Es largo y flexible.
Ahora también es grueso,
cada vez más firme,
tanto que mis manos apenas logran
rodearlo del todo.
Lo sostengo con ambas,
sintiendo su firmeza tensa,
ese pulso silencioso
que responde a cada respiración
que le he regalado.
Ya no es solo un juego visual.
Hay algo en su peso,
en cómo reclama espacio,
que despierta una curiosidad
más honda.
Lo acerco, lo dejo rozar,
no los labios de la boca esta vez,
sino a ese lugar íntimo y húmedo
donde todo se vuelve más lento,
más tenso,
más atento,
más verdadero.
No entra aún.
Solo roza.
Solo anuncia.
Y ese anuncio basta
para que el cuerpo entienda
que hay profundidades
que también saben estirarse,
ceder,
aprender a recibir.
Mis manos tiemblan un poco.
No por miedo,
sino por deseo
de lo que podría ocurrir
cuando deje de sostener
y decida permitir.
Me detengo ahí.
Justo antes.
Antes de que mis manos lo aten,
lo empuje y obligue a entrar .
Podría explotar,
podría seguir creciendo,
porque el riesgo excita
Y eso
eso es lo que verdaderamente
lo vuelve irresistible.