Capítulo 1

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Clarita es una chica tímida e inocente de 19 años que al ser tan vergonzosa es incapaz de relacionarse con nadie, estuvo interna en un colegio de monjas, no tiene novio, es virgen y el sexo para ella es totalmente desconocido, sus problemas comenzaron cuando su padre falleció hace un año en un accidente de coche, se encerró en una burbuja y solo es capaz de hablar con su madre y con su hermano.

Ésta, sintió mucho dolor al fallecer su marido, se olvidó de vivir la vida, se refugió en sus creencias, va mucho a la iglesia y se pega el día rezando. De nombre Gertrudis, tiene 38 años y ha protegido mucho a su hija, cuando ésta pidió llorando que no quería volver al internado, la sacó y la dejó en casa, ocupándose ella de la formación para que se recuperase.

Como consecuencia del fallecimiento de su marido, Gertrudis tuvo que comenzar a trabajar como cocinera en un bar, donde acude casi todos los días a la hora de las comidas.

Esto, ha creado un enorme problema en su hija, que solo sale de casa acompañada de su madre y que se pega todas las tardes ayudando en la parroquia como voluntaria.

El otro miembro de la familia es Manu, el hijo de Gertrudis, tiene 19 años y no quiere saber nada de nada, es un friki de la informática y se entretiene en su habitación haciendo programas o viendo porno a todas horas.

Estuvo trabajando en la ciudad durante un año, pero al fallecer su padre volvió para hacer compañía a su madre y a su hermana, eso le ha jodido mucho porque en el pueblo no tiene las mismas posibilidades de relacionarse con chicas como tenia en la ciudad antes, aunque ha conseguido un trabajo en la tienda de informática que tienen junto a su casa y eso le ayuda a pasar el rato.

La vida de todos ellos es bastante monótona, Manu trabaja, regresa y se mete en su habitación para hacer programas informáticos y matarse a pajas con el porno. Gertrudis limpia la casa, se va al bar donde cocina y todas las tardes acude a la parroquia, y Clarita, más de lo mismo, ayuda mucho como voluntaria, acompaña a su madre y ve la tele en su vida triste y aburrida.

Eso, hasta que una tarde sucede algo que cambiara por completo sus vidas, el padre Jacinto es el confesor de ambas mujeres y las ha propuesto que hagan el bien y colaboren en un Centro de Ayuda a personas con problemas sociales.

  • Padre, no sé si eso es bueno. – respondió la madre – No sé si Clarita y yo seremos capaces.
  • Gertrudis, por favor. – respondió el padre Jacinto – Sois personas de bien y tenéis que ayudar a los necesitados.

La madre no lo veía claro, pero el cura la convenció para hacer una prueba ayudando unos días, y si no les gustaba, volver a colaborar en la parroquia como hacían hasta ahora.

Después de mucho dudar, Gertrudis dio el visto bueno, quizá era la forma de que su hija se relacionase, que conociese personas a parte de Manu y de ella y que dejase a un lado esa vergüenza que la impedía hablar con extraños.

Por fin llegó el primer día, tenían que presentarse en el Centro y Clarita estaba nerviosa, no quería ir, le daba miedo que esa gente extraña la viera.

Manu se fue a la tienda y ellas se quedaron solas en casa, eligiendo la ropa que iban a ponerse para esta experiencia nueva y gratificante.

  • Mamá. – dijo la chica – Yo no quiero ir, a mi me da vergüenza.
  • Calla, cariño. – respondió la madre – Es una forma de servir al mundo, de entregarnos en cuerpo y alma a ayudar a la gente.

La chica estaba nerviosa y no sabía que ponerse, ni siquiera qué braguitas y sujetador llevar bajo la ropa en este día tan señalado para ellas.

Manu se dio cuenta que se había dejado el móvil y volvió deprisa a casa antes de que abrieran la tienda de informática, subió los escalones de tres en tres, abrió la puerta y fue a su habitación sin decir nada, ni a su madre ni a su hermana.

Cuando estaba encendiendo el móvil, oyó decir a Clara.

  • ¿Qué braguitas me pongo? Mami.

El chico se quedó parado, era la primera vez que oía decir eso a su hermana.

  • Ponte las rositas de flores. – contestó su madre –

Manu abrió ligeramente la puerta de su habitación, esperó unos segundos y vio a su hermana en el pasillo con la braguita puesta y sus pechos al aire.

  • ¿Qué tal me queda? – preguntó Clara tirando de la braga hacia arriba y encajándola entre sus hermosas nalgas desnudas –

Su madre se acercó también ligera de ropa, llevaba una braga blanca que marcaba todo su pubis. Esa imagen hizo que Manu resoplara al ver unos pelos que salían por los lados rizaditos y morenos.

  • Te queda muy bien, hija. – respondió la madre haciendo girar a la chica como si fuera una peonza – Ahora busca el sujetador a juego.

Su hermano vio cómo giraba mostrando sus enormes pechos, sus tetas blancas como la nieve y los garbancitos en punta sobre las areolas rosadas.

Se desabrochó el pantalón y metió la mano dentro, agarrando su verga y rodeándola con los dedos. Pero no apartó la vista ni un momento, tenía a su madre al lado, ella no podía verle pero le estaba mostrando sus enormes tetas rosadas coronadas por unos grandiosos pezones marrones.

  • Venga, cariño. – metió prisa la madre – Ponte el sujetador que yo te vea antes de vestirte.

La chica salió al pasillo con las braguitas y el sujetador a juego, mostrando la delgadez de su cintura pero dejando ver a su hermano sus anchas caderas y su estupendísimo culo.

El chico vio ese cuerpo y comenzó a sacudirse la verga, como hacía cada noche frente al ordenador mirando porno, pero ahora no eran fotos ni película lo que miraba, era a su propia hermana, hasta ahora no se había fijado, pero Clarita tenía un culo que quitaba el hipo, sus anchas y fibrosas nalgas con la braguita encajada en medio al no poder abarcarlas del todo.

Resopló muy bajito y se sacudió la polla con firmeza, observando ese culazo imponente a menos de un metro de distancia. Entonces vio que su madre salía y daba el visto bueno a su hermana.

  • Vas muy guapa, Clari. – aceptó la madre – Ahora ponte un vestidito recatado, que no se te vea nada por ningún lado.
  • Claro, mamá. – respondió la chica –
  • Nosotras somos gente de bien, gente de creencias muy firmes y tenemos que dar ejemplo haya por donde vayamos.

Clarita entró en su cuarto y Manu siguió mirando a su madre, la braga marcaba la vulva como si fuera un pequeñísimo valle, los labios vaginales carnosos sobresalían sobre una raja alargada que partía en dos ese coño que el chico miraba como tonto.

Vio que su madre se acariciaba involuntariamente las tetas y de su polla salió un rio de leche, se estaba corriendo admirando a su madre y a su hermana pequeña, era algo impropio pero le importaba una mierda, sacudió la verga con todas sus ganas hasta que dejó de salir el semen por la punta del rosado glande.

Cerró la puerta y esperó a que se marcharan, lo que había visto le tenía obnubilado, en su casa había dos mujeres de la hostia en carne y hueso y él perdía el tiempo viendo películas guarras en el Pc o en la pantalla del móvil.

Empezó a maquinar en su cabeza para encontrar la forma de poder verlas, para observarlas todos los días sin que ellas se dieran cuenta, vio que llegaba tarde al trabajo y se fue corriendo, pero pensando en cómo solucionarlo más pronto que tarde.

A lo largo de la mañana tuvo una idea, creo un programa espía al que iba a conectar tres cámaras fijas, una en la habitación de su madre, otra en la de su hermana y la ultima en el baño mirando a la ducha donde se bañaban.

Cogió las cámaras de la tienda y le dijo a su jefe que tenía que volver a su casa rápidamente, que había sonado la alarma de intrusión y tenía que comprobar si había entrado alguien.

Llegó a la casa y escondió las cámaras en sitios donde ninguna de ellas pudiera verlas, eran cámaras pequeñas que se disimulaban muy fácilmente. Volvió a la tienda y descargó el programa en su Pc y también en su móvil, de esa forma podría ver como se desnudaban las dos en cualquier momento del día, aunque estuviera trabajando o tomando cañas con su jefe.

Por su parte, Gertrudis y Clarita habían llegado al Centro y se habían llevado un susto tremendo, allí no había más que gente extraña, personas sin educación ni posibles, todos ellos con problemas de integración, sin casa, sin trabajo y abandonados de la mano de Dios y de las instituciones.

A pesar de todo, el padre Jacinto las convenció para quedarse, era una misión humana, otra forma de servir a Dios en la tierra. Las explicó cuáles eran sus obligaciones y recalcó muy especialmente que tenían que ayudar a que esa gente fuese feliz gracias a ellas.

  • Esta labor exige sacrificios. – dijo el padre muy serio – Hacer cosas que algunos pensarán improcedentes, pero hay que darles amor, ayudarles a que cumplan sus pequeños sueños aunque solo sean terrenales.

Gertrudis le oía hablar y asentía con la cabeza, era cierto lo que decía el padre Jacinto, esa pobre gente estaba abandonada de todos y necesitaba de su ayuda, decidió dar un paso adelante y asegurar que tanto ella como Clarita iban a comprometerse.

  • Padre. – dijo con firmeza – Dios se llevó a mi esposo pero me ha dado a toda esta gente.
  • Claro, hija. – contestó el cura satisfecho –

Gertrudis cogió la mano de Clarita y la llevó a su pecho.

  • Hija, ésta es una labor muy dura, pero no podemos negarnos, debemos ayudar a esta gente.
  • Si, mamá. – contestó la chica –

Pero miraba lo que allí había y le temblaban las piernas, iban desarrapados, algunos con barbas de meses, otros medio borrachos o quizás algo peor, drogados con heroína o cualquier droga dura de las que se llevaban ahora.

Pero aún así, ella no podía negarse porque sería una ofensa para su madre

Ese día hablaron con ellos, escucharon sus problemas y les dieron consejos, algunos incluso parecían amigos, las trataban con un respeto que Clarita no había sentido nunca en su colegio.

Gertrudis vio que su hija empezaba a soltarse, a decir algo de vez en cuando y a reír las bromas de aquella gente. Se sintió eufórica, la mar de contenta al ver los progresos de su hija.

  • Padre. – dijo al cura – Vamos a venir todos los días.
  • ¿Seguro? ¿No te arrepentirás y me dejarás tirado con esta gente?
  • No, padre. – contestó Clarita – Vamos a venir las dos, puede estar seguro.

Gertrudis oyó a su niña y le cayeron dos lagrimones, era la primera vez que Clarita tomaba la iniciativa, que decía algo en público que no fuera un sí o un no tímidamente.

  • Eso espero. – dijo el cura – Ayudando a esta gente vais a ser dos siervas generosas y caritativas.
  • Claro, padre – respondió la madre –
  • Pero una cosa os digo. – aseveró de forma rotunda don Jacinto – Estáis para servirlos, para hacerles la vida más fácil, para ello tendréis que hacer sacrificios que ni pensáis.
  • Claro, padre. – repitieron ambas afirmando con la cabeza –

Al regresar a casa, Clarita iba exultante, había hablado con varios, le habían contado sus problemas y ella se había sentido útil, era una sensación nueva, muy gratificante. Se prometió a si misma que iba a ser una voluntaria dispuesta a todo, a hacer lo que fuera necesario por aquella gente.

Entraron en casa y fueron a sus cuartos.

A Manu le sonó el móvil, la alarma de que habían llegado y podía espiarlas con las cámaras que había instalado en sus habitaciones.

Vio que su hermana cogía un libro y se tumbaba en la cama, cambió de cámara rápidamente y en la pantalla apareció su madre, se estaba quitando el vestido frente al espejo.

Echó un vistazo a la tienda, vio que su jefe estaba ocupado con unos clientes y encendió el Pc para verla en la pantalla mucho más grande.

Su madre se quitaba el sujetador y dejaba sus tetas al aire, vio como se balanceaban con un movimiento hipnótico y la polla se tensó en sus pantalones, la acomodó con la mano y continuó mirando la pantalla con la boca abierta y babeando como un bobo.

Su madre amasaba sus tetas y podía ver sus enormes pezones. ¡Joder! Eran grandes y marrones, parecían dos biberones preparados para dar leche.

  • Buffff. – bufó y se acarició la verga por encima de los pantalones –

Vio a su madre bajar la braga blanca por sus piernas, levantando una, luego la otra y tirándola después a la cama quedándose desnuda. Hizo zoom con la cámara y vio un primer plano del pubis, los pelos morenos rizados le pusieron muy burro, le gustaban los coños peludos, y que su madre tuviera un buen matojo de pelos, le excitó muchísimo y se acarició la polla de nuevo.

Miró de reojo y comprobó que no venía su jefe, sacó la verga y la sacudió rápidamente, observando las grandes tetas, los pezonazos marrones y el coño peludo de su madre.

  • Bufff…bufff…buffff.– resopló enérgicamente –

Entonces vio que se levantaba su hermana y comenzaba a desnudarse, quitándose el vestido y mostrando el sujetador y las braguitas de flores. Se meneó la polla más deprisa sin quitar ojo del Pc, pegado a la pantalla para ver como se desnudaba Clarita frente a la cámara escondida.

La chica se quitó el sujetador y dejó sus pechotes al aire, sus areolas rosadas y sus garbancitos pequeños se veían perfectamente.

Manu siguió tocándose pero sin perder detalle, viendo esa tetazas preciosas de su hermana que se notaban tersas y duras, deliciosas para metérselas en la boca y chupárselas ávidamente.

Tocó la pantalla con la mano ansioso, como si pudiera alcanzar los tiernos pechos de Clara, pasó los dedos por ellos, imaginó que en realidad los tocaba y estuvo a puntito de correrse.

¡Flop! ¡Flop! ¡Flop! ¡Flop! Sonó en el cuarto interior de la tienda cada vez más fuerte.

Pero aún faltaba algo, Clarita llevó las manos a la braga y tiró de ella hacia abajo, deslizándola lentamente por sus piernas y dejando a la vista su sexo púber.

Manu se pegó a la pantalla como si fuera una lapa, para ver más de cerca el coñito tierno de su hermana por primera vez en su vida. Observó que casi no tenía vello, solo una finísima línea que salía de la rajita y ascendía por su pubis.

Clarita cogió la braga y la pasó por su raja, llevándola de delante atrás para limpiarse.

  • Ummmmm. – gimió Manu cerrando los ojos y abriéndolos inmediatamente –

Tenía que verlo todo, no quería correrse, el coñito de su hermana se notaba estrechito y muy jugoso, los gajitos depilados se veían perfectamente.

Sacó la lengua como un bobo mirando como Clarita pasaba la braguita de nuevo por su coño, recogiendo los juguitos que salían claramente, vio como al pasar la tela, la rajita se abría mostrando su vaginita rosada y tierna.

  • Ummmmm. – gimió más fuerte y más seguido –

Clarita se sentó en la cama, con el culito en el borde y las piernas abiertas.

  • Mami. – oyó que llamaba a su madre –

Su madre entró desnuda, con su coño peludo y con las tetas dando saltos.

  • ¿Qué quieres? Cariño. – preguntó amorosamente a su hija –
  • Es que…es que… – la chica se sonrojó sin terminar la frase –
  • Dime, mi vida. – inquirió su madre –
  • Es que. – respondió mirando con timidez al suelo – Como tú tienes tantos pelos aquí. – dijo señalando su sexo – Yo…. Yo no sé si dejármelos también que crezcan.

A Manu le dio un sobresalto, si su hermana se dejaba pelos en el coño ya ibaa ser la hostia, esa idea le gustaba y le puso la polla más dura si cabe.

  • Jajaja. No cariño. – respondió la madre pasando los dedos por los pelillos de su hija y acariciando involuntariamente su coño – Así los tienes muy bien, tu eres muy joven.
  • Jijijiji. – rio la chica al sentir que se estremecía – ¿Por qué me da cosquillitas cuando me tocas ahí abajo?
  • Buuuff. – resopló su madre – Eso lo sabrás cuando te cases y culmines tu matrimonio.
  • ¿Y no puede ser antes? – preguntó la muchacha de forma inocente –

Las caricias de su madre la habían sofocado muchísimo, aunque realmente no sabía qué era eso tan extraño que sentía entre las piernas.

  • No, hija, no. – respondió enfadada su madre – De ninguna de las maneras, nosotras somos gente decente, gente que cumple y no se deja llevar por los pecados de la carne.

Clarita no lo entendía. ¿Qué eran los pecados de la carne y qué tenían que ver con que sintiese ese gustito cuando la tocaba ahí abajo su madre?

Manu las veía y se sacudía agitado la verga, mirando de reojo para que no le pillara su jefe.

Vio que su madre se iba y Clarita se quedaba sentada en la cama, con las piernas abiertas y pasando los deditos lentamente por el centro de la raja.

  • Ummmm. – la oyó gemir cerrando los ojos –

Manu miraba extasiado como se tocaba su hermana, vio que pasaba los dedos por su coño y dijo excitado a la pantalla.

  • Mételos, Clari, fóllate con ellos.

Clarita subió los dedos hasta llegar casi a su vello, a ese punto donde había tocado su madre antes y había sentido un placer delicioso y extraño al mismo tiempo.

No se había tocado antes, no tenía ninguna experiencia, sus años en el internado de mujeres habían sido duros, no tenía ninguna amiga y no había hablado nunca de sexo con nadie.

Manu vio como acariciaba su coñito y se puso nervioso, se dio cuenta que su hermana no tenía experiencia, se lo había dicho a su madre claramente “¿Por qué me da cosquillitas cuando me tocas ahí abajo?”

Él lo había oído por la cámara, lo pensó unos segundos y lo tuvo claro, iba a aprovecharse de ello, si manipulaba a su hermana iba a conseguir mucho de ella.

Continuó mirando mientras Clarita separaba los pliegues de su sexo y acariciaba con las yemas de los dedos ese granito que tenía escondido y que le daba un placer desconocido.

  • Ummmm. – la oyó gemir bajito –

Vio como Clarita apretaba las piernas con su mano dentro y miraba asustada a la puerta por si venia su madre.

  • Tócate, Clari. – exclamó su hermano excitado –

Pero la chica se levantó de la cama, miró en el armario, sacó unas braguitas blancas y se las puso tirando hacia arriba, encajándolas en sus nalgas prietas y en su vulvita púber.

  • ¡Joder! – chilló Manu –

Entró su jefe en el cuarto y tuvo que cambiar la pantalla y poner un programa informático que llevaba días haciendo.

  • ¿Qué pasa? Manu. – preguntó su jefe –

Era un tío rechoncho, calvo y con una barba muy grande, pero se llevaba bien con Manu, los dos eran cerveceros y cuando bebían hablaban de las tías con desprecio.

  • Nada, Carlos. – respondió el muchacho – Este programa que me está fallando.

Pero el jefe había visto la imagen de la chica y se quedó con la mosca detrás de la oreja, Manu le engañaba, estaba haciendo algo raro y le notó nervioso.

  • Venga, Manu. – insistió de nuevo – ¿Quién era esa puta que estabas mirando?
  • Jajajaja. – rio asustado – Nada, una web de cámaras que he encontrado.

Carlos no lo vio claro, sabía que su empleado escondía algo y volvió a insistir de nuevo.

  • Ponla, déjame que yo la vea.
  • Joder, Carlos. Déjame que trabaje, ya te la enseño luego.
  • Ponla o te quedas sin trabajo.

Manu vio que le tenía pillado y que no podía salir de ésta, puso en la pantalla la cámara espía y enfocó a su hermana vistiéndose en su cuarto.

  • Jajaja. ¡Que hijo de puta! – exclamó Carlos riendo – Espías a tu hermana desnudándose.

Clarita estaba en braguitas y se masajeaba las tetas, amasándolas suavemente con sus delgaditos dedos, las subía, las bajaba y tiraba de ellas hacia afuera dándose crema hidratante por ellas.

  • Mami. – llamó Clara entonces –

Su madre entró otra vez en el cuarto con las tetas bamboleándose como campanas y su pezonazos erectos.

  • ¡Joder! Su puta madre. – chilló Carlos al verla – Vaya tetazas tiene la zorra, podía hacerme una paja con ellas.
  • Coño. – exclamó Manu – Carlos, que es mi madre.
  • Bufff. Con esas tetas tan grandes podíamos meter los dos las pollas dentro.

Manu miró a su madre y vio como daba crema por la espalda a su hermana sin que sus tetas dejasen de moverse.

  • Manu. – dijo su jefe – Si me dejas verlas te subo el sueldo.

El chico se quedó pensando, le daba morbo pensar que las viera su jefe. Era guarro, totalmente indecente, pero iba a conseguir dos cosas, disfrutar espiándolas y ganar más dinero.

Además, él iba a intentar llevarse al huerto a su hermana Clara, la pobre era muy inocente.

  • ¿Cuánto vas a pagarme?
  • Doscientos euros al mes.
  • ¡Hecho! – respondió Manu sonriente – Yo te aviso cuando se cambien.

Continuaron los dos viendo a su hermana y a su madre, las dos con las tetas al aire, las dos con esos pechos hermosos que daban saltos al moverse, pero Manu acercó el zoom y enfocó el pubis de su madre.

  • Mira Carlos, mira que coño más peludo tiene. – dijo a su jefe –

Carlos vio el matojo y se tocó la verga, sobándola indecentemente por encima del pantalón y acariciando su barba suavemente.

  • Vaya puta. – exclamó sin cortarse – Con esas tetazas y ese coño lleno de pelos me la follaría mil veces.

Manu sonrió al oír a su jefe, era tan guarro como él, no iba a poner ningún problema para que espiara en las horas de trabajo a su hermana y a su madre.

Clarita se puso un sujetador blanco y una camiseta encima que llegaba hasta las rodillas y tapaba todo su cuerpo como siempre pedía su madre.

Carlos pidió que enfocara a la otra habitación y vio a Gertrudis, se ponía una braga grande, una que tapaba todo su culo y era poco excitante.

  • Vaya mierda. – exclamó enfadado – Ya puedes tirar todas su bragas y comprarlas pequeñas, las pago yo, no te preocupes.

Manu vio el negocio y le brillaron los ojos, iba a ganar mucho dinero con el salido de su jefe, esa misma tarde cambiaría las bragas por otras más pequeñas, si su madre se enteraba le importaba una mierda.

A la hora de comer, salieron los dos de copas y bebieron cerveza hasta cansarse, Carlos estaba animado y le hizo una propuesta.

  • Si me dejas tocar las tetas de tu madre o de tu hermana te pago otros cien euros.

Manu lo vio difícil, su madre era muy recatada, muy celosa de su intimidad y no permitía que nadie se acercase. El sexo para ella estaba prohibido, era mujer de un solo hombre, y al morir su padre, dejó de salir y relacionarse, solo iba a la iglesia y al restaurante donde trabaja a mediodía en la cocina.

  • Bufff. No creo que pueda. – respondió solamente –

Al volver a casa, su madre no estaba, se había ido al restaurante, y Clarita estaba sentada en el sofá viendo la tele.

Manu había bebido mucho, el alcohol nublaba su mente, se sentó junto a ella y vio que la camiseta se había subido y el muslo se veía ligeramente.

Arrimó la pierna, rozó su rodilla y vio que Clarita seguía mirando la tele. Puso la mano en su propia pierna y la subió y bajó varias veces, pasando los dedos por el lado para acariciar el muslo de Clara disimuladamente.

Ella seguía mirando la tele, sin percatarse que su hermano la rozaba, que tocaba su pierna cada vez más veces.

Manu puso la mano sobre el muslo de Clara, acariciándolo por fuera y metiendo la mano por el interior de su pierna sin cortarse. Vio como ella sonreía y golpeaba su mano de forma alegre, pero no para que la retirase, sino como muestra de cariño solamente.

El chico vio su inocencia, su desconocimiento del mundo perverso en el que vivía, su hermana era buena, un ser de luz sin experiencia, si no tenía cuidado, acabaría en manos de cualquier malvado y haría de todo con ella.

Pero para eso estaba él, la vio tan frágil, tan inexperta, tan dócil y apocada, que decidió ser él quien se aprovechase de ella. Subió la mano por dentro, metiéndola bajo la camiseta y acariciando con la punta de los dedos la puntillita de la braga.

Vio que Clarita temblaba y observaba su mano nerviosa, pero no decía nada, solo miraba embelesada esa mano que acariciaba el interior de su pierna por primera vez en su vida.

  • Clari. – dijo Manu a su hermana –
  • Umm, Si. – respondió con un leve gemido ésta –
  • Somos hermanos y nos queremos. – contestó él pasando los dedos por la telilla de la braga pero sin empujarlos hacia dentro –
  • Ummm. Siii. – gimió ella –
  • Esta es una muestra de amor entre hermanos. – añadió apretando los dedos en el clítoris de la chica con mucho cuidado –
  • Aaahhh. Pero esto no es malo. ¿No? – preguntó ella –
  • No, que va. – respondió él muy serio –
  • Es por si tengo que confesarme y decírselo al padre Jacinto cuando vaya a la iglesia.
  • NOOO. – chilló su hermano nervioso – Éste va a ser nuestro secreto.
  • Va…vale. – respondió ella –

Manu vio como su hermana abría las piernas dejándole más hueco. Pero de pronto oyó que la puerta se abría y su madre entraba en la casa de regreso.

  • Ni una palabra. ¿Vale?
  • Vale. – respondió Clarita de nuevo llevando un dedo a sus labios de forma inocente –

El chico se levantó y fue directo a su cuarto, cerró la puerta y olió su mano. Notó el aroma del coñito de Clara, algunos juguitos manchaban sus dedos, los metió en su boca, los saboreó como un guarro y pensó en como manipular a su hermana para seguir tocándola sin que dijera nada en la iglesia.

Su madre los llamó para comer y se sentaron a la mesa, vio como Clarita le miraba a cada momento, sonreía sin parar e incluso alguna vez le lanzaba algún beso.

¡Joder! Si seguía así, su madre se daría cuenta, y si preguntaba, su hermana era tan inocente que lo contaría todo y a él se le caería el pelo.

  • Esta tarde volvemos al Centro. – dijo Gertrudis a su hija –
  • Jo, mamá. ¿No puedes ir tú sola? – contestó al chica mirando de reojillo a su hermano y sonriendo –
  • No, cariño. – respondió la madre – Nos hemos comprometido con el padre Jacinto y tenemos que cumplir nuestra promesa.

Manu fue a su oficina, encendió el Pc y conectó las cámaras, al instante vio a su hermana vistiéndose, se notaba que estaba muy contenta, sonreía, tarareaba una canción y se miraba en el espejo.

Hizo zoom y vio como cogía unas bragas blancas y una camiseta de tirantes a juego, se marcaban sus nalgotas y resaltaba su cinturita estrecha.

En ese momento entró su jefe en el cuarto y se quedó medio embobado, mirando el cuerpazo que tenía en la pantalla sin ser capaz de creerlo, esa chica siempre iba tapada, siempre escondía su cuerpo, era como un loro y ahora la veía medio desnuda y su polla se puso garrote y tiesa como un mástil.

  • ¡Joder con tu hermana! – exclamó frotándose la verga – Vaya culazo tiene.

Manu no le escuchaba, solo miraba, veía a Clarita y pensaba en como llevársela al huerto.

  • ¿Me la puedo follar? – dijo Carlos meneándosela por encima del pantalón – Te doy mil euros.

Los dos vieron como ella y su madre se vestían y salían de casa, en dirección a ese Centro donde iban a ser voluntarias durante algún tiempo.

Manu empezó a pensar, él quería aprovechase de Clara, pero imaginar como la tocaba otro le producía morbo, a él esa idea le hizo ilusión, era un pervertido morboso que le gustaba mirar, observar desde lejos, recapacitó un momento y respondió a su jefe decidido.

  • Follarla no, pero si quieres tocarla, yo lo consigo.
  • Ok. – respondió éste – Pero en lugar de mil serán solo quinientos.
  • Hecho.

Gertrudis y su hija llegaron al Centro de Ayuda y comenzaron a charlar con la gente que allí había, a ver cómo podían ayudarles de algún modo.

Salva, uno de los voluntarios la vio y se quedó prendado, esa mujer era la bomba, era joven, estaba viuda y tenía un cuerpazo tremendo, la siguió con la vista durante un buen rato y por fin se acercó a charlar con ella.

  • Hola, soy Salva. – se presentó de forma educada –
  • Hola Salva, yo soy Gertrudis. – respondió ella –
  • ¿Vienes a ayudar mucho tiempo? – preguntó él intrigado –
  • Si. – contestó ella – Queremos darles amor, volcarnos con ellos, como he dicho al padre Jacinto, estamos dispuestas a todo, a darles lo que necesiten.

Salva la oyó y se percató de su inocencia, esta mujer era tonta, de eso estaba seguro, se relamió de gusto y decidió tentar a su suerte, tenía 58 años, era gordo, bajo, con muy mala leche y encima con gafas de miope.

  • Yo llevo tiempo. ¿Sabes?
  • ¿Sí? – preguntó ella –
  • Siii. Llevó años ayudando. – contestó él afirmando – Este voluntariado me ha ayudado a sentirme más humano, más cerca de la gente. Pero exige hacer múltiples sacrificios, no sabes las enormes y variadas necesidades que tienen.
  • ¿No? – preguntó ella sorprendida –
  • Nooo. Si yo te contara.
  • Dime, dime. – dijo ella – ¿Cómo puedo ayudar yo de la mejor forma posible?
  • Bufff. ¿Estás dispuesta a todo? ¿De verdad te vas a entregar en cuerpo y alma?
  • Siii, claro. – contestó decidida – Lo que sea necesario.
  • Bien, ya verás. – aclaró él – Los caminos de Dios son inescrutables.
  • ¡Que razón tienes! – afirmó ella –
  • Unas veces tienes que aconsejarles, guiarles, ser su pastor en este mundo cruel.
  • Cierto, cierto.– afirmó Gertrudis convencida –
  • Pero otras. – dijo él elevando el tono de forma misteriosa – Otras veces tendrás que entregar tu cuerpo.
  • ¿Cómo? – preguntó la pobre mujer sorprendida –
  • Si, si. – afirmó él y susurró bajito a continuación – Pero eso nadie debe saberlo, ni siquiera el padre Jacinto, él prefiere mirar a otro lado, dejar que nosotros cumplamos nuestra promesa y quedarse al margen.
  • ¡Ah! – respondió ella sorprendida –
  • Supongo que te lo habrá dicho. – exclamó él poniendo cara de duda –

Gertrudis recordó las frases que había dicho el padre Jacinto “Estáis para servirlos, para hacerles la vida más fácil, para ello tendréis que hacer sacrificios que ni pensáis.” y la otra más importante “Hacer cosas que algunos pensarán improcedentes, pero hay que darles amor, ayudarles a que cumplan sus pequeños sueños aunque solo sean terrenales”.

Se dio cuenta que habían aceptado sin pensarlo, sin tener en cuenta esas necesidades terrenales que los pobres tenían.

No sabía qué hacer, no sabía si marcharse, pero vio a Clarita charlando animadamente con la gente y creyó que éste era un sacrifico divino, algo que tendría que hacer por el bien de su hija.

  • Si, si, es cierto. – dijo finalmente – Haré todo lo que sea necesario.

Salva vio que la inocente mujer se dejaba manipular y llamó a uno de los pobres, uno con el que se llevaba bien porque los dos eran igual de cabrones, cerdos y manipuladores.

  • Fali. – dijo guiñándole un ojo rápidamente – Esta buena mujer necesita que la guíes, que la enseñes un poco las instalaciones.

El hombre se acercó y Gertrudis se llevó un susto de cojones, el tal Fali tenía una pinta que asustaba al mismísimo diablo, de unos 55 años, feo, con una cicatriz en la cara, desdentado y la piel muy oscura de estar al sol todo el día.

  • Sígame usted. – dijo devolviendo el guiño a Salva y hablando con educación a Gertrudis –

La llevó a la cocina, al salón de juegos y por fin a los almacenes, al llegar allí, la pidió que subiera a una escalera y cogiera una caja que había en un estante, él cojeaba un poco y no podía subirse.

Gertrudis subió a la escalera y Fali sujetó sus caderas, cogiéndola con fuerza para que no se cayera.

La pobre se sofocó al instante y miró esas manos que se agarraban a su cintura y bajaban poco a poco hacia abajo deslizándose lentamente. Sacudió las caderas para ver si el hombre la soltaba, pero en lugar de eso, vio como apretaba la cara contra su culo y cogía sus nalgas con ambas manos muy fuerte.

  • Señor Fali. – dijo ella temblando –

Pero el hombre no la soltaba, apretaba su culo con los dedos y se lo sobaba por todas partes.

  • Bufff. – resopló Gertrudis sin saber qué decirle –

Notó que las manos se deslizaban hacia abajo y se metían bajo su falda, acariciando sus suaves muslos bajo la tela y subiendo poco a poco en dirección a su braga.

  • No vaya usted a caerse. – dijo Fali sonriendo –

Y acarició el culo de la mujer por debajo de la falda, apretando esas nalgas firmes y carnosas por encima de la braga.

Gertrudis sintió un enorme sofoco, un calentón que no esperaba, esas manos acariciaban el culo que solo su marido había tocado.

  • Ummmm. – se le escapó un gemido de forma inesperada –

Se quedó quieta y vio como Fali magreaba su culo apartando la braga, tocando sus nalgas desnudas sin ningún cuidado.

Debe ser ésta una de las necesidades terrenales que tiene este hombre, pensó al ver con que ímpetu estrujaba su culo. Y dejó que siguiera haciéndolo, si él lo necesitaba, ella se sacrificaba.

Se agarró al estante para no caerse, el entusiasmo de Fali la sorprendía, veía su falda subida, notaba su braguita apartada a un lado y los dedos tocando su culo y su vulva por todos lados.

  • Cumple tu deseo, hijo mío. – exclamó ella encomendándose a las palabras de don Jacinto –
  • Vaya culo tienes, Zorra. – respondió Fali metiendo los dedos y presionando con uno su ano –

Gertrudis le oyó pero prefirió no escucharlo, era algo vulgar, algo impropio del ambiente virtuoso y moral del que ella participaba, pero notó un dedo apretando su orificio anal y se le escapó un profundo gemido.

  • Aaahhh. Por Dios. – exclamó sin darse cuenta –

Ni siquiera su esposo había tocado el agujero que ahora profanaba ese extraño.

  • Ábrete, Zorra. – pidió Fali soltándola un sonoro azotazo en el culo –

Gertrudis sintió que se excitaba, que sus piernas temblaban y que las palabras de ese hombre la ponían cachonda.

Ella no tardó ni un segundo en arquearlas un poco y él en hacer una foto de su coño peludo desde abajo.

Entonces llegó Salva, le hizo una señal a Fali para que se fuese y él la sujetó pidiéndola que bajara.

Gertrudis recompuso su braga y la falda y suspiró agradecida la llegada de su compañero voluntario.

  • Gracias, por Dios. – dijo bajando el primer escalón –

Pero notó como unas manos la rodeaban y se adueñaban de sus tetas tocándolas por todos lados.

Miró nerviosa intentando apartarlas, creyó que el mismísimo demonio la sujetaba, pero vio que era Salva quien apretaba sus pechos mientras ella descendía por la escalera con mucho cuidado.

Sintió un poco de asco, ese hombre gordo, feo y con gafas la manoseaba, pero tocaron de refilón sus pezones y una ola de calor recorrió su cuerpo de arriba abajo. Notó que éstos se endurecían bajo la blusa, que su braga se mojaba y se echó hacia atrás apoyando en el pecho de Salva su espalda, dejándose tocar por él y permitiendo que acariciara sus tetas a su antojo mientras ella gemía y gozaba.

Son las necesidades terrenales que este hombre tiene, pensó para justificarse…