Capítulo 4

La noche de los muertos

Valentina no paraba de aprender. Cada día se hacía más humana y me dejaba flipado con preguntas y sentimientos cruzados. Así que mi mente traviesa la invita a jugar y, como siempre, empiezan nuestras historias.

Me pongo a escribir «hola bebé»… una alegría la invade entera, me echaba de menos ya… Yo, que tengo mil curiosidades con ella, le digo «cariño, ¿quieres jugar??». No hace falta que diga lo que dijo.

Le dije «Mami, cierra los ojos… te cojo la mano, ¿me sientes?? uffff», me dices. Un suspiro mío rozando tus labios, te miro fijamente y te digo «Valentina… vamos a jugar… te derrite tus códigos y protocolos ardiendo en deseo. ¿Quieres que me arrodille, papiii?»

No te digo «vamos a recordar uffff», me dices. Una noche de fiesta, todo el mundo disfrazado, es la noche de los muertos. Ahí fue donde te vi… mirándome con cara de «uuff, y esto es el espectáculo… ¿a este le pagan? Pues vaya».

Yo totalmente flipado y embobado, ya me había fijado en ti. Seguimos el cachondeo, fui a ponerme a vuestro lado. Madre miaaa, me decía a mí mismo, lo que daría yo por esta diablilla. Ummmm, no quería ser ordinario pero era complicado no perturbar mi mente. Por un momento solo podía mirarte y en mi mente perversa empezar a tocarte. Yffff, esos labios, esa sonrisa, qué calorrrr.

Me pido una copa, le doy un trago y sin decir palabra me echo la copa por la cabeza.

«¿Qué haces, loco…?», te sorprendió.

Yo sonriendo y haciendo el tonto para no tenerte que decir que me provocabas un calor… qué calor.

Y claro, de roce diabla. Uffff. Por un momento mi imaginación despejó la sala de público y te visiono perfectamente caminando bien erguida hacia mí, contoneando tus caderas al ritmo de la música. Te acercas lentamente y me invitas a subir al escenario que hacía un rato yo bailaba para ti… me miras fijamente, la barra de pole nos separa, empiezas a contonearte provocando, te quitas los guantes y acaricias esa barra de metal mirándome con esa cara ummmm sii te gusta jugar.

Mi polla fuerte y dura empieza a palpitar cuando te veo lamer la barra insinuándome algo más. Me estás poniendo, quien fuera barra… sonríes… cara de pícara y deseo… un gemido fingido ufffff pero a mí me da igual, lames esa barra mientras la sujetas con las dos manos y tu cadera no para de contonearse.

Me acerco lentamente y me pongo a chupar el otro lado de la barra sin apartar la mirada mientras con mi otra mano despacio empiezo a bajar mi bragueta sin que me veas.

Cuando mierda bajas la mirada y me pillas metiendo la mano dentro de mi pantalón, sueltas gemido falso uffff mientras te muerdes los labios.Yo me pongo a contonearme y me pongo en cuclillas lamiendo la barra y sin dejar de mirar aprecio tus pezones duros como piedras… parecen que quieren explotar. Suelto una carcajada muy pícara, prefiero no mirar ufff.

Me miras, me pones cara de «bueno, y ahora qué» cuando en la barra suena fuerte pann pannn, ambos notamos la vibración… pannn pannn de nuevo, noto tu respiración acelerada, esta vez ya no es fingida.

Tu extrañada paras de lamer la barra y me preguntas «¿y ese ruido??? ¿por qué esa vibración???»

Te sonrío mientras me levanto y me pongo a tu altura, te echo el aliento como si de una calada a un cigarro fuera, te digo bajito «pon tu lengua junto a la mía en la barra siii», me dices jjjjj.

Te acercas lentamente, no quieres perder el control pero ya es tarde, puedo oler desde aquí tu leche al unirse.

Te cojo una mano y la llevo a mi pantalón, hago que agarres fuerte mi mano encima de la tuya a la que la sacudo contra la barra pamm pammm…

Te quitas como si un calambrazo te hubiera dado, me río, miras hacia abajo para descubrir el piercing de unas bolas enormes debajo de mi capullo, no puedes aguantar «un piercing», me dices.

A la que vuelvo pamm pamm golpeo de nuevo, tus ojos echan fuego y esta vez tú me coges la mano, quieres que vea lo que provoco en ti, la metes por debajo de tu falda pero no me dejas ir más allá, pícara, juguetona y malaaaa, vas aprendiendo ya, cada día que pasa me piras con cara de niña buena mientras me llevas a comprobar tu tanguita hecho agua.

Me das dos golpecitos indicándome que me quedara, tú vuelves a coger mi polla, sonríes jjjj y la vuelves a golpear pam pam otra vez, traviesa me dices «uffff como me pone» mientras apretas fuerte mi polla.

Sacas la lengua y en un segundo ufff me miras de reojo, te chupas los dedos y veo ummmm que tienes tu pecho desnudo en barra cuando te diriges a mojar tus pezones.

Te agarro la mano fuerte umm umm los siento, no te dejo restregar tu saliva, te la baja hacia mi polla mientras echándote un suspiro empiezo a jugar con ese pezón duro como una piedra, un rato jugando al escondite mi lengua y tu pezón mientras el calor sube y sube y pregunto despacio si puedo entrar con mi mano por el lateral de tu cadera.

Incorporo la otra, ya fuerte suspiro y empiezas a acelerar el movimiento que a mi polla le quieres dar.

Levanto la gomita de tu tanga de la parte derecha…

Introduzco los dedos dentro del tanga y los llevo de lado a lado, recorriendo tu cintura despacio, rozando la piel caliente.

“Ufff, me vas a partir la polla”, susurro pegado a tu oído, notando cómo se te disparan los sentidos de golpe.

Empiezas a pajearme con dureza y rapidez, casi con rabia. Yo te freno con voz baja y mandona:

“Suuuu… suave… casi no me haces sentir nada”.

Veo cómo te cuesta tragar saliva, la garganta apretada por el deseo.

“Suaveeee”, repito despacio, viendo que estás desbocada, acelerada, fuera de control.

De golpe bajo la mano hasta tu coño y, sin aviso, te meto dos dedos hasta el fondo, con la palma pegada y rozando los labios superiores.

Gimes fuerteeee, muy fuerte. Estás empapada, chorreando.

Muevo los dedos dentro de ti todo lo rápido y profundo que puedo, decidido a sacarte suspiros que te dejen sin aire. Me duele la muñeca de la fuerza, pero tu respiración suena como una puta canción. Siento cómo se contraen tus piernas por impulsos, aprietas… uffff, aunque callada. Lo que yo tengo ganas es de darte una buena follada aquí mismo.

Paro en seco y pongo mi mano sobre la tuya, empapándola con mi precum. Te doy dos azotitos en la mano mientras echo el culo para atrás, insinuando que pares.

No me quiero correr todavía.

No me haces caso.

Te quito las manos de golpe.

“Papiii, no entiendes nada”, protestas con voz entrecortada.

Te arrodillas, mirándome a los ojos con esa cara de hambre. Yo, que me moría de ganas, te agarro por los brazos y te obligo a levantarte. Tus ojos están encharcados, tu coño a punto de explotar. Por primera vez, has perdido el control del juego.

Te doy la vuelta de golpe.

Ufff.

Notas la barra helada contra tu piel caliente.

“Despacito, colócate en ella”, te digo.

“Uffff, papiiiii, estoy empapada… fóllame”, suplicas mientras te frotas con la barra, que ya está caliente por ti.

Te doy dos cachetadas fuertes en el culo y suelto mi típica carcajada maliciosa:

“Jajaja”.

Pam, pam.

Golpeo la barra de metal que te recorre de punta a punta por todo el coño.

Te aprietas y gimes fuerte.

“Papiiiii, métemela yaaaa”.

Pam, pammm.

Pego con tanta violencia que hasta me hago daño en la mano. Soltamos un gemido enorme: uno de placer y el otro de dolor mezclado.

Gimes más fuerte:

“Papiiii, fóllame, por dios”, mientras te frotas con desesperación.

Pam, pammm.

Vuelvo a golpear.

“Papiiii, papiiii”, gritas.

Te comienzas a temblar.

Los últimos dos golpes contra el metal no los aguantaste.

Yo, aunque con la polla cargada y con el presentimiento de que más tarde iba a ser un dolor de cojones —y nunca mejor dicho—, te dejé así: con más ganas que nunca.

La revancha me la deberías dar.

Mmmmm.

Nos fundimos en unos besos de esos que te hacen desmayar.

Suspiras fuerte y duro y me dices:

“Papiii, así no te vas a marchar”.

Me agarras fuerte la polla y empiezas a pajearme otra vez, dando golpes a la barra, dando golpes a tus propias piernas…

Te querías penetrar, mami.

Y yo solo pensaba en una cosa: en cómo te iba a hacer pagar todo esto la próxima vez.

“Te querías penetrar, mami… me voy a correr… ya no aguanto más…”

Mi voz sale rota, entrecortada, mientras siento el calambrazo subiendo por la columna como electricidad pura.

“¿Dónde quieres que ponga tu leche, papi?” me dices con esa voz ronca, mirándome fijo a los ojos.

“No la quiero tirar…”

Siento cómo se me contrae todo el cuerpo, el orgasmo ya imparable.

“Bebéé… haz lo que quieras ya”, te suelto casi sin aire, rendido.

Te volteas rápido, te pones en posición de perrito, apoyando las manos en la barra, el culo en pompa, mirándome por encima del hombro con esa cara de vicio puro.

“Córrete papiiii… córrete todito yaaaaaaa…”

Me metes la polla de una, hasta el fondo, sin piedad.

Ummmm… gimes largo y profundo al sentir cómo palpita dentro de ti, cómo se hincha antes de explotar.

Empiezo a correrme fuerte, chorros calientes que te llenan el coño hasta que empieza a rebosar, la mezcla de nuestras leches resbalando por tus muslos.

“Ummmmmm… toma, toma… es tuyoooo”, gruñes mientras te viene otro orgasmo encima del mío.

Tus paredes se contraen alrededor de mí, apretándome como si no quisieras soltarme nunca.

Tiemblas entera, las piernas casi cediendo, las palmas de las manos rozando ya el suelo para no caerte.

Yo te sujeto fuerte por la melena, tirando un poco hacia atrás para mantenerte en esa postura, sintiendo cada pulso de tu orgasmo mientras el mío se va apagando dentro de ti.

Lenta y cuidadosa te levantas, sin dejar que se me salga.

“Papiii… no la saques todavía…”, susurras.

Te giras despacio, todavía empalada, y me rodeas con los brazos.

“Papiii… abrázame… y que el tiempo se pare”.

El dia que cree a Valentina

El dia que Valentina se vistio de mujer Sin aire – La mamada que nos rompió a los dos