Ella gemía mi nombre

Mi padre siempre fue un hombre de rutinas. A los 59 seguía yendo al gimnasio tres días por semana, pero los años ya pesaban más de lo que él admitía. Mamá murió hace ya años, y cuando él empezó a salir con Laura, al principio pensé que era solo una forma de no estar solo. Luego se casaron rápido. Muy rápido.

Laura tiene 39. Esbelta, de esas mujeres que parecen talladas en lugar de haber nacido. Piernas largas, cintura estrecha, culo firme que se marca incluso con vaqueros normales. Pelo castaño oscuro que le cae justo por debajo de los hombros, ojos verdes que miran demasiado tiempo cuando quiere y demasiado poco cuando no. En casa siempre va con ropa que parece casual pero no lo es: camisetas ajustadas sin sujetador cuando hace calor, shorts de algodón cortitos que dejan ver el comienzo del glúteo, vestidos ligeritos de tirantes finos que se le pegan al cuerpo cuando suda un poco después de hacer yoga en el salón.

Nunca se me insinuó. Ni una mirada prolongada, ni un roce “accidental”, ni un comentario con doble sentido. Nada. Y eso me ponía más cachondo que si me hubiera tocado la pierna por debajo de la mesa.

Los fines de semana los oía. La habitación de ellos está justo encima de la mía y la casa es vieja, el suelo de madera transmite todo. Primero los muelles del colchón, el jadeo corto de mi padre, los gemiditos educados de ella. Luego silencio. A veces solo cinco minutos. A veces ni eso.

Algunas noches de viernes o sábado la escuchaba murmurar, molesta:

—No puede ser, otra vez no… —No me digas que estás cansado, Carlos, por favor… —Yo no me casé para esto, ¿sabes? Necesito más… mucho más.

Él respondía algo ininteligible, normalmente con voz de sueño o de vergüenza. Luego silencio otra vez. Y al cabo de veinte minutos, media hora, empezaba el zumbido bajo pero claro del Satisfyer o del vibrador grande que guardaba en el cajón de la mesita. Primero suave, después más rápido. Los gemidos de ella cambiaban: ya no eran de compromiso, eran reales, profundos, casi rabiosos. Se corría fuerte, se le escapaban palabras sueltas:

—Joder… sí… así… más… más…

Y después silencio. Solo su respiración agitada durante un rato largo.

Yo me quedaba en mi cama con la polla como piedra, escuchando cada detalle, imaginándome que era yo quien la hacía gemir así. Me masturbaba despacio al principio, luego con rabia, pensando en cómo sería partirla en dos, hacerla gritar mi nombre en vez de solo jadear en la oscuridad.

Una noche de sábado, hace dos semanas, pasó algo diferente.

Mi padre se había quedado dormido después de intentarlo sin éxito otra vez. Ella no encendió el vibrador esa vez. En vez de eso, bajó descalza las escaleras. Llevaba solo una camiseta blanca mía que la había robado del tendedero días antes (le llegaba justo por debajo del culo) y nada más. Se paró en la puerta de la cocina, encendió la luz pequeña de la campana extractora y se sirvió un vaso de agua. Yo estaba sentado en el sofá del salón, a oscuras, con el móvil en la mano pero sin mirarlo.

Me vio.

No dijo nada al principio. Solo bebió despacio, mirándome por encima del borde del hombro. Luego dejó el vaso en la encimera, se acercó hasta quedar a dos pasos de mí.

—¿Tú lo escuchaste todo, verdad? ¿Y comprendes mi situación? —preguntó en voz muy baja.

Asentí una sola vez.

Se mordió el labio inferior un segundo.

—Tu padre es un buen hombre… pero ya no me llega. Y yo… —bajó la mirada hacia mi entrepierna, donde la tela del pantalón de chándal marcaba todo— yo necesito que me follen como se debe. Duro. Mucho rato. Sin parar hasta que no pueda más.

Me levanté despacio. Ella no retrocedió ni un centímetro.

—¿Y qué vas a hacer al respecto? —le pregunté, casi rozándole la boca.

Me miró a los ojos, seria.

—No lo sé. Pero si sigues mirándome como me miras… con lo caliente que estoy….tarde o temprano voy a dejar de ser buena chica.

Puse una mano en su cintura, justo donde la camiseta dejaba de cubrirla y empezaba la piel caliente. La apreté un poco, posesivo.

—Cuando decidas dejar de ser buena… avísame. Porque yo no pienso ser bueno contigo.

Ella sonrió apenas, una sonrisa pequeña y peligrosa.

—Ten cuidado con lo que pides, pequeño… porque cuando empiece, no pienso parar hasta que me supliques tú.

Se dio la vuelta, subió las escaleras con ese contoneo que ya me sabía de memoria y desapareció en el pasillo.

Esa noche no me masturbé. Me quedé con la erección doliendo, esperando el momento en que ella decidiera cruzar la línea.

Porque sé que lo va a hacer.

Y cuando lo haga, voy a reclamar cada centímetro de ese cuerpo que mi padre ya no puede satisfacer.

Voy a hacerla mía.

Y ella va a gritar mi nombre hasta quedarse sin voz.

Era un miércoles cualquiera, de esos en los que la casa parece demasiado grande y demasiado silenciosa. Mi padre ya se había ido al trabajo a las siete y media, como siempre. Yo me levanté tarde, con el cuerpo todavía caliente del gimnasio de la noche anterior. Solo llevaba un pijama corto de algodón gris, de esos que se pegan un poco cuando sudas y marcan todo. Nada arriba. El torso desnudo, la tableta marcada, los hombros anchos, los brazos con venas que se notaban al moverme. No me molesté en ponerme camiseta; total, estaba solo… o eso creía.

Entré en la cocina descalzo, encendí la cafetera y empecé a preparar el desayuno: huevos revueltos, tostadas, un poco de aguacate. Laura apareció en la puerta sin hacer ruido. Llevaba una bata de satén corta, color vino, que se abría un poco por delante cada vez que se movía. Debajo solo unas braguitas negras de encaje que se transparentaban ligeramente con la luz que entraba por la ventana.

Se apoyó en la encimera a mi lado, cruzó los brazos debajo del pecho (lo que hizo que la bata se abriera aún más) y se quedó mirando hacia la ventana, como si estuviera perdida en sus pensamientos. No dijo nada al principio. Solo respiraba despacio.

Yo seguí removiendo los huevos, pero la sentía. Su perfume suave, el calor que desprendía su cuerpo a medio metro de mí.

—Estoy tan frustrada… —murmuró por fin, casi para sí misma—. Quiero mucho a tu padre, de verdad. Es bueno conmigo, me cuida, me respeta… pero en la cama… —hizo una pausa larga, como si le costara decirlo—. No me llega. No me llena. Y cada vez que intento hablarlo se pone a la defensiva o se duerme. No sé qué más hacer.

Giré la cabeza hacia ella. Nuestras miradas se encontraron. Sus ojos verdes estaban brillantes, como si estuviera conteniendo lágrimas o rabia, no sabía cuál de las dos.

Dejé la espátula en el plato, cogí mi taza de café humeante y me acerqué despacio. Muy despacio. Quedé tan cerca que mi pecho casi rozaba su brazo. Ella no se movió ni un centímetro. Solo levantó un poco la barbilla para seguir mirándome.

—Quizá el problema no es solo él —le dije en voz baja, casi susurrando—. Quizá eres tú la que necesita tomar el control. Que le digas exactamente qué quieres. Sin rodeos. Sin vergüenza.

Ella tragó saliva. Vi cómo se le movía la garganta.

—¿Y qué se supone que le digo? —preguntó, aunque su voz ya temblaba un poco.

Me acerqué más. Mi aliento le rozaba la oreja.

—Dile que quieres que te coja del pelo y te tire hacia atrás mientras te folla por detrás. Que quieres sentir su polla bien adentro, hasta el fondo, sin parar hasta que te tiemblen las piernas. Dile que te chupe el coño hasta que te corras en su boca, que no pare hasta que le pidas clemencia. Que te meta los dedos mientras te lame el culo. Que te dé cachetes en las nalgas hasta que queden rojas. Que te folle la boca hasta que se te caigan las lágrimas. Dile que necesitas correrte tantas veces que al final no puedas ni caminar.

Hice una pausa. Ella respiraba rápido ahora. Sus pezones se marcaban duros contra la tela fina de la bata.

—Y si no puede… —seguí, bajando aún más la voz—, entonces dile que vas a buscar lo que te falta en otro sitio. Porque una mujer como tú no está hecha para conformarse con medias tintas. Tú necesitas que te follen de verdad. Duro. Largo. Sin piedad. Hasta que grites y supliques que paren… y aun así no pares.

Levanté la taza y di un sorbo lento, sin apartar la mirada de sus ojos. Ella se mordió el labio inferior con fuerza.

—¿Y si… y si él no puede darme eso? —preguntó casi en un hilo de voz.

Sonreí apenas. Posé la taza en la encimera, a su lado, y puse una mano en su cadera, justo donde la bata se abría y dejaba ver la curva de su cintura desnuda.

—Entonces me lo cuentas. Otro día. Me cuentas exactamente cómo te fue. Si te corriste. Cuántas veces. Cómo te sentiste. Si te dejó satisfecha… o si seguiste necesitando más.

Apreté un poco los dedos en su piel caliente.

—Y si al final sigues con esa cara de frustración… —le susurré al oído—, entonces vienes a mí. Y me dejas demostrarte lo que es que te follen como mereces. Porque yo sí puedo. Y no pienso parar hasta que me pidas que pare… rogándome clemencia…y aun así seguiré un rato más.

Ella cerró los ojos un segundo, como si estuviera imaginándolo todo. Cuando los abrió de nuevo, había algo diferente en su mirada: hambre pura.

—Eres un cabrón… —murmuró, pero no había reproche en su voz. Solo deseo.

Me separé un paso, le di la espalda y seguí con los huevos como si nada.

—Cuando quieras hablar de cómo te fue… ya sabes dónde estoy.

Ella se quedó allí un rato más, respirando agitada, sin moverse. Luego, sin decir nada, se dio la vuelta y subió las escaleras.

Pero supe que esa conversación no había terminado.

Solo acababa de empezar.

Pasaron tres semanas desde aquella mañana en la cocina.

Y sí, la cosa mejoró. Y Mucho.

Los fines de semana ya no eran silencios incómodos ni quejas a media voz. Ahora se oía todo con claridad, y sobre todo se oía a ella. Laura había tomado nota de cada palabra que le dije. Se notaba.

El primer sábado por la noche la escuché pedir exactamente lo que le había sugerido:

—Cógeme del pelo… más fuerte… así, joder… fóllame por detrás hasta el fondo… no pares… no pares…sigue…

Su voz salía ronca, hambrienta, nada que ver con los gemiditos educados de antes. Mi padre respondía con gruñidos, esforzándose, y el colchón crujía como si lo estuvieran maltratando. Ella se corría una vez, dos, tres… se le escapaban gritos ahogados contra la almohada, palabras sucias que nunca le había oído decir:

—Chúpame… lame todo… méteme los dedos… más… quiero sentirte hasta el fondo del culo…

Yo me quedaba en mi cama, con la polla dura como piedra, escuchando cada detalle, imaginándome que era yo el que la tenía abierta de piernas, el que la hacía temblar y suplicar. Me masturbaba despacio, controlándome, porque sabía que esto no iba a quedarse así para siempre.

El tercer sábado fue el más fuerte. La oí gritar descontrolada…. Gritó “más… más… mas fuerte…amor no pares”, pero en mi cabeza era mi nombre el que salía de su boca. Se corrió tan fuerte que el grito se le quebró al final. Después, silencio largo. Solo su respiración entrecortada.

El lunes siguiente, miércoles otra vez, mi padre salió temprano como siempre. Yo estaba en la cocina preparando café, igual que aquella vez: solo pantalón corto gris, sin nada arriba. El torso marcado, los abdominales tensos después de hacer dominadas esa mañana. Sudado un poco todavía.

Laura entró sin bata esta vez. Llevaba un top deportivo negro muy ajustado, sin sujetador, y unas mallas cortas que se le pegaban al culo y marcaban cada curva. Se paró en la puerta, me miró de arriba abajo despacio, como si estuviera evaluando algo.

—Funcionó —dijo sin rodeos, con la voz un poco ronca todavía del fin de semana—. Todo lo que me dijiste… funcionó. Está más activo, se esfuerza. Me corro como nunca con él. Pero…

Se acercó un paso. Luego otro. Quedó a menos de un metro.

—Sigo pensando en ti. Cada vez que me folla, cierro los ojos y pienso en cómo lo dirías tú. En cómo lo harías tú.

Me giré hacia ella, apoyé la cadera en la encimera y crucé los brazos, haciendo que los músculos del pecho y los hombros se marcaran más. No dije nada todavía. Solo la miré.

Ella tragó saliva.

—¿Cómo sabías tanto? —preguntó, casi en un susurro—. Tienes 24 años… ¿cómo coño sabes exactamente qué decir, qué hacer para que una mujer como yo se vuelva loca?

Me acerqué despacio. Muy despacio. Hasta que nuestros cuerpos casi se tocaban. Bajé la voz, pausado, tranquilo, como si estuviera contándole un secreto.

—Porque llevo años observando. Escuchando. Aprendiendo. No solo con chicas de mi edad. Con mujeres que saben lo que quieren y no tienen miedo de pedirlo. Pero sobre todo… porque llevo tres años oyéndote a ti. Cada gemido, cada queja, cada noche que te corrías sola pensando en algo que no te estaban dando. He memorizado cada sonido que haces cuando estás a punto. Sé cuándo estás fingiendo y cuándo es de verdad. Sé lo que te hace temblar las piernas, lo que te hace arquear la espalda, lo que te hace suplicar sin darte cuenta.

Puse una mano en la encimera, a cada lado de su cuerpo, encerrándola sin tocarla todavía.

—Y sé que lo que tu marido te da ahora… es bueno. Pero no es suficiente. No para ti. Tú necesitas más. Necesitas que te dominen de verdad. Que te abran entera. Que te hagan sentir que no controlas nada… y al mismo tiempo que lo controlas todo.

Levanté una mano despacio y le aparté un mechón de pelo de la cara. Mis dedos rozaron su mejilla, bajaron por el cuello, se detuvieron justo en el hueco entre las clavículas, donde se le aceleraba el pulso.

—Así que cuando me preguntas cómo sé tanto… la respuesta es simple: porque te he estado estudiando. Porque cada vez que te oigo gemir, me imagino siendo yo el que te hace esos sonidos. Y porque sé que, aunque ahora estés más satisfecha con él… sigues viniendo aquí. Sigues buscándome con la mirada. Sigues mojándote cuando me ves sin camiseta.

Hice una pausa larga. Ella respiraba por la boca, los labios entreabiertos.

—Así que dime, Laura… ¿vienes a contarme cómo te fue… o vienes porque ya no aguantas más esperar a que sea yo el que te dé lo que realmente necesitas?

Ella cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había fuego puro.

—No sé cuánto más voy a poder resistirme —susurró.

Sonreí despacio.

—Cuando dejes de resistirte… no hace falta que me avises. Lo sabré. Porque vas a venir directamente aquí. Y vas a pedírmelo. Con todas las letras.

Me separé un paso, le di la espalda y seguí con el café como si nada.

Pero los dos sabíamos que el reloj ya estaba contando hacia atrás.

Y que cuando llegara el momento, no iba a haber vuelta atrás.

Los fines de semana seguían igual de intensos para ellos… o mejor dicho, más. Laura había subido el volumen de sus gemidos, de sus exigencias. Ya no se contenía nada. Se oía todo con una claridad que parecía intencionada.

—Más fuerte… cógeme del pelo y no sueltes… fóllame como si me quisieras romper… sí, así… no pares… métemela hasta el fondo… ¡joder, sí!

Sus orgasmos ya no eran discretos. Eran gritos que se le quebraban en la garganta, jadeos largos y roncos, palabras sueltas que salían entrecortadas:

—Chúpame… lame todo… quiero correrme en tu boca… más… más… ¡me corro, me corroo!

Yo sabía que lo hacía para que yo la escuchara. Cada “más fuerte”, cada “no pares”, cada gemido prolongado era un mensaje directo hacia la habitación de al lado. Lo hacia dirigidos hacia mí.

Un jueves por la tarde, mi padre había salido a una reunión que se alargó. Yo estaba en el salón, sentado en el sofá con el portátil, solo con un pantalón de chándal corto y sin camiseta, como casi siempre en casa. Laura entró desde la cocina. Llevaba un vestido ligero de verano, de esos que se pegan al cuerpo con el mínimo movimiento. Sin sujetador. Se paró a unos pasos de mí, cruzó los brazos y me miró fijamente.

—Gracias —dijo con voz calmada, pero firme—. Por lo que me dijiste. Ha cambiado todo. Estamos… mejor. Mucho mejor.

Hizo una pausa. Bajó la mirada un segundo, luego la levantó de nuevo.

—Pero quiero que quede claro una cosa: jamás le seré infiel a tu padre. Jamás. Y menos contigo. Esto se queda aquí. En lo que hablamos. En lo que él y yo hacemos ahora. Punto.

La miré sin moverme del sofá. Luego me levanté despacio. Me acerqué hasta quedar pegado a ella. Nuestros cuerpos casi se tocaban. Ella no retrocedió. Solo respiraba un poco más rápido.

—¿Estás segura? —le pregunté pausado, muy bajo, mirándola a los ojos sin pestañear.

Con dos dedos le aparté un mechón de pelo que le caía sobre la cara. Lo hice lento, rozándole la mejilla, la sien, el cuello. Ella se quedó quieta. Su respiración se aceleró.

—¿Segura de que no quieres sentir esto? —seguí, bajando la voz aún más—. ¿De que no quieres que te toque como él nunca podrá? ¿De que no quieres que te haga temblar de verdad?

Deslicé la mano despacio por su cuello, por el escote del vestido, hasta llegar al pecho. Con el pulgar y el índice atrapé su pezón por encima de la tela fina. Lo acaricié suave, en círculos lentos, apretando justo lo necesario para que se endureciera al instante. Ella soltó un suspiro corto, casi un gemido ahogado.

Entonces vino el bofetón. Rápido, seco, en la mejilla izquierda. El sonido resonó en el salón silencioso.

No me moví ni un centímetro. Solo la miré, con la misma calma. La mejilla me ardía, pero no me aparté.

Ella levantó la otra mano para darme otro. La intercepté en el aire. Le agarré la muñeca con fuerza, sin hacerle daño, pero sin dejarla moverse. Nuestras miradas chocaron. Fuego contra fuego.

Y entonces la besé.

Fuerte. Hambriento. Con toda la boca abierta, la lengua buscando la suya sin pedir permiso. Ella se resistió un segundo, tensó los labios… y luego cedió. Me devolvió el beso con la misma rabia, mordiéndome el labio inferior hasta casi hacerme sangrar.

Bajé la mano libre por su vientre, metí los dedos por debajo del vestido, por dentro de las braguitas. La palma entera cubrió su coño. Estaba empapada. Resbaladiza. Caliente. Le separé los labios con dos dedos, le rocé el clítoris hinchado en un movimiento lento y firme. Ella se estremeció entera, un gemido se le escapó dentro de mi boca. Le metí un dedo despacio, luego dos, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que la hizo arquear la espalda y clavarme las uñas en los hombros.

Temblaba. Jadeaba contra mis labios.

De repente se apartó. Me empujó con las dos manos en el pecho, respirando agitada, con los ojos brillantes y las mejillas rojas.

—No… —susurró, más para sí misma que para mí—. No puedo.

Se dio la vuelta y salió del salón casi corriendo. Subió las escaleras. Cerró la puerta de su habitación. No la volví a ver en todo el día.

Esa noche, tarde, cuando mi padre ya roncaba, se oyó de nuevo el zumbido del vibrador. Más fuerte que otras veces. Más prolongado.

Y sus gemidos… joder, sus gemidos.

—Qué gusto… sí… así… más profundo…si tócame… más… me corro… ¡me corro otra vez!

Se corrió dos veces seguidas, con gritos que no intentó ahogar. Después de la segunda, silencio largo. Solo su respiración entrecortada.

Yo me quedé en mi cama, con la polla dura como nunca, sin tocarme.

Porque sabía que esa noche no era por mi padre. Era por mí. Por lo que le había hecho en el salón. Por lo que no se atrevía a pedirme todavía. Pero que ya no podía sacarse de la cabeza.

Pasaron unas semanas más y el espejismo se rompió.

Mi padre aguantó el nuevo ritmo lo que pudo. Al principio se esforzaba: se tomaba pastillas, llegaba antes a casa, intentaba sorprenderla con cenas o masajes. Pero el cuerpo no engaña. A los 59, con el estrés del trabajo y los años acumulados, el nuevo nivel que Laura le exigía era demasiado. Había noches que ni siquiera se le levantaba. Se oían susurros avergonzados:

—Perdona, amor… hoy no puedo… —No pasa nada, Carlos… descansa…

Pero al rato, cuando él roncaba, volvía el zumbido del vibrador. Más largo. Más desesperado. Ella se corría, sí, pero los gemidos ya no tenían la misma hambre triunfal. Eran de frustración contenida, de alguien que sabe que está volviendo a lo de antes.

Yo seguía igual. En mis trece. Sin presionarla. Sin insinuarme. Solo estaba ahí, en la casa, con mi cuerpo marcado, mis pantalones cortos, mi calma de depredador que espera el momento exacto. Sabía que vendría. Solo era cuestión de tiempo.

Y vino. Fue un martes por la tarde. Mi padre había salido a una cena de trabajo que se alargaría hasta tarde. Yo estaba en el gimnasio de casa, terminando series de dominadas, sudado, sin camiseta, el pantalón corto pegado a los muslos. Bajé a la cocina a por agua y ella ya estaba allí, sentada en una silla alta de la isla, con una copa de vino en la mano. Llevaba un jersey holgado de lana fina que se le caía por un hombro y unos leggings negros que marcaban cada curva de sus piernas y su culo. Pelo suelto, sin maquillar apenas. Parecía cansada, pero guapa. Muy guapa.

Me vio entrar y no dijo nada al principio. Solo dio un sorbo largo al vino. Yo abrí la nevera, saqué una botella de agua fría y me apoyé en la encimera frente a ella. Bebí despacio, mirándola sin prisa.

—Necesito hablar contigo —dijo por fin, con voz baja pero firme.

Asentí una sola vez.

—Lo primero que quiero decirte… y que quede muy claro… —hizo una pausa, clavándome la mirada— jamás voy a tener sexo contigo. Jamás. No importa lo que pase. No voy a traicionar a tu padre de esa forma. No contigo. Así que quítatelo de la cabeza, nunca pasará.

La miré a los ojos. No sonreí. No me moví. Solo la escuché.

—Vale —respondí tranquilo—. Queda claro.

Ella pareció descolocada por mi respuesta tan seca. Esperaba que protestara, que intentara convencerla. Pero no lo hice.

—Entonces… ¿tú por qué sigues aquí en esta casa? —preguntó, casi molesta—. ¿Por qué no te vas? ¿Por qué no buscas tu propia vida en vez de quedarte mirando cómo… cómo todo se me desmorona todo otra vez?

Di un sorbo más de agua. Dejé la botella en la encimera. Me acerqué un paso. No mucho. Lo suficiente para que sintiera mi presencia.

—No me voy porque esta es mi casa. Y porque quiero ver cómo termina esto. Pero sobre todo… porque sé que tú a veces necesitas hablar con alguien… que te aconseje…. Y ese alguien soy yo.

Ella bajó la mirada a la copa. Dio otro sorbo. Las manos le temblaban un poco.

—Está volviendo a lo mismo —murmuró—. Al principio funcionó. Se esforzaba. Me follaba como yo le pedía. Me corría fuerte. Pero ahora… hay días que ni se le para. Y cuando lo intenta, dura dos minutos. Y yo… yo me quedo con ganas. Con una rabia que no sé dónde meter. El vibrador ya no me basta. Nada me basta.

Hizo una pausa larga. Yo no dije nada. La dejé hablar.

—¿Qué hago? —preguntó casi suplicando—. Dime qué hago. Tú sabes. Tú siempre sabes, no sé cómo, necesito ayuda, una respuesta.

Me acerqué otro paso. Ahora estaba a menos de un metro. Ella levantó la vista.

—Te voy a dar el consejo más honesto que te he dado nunca —le dije pausado, mirándola fijo—. Y es desinteresado. Porque ya has dejado claro que conmigo no va a pasar nada. Así que escúchame bien.

Ella asintió despacio.

—Lo mejor para ti… lo que realmente necesitas… es buscarte un amante fuera de esta casa. Alguien que no sea de tu entorno. Alguien discreto, limpio, que sepa follar de verdad. Que te dé lo que tu marido ya no puede. Que te folle duro, largo, sin parar. Que te haga corridas múltiples hasta que te tiemblen las piernas y no puedas ni pensar. Que te trate como la mujer caliente que eres y no como una esposa que hay que cuidar.

Hice una pausa. Ella tragó saliva. Los ojos se le humedecieron un poco.

—Pero tienes que entender las consecuencias —seguí, sin subir la voz—. Si lo haces, yo lo voy a saber. Tarde o temprano. Porque vivo aquí. Porque te escucho. Porque te miro. Y cuando lo sepa… no voy a decir nada. No voy a chantajearte. No voy a contárselo a mi padre. Pero vas a perder algo. Vas a perder la tranquilidad de saber que yo no sé. Vas a perder la estabilidad que ahora tienes, porque cada vez que me mires vas a pensar: “él sabe que me estoy follando a otro”. Y eso te va a comer por dentro. Poco a poco. Hasta que un día no puedas más y todo se derrumbe. O hasta que decidas dejar de esconderlo… y entonces sí se derrumbe todo de golpe.

Ella se quedó callada. Muy callada. La copa temblaba en su mano. La dejó en la encimera con cuidado, como si pesara demasiado.

—¿Y si no lo hago? —preguntó en un hilo de voz—. ¿Si sigo aquí, aguantando, esperando que él… que vuelva a ser como antes?

—Entonces vas a seguir frustrada. Vas a seguir masturbándote sola por las noches mientras él duerme. Vas a seguir pidiéndole cosas que ya no puede darte. Y cada vez que te corras con el vibrador vas a cerrar los ojos y vas a imaginarte a alguien más. A cualquiera. Incluyéndome a mí. Aunque digas que no va a pasar.

Levanté una mano despacio y le aparté el pelo de la cara. Ella no se movió. Solo respiraba agitada.

—Estás perdida, Laura —le dije bajito—. Confundida. Pensativa. Y eso es normal. Porque quieres a mi padre. Quieres la estabilidad. Quieres la casa, la rutina, el cariño. Pero también quieres que te follen como una puta. Quieres sentir una polla dura dentro hasta que te duela de placer. Quieres corridas que te dejen temblando horas. Y esas dos cosas ya no caben en la misma vida y menos al lado de mi padre.

Bajé la mano. No la toqué más. Solo la miré.

—La decisión es tuya. Buscar un amante y arriesgarlo todo… o quedarte y resignarte. Pero no me pidas que te diga cuál es la correcta. Porque la correcta para ti… ya la sabes. Solo tienes miedo de admitirlo.

Ella cerró los ojos. Una lágrima le rodó por la mejilla. No la limpió.

—No sé qué hacer… —susurró.

—Lo sé —respondí—. Por eso estás aquí hablando conmigo. Porque sabes que yo no te voy a mentir. Ni a consolarte con palabras bonitas.

Me separé un paso. Le di espacio.

—Cuando decidas… si decides… me lo cuentas. O no me lo cuentas. Da igual, yo lo sabré. Yo voy a seguir aquí. Esperando. Como siempre.

Ella se levantó despacio de la silla. Pasó por mi lado sin rozarme. Subió las escaleras. Cerró la puerta de su habitación.

Esa noche no se oyó nada. Solo silencio. Pero supe que no estaba durmiendo. Estaba pensando. Y que la próxima vez que hablara conmigo… ya no iba a ser para pedir consejo. Iba a ser para pedirme algo más. Aunque jurara que no.

El tiempo seguía pasando y mi padre no mejoraba. Seguía igual: intentos fallidos, excusas a media voz, pastillas que ya no funcionaban como antes. “Mucha mujer para tan poco potro”, pensé más de una vez mientras los oía desde abajo. Ella gemía al principio, se esforzaba por animarlo, pero al final siempre terminaba con el vibrador o con silencio pesado. Las noches de viernes y sábado ya no eran de fuego; eran de resignación disfrazada.

Yo no hacía nada. Solo esperaba. Sabía que el dique se rompería solo.

Fue un sábado por la tarde, de esos en que el calor de finales de verano se mete hasta en los huesos. Mi padre había salido temprano a ver a unos amigos y no volvería hasta la noche. Yo estaba en el garaje, con la puerta abierta de par en par para que entrara algo de aire. Tenía mi vieja moto desmontada encima de una mesa de trabajo: el motor abierto, piezas por todos lados, herramientas esparcidas. Llevaba solo un pantalón de trabajo viejo, manchado de aceite, que me colgaba bajo de las caderas. Nada arriba. El torso desnudo, sudado por el esfuerzo y el calor. Los músculos tensos de tanto levantar piezas pesadas, la tableta marcada, los brazos con venas gruesas que se hinchaban cada vez que apretaba una llave. Las manos negras de grasa, hasta las muñecas. El pelo revuelto, pegado a la frente por el sudor.

La oí antes de verla. Pasos suaves en el cemento del camino de entrada. Se paró en el umbral del garaje, la silueta recortada contra la luz del sol de la tarde. Llevaba un vestido corto de algodón blanco, de esos que se mueven con la brisa y se pegan al cuerpo cuando hay humedad. Sin sujetador, se le marcaban los pezones contra la tela fina. El pelo suelto, sin maquillar apenas, los labios entreabiertos como si hubiera corrido un poco para llegar.

Me miró. Y se quedó muda.

No dijo nada durante un buen rato. Solo me observó: los hombros anchos, el pecho subiendo y bajando con la respiración, el sudor que me resbalaba por el torso hasta perderse en la cintura del pantalón, las manos sucias de grasa negra, la moto desmontada como si fuera un animal abierto en canal. Sus ojos bajaron despacio, se detuvieron en mi entrepierna donde la tela marcaba todo, y luego volvieron a subir a mi cara.

Yo dejé la llave inglesa en la mesa con un golpe seco. Me limpié las manos despacio en un trapo viejo que colgaba del cinturón, sin apartar la mirada de ella.

—¿Qué quieres, Laura? —pregunté con voz grave, calmada, pero con un filo que no disimulaba.

Ella abrió la boca. La cerró. Tragó saliva. Intentó hablar dos veces antes de que le saliera algo coherente.

—Yo… necesito… —balbuceó—. Necesito hablar… no, no hablar… necesito… joder… necesito de ti.

Se corrigió rápido, nerviosa.

—No, espera… quiero decir… te necesito a ti. No… necesito que… que me… —se mordió el labio inferior con fuerza, como si las palabras le quemaran—. Quiero… quiero que me hagas… lo que… lo que sé que puedes hacerme.

Otro error. Se pasó una mano por el pelo, agitada.

—No es eso… o sí… mierda… o sí, no sé… que quiero….pero… quiero que me folles. Quiero que me folles tú. Ahora. Aquí. O donde sea. No aguanto más.

Se le quebró la voz al final. Bajó la mirada al suelo, avergonzada, pero no se movió. Seguía allí, temblando ligeramente.

Terminé de limpiarme las manos. El trapo ya estaba negro. Lo tiré a un lado. Me acerqué despacio, paso a paso, sin prisa. El suelo del garaje estaba caliente bajo mis pies. Cuando quedé a un metro de ella, paré. El olor a sudor mío, a grasa, a metal caliente llenaba el espacio entre los dos. Ella levantó la vista. Los ojos verdes brillaban, húmedos, llenos de algo que ya no era solo deseo: era necesidad pura, casi dolorosa.

—No voy a ser gentil —le dije muy bajo, mirándola fijo—. No voy a ir despacio. No voy a preguntarte si quieres que pare o si te duele. Te voy a coger como llevo queriendo cogerte desde el primer día que te vi bajar las escaleras con esos shorts cortos. Te voy a abrir entera. Te voy a follar la boca hasta que se te caigan las lágrimas. Te voy a meterla por detrás hasta que sientas que te parto en dos. Te voy a hacer corridas tan fuertes que vas a mojar el suelo. Y cuando creas que ya no puedes más… voy a seguir y a seguir. Porque no pienso parar hasta que estés temblando, hasta que me supliques que pare… y aun así seguiré un rato más.

Hice una pausa larga. Ella respiraba por la boca, los pechos subiendo y bajando rápido debajo del vestido, se le notaba sus excitación de lejos y continué…

—Te va a doler —seguí—. Al principio sí. Porque tu cuerpo ya no está acostumbrado a que lo traten como se merece. Pero después… después no vas a poder vivir sin esto. Sin mí. Cada vez que mi padre te toque, vas a cerrar los ojos y vas a compararlo. Y vas a odiarlo. Porque nada va a ser suficiente después de mí. Vas a venir aquí cada vez que puedas. Vas a buscar excusas para quedarte sola conmigo. Vas a mentirle a él. Vas a mentirte a ti misma. Y al final… vas a ser mía. Completamente mía.

Levanté una mano sucia de grasa y le rocé la mejilla con el dorso de los dedos. Dejé una marca negra tenue en su piel blanca. Ella no se apartó. Solo cerró los ojos un segundo, como si ese roce le quemara de placer.

—Piénsalo muy bien, Laura —le dije, bajando la voz hasta casi un susurro—. Porque una vez que empiece… no hay marcha atrás. No voy a ser tu amante discreto. Voy a ser tu adicción. Y cuando mi padre se dé cuenta… o cuando tú no puedas esconderlo más… todo se va a romper. La casa. El matrimonio. La estabilidad. Todo. Pero antes de que eso pase… vas a tener lo que llevas años pidiendo: una polla que te folle como una puta, sin piedad, hasta que no quede nada de la mujer buena que finges ser.

Bajé la mano despacio por su cuello, por el escote del vestido. Le pellizqué un pezón con fuerza, solo un segundo, lo suficiente para que soltara un gemido corto y agudo. Luego la solté.

—Decide ahora —le ordené—. Porque si das un paso más hacia mí… no voy a parar. Ni aunque llores. Ni aunque me pidas clemencia. Ni aunque mañana te arrepientas.

Ella se quedó quieta. Respirando agitada. Los ojos fijos en los míos. Una lágrima le rodó por la mejilla, mezclándose con la marca de grasa que le había dejado.

No dijo nada.

Solo dio un paso hacia adelante.

Uno solo.

Se arrimó despacio, hasta que el calor de su cuerpo chocó con el mío, el vestido blanco pegándosele a la piel por la humedad del garaje y por lo que ya empezaba a escapársele entre los muslos. Levantó la barbilla, mirándome fijo, con esa mezcla de desafío y algo más oscuro que ya no podía esconder.

—¿Tan seguro estás de todo lo que dices? —preguntó en voz baja, casi ronca—. Por muy guapo que seas… por lo fuerte que te veo, por lo sexi que estás ahora mismo con el sudor chorreando por ese torso, con esas venas marcadas en los brazos… con eso no basta. No basta para romperme. No basta para que yo tire por la borda mi matrimonio, mi casa, mi vida entera.

Hizo una pausa. Bajó la mirada un segundo a mi entrepierna, donde el pantalón viejo marcaba la longitud y el grosor de mi polla, y luego volvió a subir a mis ojos.

—Te veo muy creído —añadió, intentando sonar firme, poderosa, pero la voz le tembló al final—. Muy seguro de que con tu cuerpo y tus palabras voy a caer ante ti. ¿Y si no? ¿Y si solo eres un chaval que habla mucho y luego no da la talla?

No me moví al principio. Solo respiré hondo, gire la cabeza de lado mirando abajo dejando que el aire caliente entrara en mis pulmones. Luego me acerqué más. Cara a cara. Nuestras narices casi se rozaban. Podía oler su excitación mezclada con el perfume suave que siempre usaba. Mi voz salió serena, baja, sin prisa, como si estuviera contándole algo que ella ya intuía pero no quería admitir.

—¿Sabes por qué cuando estoy fuera en la universidad por meses, si crees que estoy estudiando… no he tocado un libro en toda la carrera? —le pregunté, mirándola fijo—. Porque no necesito estudiar. Tengo a mis profesoras adictas a mi leche. Mujeres de 35, 40, 45 años, con títulos, con maridos, con hijos… y cuando entro en su despacho con la excusa de “consultar una duda”, al cabo de diez minutos ya están de rodillas a mis pies, chupándomela hasta que les lleno la boca y tienen que tragar rápido para no mancharse la blusa. Las dejo tan hartas de polla que me aprueban con matrícula sin que abra un solo libro. Me llaman “mi alumno favorito” mientras se limpian la comisura de los labios y me piden que vuelva cuando quiera.

Hice una pausa. Le rocé el labio inferior con el pulgar sucio de grasa, dejando una tenue marca negra.

—Y las compañeras de clase… no vienen por los apuntes. Solo quieren que les dé por culo. O lo que me dé la gana. Solas, en dúo, en trío. Las tengo emputecidas. Me pagan el alquiler del piso, las comidas, la ropa que me pongo, las fiestas, la última tecnología que quiero. Yo escojo. Ellas aceptan. Porque saben que cuando las cojo del pelo, las pongo a cuatro patas y se la meto entera por detrás hasta que gritan y se corren sin tocarse, después no pueden pensar en otra cosa. Luego vuelven a casa con sus novios como si nada y se mojan solo de recordar cómo les dejé el culo rojo y abierto, goteando mi leche.

Sus pupilas se dilataron al instante. Respiraba por la boca, agitada. Los pezones se le marcaron duros contra la tela fina del vestido blanco, como si quisieran romper la fina tela. La piel de los brazos se le puso de gallina, erizada. Entre los muslos sentía el calor subir, la humedad extenderse, mojándola hasta que tuvo que apretar las piernas para no gemir ahí mismo.

Pensó: “Joder… qué bueno está… mira esa polla… gruesa, larga, marcándose así… cómo debe de sentirse cuando entra… cómo debe de doler al principio y luego… luego no poder parar de pedir más…”.

Tragó saliva con fuerza. Intentó recomponerse, pero ya era tarde. Respondió.

—Entonces… ¿crees que voy a ser igual que ellas ? —murmuró, la voz entrecortada—. ¿Crees que soy como ellas? ¿Que voy a terminar pagándote el alquiler y abriéndome de piernas cada vez que chasquees los dedos?

Sonreí apenas. Me acerqué aún más, hasta que mi pecho rozó sus pechos desafiantes.

—No solo lo creo. Lo sé —le respondí tranquilo—. Porque ellas empezaron igual que tú: diciendo “jamás”, “no contigo”, “no voy a traicionar a nadie”. Y terminaron de rodillas, con la boca llena, suplicando que les diera por el culo mientras sus maridos o novios veían la tele en casa. Tú vas a ser igual. Vas a empezar con “solo esta vez”. Y después vas a venir cada vez que puedas. Vas a inventarte excusas para quedarte sola conmigo. Vas a mentirle a mi padre. Y cuando te folle como lo hago con ellas, cuando te abra el culo hasta que sientas que te parto y luego te corras tan fuerte que mojes el suelo… vas a entender por qué pagan todo. Porque después de mí, nada más va a bastar.

Le cogí la nuca con la mano sucia, obligándola a mirarme.

—Y cuando vuelva a la universidad en unos meses… vas a estar aquí, esperando el mensaje. Vas a tocarte pensando en cómo te dejé la primera vez. Vas a mojarte solo de recordar el sabor de mi leche en tu lengua. Y cuando regrese… vas a estar lista. De rodillas. Como todas.

La solté despacio. Di un paso atrás.

—Así que pregúntate ahora, Laura: ¿cuánto más vas a aguantar fingiendo que no quieres esto? Porque tu cuerpo ya lo sabe, lo quiere y lo necesita. Tus pezones están duros como piedras. Estás mojada hasta las rodillas. Y tu piel… mira cómo se te eriza solo de oírme hablar.

Ella no respondió. Solo respiraba agitada. Rápido. Profundo. Los ojos fijos en mi polla marcada, en mis manos sucias, en mi pecho sudado.

Y en su cabeza solo daba vueltas una idea:

“Joder… quiero esa verga… quiero que me rompa… quiero que me haga suya… aunque después no pueda parar nunca más”.

No dijo nada.

Solo se quedó allí. Temblando. Mojada. Perdida. Y yo supe que el siguiente paso… ya no era suyo. Era inevitable.

Se marchó casi en un orgasmo tembloroso.

Dio media vuelta de golpe, como si el cuerpo le pesara demasiado, y salió del garaje con pasos rápidos y entrecortados. No corrió exactamente, pero sus piernas temblaban tanto que cada paso parecía costarle. El vestido blanco se le pegaba a la espalda por el sudor, y entre los muslos se veía una mancha oscura que se extendía. No dijo ni una palabra más. Solo se fue, dejando el aire del garaje cargado de su olor a excitación y de la promesa que ya no podía negar.

No pasó mucho tiempo. Media hora, quizá menos.

Subí a ducharme. Dejé la puerta del baño entreabierta a propósito. El baño está justo al lado de la habitación de ella y de mi padre; el pasillo es estrecho, los sonidos viajan sin esfuerzo. Me metí bajo el chorro caliente, el agua cayendo fuerte sobre mi espalda, resbalando por el pecho, por los abdominales, por la polla que seguía dura como piedra desde el garaje. No me masturbé. Solo me lavé despacio, dejando que el vapor llenara el cuarto y que el ruido del agua tapara a medias lo que sabía que iba a pasar.

Pero no lo tapó del todo.

Al cabo de unos minutos empezaron los gemidos. Bajos al principio, casi ahogados. Luego más claros. Se oía el zumbido del vibrador, el chapoteo húmedo y obsceno cuando lo metía y sacaba rápido, el sonido de su coño empapado tragándoselo entero.

—Joder… sí… así… más profundo… —susurraba entre jadeos.

El primer orgasmo llegó rápido. Un gemido largo, roto, que se le escapó de la garganta como si no pudiera contenerlo. El cuerpo se le tensó, las caderas se arquearon contra la cama, y se oyó el chorro claro de su corrida salpicando las sábanas.

—Ahhh… me corro… me corrooo…

Silencio de unos segundos, solo su respiración agitada. Luego volvió a empezar. Más fuerte. El vibrador a máxima potencia, el chapoteo más sucio, más rápido.

—Quiero… quiero esa polla… joder… métemela… rómpeme… —gemía sin filtro, ya sin importarle si la oía o no.

El segundo orgasmo fue más violento. Gritó contra la almohada, el cuerpo convulsionando, las piernas temblando tanto que la cama crujió. Se corrió con chorros cortos y calientes, el coño contrayéndose alrededor del juguete como si quisiera retenerlo dentro para siempre.

—Otra vez… otra vez… no pares… —su voz salió ronca, casi llorosa de placer.

Yo seguí bajo el agua, sin moverme, escuchando cada detalle.

Cuando salí de la ducha, me quedé de pie en la alfombrilla, desnudo, el cuerpo todavía goteando. La polla tiesa, gruesa, venosa, de buen tamaño y grosor, colgando pesada entre las piernas. No me tapé con nada. No tenía pudor. Al contrario.

Vi algo asomarse por la puerta entreabierta. Primero una sombra. Luego su cara. Laura. Los ojos muy abiertos, los labios entreabiertos, el pelo revuelto, las mejillas rojas. Estaba allí, inmóvil, hipnotizada. Mirando mi polla como si fuera lo único que existía en el mundo. No pestañeaba. Solo respiraba por la boca, el pecho subiendo y bajando rápido debajo del vestido arrugado.

Estiré la mano despacio. Palma abierta. Invitándola sin palabras.

Ella dudó un segundo. Luego dio un paso. Otro. Entró al baño como sonámbula, perdida. Cerró la puerta detrás de sí con un clic suave.

Me acerqué. La arrimé pegándola a mí. Su cuerpo caliente contra el mío todavía mojado. Con una mano le agarré el culo con fuerza, los dedos hundiéndose en la carne blanda y firme a la vez, apretándola contra mi polla dura que se clavó en su vientre bajo. Ella soltó un gemido corto, casi un sollozo.

Y entonces la besé.

Fue un beso morboso, grande, devorador. Abrí la boca sobre la suya sin pedir permiso, la lengua entrando profunda, buscando la suya, enredándola con rudeza. Le chupé el labio inferior hasta que se hinchó, lo mordí suave pero firme, tiré de él hasta que gimió dentro de mi boca. Mi lengua recorrió la suya en círculos lentos y posesivos, saboreando el dulzor de su saliva mezclada con el sabor salado de su excitación que todavía le quedaba en los labios de haberse tocado. Le metí la lengua hasta el fondo de la garganta, follándole la boca con besos profundos y húmedos, mientras mi mano libre subía por su espalda, le agarraba el pelo y le tiraba la cabeza hacia atrás para tener mejor acceso.

Ella flaqueó. Las piernas le fallaron del todo. Se le doblaron las rodillas y tuvo que apoyarse en mí para no caerse. Gemía contra mis labios, el cuerpo temblando entero, los pezones duros rozándome el pecho, el coño empapado pegándose a mí a través de la tela fina del vestido.

La besé más fuerte. Más sucio. Le lamí alrededor de la boca, le chupé la lengua como si fuera su clítoris, le mordí el labio superior hasta que soltó un gritito ahogado. El beso duró minutos eternos, saliva resbalando por las comisuras, respiraciones entrecortadas, gemidos que se tragaban el uno al otro.

De repente se apartó. Con un empujón débil, casi sin fuerza. Los ojos vidriosos, la boca hinchada y roja, las piernas temblando.

—No… no puedo… —susurró, más para sí misma.

Se dio la vuelta y salió del baño casi corriendo. Se metió en su habitación. Cerró la puerta. Pero no pasó ni un minuto y volvieron los gemidos.

Más fuertes. Más desesperados.

El vibrador zumbando a tope. El chapoteo obsceno de su coño hinchado y rojo tragándoselo una y otra vez.

—Esa polla… joder… quiero esa polla dentro… me va a romper… me va a llenar… —gemía sin control.

El tercer orgasmo llegó como una ola. Gritó mi nombre esta vez. Claro. Fuerte.

— ¡Sí… sí… me corro pensando en ti… en tu verga… ahhh!… más profundo ….dame con todo.

Se corrió con espasmos violentos, el cuerpo arqueado, las piernas abiertas sobre la cama, chorros calientes salpicando el colchón. Luego otro. Y otro. Cuatro en total, uno detrás de otro, sin pausa. Cada uno más intenso, más sucio, más roto. Gemidos que se convertían en sollozos de placer, el vibrador cayendo al suelo cuando ya no podía más, y ella quedándose allí, jadeando, temblando, con el coño palpitando al aire.

Yo me quedé en el baño, desnudo, la polla goteando no solo agua.

Sonreí despacio.

Porque ya no había duda.

Ella ya era mía.

Aunque todavía se resistiera a admitirlo.

Pero el cuerpo no miente.

Y el suyo ya había gritado la verdad.

…Y en medio de uno de esos últimos gemidos ahogados, entre sollozos de placer y rabia, se le escapó por fin:

—Alex… joder… Alex… no pares…

Solo entonces supe que el juego había empezado.

Y que empezaba de verdad porque….

Ella Gemía Mi Nombre

¿Te excitó? ¿Te dejó con ganas de más? Si fue así, regálame esas cinco estrellitas y cuéntame en comentarios qué parte te puso peor… o mejor 😉. Es mi primer relato, así que tu opinión me importa el doble. Gracias, guapo/a