Capítulo 2

Al día siguiente, Sofía se despertó con el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Se miró en el espejo del baño, la cruz aún colgando entre sus pechos, y se tocó el vientre donde Daniel había dejado su marca la noche anterior. Se sentía sucia, pero al mismo tiempo… viva. Como si algo dentro de ella hubiera despertado. Rezaba el rosario con más fervor esa mañana, pidiendo perdón por lo que había hecho, pero sus pensamientos volvían una y otra vez a esa sensación de plenitud cuando él la había llenado por completo. «Dios mío, ayúdame a resistir», murmuraba, pero sus rodillas temblaban solo de pensar en su voz grave susurrándole al oído.

Daniel la esperó en el patio esa tarde, sentado en una silla vieja con una Biblia en las manos. La había encontrado en el estante de la sala, polvorienta pero intacta. Cuando Sofía salió a tender la ropa, él levantó la vista y sonrió esa sonrisa lenta, depredadora.

—Ven aquí, Sofi —la llamó con voz suave, como un sacerdote invitando a confesar—. Quiero hablarte de algo que leí anoche. Algo que te va a ayudar con esa culpa que llevas en los ojos.

Ella se acercó, dubitativa, con las manos entrelazadas delante del delantal. Se sentó en el suelo a sus pies, como una devota ante un altar, sin darse cuenta de lo simbólico que era eso.

—Mira —dijo él, abriendo el libro en una página marcada—. En el Antiguo Testamento, hay historias de cómo Dios usaba a los hombres para purificar a las mujeres. Como con Abraham y Sara, o con los profetas que sanaban con el toque de sus manos. Yo creo que tengo ese don, Sofi. Un poder para curar el alma a través del cuerpo.

Sofía frunció el ceño, confundida pero intrigada. Sus creencias eran profundas, arraigadas en años de catequesis y misas. «¿De verdad?», preguntó con voz temblorosa.

—Claro —susurró él, extendiendo una mano para acariciar su mejilla—. Anoche, cuando te toqué… ¿no sentiste cómo se iba el pecado? Como si mi esencia te lavara por dentro. Has probado la leche purificada de un hombre, Sofi. Eso es como el maná del desierto. Sana el alma, te une a lo divino. Si lo niegas, estás negando el plan de Dios.

Ella se mordió el labio, los ojos bajando a su regazo. Recordaba el sabor salado en su piel cuando él se había corrido sobre ella, cómo había rezado con eso aún caliente. ¿Era posible? ¿Podía ser que esto fuera una prueba de fe, una forma de redención a través del placer?

Daniel no le dio tiempo a dudar. Le tomó la mano y la colocó sobre su entrepierna, por encima de los pantalones. Estaba ya semierecto, y ella sintió el calor palpitante bajo la tela.

—Tócame —le ordenó con voz de mando suave—. Siente el poder que Dios me dio para ti. Si me dejas purificarte de nuevo, te prometo que tu alma quedará limpia como la de una santa.

Sofía retiró la mano al principio, pero sus palabras la confundían. «Pero… es pecado», protestó débilmente.

—No lo es si es para sanar —replicó él, bajándose la cremallera despacio—. Mira, es como el bautismo. Mi semilla es el agua bendita que lava tus impurezas. Abre la boca, Sofi. Prueba y verás cómo te llena de gracia.

Ella obedeció, hipnotizada por esa conexión retorcida con su fe. Se arrodilló mejor entre sus piernas, y Daniel sacó su verga gruesa, venosa, ya dura y apuntando hacia arriba. La guió hasta sus labios rosados, inocentes.

—Chupa, como si estuvieras recibiendo la comunión —murmuró, enredando los dedos en su coleta.

Sofía abrió la boca tímidamente, lamiendo la punta primero. Sabía salado, cálido, y algo en su interior se removió. Él empujó un poco más, llenándole la boca hasta que tocó su garganta. Ella tosió, pero no se apartó. En cambio, empezó a succionar con torpeza, guiada por sus gemidos de aprobación.

—Así, buena chica… Siente cómo te purifico la garganta. Traga mi esencia y serás santa de nuevo.

La folló la boca con ritmo lento al principio, luego más profundo, sus bolas golpeando su barbilla. Sofía tenía lágrimas en los ojos, pero no de dolor, sino de una confusión deliciosa. Sus manos se aferraban a sus muslos, y entre sus propias piernas sentía el calor creciendo, mojando sus bragas otra vez.

Cuando Daniel se corrió, lo hizo directo en su boca, chorros espesos y calientes que ella tragó instintivamente, tosiendo un poco. «Bien, Sofi… has sanado un poco más», jadeó él, acariciándole el pelo mientras ella se limpiaba los labios con el dorso de la mano.

Esa noche, cuando la mamá ya dormía, Daniel entró sigiloso en su habitación. Sofía estaba en camisón blanco, arrodillada junto a la cama rezando. Él se acercó por detrás y le levantó el camisón despacio, exponiendo su culito redondo y firme, las nalgas suaves como melocotones.

—Sofi… —susurró—. Dios me habló hoy. Me dijo que para purificarte completamente, tengo que tocarte en todos los lugares sagrados. Incluyendo este.

Le rozó el ano con un dedo, lubricado con saliva. Ella se tensó, girando la cabeza alarmada. «¿Ahí? No… eso es… prohibido».

Él se rio bajito, besándole la nuca. —No lo es. Piensa en Sodoma y Gomorra. Fue el rechazo lo que los condenó, no el acto. Si lo aceptas con fe, es una ofrenda. Mi verga es la espada del arcángel, que corta el mal de raíz. Déjame entrar ahí y tu alma quedará inmaculada, como la Virgen María.

Sofía jadeó, confundida por la blasfemia que sonaba casi piadosa. Sus creencias se enredaban con el deseo que él había despertado. «Pero… duele», murmuró.

—Al principio sí, como la cruz que carried Jesús —dijo él, untando más saliva en su entrada apretada—. Pero después viene la resurrección. Confía en mí, Sofi. Arrodíllate y ofrécemelo.

Ella se puso en cuatro sobre la cama, el camisón arremangado hasta la cintura, la cruz balanceándose entre sus pechos colgantes. Daniel se posicionó detrás, su verga dura como una barra de hierro, la punta presionando contra su ano virgen.

—Respira y reza —le ordenó.

Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándola. Sofía mordió la almohada para no gritar, el dolor agudo como un fuego santo. Pero él la calmaba con palabras: «Siente cómo te lleno de luz… esto es tu purgatorio, y al final vendrá el paraíso».

Cuando estuvo todo adentro, buried hasta las bolas en su culo apretado, empezó a moverse. Lento al principio, dejando que se acostumbrara, luego más fuerte, sus caderas chocando contra sus nalgas con un sonido obsceno, húmedo. Sofía gemía, mezcla de dolor y placer creciente, sus dedos clavándose en las sábanas.

—Dime que lo sientes —gruñó él, agarrándola por las caderas—. Dime que mi verga te está salvando el alma.

—Lo… lo siento —sollozó ella—. Ay, Dios… me estás purificando… más profundo…

Daniel aceleró, follándola el culo con ganas, sus bolas golpeando su coñito mojado debajo. Le metió dos dedos en la vagina para estimularla más, frotando su clítoris hinchado. Sofía se arqueó, el placer building como una ola.

—Vas a venirte así, con mi polla en tu culito santo —jadeó él—. Y cuando yo me corra dentro, será como el Espíritu Santo descendiendo sobre ti.

Ella explotó en un orgasmo intenso, temblando entera, su ano contrayéndose alrededor de él. Daniel no aguantó más y se vació dentro, chorros calientes llenándola por completo, goteando por sus muslos cuando salió.

La abrazó después, mientras ella lloraba en silencio, pero con una sonrisa confusa en los labios. «Gracias… por salvarme», murmuró, conectando esa locura con su fe distorsionada.

Los días siguientes fueron una espiral de seducción. Daniel la convencía con más frases calientes, siempre atadas a lo religioso. Una mañana, en la ducha compartida, la encontró lavándose. Entró desnudo, su cuerpo musculoso brillando bajo el agua.

—Sofi, el agua bendita no es suficiente —dijo, presionándola contra la pared fría—. Necesitas mi toque para limpiar cada poro. Déjame frotarte con mis manos divinas.

Le enjabonó los pechos, pellizcando los pezones rosados hasta que se endurecieron como perlas. Bajó por su vientre plano, entre sus piernas, metiendo dedos en su coñito resbaladizo mientras le susurraba: «Esto es como el Jordán, y yo soy Juan el Bautista. Sumérgete en mí».

La folló contra la pared, el agua cayendo sobre ellos como una bendición, sus gemidos ahogados por el ruido. Ella se corrió gritando «¡Amén!», confundida pero extasiada.

Otra vez, en la iglesia vacía después de misa, la llevó al confesionario. «Confiesa tus pecados aquí, pero con el cuerpo», le dijo. La hizo sentarse en su regazo, empalándose en su verga mientras rezaban juntos. «Cada embestida es una absolución», gruñía él, follándola duro hasta que el confesionario temblaba.

Sofía se entregaba cada vez más, su inocencia corrompida por esas conexiones retorcidas. Creía que era un camino a la santidad, aunque en el fondo sabía que era puro placer pecaminoso. Daniel la usaba en todos los rincones: en el jardín, follándole la boca mientras le decía que su semen era «el pan de vida»; en la cocina de nuevo, sobre la mesa, metiéndosela por atrás mientras le prometía «eterna juventud espiritual».

Una noche, la ató las manos con su propio rosario, extendida en la cama como un sacrificio. «Esto es tu crucifixión», le explicó, lamiéndole el coño hasta que suplicó. Luego la penetró en todos los agujeros, alternando, cubriéndola de semen como una unción sagrada.

Sofía ya no rezaba por perdón; rezaba por más. Su alma confundida, su cuerpo adicto. Y Daniel sonreía, sabiendo que la tenía completamente.

 

La puta creyente

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