombra, completamente agotados pero marcados para siempre
El silencio que siguió fue casi más pesado que el propio acto. Allí estábamos, los tres sobre la alfombra, con la luz de la luna filtrándose por la persiana y dibujando sombras sobre nuestros cuerpos entrelazados. El aroma en la sala era inconfundible: una mezcla de sudor, deseo y la traición a cada norma moral que nos habían enseñado desde niños.
Marta fue la primera en moverse. Se incorporó lentamente, apartando un mechón de pelo sudado de la frente de Elena con una ternura que resultaba casi perturbadora después de lo que acabábamos de hacer. Luego, me miró a mí. No había rastro de arrepentimiento en sus ojos, solo una satisfacción profunda y una chispa de complicidad que me recorrió la columna.
—Bueno —dijo Marta con la voz todavía ronca—, supongo que ya no hace falta que preguntes cómo me ha ido el viaje, hermano.
Elena soltó una risita suave y se acurrucó contra mi costado, trazando círculos en mi pecho con su dedo.
—Te lo dije, mamá. El tío es mucho mejor de lo que imaginábamos.
Me quedé mirándolas, dándome cuenta de que esto no había sido un desliz de una noche. Había sido una emboscada perfecta, un plan trazado entre madre e hija para romper el último tabú. Me sentí extrañamente poderoso y, al mismo tiempo, prisionero de sus deseos.
—¿Y ahora qué? —pregunté, sintiendo cómo mi cuerpo empezaba a reaccionar de nuevo ante la cercanía de ambas.
Marta se levantó, desnuda y magnífica, y me dedicó una sonrisa cargada de malicia mientras recogía su ropa del suelo.
—Ahora, nos vamos a duchar los tres. Y mañana, cuando bajemos a desayunar, seremos la familia perfecta de cara al mundo. Pero por la noche… por la noche esta casa seguirá teniendo sus propias reglas.
Elena se levantó también, me dio un beso rápido y húmedo en los labios y siguió a su madre hacia el baño, contoneando las caderas de esa forma que ya sabía que me volvía loco. Yo me quedé un momento a solas en la oscuridad, sabiendo que mi vida como el ‘tío soltero’ se había acabado para siempre. Ahora era el centro de un secreto compartido que nos uniría, o nos destruiría, a los tres.