Capítulo 1

Maria Fernanda estaba revisando en su computadora algunos pendientes cuando noto que ya era hora de su siguiente consulta. Era el señor Diego, bueno al menos ella así lo llamaba por respeto ya que a pesar de que Diego era mayor que ella la diferencia de edad era muy poca. Mari Fer, como le decían sus amigas siempre se ponía algo incomoda cuando sabía que tenía consulta con Diego. El hombre no le parecía nada atractivo, además siempre estaba malhumorado y tenía un carácter difícil, y, por si fuera poco, siempre notaba sus miradas sobre su cuerpo, eran unas miradas lascivas que la ponían nerviosa, más de una vez lo descubrió mirándole el culo con disimulo. Ella entendía el gran cuerpo que tenía, por lo que estaba acostumbrada a ese tipo de miradas, pero con Diego siempre sentía algo raro que no sabía cómo describir.

Al trabajar en el IMSS debía tener contacto con todo tipo de personas, que no eran de su nivel social. Eso le molestaba un poco, los llamaba nacos en secreto o simplemente los ignoraba haciéndose la distraída, era presumida ya que siempre fue una niña consentida, aun así, llegaba a ser una persona muy amable cuando alguien se ganaba su confianza.

No mames, esta vieja otra vez dejo su pinche perfume barato en mi gaveta, pensó al ver la botellita de perfume que guardaba su asistente. Bueno al menos ya no me deja sus pinches fritangas la naca.

-Doctora, el señor Diego Rodriguez ya está aquí, llamo la asistente por el intercomunicador.

-Ok, gracias, Mari, dame un minuto, respondió ella por el teléfono.

Puta madre dijo ella para sí, soltó un suspiro y se acomodo el pantalón en un movimiento muy sensual, que solo mujeres con su belleza pueden hacer, se acercó al espejo para observar si la tanga deportiva que traía puesta ese día se marcaba, y lo hacía, en su escultural cuerpo y con la transparencia del pantalón medico era inevitable.

-No puede ser, todo por no lavar ayer tuve que ponerme esta pinche tanga que solo uso en el Gym, de seguro se la va a pasar mirándome el culo toda la consulta. Algo en ese pensamiento le provoco un ligero cosquilleo sin entender por qué.

-Que pase Mary por favor, le dijo a su asistente por el teléfono.

Diego entro con su habitual cara de pocos amigos, el tráfico lo volvía loco y tener que salir aún más, pero era necesario. Hacía poco tuvo un accidente automovilístico que le fracturo el brazo y cada semana tenía que estar yendo a su consulta con Mari Fer.

En principio cuando descubrió la belleza de su doctora, no le molesto tener que visitarla seguido, pero poco a poco esa ilusión que le provocaba Mari Fer fue disminuyendo, bien sabia el que no tendría oportunidad con una mujer así, además mas de una vez noto sus expresiones malhumoradas con él, sabía que no le caía bien a mucha gente, siempre había sido así y no le importaba, pero extrañamente con Marifer le dolió. Sin entender por qué. No la conocía mucho, para él solo era una doctora mamona que estaba buenísima, pero que seguramente era igual de pendeja que la mayoría de la gente, ya me la imagino subiendo fotos de sus nalgas a las redes sociales pensaba, la típica pendeja que le gusta que todos la admiren por que esta tan vacía de la cabeza que necesita el reconocimiento de todos, la típica niña consentida que sus padres le dieron todo y ahora se siente la muy independiente, pero no tiene ni puta idea del jodido país en el que vive, totalmente fuera de la realidad.

-Hola señor Diego, bienvenido, ¿Cómo ha estado? Pregunto Mari Fer, más amable que de costumbre sentada frente a su escritorio.

-Bien, supongo, esperando con ansias que por fin me quiten este pinche yeso, me cuesta manejar usando solo una mano.

– La otra vez le dije que no le recomendaba hacer eso, podría tener un accidente.

-No me gustan los ubers, siempre tardan mucho y últimamente huelen horrible.

Mari Fer movió la cabeza con algo de severidad, pero dentro de ella sonrió, en eso estaba de acuerdo, los uber olían a culo y ella también los evitaba.

-Bueno entonces déjeme revisarlo para ver como va, quizá pronto se lo quitemos.

Diego sin decir nada más solo extendió su brazo para dejarse revisar, Fernanda por su cuenta se levantó de su asiento algo apenada intentando disimuladamente no darle la espalda a Diego para evitar que este se diera cuenta de la tanga que traía puesta.

Que tal si cree que me la puse por él, pensó avergonzada, negando esa idea. Se acerco a su paciente y comenzó a revisarlo, Diego no era su tipo, a ella le gustaban altos y de cuerpos atléticos, de piel blanca como la de ella, rostros delicados como su novio, por lo cual no entendía porque se ponía tan nerviosa con Diego, debe ser porque es medio mamon se obligaba a pensar. ¿Estara casado? No creo, quien chingados lo va a aguantar con ese carácter.

-Se ve bastante bien señor Diego, ha estado haciendo los ejercicios que le recomendé.

– No, no he tenido tiempo.

-La mayoría dice que si, aunque sea mentira, repuso ella con una ligera sonrisa.

-La mayoría son unos pendejos mentirosos, yo no, repuso Diego con firmeza

Sin entender porque Mari Fer sonrió ante el comentario.

-Vaya hasta que te veo sonreír, repuso Diego algo sorprendido.

-Pensé que eras de esas viejas mamonas que odian su trabajo.

-No odio mi trabajo, solo que a veces tengo días difíciles y usted tampoco me lo hace muy fácil, tampoco sonríe mucho. ¿Odia su trabajo?

-Aunque no lo parezca no lo odio, todo lo contrario.

-Ah si, ¿pues en que trabaja? Pregunto curiosa.

-Soy escritor

Fernanda rio. -Enserio, ¿a qué se dedica?

-No es broma, es verdad.

-Oh ya veo, es que pensé que a lo mejor me estaba bromeando, es que no parece el tipo de ser escritor.

-Ah ¿y conoces muchos escritores?, imagino que esperas que los escritores sean como esos pendejos que suben fragmentos de un poema malhecho y se sienten muy chingones por que las viejas mensas les ponen corazones, pendejas que no conocen ni a Neruda.

-No pienso eso, aunque no lo crea y le sorprenda, no soy como esas pendejas, y no me gusta la poesía, repuso Mari Fer igual de firme.

-Interesante, ¿Entonces que lees?, o mejor dicho ¿lees?

-Si, si leo, aunque no me lo crea, la belleza no esta peleada con la inteligencia. Repuso ella orgullosa de sus palabras. – Acabo de terminar “El viento sueña”

Al escuchar el título del libro, Diego se sobresalto y la miro sorprendió. En ese instante María Fernanda noto la mirada intensa que le dedico Diego, pero esta vez directamente a sus ojos, es como si la estuviera viendo por primera vez, como si por

primera vez reconociera en ella a una persona y a Fernanda le encanto, era una mirada intensa de ojos oscuros que la cautivo sin querer reconocerlo en se momento.

-Es un buen libro, ¿qué te pareció?

-Me encanto, se convirtió en uno de mis libros favoritos, respondió ella sin reservas como esperando agradar a Diego con ese comentario.

-Empezare a leer pronto la continuación.

-Si, la continuación también es buena, respondió Diego mirando fijamente el rostro de su doctora, no mames, esta hermosa la cabrona y no me digas que es lista, pensó.

-Veo que también lo ha leído, lo ve, no todas somos unas pendejas, dijo ella sin evitar sonreír. Diego también sonrió y por primera vez Mari Fer lo vio.

Fue una sonrisa sincera, que maravillo a la hermosa doctora y provoco en ella dos sensaciones que no alcanzo a comprender: un tamborileo en su corazón y un cosquillo húmedo en su vagina. Tan solo desvío la mirada disimuladamente notando una de las manos de Diego. Era una mano grande pero delicada, sin duda las manos de un escritor, pensó ¿Cómo me tocaría con esas manos? ¿alcanzaría a agarrarme todas las nalgas? ¿Y cómo será su verga? Pensó avergonzada, pero el cosquilleo aumento, nada que ver con las manos de su novio que parecían las de un niño.

-Bueno, ya está, la evolución va bastante bien señor Diego, solo siga con el tratamiento, quizá la próxima semana ya podamos quitarle algo del yeso.

-Gracias Mari Fer, respondió Diego mas amable que de costumbre mientras ella se levantaba para caminar a su escritorio y escribir la receta, mientras lo hacia noto como Diego la devoraba con los ojos, pero en esta ocasión no le importo y camino mas sensual para él.

No mames, se puso una tanga riquísima la cabrona, pensó Diego. Que ganas de quitársela con los dientes, aunque la deje toda apestosa igual se la huelo. Pinche suertudo el guey que se puede comer todo eso. Imagino por un momento que él podría ser, pero se obligo a pensar en otra cosa.

Después de escribir la receta, se la dio a Diego y le sonrió nerviosa.

-Lo veo la siguiente semana, dijo ella algo sonrojada.

-Ok, por cierto, no tardes mucho en leer la continuación del libro, ya que la tercera parte saldrá a finales de este año.

-¿Y usted como lo sabe? Pregunto Fernanda curiosa.

-Porque yo lo estoy escribiendo y mas me vale sacarlo antes de terminar el año, dijo Diego con una sonrisa.

-Entonces ¿usted? Pregunto María Fernanda incrédula, pero sin ocultar su emoción.

Diego solo asintió antes de salir del consultorio, dejando a la doctora con muchas dudas y una sonrisa de emoción en el rostro, acababa de conocer a su escritor favorito, o mejor dicho ya lo conocía desde antes.

No mames Mari Fer, es tu paciente, pensó al ver salir a Diego. Además, no es tu tipo, aun así, que se sentirá que un hombre como ese te meta bien la verga, ese pensamiento la mojo aún más.

La doctora Maria Fernanda

La doctora Maria Fernanda II