Capítulo 8

Era media tarde. El despacho de Helena era un santuario de poder: maderas nobles, cuero pulido, y ventanales con vistas a la ciudad. Ella estaba enfrascada en una videollamada de negocios, proyectando la imagen de la ejecutiva impecable. Su atuendo era de una elegancia audaz: un traje de falda lápiz de lana fría color carbón, ceñido a sus magníficas caderas, y una blusa de seda marfil abotonada hasta el cuello, un disfraz perfecto de profesionalismo. Solo sus tacones de aguja y la forma en que la falda se tensaba sobre sus voluminosas nalgas insinuaban la verdad.

El hijo entró sin llamar, cerrando la puerta con un clic apenas perceptible. Ella levantó una ceja, pero no interrumpió la llamada, solo deslizó una mano bajo la mesa y le hizo un gesto imperceptible, una orden silenciosa.

Él entendió: el juego del riesgo había comenzado.

Ella se inclinó ligeramente hacia el micrófono, con una expresión seria y concentrada. —Como les decía, la adquisición debe concretarse antes del final del trimestre. Es imperativo…

Mientras la madre hablaba de finanzas y estrategia, el joven se deslizó bajo la mesa. El espacio era oscuro, íntimo, delimitado por el borde de la falda de lana y las piernas firmes de su madre. La falda de negocios caía hasta la mitad de su muslo, pero Lucas tenía acceso total al calor del secreto.

El muchacho se acomodó entre sus rodillas, que estaban ligeramente separadas. Su aliento caliente rozó la tela fina de las medias veladas que ella usaba. La madre no parpadeó, su voz era grave y profesional.

—…la valoración actual es agresiva, pero estamos en posición de exigir esos términos —continuó ella, mientras su mano libre se posaba sobre el borde de la mesa, la única señal de su tensión.

El joven se concentró en la tela. Lentamente, movió su rostro. Él hundió la nariz en el tejido denso de la falda, sintiendo el perfume caro y, bajo él, el inconfundible aroma salado y dulce de la excitación que ya emanaba de ella.

—De acuerdo, cerrando ese punto, ¿podemos pasar a la estructura de capital?

Mientras ella formulaba la pregunta, el joven llevó la lengua al límite inferior de la falda, justo donde la seda de su braga se dibujaba contra el muslo. Él no atacó, solo depositó un beso húmedo y caliente sobre la tela que cubría su entrepierna.

La madre se tambaleó en la silla, su respiración se hizo apenas audible, pero mantuvo la compostura. Se aclaró la garganta, la voz un poco más profunda.

—Un momento, por favor, tengo un pequeño problema de conexión aquí…

Aprovechando la pausa, el joven se hizo más audaz. Se movió, usando la nariz para empujar la falda de lana ligeramente, y lamió el centro de la braga con una avidez precisa. La tela fina ya estaba empapada, y su lengua sintió la humedad caliente que se filtraba.

La madre apretó las manos, sus magníficos pechos tensándose bajo la seda. Ella se enderezó, la profesionalidad de vuelta, pero ahora había un temblor peligroso en su tono.

—Perfecto. Retomando. La estructura de capital requiere una revisión inmediata. Como pueden ver en la diapositiva…

El joven intensificó el ataque. Su boca se pegó al centro húmedo de la ropa interior, succionando y lamiendo la seda empapada. El sonido era minúsculo, amortiguado por la falda y la mesa, pero para ellos dos, era un rugido.

Ella, la ejecutiva intocable, estaba en el vértice de su control. Sentada, con la falda de lana ceñida y la blusa de seda inmaculada, hablaba de millones. Pero debajo de la mesa, el joven continuaba su asalto.

Él no se conformó con lamer la seda empapada de su ropa interior. Con una mano, el hijo sujetó el borde de la braga por la ingle. Con una suave, pero firme, presión de su lengua y un tirón deliberado de la tela, el muchacho logró deslizar la fina seda a un lado, exponiendo por completo la boca hinchada y húmeda de su madre.

La madre, sintiendo el aire fresco contra su vulva sudorosa y la proximidad inmediata de su lengua, sintió un golpe eléctrico. Su voz se hizo un susurro áspero, intentando mantener el tono profesional:

—…la propuesta debe ser consumada antes de la hora límite. Sin desviaciones.

El joven la ignoró. Su lengua, caliente y ruda, se abalanzó sobre el clítoris turgente de la mujer. No fue un beso; fue una succión profunda y violenta, como si quisiera extraer el alma de su lujuria. La madre se encogió en su silla, incapaz de moverse, la mesa era su único punto de apoyo.

—¡Oh, Dios, sí! —siseó ella, un sonido ahogado que disfrazó con un tosido de garganta raspada—. Como ven en la diapositiva… nuestro punto de inflexión… es crítico.

Él, el depravado, saboreaba cada gemido camuflado. Su lengua se movía sin piedad, penetrando brevemente entre sus labios vaginales, para luego volver a la pequeña joya palpitante. El olor a sexo, a sudor caliente y a perfume caro, era un torbellino para su joven cabeza, ahora cubierta de fluidos y deseo.

—Quiero oírte gritar, puta —gruñó él en la oscuridad, su voz grave resonando apenas perceptiblemente bajo el escritorio.

La madre sentía el clímax como una marea incontrolable. Su espalda se arqueó, sus grandes pechos se tensaron contra la seda de la blusa. Las piernas de la ejecutiva temblaban violentamente, batiendo la parte interior de la falda contra las orejas del muchacho.

—Envíenme sus… detalles… y los revisaremos con… —La voz de la mujer se quebró, incapaz de completar la frase.

Él supo que había ganado. Con un último lametón profundo y posesivo, el joven sintió cómo el cuerpo de su madre se convulsionaba. Ella soltó un chillido agudo que logró ahogar en el puño de su mano, haciéndolo pasar por una tos espasmódica, mientras un torrente de líquido caliente empapaba su rostro y su pelo.

Ella, la ejecutiva, había roto. Cayó hacia adelante, golpeando el escritorio con el pecho, su respiración hecha jadeos salvajes.

El joven emergió de la oscuridad, con la cara brillante por la humedad. Ella ni siquiera lo miró. Estaba ocupada terminando la llamada.

—…disculpen, un problema técnico… Revisaremos todo por la mañana. Concluyo la reunión.

El «clic» seco del teléfono al ser cortado resonó como un disparo. La madre se desplomó contra el escritorio, su respiración eran estertores de placer y pánico. El joven emergió de la penumbra bajo la mesa, su rostro pegajoso y brillante, su erección palpitando, un monumento a la victoria.

—¡Levántate y quítame esto, ahora! —jadeó ella, la voz rota por el orgasmo recién concluido, sus ojos oscuros llenos de una lujuria que ya no se disfrazaba de ira. La falda lápiz estaba deshecha, la seda empapada.

El hijo no esperó órdenes adicionales. Con una rapidez brutal, la tomó por la cintura, sin preocuparse por la silla ejecutiva que crujió y cayó al suelo. La alzó con una fuerza decidida. Ella era una mujer de curvas maduras y peso suntuoso, pero para él, la adrenalina y el deseo la hacían liviana.

—El suelo no es digno de ti, madre —gruñó él, su voz ronca y triunfal.

La subió a la amplia superficie del escritorio de granito. Ella no opuso resistencia; era su súplica. Él la colocó de espaldas, empujando los objetos de oficina—carpetas, una lámpara de diseño, el monitor—hacia los lados, despejando un altar frío y pulido para su ofrenda.

Ella se recostó sobre la superficie fría, su cuerpo voluptuoso contrastando con la austeridad del mueble. El joven se paró entre sus piernas. Las medias veladas, ya rasgadas por la fricción bajo la mesa, cedieron fácilmente. Él las arrancó junto con la braga empapada que había deslizado hasta su tobillo, liberando el aroma potente y espeso de su sexo.

—Aquí. Quiero ver mi trofeo bajo la luz —dijo él, abriendo sus muslos con las manos.

La madre obedeció, separando las piernas con generosidad. Sus nalgas redondas y grandes estaban ligeramente levantadas por la curva de su espalda baja sobre el granito, lo que exponía su vagina hinchada y roja a la luz fría del despacho.

Él no se arrodilló. De pie, controlando su cuerpo por completo, se inclinó. Sus ojos no se despegaron del centro húmedo de su madre. La postura elevada de ella le daba el acceso perfecto, sin necesidad de agacharse, haciendo el acto más dominante y explícito.

—Voy a hacer que te arrepientas de cada minuto que me hiciste esperar —siseó el joven.

Su lengua regresó al clítoris turgente de la mujer, esta vez sin mediación de tela o crema, directamente sobre la carne. Fue un asalto despiadado: no lamía, sino que golpeaba el pequeño nódulo con la punta de su lengua, creando un ritmo rápido y violento. Luego, pasaba a succionar los labios internos con fuerza, saboreando el gusto salado y dulce que se había vuelto su adicción.

La madre, totalmente expuesta y dominada en su propio trono, no tuvo más remedio que rendirse al placer total. Sus dedos se hundieron en el cuero del sillón de su escritorio que estaba junto a ella. Sus gemidos eran ahora altos y desesperados, resonando contra los muros de la oficina.

El joven no dio tregua. Cuando sintió la inminencia del segundo clímax de su madre, retiró su cabeza de su sexo palpitante y empapado con un último y resonante chasquido. Se levantó rápidamente, su rostro y boca cubiertos con el testimonio de su devoción.

La madre, aún sobre el granito frío, luchaba por recuperar el aliento, su cuerpo convulsionando con temblores residuales. Antes de que ella pudiera formular palabra, el joven se abalanzó sobre ella.

Su boca sucia y caliente, recién retirada de la carne de su madre, se estampó sobre la de ella en un beso bestial y total. Fue un acto de sellar la posesión. La madre recibió el asalto con idéntica hambre, saboreando el gusto de su propia infamia y dulzura en la boca de su hijo.

—Hueles a mí, madre —gruñó él entre el beso, su lengua invadiendo cada rincón de su boca, raspando el paladar y succionando su aliento.

—Y tú, a mi perdición —jadeó ella, mordiendo su labio inferior con una intensidad salvaje.

Mientras la besaba con esa ferocidad brutal, el joven usó sus manos para completar el despojo. La blusa de seda marfil y el sostén de encaje (apenas un formalismo) eran los últimos vestigios de su vida ejecutiva. Él no los desabrochó; simplemente rasgó los botones de la seda con una rapidez violenta y tiró de la tela y el encaje hacia arriba.

La blusa se deshizo, liberando los grandes, pesados y turgentes pechos de la madre. Sus pezones, duros y oscuros por la excitación, se proyectaron hacia el techo, un monumento a su deseo.

El joven rompió el beso solo para deslizar su rostro por su cuello y hundirse en la recién expuesta carne. Mordió un hombro, dejando una marca roja y húmeda. Luego, tomó uno de los senos en su boca con una avidez desesperada, lamiendo la seda rasgada que aún se aferraba a su piel antes de succionar el pezón con una fuerza posesiva y hambrienta.

Ella gritó, un sonido que mezclaba el dolor y el placer de la dominación absoluta. Sus manos se aferraron al cabello de su hijo, presionando su rostro contra su seno.

—¡Bébeme! ¡Vacíame! ¡Quiero que me sientas en cada maldito rincón de tu cuerpo, hijo! —suplicó la madre, entregada por completo sobre el frío y duro granito de su despacho.

El joven, satisfecho con la posesión oral de su seno, rompió el agarre. La madre yacía sobre el granito, con el torso desnudo y agitado, sus pechos llenos ascendiendo y descendiendo rápidamente. La blusa de seda y el sostén, ahora harapos, colgaban de sus brazos, símbolos de su autoridad destrozada.

Con movimientos expertos, el joven la ayudó a incorporarse, girándola sobre el frío escritorio. La puso de rodillas, orientada hacia el ventanal, dándole la espalda. Era una postura de sumisión, pero también de absoluta exhibición en su propio despacho.

La falda lápiz de lana, ya arrugada y profanada, era lo único que quedaba de su vestimenta formal. El joven, sin ceremonias, tomó el dobladillo y tiró de ella con fuerza, levantando la tela sobre la curva de sus amplias nalgas. La falda se detuvo a la altura de su cintura, convirtiéndose en un fajo de tela que solo acentuaba la magnificencia de su trasero.

—No te muevas. Quiero ver tu belleza tal como es —ordenó el joven con un tono grave y posesivo.

La madre, obediente y excitada, se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el granito. Esta postura tensó su cuerpo, haciendo que sus nalgas grandes y redondas se proyectaran hacia el joven en un promontorio firme y tentador. Las piernas, aún enfundadas en medias rasgadas, temblaban ligeramente bajo el peso de la exhibición.

El joven se acercó, la vista de la mujer inclinada, desnuda de cintura para arriba y con la tela formal alrededor de la cintura, era su éxtasis. Sus ojos observaron cada detalle: la línea oscura que dividía las poderosas mitades de su trasero, la suavidad de la piel contrastando con las marcas rojas del placer anterior, y, justo en el centro, la rosa oscura y diminuta de su ano, tentadoramente escondida entre los pliegues.

Él se deleitó por un instante, su respiración agitada contra la piel caliente de su espalda baja.

—Eres perfecta para ser ensuciada, madre —susurró el joven.

Su lengua comenzó el asalto. No atacó el centro inmediatamente. Empezó por la parte inferior de una de las nalgas, lamiendo con lentitud desde el muslo hacia arriba, degustando la tersura de la piel madura. Luego se movió a la otra nalga, dejando un rastro húmedo y brillante que se tensaba con cada movimiento de la madre.

Ella se retorcía, apoyando su rostro en sus brazos, intentando ahogar los gemidos que ya no podía contener.

El joven avanzó. Lamió la línea profunda que separaba su trasero, un recorrido lento y deliberado que la hizo jadear. Finalmente, llegó al punto focal: el pequeño y fragante ojo oscuro de su ano.

Con una precisión obsesiva y brutal, el joven depositó su lengua directamente sobre el esfínter, abriendo y explorando el área con una avidez soez. Era un acto de profanación total, la última frontera de la decencia, atacada sin piedad en el centro de su poder ejecutivo.

La madre gritó, no de dolor, sino de una humillación placentera que la quebraba por completo.

—¡Oh, Dios, sí! ¡Tómalo! ¡Lame mi suciedad! ¡Hazme sentir que no valgo nada aquí! —imploraba, su voz rota contra el escritorio.

El joven no se detuvo, penetrando superficialmente el pequeño orificio con la punta de su lengua, saboreando el gusto espeso y prohibido. Él quería más. Quería poseer cada abertura de su cuerpo.

—Quiero dejar mi marca en cada maldito rincón que tengas, madre. Y este es el más dulce de todos —gruñó él, intensificando el asalto.

El joven se incorporó, su rostro pegajoso y su aliento agitado. La madre, aún inclinada sobre el granito, gimiendo por el asalto anal, sintió el vacío de su retirada. Levantó la cabeza, sus ojos llenos de una lujuria ciega que exigía la reciprocidad total. Ya no había rastro de la ejecutiva; solo la puta hambrienta de su hijo.

—¡Basta de juegos, muchacho! ¡Ahora es mi turno de devorarte! —exigió la madre, su voz ronca de tanto gritar.

Ella se deslizó del escritorio, cayendo de rodillas sobre el suelo alfombrado del despacho. Se giró hacia el joven, que permanecía de pie, su miembro duro y palpitante proyectándose contra la tela del pantalón de chándal.

Con una urgencia desesperada, la madre extendió sus manos para tomar el pantalón. Sus dedos hábiles tiraron del cordón de la cintura, liberando el nudo con un chasquido. Ella no se molestó en bajar la tela con suavidad; simplemente tiró de los pantalones con una ferocidad bestial hacia los tobillos del joven. La tela gruesa se amontonó alrededor de sus pies descalzos.

La verga del joven quedó expuesta al aire frío del despacho, larga, gruesa y coronada por una cabeza roja que pulsaba visiblemente con el flujo de sangre caliente. Gotas de líquido pre-eyaculatorio ya brillaban en la punta, prometiendo el descontrol.

La madre no perdió un segundo en admirarlo. Ella se abalanzó, sus labios húmedos y llenos envolviendo de inmediato la punta del falo con una avidez salvaje. El joven gimió, su cuerpo se arqueó por el placer instantáneo.

—Tómalo. Trágatelo entero, puta —siseó él, clavando los dedos en el cabello de su madre para guiar su boca.

La madre obedeció con una devoción obscena. Ella usó su boca para succionar y lamer la verga sin piedad, recorriendo toda la longitud del miembro con una lengua experta que se detuvo en las venas y la base. Ella profundizaba el asalto, tomando tanto de su falo grueso como podía, sintiendo la carne caliente golpear su garganta.

Sus grandes pechos, desnudos y pesados, se balanceaban ligeramente con el movimiento frenético de su cabeza. La madre lo masturbaba con una técnica que mezclaba la suavidad de sus labios con la fricción despiadada de sus dientes, apretando y liberando en un ritmo que buscaba la explosión.

—¡Chúpame el maldito jugo, madre! ¡Quiero que me dejes seco! ¡Eres una zorra insaciable! —rugía el joven, sus rodillas temblando por el placer que ella le daba.

La madre levantó la vista por un instante, con el miembro de su hijo reluciendo de saliva y deseo. Su rostro, manchado con el olor de su propio sexo y su maquillaje corrido, era la imagen de la sumisión y la lujuria absoluta.

El joven rugió, sintiendo el clímax inminente. El asalto oral de su madre era demasiado potente, demasiado depravado.

—¡Basta! ¡Ahora! —gruñó él, sus rodillas cediendo.

Él la retiró de su miembro antes de explotar, su cuerpo temblando por la tensión contenida. La madre se levantó del suelo alfombrado con una gracia animal, su mirada exigiendo la liberación que él había pospuesto.

—Aún no te has vaciado. El sofá. Quiero beber tu semen en un abrazo —ordenó ella, sin aliento.

Abandonaron el frío granito y el formalismo arrugado del despacho, dirigiéndose al amplio y suntuoso sofá de cuero oscuro.

El joven la derribó primero, colocándola en el centro del mueble. Ella se recostó sobre el cuero suave, su figura desnuda y exuberante extendida como una ofrenda.

Él no se acostó a su lado. En un movimiento ágil y preciso, el joven se posicionó para invertir la dinámica. Él se deslizó hacia la parte superior del sofá mientras ella se movía hacia la inferior, alineando sus cuerpos en la postura del 69.

La madre ya estaba en posición. Sus piernas largas y poderosas se abrieron, invitando la cara de su vástago. Ella usó sus manos para guiar la cabeza del joven hacia su vagina húmeda y expuesta, mientras que la verga gruesa y dura del joven quedaba directamente sobre el rostro de su madre.

Se miraron por un instante, un entendimiento silencioso y depravado. El acuerdo era total: placer simultáneo y posesión mutua.

El joven hundió su rostro en la carne tibia y palpitante de su madre. Ya no era un asalto; era una devoción desesperada. Él lamía y succionaba sin reservas, sintiendo cómo las contracciones de placer de su madre se reflejaban en la excitación que bullía en su propio cuerpo. Sus labios rodearon el clítoris turgente, mientras la humedad densa y caliente de la mujer se mezclaba con su aliento.

Al mismo tiempo, la madre tomó el miembro palpitante de su hijo. Ella no lo besó suavemente; abrió su boca con avidez y engulló el falo con la misma ferocidad con la que él la lamía. Ella controlaba el ritmo de la masturbación oral, usando su garganta y su lengua para torturarlo y deleitarlo a partes iguales.

El aroma de sus sexos excitados era potente en el aire confinado del sofá. La madre gemía, sus grandes nalgas se movían contra el respaldo del sofá con cada lamida experta del joven. El joven, con los ojos cerrados, rugía de placer mientras sentía la succión experta de su madre en su verga.

El joven rugía, sintiendo el clímax inminente. El asalto oral de su madre era demasiado potente, demasiado depravado.

—¡Basta! ¡Ahora! —gruñó él, sus rodillas cediendo.

Él la retiró de su miembro antes de explotar, su cuerpo temblando por la tensión contenida. La madre se levantó del suelo alfombrado con una gracia animal, su mirada exigiendo la liberación que él había pospuesto.

—Aún no te has vaciado. El sofá. Quiero beber tu semen en un abrazo —ordenó ella, sin aliento.

Abandonaron el frío granito y el formalismo arrugado del despacho, dirigiéndose al amplio y suntuoso sofá de cuero oscuro.

El joven la derribó primero, colocándola en el centro del mueble. Ella se recostó sobre el cuero suave, su figura desnuda y exuberante extendida como una ofrenda.

Él se posicionó sobre ella. La madre, con una urgencia que no podía esperar, tomó el miembro palpitante de su hijo y lo guio. Pero en lugar de incitar la penetración, ella buscó la tortura.

Con un movimiento fluido y dominante, la madre usó sus fuertes brazos para levantar su cuerpo y montarse sobre el joven. Se sentó a horcajadas sobre su cintura, su sexo húmedo justo encima de la punta del falo.

Ella lo miró a los ojos, su sonrisa era una mezcla de placer y crueldad.

—La posesión total debe esperar, mi amo. Quiero sentir cómo te desmoronas solo por el roce.

Y así comenzó la tortura. La madre se inclinó hacia adelante, presionando la cabeza dura y palpitante de su vergacontra la entrada de su vagina hinchada y sucia. Empezó a moverse, frotando su clítoris y sus labios vaginales contra la punta de su miembro, sin permitir que la unión fuera completa.

El joven gruñía, agarrando sus amplias caderas con una fuerza desesperada. El roce superficial era una agonía exquisita. La madre se elevaba y descendía sobre él, controlando la fricción, empujando y retirando, sintiendo cómo el líquido pre-eyaculatorio se mezclaba con sus fluidos y se deslizaba por la piel del pene.

—¡Entra, maldita sea! ¡No me tortures así! —rugió el joven, su cuerpo arqueándose bajo el peso de la mujer.

La madre lo castigó con una sonrisa. Ella giró ligeramente sus caderas. Ahora, no era solo su vagina la que rozaba el falo, sino que lo presionaba contra el orificio anal, alternando la fricción entre la entrada prohibida y la entrada húmeda, sin permitir la entrada en ninguna.

—Siente el calor de cada agujero, hijo. Siente mi suciedad apretando tu carne —jadeó ella, intensificando el movimiento. Sus grandes nalgas se movían voluptuosamente sobre la piel del joven, apretando su abdomen.

El joven no pudo contenerse. Su placer era tan intenso que la liberación era inevitable, aun sin penetración. Rugió su nombre en la boca de ella mientras se inclinaba para besarlo, y un torrente espeso y caliente de semen fue lanzado con fuerza sobre el vientre plano de su madre, salpicando sus pechos.

La madre gritó, sintiendo el chorro cálido contra su piel. La excitación y la fricción brutal la llevaron al clímax simultáneo, sus músculos vaginales se contrajeron violentamente contra la punta del miembro del joven. Ella se desplomó sobre él, con sus cuerpos desnudos y resbaladizos, la simetría rota solo por el desorden del semen sobre su piel.

Tensión bajo el mismo techo

Tensión bajo el mismo techo VIII