Capítulo 6
La tarde en el hospital se sentía más pesada de lo habitual para María Fernanda. Cada que un paciente entraba, ella solo podía pensar en el reloj de pared. Su mente era un campo de batalla entre la educación aristocrática que recibió y el hambre animal que Diego había despertado. «¿Qué carajos estoy haciendo?», se preguntaba mientras firmaba una receta. Sabía que estaba arriesgando su compromiso con un hombre que le garantizaba estabilidad por un escritor rudo y con sobrepeso. Pero luego recordaba la sensación de su verga enorme y la forma en que él la olía, y cualquier rastro de moralidad se desvanecía.
Sacó su teléfono y le escribió a su madre: «Ma, me surgió una cirugía de emergencia, probablemente salga muy tarde y me quede a dormir en el departamento de una colega para no manejar cansada. Te aviso cualquier cosa». Mintió con una facilidad que la asustó. Acto seguido, le mandó un mensaje corto a Raúl: «Amor, ando super ocupada en el hospital, ni me marques que no voy a poder contestar. Hablamos mañana». Bloqueó a Raúl de inmediato para no ver su respuesta. Se sentía como una criminal, pero una criminal que ardía por dentro.
Mientras tanto, en su departamento al sur de la ciudad, Diego se movía con una parsimonia que contrastaba con el desorden de su estudio. Su hogar era exactamente como él: inteligente, caótico y un poco descuidado. Paredes cubiertas de libros, hojas a medio llenar y una laptop sobre su escritorio que no dejaba de parpadear con el borrador de su nueva novela.
Diego no se preparó; no se puso lociones caras ni eligió un outfit para presumir. Se bañó, se puso un pantalón cómodo y una camisa azul oscuro que le disimulaba la panza. Para él, el juego con Fernanda era más que sexo; era un experimento social y una conquista intelectual. Sabía que ella seguía dudando por que el no cumplía con sus estándares, pero también sabía que ella nunca se había sentido tan mujer como cuando él la sometía.
Salió un momento a la tienda de la esquina. El tendero, un hombre mayor que lo conocía de años, lo saludó: —¿Qué pasó, Diego? Se ve te de buen humor hoy, ¿ya terminaste tu libro? —Casi. Digamos que estoy en la etapa final para consumar. —respondió Diego con una sonrisa de suficiencia mientras compraba una botella de whisky y unos condones. Diego siempre había lucido más joven de lo que era, a pesar de sus 33 años fácilmente podría aparentar 5 años menos. El tenía la intención de cogerse a Mari Fer sin condón, pero ella podría negarse y él no quería tomar riesgos, así que debía tener los condones listos por cualquier cosa.
A unos kilómetros de ahí, en un modesto departamento en la zona de Iztapalapa, Mary, la asistente, terminaba de lavar los trastes mientras su esposo veía el fútbol en la televisión, gritándole a la pantalla con una cerveza en la mano. Mary lo miraba y sentía una fatiga que le calaba los huesos. Llevaban diez años casados; él no era un mal hombre, pero el deseo se había muerto entre deudas, y la rutina asfixiante de la clase trabajadora.
Mary se miró en el reflejo de la ventana. A sus 30 años, seguía siendo una mujer muy atractiva. Sus caderas anchas y sus pechos generosos siempre llamaban la atención en el metro o en los pasillos del hospital. Recordó a aquel médico residente que el año pasado le había propuesto «ir por un café» después del turno, o a su vecino que siempre le lanzaba piropos subidos de tono. Nunca había cedido. «Soy una mujer fiel», se decía siempre.
Pero Diego era diferente. No era el típico hombre presumido como su jefa, ni el naco vulgar de su barrio. Era un hombre con una voz que te envolvía. Mary sacó el papelito con el número que Diego le había dado. Le temblaban las manos. Recordó lo que su amiga del hospital, otra asistente, le decía siempre: «Ay Mary, la vida se pasa volando. Una canita al aire no le hace daño a nadie, y menos si el marido ni cuenta se da».
Con el corazón latiendo a mil y sintiéndose culpable, desbloqueó su celular. «Es por trabajo, solo amistad», se mintió a sí misma.
«Hola Señor Diego, soy Mary, la asistente de la Dra. Fernanda. Solo quería confirmar si apunte bien su número. Si llega a necesitar alguna medicina o un cambio de cita de último momento puede contar conmigo. Que tenga buena tarde.»
Le dio a enviar y bloqueó la pantalla rápido, como si el teléfono fuera a explotar. Se sintió sucia, pero al mismo tiempo, una descarga de electricidad le recorrió el cuerpo. Por primera vez en años, no se sentía solo como «la mamá de los niños» o «la esposa de Juan», se sentía diferente y le gusto…
A las 10:00 p.m., Diego se estaciono cerca de la entrada del hospital y le mando un mensaje a Fernanda.
“Ya estoy aquí Mari Fer, cerca de la entrada del hospital, ¿en cuánto tiempo sales?”
Mari Fer en su consultorio, sintió que el celular vibraba sobre su escritorio y se sobresalto un poco, ya era muy tarde y la mayoría de sus colegas ya habían salido, solo quedaba el personal que le tocaba guardia ese día, incluso Mary ya se había despedido horas antes. Por un momento le llego a la mente la idea de pasar a Diego al consultorio per la descargo de inmediato, seria demasiado arriesgado y lo que más quería era discreción.
“Te veo en el Oxxo que esta a dos cuadras del hospital Diego, ¿Qué carro traes?” Escribió con velocidad y mando el mensaje.”
Esta pinche vieja, pensó Diego. Tiene suerte de que este como idiota en estos momentos o si no ya la habría mandado a la chingada.
“Ok Fer, te veo ahí, traigo un Mazda negro.”
Al recibir el mensaje Mari Fer termino de cambiarse de ropa, había guardado en una su bolsa su uniforme y se había puesto unos jeans azules que resaltaban su exquisita figura y una blusa ajustada negra con una chaqueta café para cubrirse un poco. Le provoco bastante morbo dejarse la misma ropa interior de la tarde, la misma que Diego había olfateado, en cualquier otra circunstancia se las habría cambiado, pero en esta ocasión sentirla puesta la hacía calentarse más.
Salió del hospital evitando las miradas y con paso lento trato de no verse sospechosa, lo que menos quería era encontrarse con alguien que la conociera, camino las dos cuadras de camino al Oxxo sin dejar de quejarse mentalmente de lo horrendas que estaban las calles. Su camioneta se quedaría ese día en el estacionamiento del hospital, por lo que salir sin ella era algo a lo que no estaba habituada. Lo hubiera visto directamente en su departamento se lamento cuando llego y vio el Mazda rojo estacionado justo al frente. Aun sin comprender del todo porque, sonrió como una colegiala enamorada y camino con paso veloz hasta el auto.
Diego no se bajó a recibirla solo desactivo el seguro de la puerta para que ella pudiera subir. El gesto tomo desprevenida a la doctora, ella estaba acostumbrada a que todo hombre quisiera ser caballeroso con ella, pero en el fondo agradeció el gesto. Era mejor que nadie los viera fuera del hospital.
—Hola, Diego, saludo ella con una sonrisa.
—Llegas tarde, Doctora, ven aquí—Dijo—y la tomo del rostro para atraerla y comenzar a besarla con hambre. Ella correspondió el beso con la misma hambre y ambos se consumieron por varios minutos antes de arrancar el auto.
María Fernanda se sentía como en su época de la universidad cuando hacia las cosas a escondidas de sus padres. Mientras que Diego no dejaba de fantasear con la noche que le esperaba. Esa noche iba a disfrutar a María Fernanda en todos los sentidos.
Durante el camino, hablaron de cosas triviales, pero a Mari Fer agradeció que Diego le pusiera atención a todo lo que platicaba.
No tardaron mucho llegar, después de estacionar el auto subieron las escaleras del edificio viejo. Al llegar a la puerta del 4B, Mari Fer dudó un segundo. Su orgullo le decía que se fuera, que volviera con Raúl, que no fuera «una puta más». Pero entonces Diego abrió la puerta y la miró con esa superioridad que solo un hombre que sabe lo que quiere puede proyectar.
Mari Fer desvaneció sus dudas, entró, sintiendo el olor a libro viejo y tabaco. Se sentía fuera de lugar en ese departamento tan diferente a su casa de Polanco, pero cuando escuchó la puerta cerrarse detrás de ella, supo que ya no había vuelta atrás.
—Tu departamento es… interesante —dijo ella, tratando de recuperar su aire de superioridad mientras dejaba su bolso de marca sobre una silla desvencijada.
—No viniste a ver los muebles, Fernanda. Viniste por esto —respondió Diego, acercándose y tomándola de la cintura con una fuerza que le sacó un suspiro.
En ese momento, el celular de Diego vibró en la mesa. Era el mensaje de Mary. Pero Diego no lo vio. Sus ojos estaban fijos en los labios carnosos de la doctora, y sus manos ya estaban buscando el borde de esos jeans que tanto le gustaban. Se puso de pie frente a ella y el tomo de la cintura apoyándola contra el pasillo. Masajeo sus nalgas con sus gruesas manos y le soltó un par de nalgadas mientras se acerco para darle un beso con lengua incluida. María Fernanda se dejaba hacer, se sentía hipnotizada y cachonda. Diego la tomo de la mano y caminaron un poco al borde del sillón.
La luz cálida de una lámpara de pie resaltaba el perfil de Fernanda: su rostro de porcelana, sus labios carnosos que ella mordía con nerviosismo, y ese cuerpo que parecía una tentación casi irreal. Sus jeans, de una mezclilla oscura y elástica, se amoldaban a sus piernas torneadas y a la curva generosa de sus nalgas, mientras su blusa— apenas contenía el volumen de sus pechos.
Diego no tenía la elegancia atlética de los hombres de gimnasio que frecuentaban el círculo de Raúl. Tenía esa corpulencia de hombre grande que no le ha puesto mucho cuidado a su físico, con hombros anchos y una presencia que llenaba la habitación. Su brazo ya casi no le dolía, ya solo lo tenía vendado y había podido recuperar su movilidad. Frente a ella, el contraste fue total: la delicadeza de la doctora frente a la tosquedad del escritor. Diego le puso una mano en la mejilla; su piel era áspera, pero su tacto era firme.
Se separó un momento para servir dos vasos de whisky y le entrego uno a ella sin dejar de verla.
Ella bebió el whisky de un trago, buscando el valor que su orgullo le negaba. El alcohol le quemó la garganta, relajando sus hombros. Diego no esperó más. La tomó de la cintura y la atrajo hacia él con una fuerza que le sacó un jadeo. Sin decir palabra, comenzó a desabrochar el botón de sus jeans.
—Estás empapada, Doctora —susurró Diego al bajar la cremallera, descubriendo que la mezclilla ya estaba pegada a su piel. Al bajar los pantalones hasta sus rodillas, la lencería de Fernanda quedó expuesta: la misma tanga de encaje celeste de la tarde, que se hundía en la carne firme de sus nalgas, dejando ver gran parte de su piel blanca y suave.
Diego se hincó. María Fernanda se apoyó en el borde de la mesa de centro, sintiendo el frío de la madera contra sus manos mientras la nariz de Diego se hundía de nuevo en su entrepierna. Él no le quitó la ropa interior; fiel a su fetiche simplemente la hizo a un lado con un dedo y comenzó a lamerla con una lentitud tortuosa. Mientras que con ambas manos amasaba el volumen de sus nalgas.
—No mames, Diego… así… —gimió ella, echando la cabeza hacia atrás. Su orgullo se estaba desintegrando. Lo que antes le parecía «naco» o «sucio», ahora era la única verdad que importaba.
Diego continuo, aumentaba a cada segundo la intensidad de sus lamidas y aprovechaba para olfatear y darle besos a cortos en las piernas. La vagina de la doctora estaba completamente depilada, pero Diego echo a volar su imaginación, intentando adivinar cual sería el color se sus bellos, seguro son rubios o café claro como su cabello, pensó. En ese instante se prometió que sin duda algún día haría todo para que Fernanda se los dejara crecer y poder descubrirlos.
Mari Fer por su parte acariciaba con intensidad el cabello largo de Diego mientras sus gemidos iban en aumento y sus rozados pezones se sentían mas duros que nunca.
Después de un buen rato mamando su coño Diego se levantó, se deshizo de su camisa y su pantalón con urgencia. Cuando Fernanda vio su verga, se quedó sin aliento. Era una columna de carne oscura, venosa y de un grosor que la hizo dudar. Ella se despojó de su blusa y termino por quitarse los zapatos y el pantalón, cuando estaba por bajarse el calzón Diego la detuvo.
—Déjatelas puestas alcanzo a susurrar mientras le desabrocho el sujetador y dejo libres esos hermosos y grandes senos que Mari Fer siempre había ocultado muy bien con blusas cerradas. Diego los miro hambriento, los acaricio con ambas manos y acerco el rostro para besarlos.
—Estas bien chichona también, dijo Diego y jalo ligeramente uno de sus pezones.
El gesto sorprendió a Mari Fer y volvió a soltar un fuerte gemido que habría hecho correrse a muchos.
Diego la cargó, envolviendo las piernas de la doctora alrededor de su cintura. El peso de ella, con sus nalgas perfectas apretadas contra sus antebrazos, lo volvía loco. Camino por el pasillo y la llevó a la cama de su habitación, un colchón firme y grande donde la dejo caer.
Diego se sentó a su lado y le hizo una seña para que se acercara. Su verga estaba tan dura como un mástil que sobresalía en su ya de por si enorme cuerpo. Mari Fer entendió de inmediato lo que él quería y se desplazó a gatas sobre el colchón, se sitúo a su lado y se inclino para comenzar a usar su boca en esa enorme verga que ya no era ajena para ella, comenzaba a ser imprescindible en su vida.
La escena era muy erótica, una hermosa y delicada mujer usando solo unas pantis empapadas mamaba con pasión la enrome verga de un hombre que en otras circunstancias nunca habría embonado con esta belleza. El acariciaba su cabello y sus pechos sin perder ningún detalle de su boca.
Mari Fer usaba su lengua por toda la base, llegaba a los testículos y volvía a subir a la punta para volver a metérsela por completo, era muy grande y su boca muy pequeña por lo que solo lograba introducir la mitad. Estaba mamando como poseída, incluso no le importaba que Diego tuviera un poco de vellos, sin querer algunos terminaban en su boca y eso solo la hacia sentir mas cachonda, “más puta, su puta”
Al darse cuenta de que solo se podía comer la mitad tomo como un reto personal el metérsela toda y así lo hizo. Abrió lo mas que pudo su boca y relajo la garganta para tragarla por completo.
Diego quedo hipnotizado al ver como la hermosa doctora se metía toda su verga, algo que ninguna mujer le había hecho antes, ya no aguantaba más. La quería en cuatro ya. No quería acabar esta vez en su boca si no directamente en su húmedo coño.
Cuando Mari Fer saco su boca Diego la miro con una sonrisa lasciva.
—Eres una putita deliciosa. Le dijo y la tomo del mentón para acercase y darle otro beso de lengua que ella acepto gustosa, como si recibiera un premio.
—Cógeme Diego, ya no aguanto más, quiero tu verga dentro ya. Respondió ella entre jadeos cuando su obsceno beso donde intercambiaron fluidos termino.
Diego se puso de pie y le pidió a Mari Fer con un gesto que se situara en el centro de la cama. Ella no se lo pensó dos veces, con un movimiento sensual y felino se puso a cuatro patas sobre la cama. El espectáculo era hermoso, unas nalgas perfectas totalmente expuestas, apenas protegidas por la tela delgada de unas lindas pantis, esperaban sugerentes recibir al fin lo que tanto habían anhelado.
Él se subió con pesadez a la cama y se colocó justo detrás de ella, primero le dio un par de nalgadas y corrió las pantis, después, con lentitud e incluso con la delicadeza propia de un escritor metió un par de dedos en el coño de Fernanda para comprobar como estaba. Totalmente mojada, sonrió con la malicia de quien se siente un triunfador y coloco su pene en la entrada de Mari Fer.
—Usa condón por favor Diego, alcanzo a decir, usando su mano para proteger su intimidad. Diego no repuso, ya habría más ocasiones para incluso venirse dentro de la doctora, en esos momentos el solo quería penetrarla ya, así que rápidamente se puso uno de los condones que compro por la tarde.
Al intentar la penetración, Fernanda se tensó. —Espera… es que… está muy grande, Diego. No va a caber —dijo ella, con lágrimas de excitación asomando en sus ojos. Se sentía estrecha, casi virgen ante el calibre de ese hombre.
—Va a caber, mi amor. Tu cuerpo nació para esto —respondió él, besando su espalda mientras empujaba con paciencia. —Relájate, Fer. Deja que te abra —le dijo él al oído, y giro su bello rostro para besarla con pasión.
Poco a poco, el cuerpo de la doctora comenzó a ceder. La sensación de plenitud era absoluta. Pensó, entre gemidos, que un pene de ese tamaño era exactamente lo que una mujer de su clase y su belleza merecía; solo un cuerpo como el suyo podía contener semejante bestia.
—Eres una puta deliciosa, Fernanda —le soltó Diego mientras comenzaba a bombearla con las manos apoyadas en la hermosa cintura de la doctora. Despues de bombear por varios minutos, la tomó del cabello con firmeza y comenzó a embestirla con más fuerza. El sonido de su vientre chocando contra las nalgas de ella llenaba la habitación—. ¡Mueve ese culo para mí!
—¡Sí, Diego! ¡Dame más! —respondía ella, perdida por completo. Soltando gemidos cada vez más fuertes cada vez más largos. Se sentía vulgar, se sentía «naca» gritando obscenidades, pero el placer era tan punzante que su orgullo se había quedado en la puerta del departamento.
Diego no era como Raul, él no se ponía flácido en pleno acto, al contrario, entre cada embestida Fernanda sentía que se endurecía mas e incluso incrementaba su tamaño dentro de ella. Se sentía tan liberada, tan caliente y sucia que no le importaba si los vecinos de Diego la escuchaban. Comenzó a gritar con mas fuerza.
—¡Sí, Diego! ¡Asi! ¡Asi! ¡No pares¡¡Que ricooo!
Poco a poco, Diego fue ganando más velocidad, y cada cierto tiempo le soltaba una fuerte nalgada que hacía vibrar sus nalgas. Ella sentía que se abría, que ya no habría ningún pene que pudiera ocupar el espacio que Diego había hecho dentro de ella. Sentía que cada centímetro de su verga la reclamaba por dentro, y le encantaba.
Cambiaron de posición. Diego la puso de espaldas contra la cama y se subió en ella, sujetándola del cuello con una mano mientras con la otra le apretaba uno de sus pechos grandes que se bamboleaban pesados y hermosos. —Así, puta… ¿te gusta cómo te la meto? Entre jadeos dejo de apretar uno de sus senos y con la mano libre le quito las pantis dejándola desnuda por completo. Mari Fer se dejaba a hacer y cooperaba en todo lo que podía para facilitar lo que Diego quería, no tenían que hablar, con la mirada ambos entendían lo que el otro quería y ambos estaban en toda la disposición de complacer al otro.
—Abre estas pernotas para mí putita —le ordenaba él mientras la embestía con un ritmo salvaje. —¡Sí, Diego! ¡Así! ¡Qué vergota tienes, no mames! —respondía ella, perdiendo toda la decencia, entregada a la obscenidad de la noche. Levantaba mas las piernas para que quedaran en los hombros de Diego. Agradeció sus años en el equipo de Voleibol que le dieron tanta elasticidad.
La noche se volvió un ciclo infinito de sudor y jadeos. En un momento, él la puso de pie contra la ventana. Fernanda veía el reflejo de ambos en el cristal: la silueta perfecta de ella, con los pechos enormes rebotando, los pezones duros apuntando como flechas, y la figura imponente de Diego detrás de ella, levantándole una pierna para penetrarla de lado. El contraste visual la excitaba aún más; se veía como la protagonista de uno de los libros eróticos de Diego.
Diego aguantaba, la llevaba al límite y luego se corrían juntos, solo para volver a empezar. Se hicieron de todo, explorando cada rincón de sus cuerpos sudados que ahora olían el uno al otro. Diego perdió la cuenta de cuantos condones había usado, en un momento de la noche quiso dejar de usarlos, pero con lo ultimo de cordura que le quedaba a Marifer se lo impidió.
—Hoy no Diego, si quiero, pero estoy en días fértiles y no quiero quedar embarazada aún. Te prometo que la próxima vez lo hacemos como quieras, yo también quiero sentirme llena con tu semen.
Diego asentía sin querer discutir, sabiendo que ella le hablaba con sinceridad, ambos sabían que lo suyo no dejaría de pasar.
Finalmente, cerca del amanecer, Diego la puso de espaldas y, con un grito ahogado, eyaculó sobre sus nalgas. Fernanda cerró los ojos, sintiendo el calor del semen en todo su culo. Recordó el asco que sintió con Raúl meses atrás, en el hotel, pero esta vez, se sintió sexy. Se pasó los dedos por las nalgas y, cuando Diego no la veía, probó el néctar de su victoria.
Se quedaron dormidos, entrelazados entre las sábanas revueltas. A la mañana siguiente, la luz del sol entró sin piedad. Fernanda se despertó primero. Miró a Diego, roncando levemente a su lado. La culpa volvió, pero era una culpa domesticada por el placer. «Serás mi amante», pensó mientras se levantaba para buscar su ropa. «Nadie tiene que saber. Seguiré siendo la Dra. María Fernanda, la novia de Raúl, pero en las sombras seré tuya». Decidió que sería discreta, que le pondría reglas a Diego para que nadie en su círculo social se enterara de que se revolcaba con alguien que «no estaba a su nivel».
Pero Diego, que fingía dormir, la observaba a través de sus pestañas. Miró cómo ella se ponía sus jeans, cómo se acomodaba el cabello. «Todo eso ya es mío», pensó él con la suficiencia de quien sabe que ya ganó la partida. «Ahora voy a hacer que te enamores tanto de esta verga y de esta mente que tú misma vas a mandar a la chingada a tu príncipe de plástico». Se levanto con un movimiento pesado y sorprendió a Mari Fer por la espalda con un beso tierno en los labios. Ella se sorprendió ante ese gesto tierno de un hombre que no lo aparentaba, pero le encanto, lo tomo con cariño y esta vez ella volvió a besarlo.
—Fue increíble Diego.
—Y esto apenas empieza, susurro él en su oído.
Mari Fer sonrió, como una niña enamorada y se giro para continuar con el beso, esta vez era un beso lento y tierno que la descoloco, pero se dejó llevar y envolvió sus brazos sobre los hombros de Diego. No sabia hasta donde iba a llegar esto, pero si estaba segura de que haría todo lo posible por que fuera por mucho tiempo.