Capítulo 1

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Si alguien me hubiese dicho en alguna ocasión que iba a pecar con mis hijos, le hubiese tratado de sinvergüenza, degenerado y de ser un grandísimo hijo de puta, pero ahora, tras la experiencia que he vivido, no solo lo he hecho, sino que estoy satisfecha de ello.

Sé que soy lasciva, pecadora y quizá mala madre, pero disfruto tanto de la relación que mantengo, que no la cambiaría por nada del mundo.

Y una vez dicho esto, voy a contaros como he llegado hasta este punto.

Soy Ana, casada y madre de dos hijos. No voy a decir que sea guapa ni una tía estupenda, soy una mujer de la media, pero eso sí, muy femenina.

1’60 de altura, 95 de pecho y 100 de cadera. A unos les gustaré y a otros les pareceré un poco llamativa, pero a mí me da lo mismo, follo cuando, donde y con quien me da la gana. Antes solo con mi marido y ahora……. ahora os contaré mi experiencia.

Mis hijos son dos encantos, Sara, la mayor, tiene 25 años, ha empezado a trabajar y tiene solo un defecto, es demasiado tímida. Bueno, eso fuera de casa, porque con su hermano y conmigo es todo un terremoto.

Santi, mi hijo, es todo lo contrario, 20 añitos recién cumplidos y muy atrevido, está en la Universidad y es el ojito derecho de muchas chicas, incluidas sus primas.

Desde antes de navidad vi detalles que me tenían en vilo, Sara provocaba a su hermano y éste no se escondía, al contrario, entraba al trapo enseguida.

Más de una vez vi a Sarita en el sillón con el camisoncito subido, se veían sus braguitas debajo y miraba de reojo a su hermano para comprobar si él las veía.

  • Tápate, cochina. – repetí en más de una ocasión al ver su postura tan guarra –
  • Jo, mamá. – protestaba cerrando las piernas – Que es mi hermano, caray, que no es el vecino.

Yo miraba de refilón y en el pijama de Santi se marcaba un bulto enorme.

  • ¡Qué te tapes! – exigía intentado poner orden –

Sarita resoplaba enfadada, Santi se tapaba el paquete y mi marido seguía a lo suyo, viendo la tele.

Así pasó lo que pasó.

Pasaron los días y una noche vi que Sarita se tumbaba en el sofá apoyando la cabeza en las piernas de su hermano.

Bueno. – pensé – Hay hermanos que se llevan como el perro y el gato, al menos estos se quieren, así que tengo que estar contenta.

Nos sentamos a ver la tele, y pasado un buen rato, vi que Sara frotaba la cabeza disimuladamente contra el paquete de su hermano. Pero no creí que fuera nada grave, solo que lo hacía sin querer y sin percatarse que podía excitar a Santi.

Vi como crecía el bulto en el pijama de mi hijo y empecé a ponerme nerviosa. Ayyyy, está niña. ¡Por Dios!

Iba a llamar su atención cuando sonó el teléfono de la casa, me levanté, contesté y al volver ya no pude contenerme, Sara tenía el escote desabrochado y su hermano miraba descaradamente sus tetas.

A puntito estuve de dar un guantazo a cada uno, a él por mirar y a ella por ser tan guarra. Pero algo me hizo cosquillas en el estómago y decidí callarme y esperar a ver lo que hacían.

Vi a Sarita girarse en medio de la película, besó el bulto de Santi, pasó la lengua por el pijama y le mordió la puntita con los dientes.

Iba a levantarme para coger a los dos por los pelos, cuando vi que Santiago apartaba a su hermana y en voz bajita le decía que eso no se hacía.

Bueno, estarán jugando entre ellos. – pensé al ver la actitud de mi hijo – Y resté importancia a lo sucedido.

Pero un par de días después ocurrió algo parecido, Santi llegó de correr y fue a meterse en la ducha.

Yo les había enseñado de pequeños que no bloquearan la puerta por si tenían algún accidente, y que antes de entrar, llamarán por si había alguien dentro.

Pero lo que ocurrió no se ajustaba a esa norma. Santi se estaba duchando y Sarita entró a hurtadillas.

Me acerqué, entreabrí la puerta, y por una rendija vi como mi hija metía la mano en la ducha y cogía a su hermano la verga.

Quise entrar y darla un guantazo, pero vi como acariciaba la polla de Santi y me quedé embelesada mirando.

  • Esto está mal. – recriminó Santiago a su hermana pidiéndola que se marchara –

Vaya, al menos mi hijo sabía comportarse como una persona adulta, aunque empecé a preocuparme por Sara.

Pasaron los días y vi que su actitud no cambiaba, seguía acosando a su hermano cada vez que podía.

Tengo que hacer algo, pensé una buena mañana. Pero era la fiesta de Navidad y decidí hacerlo otro día.

Llegó la noche de fin de año y nos reunimos toda la familia, vinieron mis padres, mi hermano y mis tres sobrinas pequeñas. La cena fue fenomenal y después tuvimos una gran fiesta, yo bailé con mi hermano, con mi padre y con mi marido, pero hubo un detalle que percibí y me dejó preocupada, Santi bailó con cada una de mis sobrinas. Pero ¿Y Sara? Mi hija se arrinconó y bebió sin parar sin dejar de mirar a su hermano.

Intenté hacerla bailar pero tuve un no por respuesta.

Por fin llegaron las doce, sonaron las campanadas, comimos las uvas, llenamos las copas, y cuando íbamos a brindar, Sarita le dijo a Santi al odio.

  • Quiero hacerlo hoy.
  • No. Eso no está bien. – respondió mi hijo muy serio –
  • Jo, Santi, lo necesito.

Pero vi a Sarita brindar, acariciarle disimuladamente el culo, y dándole un pico en los labios, respondió decidida.

  • Da igual, va a ser hoy y quiero hacerlo contigo.

Pusieron una canción y Sarita bailó con su hermano, quizás nadie se percató, pero yo vi como mi hija tocaba a Santi por encima del pantalón rozándole continuamente la verga, y cuando aquello creció, le pidió que fueran al baño.

No irán, pensé creyendo en la sensatez de mi hijo.

Pero Sarita insistió y le rozó sin parar hasta que el pene se puso muy duro.

  • Vámonos. – le apremió – Necesito tocártelo aunque solo sea un poquito.

Dejó de bailar, salió del salón y poco después Santi la acompañó mirando hacia atrás para ver si alguien le seguía.

Vi a mi familia bailar, beber, reír y celebrar el año nuevo. Todos estaban felices y nadie se había percatado que en el salón no estaban ninguno de mis hijos.

Joder, Ana, no puedes permitirlo. – me repetí sin parar al ver lo que sucedía –

Fui al baño detrás y volví a abrir dejando una pequeña rendija en la puerta.

Santi estaba de pie y su hermana frente a él de rodillas, tenía su miembro en la mano y lo acariciaba con pasión como si se lo fuera a meter en la boca.

No puede ser, cómo habían llegado a este punto, deseaba entrar y parar aquella locura.

Entonces vi a Sarita tocarlo tirando del prepucio hacia abajo y después hacia arriba, el glande hinchado y rosado se veía tan hermoso, que lo miré y deseé que también fuera mío.

  • Jo, Santi. ¡Vaya pollón! Tienes el capullo muy gordo. – exclamó Sarita con mirada lasciva –

Mi hijo miró y lo vio aparecer entre los dedos de su hermanita.

  • Es así, Sarita, cuando me lo tocan se pone gordísimo.

Vi a Sarita dudar y de repente lanzar la pregunta.

  • ¿Te lo puedo chupar?
  • No, Sara, eso no. Mejor lo dejamos. – respondió Santi intentando apartar a su hermana –

Pero Sarita no obedeció y sacando la lengua dio un lametón al capullo.

  • Ummmm. – oí gemir a mi hijo – Para, Sarita, para, por favor.
  • ¿No te gusta como lo hago? – preguntó pícaramente mi niña –

Sacó la lengua otra vez y con la puntita rozó reiteradamente el frenillo.

  • ¿Así está mejor? – consultó esbozando una leve sonrisa –

Oí a mi hijo gemir y agarrar a su hermana por la cabeza, sujetándola del pelo y metiéndola más la verga.

  • Ummm. Lo haces muy bien, Sari. Ahhh, pero debemos parar…..

Sarita se la tragó y comenzó a chuparle la polla, recorriendo el tallo de punta a punta y masajeando los huevos con la mano.

  • ¿De verdad quieres que pare? – preguntó mientras sacudía con la manita lentamente la verga –

Oí resoplar a mi hijo y supe que no había marcha atrás, iba a dejar a su hermana mamar y que le comiera toda la polla.

  • Sigue, Sari, sigue. – ordenó tirándola con fuerza del pelo –

Sarita se relamió, y humedeciendo los labios, se la chupó como loca, tragándosela como podía y levantando la cara para ver gemir a su hermano.

Sentí un enorme calor y me abrí un poquito de piernas, noté que tenía las braguitas mojadas y comencé a meterme los dedos.

Chúpasela, hija, chúpasela. – pensé para mis adentros – Me hubiera gustado ser yo quien estuviese allí arrodillada, tener esa enorme verga en mis manos y chupársela con mi boca.

Mis dedos follaban mi coño y mi mano apretaba mis tetas, notaba mi desazón y las estrujaba como si fueran pelotas.

Chúpasela, Sara, chúpasela. – hubiese dicho con lujuria a mi hija si no estuviese escondida detrás de la puerta –

Vi a mi hija mamar y mi excitación creció sin parar, pasaba la lengua, mordisqueaba el capullo y se la metía enterita en la boca.

Sarita chupaba, mi hijo gemía y yo veía a los dos en una actitud tan obscena, que estaba cachonda perdida y me metía los dedos profundamente en el coño.

  • Ummmm. Eres mi hermana, Sarita. No deberíamos hacerlo. – exclamó Santi gimiendo –

Pero seguía sujetando a su hermana, tirando con fuerza del pelo para meterla la polla en la boca y empezaba a mover las caderas.

  • Pero yo quiero. – fue la respuesta de Sara –
  • Ummm. Sigue chupando, Sarita. – ordenó Santi embistiendo su boca –

Veía a mi hija mamar y deseaba estar junto a ella, me hubiese encantado ocupar su lugar y chupar esa verga tan rica que ella disfrutaba mientras yo tan solo miraba.

Santi gemía sin parar, su hermana chupaba como loca y yo me hacia la paja, era todo un concierto de obscenidad y de incesto.

Mi hijo tiró del pelo a su hermana y ella levantó la cara.

  • Te voy a follar la boca. – dijo Santi mirándola directamente a los ojos –

Sarita dijo que si y envolvió con los labios el duro y grueso capullo que su hermano la regalaba.

  • ¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! – chilló Santi sin parar follándola salvajemente la boca –

Empujaba las caderas adelante y atrás penetrando con rudeza la húmeda y cálida boquita de su hermana.

  • ¿Te la vas a tragar? – preguntó con obscenidad a Sara –

Mi niña no contestó y Santi volvió a taladrar sin respeto su boca, penetrando con su miembro hasta golpear su garganta.

  • Toma ¡¡Joder!! Cómeme entera la polla. – grito mi hijo sofocado –

Santi había perdido el control y embestía desesperadamente a su hermana, sin importarle una mierda que le gustara o se ahogara, desde la puerta podía ver su inmoralidad, su desenfreno total y la perversión en sus ojos.

¡Ojala fuera yo! – deseé como loca – Mi excitación era tal, que empecé a embestir mi coño con los dedos a la misma velocidad que mi hijo se la metía a su hermana en la boca, penetrándome hasta notar que la mano golpeaba mi vulva y mis dedos chapoteaban en mis flujos viscosos.

  • Ahhhh. – se me escapó un leve gemido y temí que mis hijos me oyeran –

Miré por la rendija y vi que Santi tiraba del pelo a Sarita impulsándose hacia delante para meter todo el tronco venoso en su boca.

  • Me voy a correr en tu cara. – dijo mi pequeño mirando a su hermana –

Sarita dijo que si y continuó chupando como una desesperada, relamiendo la polla de su hermano como loca.

Mis hijos estaban desatados, él metía y sacaba la verga, y ella miraba a su hermano comprobando como follaba su boca.

Di un tirón de la braga y la tiré al suelo corriendo, me abrí cuanto pude de piernas y metí todos los dedos en mi coño, quería follarme con ellos pensando que era la verga de Santi, la misma que ahora estaba chupando mi hija.

  • Ummmm. Prepárate Sarita. – suspiró Santi gimiendo –

Vi a mi hija excitada, con su carita mirando hacia arriba, contemplando como su hermano sacudía con energía su polla y salpicaba de semen su cara.

  • Ummm. En la boca, Santi, en la boca. – pidió ella – Échamela en la boquita.

Sacó deprisa la lengua, y moviéndola de lado a lado, acarició el glande con ella.

  • Toma leche. ¡Zorra! – exclamó Santi excitado –

Vi a Sarita sonreír y recoger el espeso líquido blanco que golpeaba sus labios.

  • Dámela, dámela. – respondió metiéndola en su boquita –

Sarita mamaba, Santi se corría y yo metía los dedos profundamente en mi coño para conseguir un delicioso orgasmo.

Me costaba respirar y me temblaban las piernas, pero ver a mi hijo llenar de leche a su hermana, me excitó de tal manera que a punto estuve de entrar y pedir que regara también mi cara.

  • Ahhhh. Siiii. – se me escapó un largo gemido en el momento que me corría –

Ummm. Que rica y calentita debía estar la leche de mi hijo, como me hubiese gustado beberla y compartirla en ese momento con Sara.

Acaricié mi botoncito, metí mis dedos hasta el fondo y tuve un orgasmo bestial como hacía años que no disfrutaba.

Sabía que hacia mal y debería haber parado esta locura, pero era tan grande el placer y la excitación que tenía, que al ver la carita de mi hija, supe que no lo haría.

Un hilillo de semen descendía por sus ojos y otro cruzaba de lado a lado su cara, me hubiese gustado entrar al baño y lamer con mi lengua la mejilla de Sara, recoger esa lechita, metérmela toda en la boca y decirle a mi hijo que podía correrse cada día llenándome de leche la cara.

Apreté mucho las piernas, y con los dedos empotrados en el coño, terminé de correrme viendo por la rendija como mis hijos se besaban, Santi levantaba a su hermana y metía la mano bajo el vestido, y ella sonreía y le mostraba las tetas.

  • Tócamelas Santi, quiero que me las comas.
  • Te las voy a comer, Sarita. – fue la respuesta de él – Y después voy a partir en dos este coñito de Puta.

Siiiii. – pensé en ese momento – Estaba deseando ver a mi hijo follándose a su hermana, sabía que ella era virgen y quería ver como la rompía el coñito y por fin la desvirgaba.

¡¡Es incesto!! Ana ¡¡Es pecado!! – me repetí varias veces – Pero viendo como se besaban y como mi hijo comía sus tetas, me excité de tal manera que no pude contenerme.

¡¡Fóllatela Santi!! Fóllate a la zorra de tu hermana.

Espiando a mi hijos

Dame duro, hijo mío