Capítulo 3
- Del teatro a la granja I
- Del teatro a la granja II: Ernesto el pony
- Del teatro a la granja III: Apolo y el infierno
Me levanté y después de tomar unos mates, di un paseo e hice ejercicio por el jardín.
Era mi último día en la granja, ya que tenía que irme a la mañana siguiente. Ese era el plan al llegar, aunque, siendo sincera, quería quedarme un poco más.
Si bien las experiencias con los caballos habían sido devastadoras, seguían siendo increíblemente excitantes.
El mediodía llegó rápido, volví a la casa principal para preparar algo de comer y me encontré con Ramón trabajando en el cobertizo, lo saludé y seguí mi camino.
Mientras cocinaba, pensé en nuestra conversación de ayer sobre los animales.
Nunca en mi vida había tenido un pensamiento zoofílico. Sin duda lo habría aborrecido e incluso habría sentido asco, y aun así, en dos días, había tenido contacto íntimo con dos caballos.
Fue una locura absoluta. Una locura placentera, por supuesto.
Y lo peor fue que me picó el gusanillo de la curiosidad e incluso me sorprendí imaginando sexo con otros animales. Me reí de mí misma por todo lo pasado estos últimos días, el contacto tanto físico como emocional con los animales había abierto una puerta en mi sexualidad que jamás supe que existiera, como si hubiera estado ahí aplacada o dormida a la espera que algo o alguien la despertara.
Y de la que confieso, no sé si hay posibilidad de cerrarla.
Era como una sensación de conexión con lo más primitivo y absoluto del ser, lo más básico, el instinto animal.
Cómo cambian las cosas, ¿verdad?, cuando llegué era otra mujer diferente, más pacata, más tradicional tal vez, y ahora me veía desatada.
Pensaba en esto, recordé lo que Ramón me había contado sobre el semental del marido de Victoria, y esto me intrigó mucho, despertó mi curiosidad, mi cabeza era un mar de emociones mezcladas.
Quería saber más sobre este animal.
¿Cómo se comparaba en tamaño con los demás?
¿Cómo sería este macho alfa?
Si además era un excelente reproductor, ¿sería su rendimiento sexual mejor que el de los demás animales?
Toda esta intriga produjo un hormigueo en mi vientre, cerca del pubis.
Intenté imaginarlo, ¿sería brioso? ¿Muy bien dotado? ¿O igual que los demás caballos?
Al ser un semental, ¿su esperma sería diferente al de los demás?
Me di cuenta de lo que estaba pensando y me reí como una loca.
Un gran interrogante se abrió ante la aparición de esta nueva criatura. Sentí que tenía que hacer algo al respecto, ya que solo pensarlo me generaba un sinfín de emociones y escalofríos. Era obvio que algo me estaba pasando.
Al terminar de almorzar decidí ver a Ramón, tenía que saciar mi curiosidad sobre el animal.
Fui para su casona y lo encuentro podando unas plantas en el jardín. Me acerco despacio y lo saludo
“Hola Ramón buenas tardes, ¿cómo le va?”
Me retribuye el saludo y me observa tranquilo esperando.
Continúo diciendo
“Emm le quería hacer una pregunta, la curiosidad se me ha instalado y solo Ud. puede responderme”
El viejo zorro sonrió presintiendo lo que le iba a preguntar me dice
“Mire Cecilia, su amiga Victoria un tiempo después de la muerte del Señor, intentó un par de veces tener contacto con Apolo el reproductor, y no hubo caso. El animal es impredecible y nervioso, no hubo manera que se quede quieto y ella pudiera tocarlo más de unos segundos por más que yo lo mantuviera atado. Y como es un bicho grande, se vuelve peligroso “
“Que pena” susurré sin dame cuenta, y acoté
“Me hubiese gustado tocarlo al menos”
Ramón viendo mi cara de decepción, en un gesto de apiadarse dice
“Mire, hagamos una cosa, Ud. prepárese como si fuéramos a ver a los otros animales y yo la llevo a conocerlo, al menos nos saciaremos la duda”
Entusiasmada le dije que sí y fui a cambiarme.
“En media hora voy” me dijo
Salí con enorme entusiasmo para la casa, ya notaba que mi expresión había cambiado y mis ojos brillaban por la emoción.
Finalmente iba a conocer ese ser que me mantuvo en vilo toda la mañana, tenía una excitación inmensa y sentía mi corazón palpitar como nunca, iba sonriente como una colegiala.
Me puse la misma ropa que había usado el día anterior; la lluvia no me había dado tiempo a lavarla.
Ramón vino a buscarme y fuimos al establo, esta vez un silencio inquietante reinó durante todo el trayecto.
Percibí una expresión de preocupación en su rostro, y creo que silencio se debía a ello.
Llegamos y entramos a la salita y de ahí al pasillo y ya desde ese lugar oscuro sentí ese aroma que tanto me supo cautivar.
Continuamos por el pasillo que parecía interminablemente eterno, y a medida que nos acercábamos al final el olor se hizo más profundo y penetrante.
Inhalé profundamente, llenándome los pulmones con ese aroma, y una oleada de erotismo me recorrió las piernas, poniéndome la piel de gallina.
Llegamos a la última puerta, Ramon pasó primero y me hizo un gesto de esperar un segundo. Me dejó entrar, y en un espacio un poco más grande que los demás, vi a Apolo al otro lado de una barandilla metálica.
Un azabache, un caballo negro brillante, hermosamente musculoso y esculpido, igual al mítico “Tornado” de la seria del Zorro de mi infancia.
Sus venas prominentes se entrecruzaban en una maraña interminable a lo largo de sus ancas, piernas y cuello.
Era absolutamente hermoso, seductor y excitante. En cuanto me vio, levantó la cabeza, se giró con un fuerte bufido y nos miró.
Ramón me hizo un gesto que me quedara quieta, obedecí. Temblaba como una hoja entre miedo y excitación, el aroma me impregnaba e invadía de forma continua en un olor a hormona animal primitiva, fuerte y sumamente atrayente.
Ramón me mira y me susurra que me acerque a la barandilla. Doy un par de pasos lentamente y veo a Apolo girarse y acercarse a mí. Tiemblo. Se detiene frente a mí, sus cascos resonando suavemente contra el suelo, un ronquido suave emanando de su interior.
Ramón me indica que me mueva al otro lado. Obedezco lentamente, y el caballo me sigue.
Sus resoplidos ahora incluyen algún que otro relincho corto y un movimiento de su hermosa crin.
La mirada del caballo se cruzó con la mía, y confieso que una sensación intimidante me invadió al ver en sus ojos no solo el deseo inquebrantable de poseer a su yegua, sino también el conocimiento de cómo hacerlo… Temblé con una mezcla de miedo y emoción.
Ramón me pide me acerque lentamente a la barandilla, yo obedezco sumisamente
El padrillo, Apolo, vino despacio hasta mí, bajó su hocico lentamente oliéndome por todas partes mientras yo temblaba como una hoja, olfateó mi rostro y mi cuello y volvió a bajar su cabeza apoyando su frente en mi abdomen, Su nariz estaba en mi entrepierna, y mientras resoplaba, sentí su aliento caliente y húmedo recorrer mis piernas y, por supuesto, mi sexo.
El nivel de excitación mío no tenía comparación a nada de lo vivido anteriormente.
El hombre incrédulo me mira y me dice en vos baja
“Tómelo, la está aceptando, nunca lo había visto así, es la primera vez…”
Tomé suave su cabeza entre mis manos y comencé a masajear sus mejillas subiendo hasta sus orejas
El animal, con la cabeza entre mis piernas, resopló suavemente y se rindió a mis caricias. Continué bajando mis manos hasta su cuello, sintiendo su piel caliente y vibrante., sus venas palpitaban y se podía sentir claramente como la sangre caliente fluía por ellas de manera imparable.
A mi nivel de excitación, sin dudas Apolo lo percibía claramente, sus resoplidos eran clara muestra de ello, con la excitación mi cuerpo emanaba un cóctel de hormonas que él sentía perfectamente.
En ese momento decidí desvestirme para él. Me aparté un poco, quitándome la camisa, y lentamente me quité los pantalones cortos y las bragas. Apolo hundió la nariz entre mis piernas, y yo las separé, permitiéndole sentir mi humedad y mi aroma a hembra deseosa.
Sujeté su cuello con ambas manos y froté suavemente mi sexo contra su cara y nariz. La bestia relinchó, resoplando y asintiendo con la cabeza como si aprobara el acto.
Apoyé mis tetas sobre su cabeza y aferrándolo del cuello lo hundí más en mi entrepierna sintiendo sus soplidos penetrar entre mis labios vaginales.
En ese momento, supe que ya era suya….
Oí a Ramón decir
“no puedo creerlo, rápido hay que aprovechar esto…!! ”
Abrió la barandilla metálica y entramos. El caballo se acercó de nuevo y le acaricié lentamente la cabeza y el cuerpo. Seguía resoplando y pateando el suelo con nerviosismo.
Ramón le puso un cabestro y lo condujo a la habitación contigua.
Allí, vi una especie de silla de inseminación, de las que se usan para recolectar el semen de un potrillo. Colocó al potro, que resoplaba y jadeaba nervioso.
Para calmarlo, me acerqué a él y le toqué y acaricié suavemente el vientre y el lomo, frotándome contra él y diciéndole suavemente:
«Tranquilo, pequeño, tranquilo, esta yegua pronto será tuya…»
El hombre colocó a Apolo en el caballete y retiró la bandeja de recolección de debajo, colocando en su lugar una mesa baja que encajaba debajo del caballo.
Me miró y exclamó:
«Está listo».
Apolo, que sabía de qué se trataba, empezó a revelar su gruesa herramienta mientras yo le tocaba el abdomen con las palmas de las manos, acercándome. Besé al animal en la cara y le dije:
«Voy por ti, mi amor, es la hora…»
Me arrodillé sobre el cojín, sintiendo que mi corazón y mi respiración se aceleraban, y vi ante mí una escultura egipcia, deseada, negra y brillante como la obsidiana, llena de venas palpitantes, meciéndose entre dos enormes testículos negros. Salía lentamente a mi encuentro en una marea de olores intensamente deseables.
Temblando, lo tomé entre mis manos y lo sentí vibrar como si fuera un motor. El semental me enviaba toda su energía a través de su falo, y esto me sumía en un mar de excitación incontrolable.
Pensé
“moriré de todas formas, pero tengo que saciar esta locura”
Ansiosa, recorrí con ambas manos su palpitante longitud mientras guiaba su glande hacia mis labios. Lo tomé con un movimiento rápido e introduje su cabeza en mi boca, sintiendo su enormidad llenarla. Sentí el relincho y el sabor ácido de su falo macho al hacerlo, y seguí saboreándolo con voraz hambre.
Mamé y mordisqueé un poco, notando que el animal endurecía su miembro, lo quité de mi boca.
Aunque con miedo, deseaba su esperma dentro mío, sería una más de sus yeguas fecundadas, para continuar su linaje de reproductor.
Quería rendirle un homenaje a su estirpe equinamente reproductora y complacerlo con ansias.
Miré a Ramón, quien me ayudó a subir a la mesa, colocándome debajo del caballo, solo que esta vez boca abajo. La verga de Apolo descansaba en el borde de la mesa, y me coloqué de modo que las piernas quedaran a cada lado del animal. Bajé lentamente mi cuerpo hasta que el soporte me permitió apoyar mis pies desnudos en el tubo, esta posición me permitía regular la penetración futura para evitar un desgarro.
Mientras tanto, la hombría obsidiana de Apolo, en todo su esplendor, apuntaba directamente a mi rosada puerta del paraíso. El caballo, ya consciente de lo que se avecinaba, corcoveó ligeramente arqueando el lomo y resoplando con breves relinchos de deseo.
Sentí el abdomen sudoroso del animal contra mis nalgas y espalda, y bajando lentamente, doblando mis piernas, la flor de su enorme glande se apoyó caliente en el palpitante y apretado anillo de mi vulva.
Sentí el calor, la humedad y la vibración de la verga de aquella bestia…y temblé.
Coloqué mis brazos por debajo de mi estómago palpando la inmensa herramienta y sin pensarlo, sujetándola, empujé suavemente mi cuerpo para abajo.
Grité cuando el enorme glande carnoso desapareció dentro de mí como un fantasma, ingresando en una mezcla de excitación y dolor que se unían explosivamente.
Me quedé quieta un segundo esperando se aplaque un poco.
Un breve instante después la bestia que al fin había encontrado el cuenco que tanto deseaba para depositar todo su poderío reproductor, comenzó sus embates haciéndome sentir el diámetro y la rugosidad de sus venas en mi interior, en rítmico vaivén animal. Cada empujón de Apolo me arrancaba un grito, y se convertía en una lucha sin igual entre placer y dolor que me dejaba sin aliento.
Mi cuerpo perdía el control en un mar de temblores presintiendo que el orgasmo vendría de manera implacable al unísono de nuestros movimientos, en un compás digno de un baile victoriano.
La flor de su glande, como en una primavera tardía, con cada empujón se inflaba de manera sostenida llenando mi canal vaginal, dilatándome, colmaba mis espacios en una sensación de plenitud imposible de ignorar, transportándome a los rincones más oscuro de mis pensamientos.
Un rato después (perdí la noción de cuánto tiempo) pude sentir su gran capullo presionando contra mi útero dado lo profundo de su penetración. Y tras un temblor que estremeció su cuerpo acompañado de fuertes relinchos, recibí la oleada de calor intenso y persistente.
La marea de espeso semen de su eyaculación golpeó con fuerza y precisión, invadiendo mi útero hasta sus cimientos.
Me retorcí en un espasmo tanto por el impacto como por su invasiva temperatura, grité como pude y comencé a acabar en una serie de contracciones que presionaban intensamente la verga del animal contra las paredes de mi vagina.
Parecía un ritual interminable de lucha para ver quien poseería finalmente el cetro del otro, claro está que era una lucha desigual…
Todo duró unos segundos que parecieron horas y la calma sobrevino en cuotas entre mis cada vez más espaciadas contracciones.
Quedé sobre la mesa con Apolo apoyado encima, gran parte de su enorme herramienta desinflada aún dentro mío, fruto de mis contracciones que la habían retenido.
Poco a poco, tanto el animal como yo recuperamos el ritmo respiratorio. Bajó la cabeza de costado, mirándome, y nuestras miradas se cruzaron, vi claramente el brillo de quien se ve victorioso y se compadece de su oponente derrotado, satisfecho de haber cumplido su tarea. Su hembra entregada, ya estaba fértilmente inseminada.
Con el rabillo del ojo, noté que Ramón se había alejado, dejándonos solos. De pie en la puerta de la otra habitación, con los pantalones desabrochados, se tocaba el grueso miembro, masturbándose lentamente.
Fingí no verlo y me di la vuelta lentamente.
Permanecí allí unos minutos. Tener su imponente miembro aún dentro de mí, con su cabeza obstruyéndome la entrada como el botón de un perro, permitía al caudal ir entibiándose de a poco dentro de mi cofre sin salirse.
Pasaron varios minutos así, quietos los dos como disfrutándonos mutuamente. Me recordó mis épocas de adolescente, cuando al fornicar con mi primer novio acabábamos juntos y jugábamos a quedarnos sin despegarnos por minutos, era amor puro….
igual que esto, a decir verdad.
Ya bastante repuesta, pero teniendo aún la flor de Apolo dentro, comencé a moverme lentamente de lado y pronto sentí que su capullo despertaba de nuevo y empezaba a endurecerse.
Miré y Ramón nos había abandonado por completo.
Librada al azar, pero envalentonada, esta mujer madura pensaba que a este potro casi salvaje iba a darle su merecido.
Seguí balanceándome rítmicamente de lado mientras sentía que mi altar pélvico se llenaba lentamente.
El potro, mi semental, resopló con fuerza y dejó escapar un breve relincho, apenas lo sentí moverse tuve la sensación de que su anaconda negra ya había cobrado vida de nuevo.
Comencé el vaivén, subiendo y bajando, dejando que su miembro se deslizara de nuevo dentro de mí. Se hinchó automáticamente, presionando contra mis paredes internas.
Y comencé a disfrutar de esta penetración una vez más…
Tomé un ritmo constante y profundo, y Apolo contribuyó inflando y enterrando su vara con renovado vigor, sus resoplidos y el grosor que iba construyendo en cada empujón era increíble, sentía como su diámetro crecía generando una fricción en mi vagina que se traducía en eróticas descargas eléctricas.
Coordinando nuestros movimientos en un vaivén acompasado, comencé a gemir escuchando la cálida respiración de mi amante animal sobre mi cabeza. Cuanto más grueso se volvía su miembro dentro de mí, más empujaba yo apretándolo.
Tenía presentes mis recuerdos de adolescencia y estaba decidida a que nuestros orgasmos llegaran simultáneamente, como en aquellos tiempos gloriosos.
«¡Vamos, Apolo, ¡tú puedes!» le dije al animal entre gemidos y sollozos.
Su enorme verga latiente, casi en su punto máximo, emitía una energía palpable que se transmitía a mi sistema nervioso a través de las paredes de mi vagina.
Ese orgasmo era un premio que se acercaba inexorablemente, una recompensa a tanto esfuerzo.
Los embates se hicieron cada vez más profundos, la boca de mi útero daba cuenta de ello siendo golpeada con cada embestida.
Estaba entregada en esa mezcla de dolor y placer, Apolo me sometía rítmicamente y mi cuerpo aceptaba esta sumisión, amoldándose lo mejor posible a su tamaño.
Sin más resto para aguantar al semental, sintiendo que la flor de su crecido capullo estaba en su momento más épico. Me corrí en un orgasmo devastador construido en base a las incesantes embestidas de su verga equina.
Dentro de ese abrumador torbellino sensorial, percibí un poderoso relincho, y en un empujón glorioso abrió el grifo de su inmensidad y el cálido mar vino por mí de nuevo, derramando toda su simiente en mi interior.
Me retorcí en contracciones incontrolables, sintiendo la enormidad de Apolo descargar su premio sin parar.
Al cabo de unos instantes posteriores al orgasmo, aún sentía su verga, latiendo caliente, goteando adentro los últimos vestigios de su espesa eyaculación.
Como en toda postguerra habían comenzado las épocas de paz y la calma reinaría un tiempo, aunque fuese breve.
Nos quedamos unos minutos en esa posición y decidí que era hora de salirme.
Sentía el cuerpo entumecido, las rodillas, el abdomen y, por supuesto, la vagina pedía a gritos un descanso.
Incliné el cuerpo hacia arriba y sentí un doloroso «pluff» cuando el enorme glande emergió de mi interior. Inmediatamente, el semen empezó a brotar, mojándome las piernas y el vientre.
Ahuequé la mano debajo, recogí una buena cantidad y bebí, saboreando su espesa esencia.
intentaba levantarme, vi a Ramón en la puerta del establo. Me miró, sonrió y asintió con la cabeza.
Me dio unas toallas para limpiar lo que pudiera de los restos del gran semental. Me senté lentamente en el borde de la silla y descansé un rato, viendo cómo gruesos hilos de su esencia animal caían uno tras otro de mi entrepierna formando un charco en el piso.
Cuando dejaron de caer, me calcé la bombacha y el short y me puse la remera, tomé mis chanclas y me paré.
Un ligero mareo me sorprendió en mi momentánea embriaguez. Me recuperé y volví sobre mis pasos, acercándome a Apolo, que me miraba con calma, como agua de pozo.
Lo toqué apoyando mi cuerpo contra el suyo, sintiendo su ronroneo. Mirándolo a los ojos, muy de cerca, le acaricié el hocico y le di un beso enorme en la mejilla mientras le decía
“Apolo querido…mi amor…hoy cambiaste definitivamente mi vida. Ya nada va a ser lo mismo que antes mi potro salvaje”
Casualidad o no, el animal me dio un par de lengüetadas, le estampé otro beso y me fui.
Ramón me llevó del brazo a la casa. Mi estado general no me permitía hacer mucho, y creo que estaba preocupado por eso.
En cuanto llegamos, me preguntó si quería que me preparara un baño. Dije que no y le di las gracias, quería acostarme primero.
Insistió y dijo
“La Sra. Victoria tiene unas sales de baño antiinflamatorias en el botiquín que suele usar en la bañera después de sus recreos. Sería bueno que las usara, se sentirá mejor”.
Seguí su consejo, preparé un baño con las sales y me sumergí.
Me sentí de maravilla, eran rejuvenecedoras e increíblemente gratificantes.
Estuve en el agua más de una hora, casi dormitando. Las sales habían hecho un gran trabajo en mi cuerpo, me sentía renovada, excepto mi vagina, que aún sentía los latidos del potro.
Se hizo de noche, comí unas cosas sobrantes del mediodía y me fui a dormir, había sido un día muy duro y me sentía muerta, aunque feliz.
Estos días en la granja sin dudas iban a ser inolvidables.