Capítulo 5
CAPÍTULO 7: “LA VOZ QUE ME DERRITIÓ”
o cómo el papá de Pepe cruzó la calle para ayudarme con la cortina
Y yo que pensaba que sería un domingo tranquilo…
Pues no. Estaba muy equivocada.
Esa ventana se está volviendo mi cómplice y a la vez mi perdición. Estaba preparando unos hot cakes para el desayuno, toda tranquila, en mi mundo, cuando de repente escuché desde la calle:
— “Hijo, apúrate, se nos va a hacer tarde para el partido.”
Una voz de macho. Gruesa. Y no estoy hablando de otra cosa, estoy hablando de la voz. Una voz que me puso la piel chinita. Podía sentir esa voz susurrándome al oído, recorriéndome la espalda, bajando por mi cuello…
Tenía que averiguar de dónde provenía.
Fui corriendo a la ventana. Esta vez jalé una silla, simulando querer poner una cortina —aunque no era nada cierto, y ahora menos—. Necesitaba una excusa para estar ahí, mirando, cazando.
Lo que vieron mis ojos fue algo indescriptible.
Estaba segura de que era el papá de Pepe. Se parecían demasiado. Pero qué versión. Dios mío. Me derretía sólo de verlo. Con eso era suficiente.
Un hombre de unos 38 años. Alto, como de 1.80. Delgado… pero delgado rico. Con lentes que combinaban perfecto con su personalidad de hombre serio, elegante, de esos que te miran como si ya supieran todo lo que quieres hacer con ellos. Y una barbita de candado que tenía que acariciar sí o sí. Esa barba me llamaba, me pedía que la rozara con mis dedos, con mis labios, con mis muslos.
Y tenía una voz que… me muero.
Yo, siendo una mujer muy astuta, tenía que atraer su atención.
Bajé rápido de la silla. Me quité el bra, lo dejé en un lugar visible… pero nada obvio. Ahí, sobre el sillón, como quien no quiere la cosa. Una prenda diminuta que hablaba por sí sola.
Seguí intentando poner la cortina, estirándome, moviendo el culo, dejando que mi blusa se subiera un poco, que mis tetas se apretaran contra la tela. Mientras veía cómo él iba subiendo hacia el departamento de los chicos, se me salió uno que otro gemido de tanto que me estiraba y no lograba poner la dichosa cortina.
De reojo, lo vi. Subió al departamento. Escuché su voz otra vez:
— “Hijo, ya vámonos, se nos hace tarde.”
En eso… cruzamos miradas.
Se quedó boquiabierto. Me recorrió de arriba a abajo. Y de regreso. Se detuvo en mis tetas —sin bra, obvio— y otra vez a mis ojos.
— ¿Necesita ayuda, señorita? —me preguntó, con esa voz que me hacía temblar.
Le dije, con la voz más inocente que pude:
— Todo está bien… sólo que no alcanzo.
— Permítame ayudarle, por favor. —se acercó un paso más a su ventana, sin dejar de mirarme.
— No, cómo cree… tal vez mejor lo dejo pendiente. —me hice la tímida, la que no quiere molestar.
Pero él insistió, con esa seguridad de hombre que sabe lo que quiere:
— Insisto. Se puede lastimar. Permítame ayudarle.
Para todo esto, Pepe se acababa de meter a bañar. Porque su papá le preguntó:
— “¿Te tardas bañándote, Pepe?”
Y Pepe contestó desde adentro:
— “Unos 20 minutos y estaré listo, papá. No me presiones.”
20 minutos.
Los suficientes para agasajarme al Pepe en versión adulta que tanto me derretía y moría por probar. Esos brazos, esa barbita, esa voz… dios mío.
Me mordí el labio y le dije, con una sonrisa que ya sabía lo que venía:
— Está bien, acepto la ayuda. Pero ¿cómo le va a hacer si está del otro lado? —refiriéndome al edificio, como si no supiera perfectamente que la distancia se podía cruzar.
Él sonrió. Una sonrisa de macho que sabía que ya había ganado.
— Fácil —me contestó, con esa voz grave—. Dígame y yo voy.
— Ok. Venga, le abro la puerta.
Y así fue.
No sé en qué momento, pero lo había logrado. Tenía a ese macho que me cautivó desde el primer momento que lo vi… o mejor dicho, desde el primer momento que lo escuché.
Ahora sólo tenía 20 minutos para hacer y deshacer hasta donde yo quisiera. Lo más difícil ya estaba hecho: lo tenía cruzando la calle, subiendo las escaleras, acercándose a mi puerta…
Y yo, con mi blusa sin bra, mis tetas marcándose bajo la tela, mi tanga de encaje asomando por el short, y una sonrisa de perra lista para devorar.
20 minutos.
Tiempo de sobra para un macho que ya llevaba años sin probar una mujer como yo.