Tenía 19 años y vivía casi siempre solo en casa. Ese día había bañado a Thor, mi pitbull fuerte y musculoso. Mientras lo secaba con la toalla, noté que su verga roja y gruesa empezaba a salir del prepucio, completamente erecta. No sé por qué, pero en lugar de ignorarlo, sentí un calor raro entre las piernas.
Llevaba semanas experimentando en secreto. Me metí al cuarto de mi mamá y me puse uno de sus baby dolls negros, cortito, transparente, que apenas me cubría el culo. Me veía al espejo y ya estaba mojado de solo imaginarme.
Volví con Thor. Tenía condones listos. Le puse uno con cuidado sobre su miembro palpitante mientras él movía la cola, confundido pero excitado. Me arrodillé en la cama en cuatro, levantando el baby doll y dejando mi culo expuesto.
—Ven aquí, chico… —susurré con la voz temblorosa—. Huele.
Thor se acercó de inmediato y hundió su hocico entre mis nalgas. Su nariz fría me hizo saltar. Empezó a lamerme con esa lengua larga y áspera, primero despacio, luego con más ganas.
—Joder… sí, así… lámeme —gemí bajito, empujando mi culo hacia su cara.
No era suficiente. Recordé la Nutella que tenía en la mesita. Agarré el frasco, me eché un poco en el ano y en el perineo. En cuanto el olor llegó a Thor, se volvió loco.
—¡Ahh! ¡Sí, Thor! ¡Lame todo! —jadeé cuando sentí su lengua gruesa y caliente devorándome, entrando un poco, lamiendo con fuerza la crema dulce mezclada con mi sabor.
Mi verga estaba durísima y goteando. Me temblaban las piernas. Intenté ponerme mejor en posición, pero Thor ya estaba demasiado excitado. Dio un paso adelante, me montó con sus patas delanteras fuertes y me jaló hacia él con urgencia. Sentí su peso sobre mi espalda y cómo su verga enfundada en el condón se movía buscando mi entrada.
—Espera… despacio… —susurré, aunque sabía que no iba a esperar.
Sus uñas se clavaron en mis costados mientras empujaba. Sentí la punta gruesa presionando contra mí.
—Tranquilo, chico… métemela —gemí, abriéndome más para él.
Thor empujó con fuerza y de repente entró. Solté un gemido largo y ahogado.
—¡Ahhh! ¡Dios! Está muy gruesa…
Empezó a follarme con esas embestidas rápidas y salvajes de perro. Sus patas me apretaban fuerte, no me dejaba moverme. Cada vez que intentaba cambiar de posición, sus uñas se clavaban más y su cuerpo me jalaba hacia atrás, obligándome a tomarlo todo.
—Fóllame… así, Thor… ¡no pares! —jadeaba yo entre gemidos, con la cara hundida en la almohada y el culo levantado para él.
Se oía el sonido húmedo de sus caderas chocando contra mi culo, sus gruñidos bajos y mi voz cada vez más rota:
—Más adentro… sí… eres un perro muy malo… me estás cogiendo rico…
Duró varios minutos intensos hasta que sentí cómo se hinchaba dentro de mí y se corrió fuerte, llenando el condón. Yo me vine casi al mismo tiempo, sin ni siquiera tocarme, manchando el baby doll y las sábanas.
Thor se quedó unos segundos sobre mí, jadeando, todavía dentro. Yo temblaba entero, con el corazón a mil.