Capítulo 1

CAPÍTULO 4: “LA NOCHE EN QUE LOS PUSE A JALÁRSELA”

o cómo mis vecinos descubrieron que la ventana es de dos sentidos

Al fin todo iba quedando conforme al plan.

La cama estaba perfectamente ubicada frente a la ventana, la luz estratégica, el sillón en su lugar. Todo listo para que esos jovencitos calientes tuvieran una función privada sin pagar boleto.

Pero antes, necesitaba estar bien fresca y bien puta para cuando comenzara la fiesta.

Así que me metí a bañar.

Y fue ahí cuando hice un descubrimiento que me hizo sonreír como la perra que soy: la ventanita del baño daba justo a la ventana del baño del departamento de Pepe y Tony.

Oh. Dios. Mío.

Abrí la rejilla del baño, puse mi música a todo volumen, y me metí a bañar con la esperanza de que alguno de esos vecinos jovencitos se diera cuenta de que me podían espiar.

Disfrutaba tanto la regadera. Cantaba, movía las caderas, me restregaba el jabón con lentitud, dejaba que el agua corriera por mis tetas, por mi culo, por entre mis piernas…

— Ojalá nadie me esté viendo —pensé con sarcasmo, mientras me mojaba más de lo que el agua podía hacerlo sola.

Salí del baño envuelta sólo en mi bata de baño, con el pelo mojado y la piel todavía caliente. Me puse algo cómodo pero estratégicamente sexi: un shortcito que me dejaba media nalga al aire, una blusa holgada que se caía de un hombro, y mi tanga roja que asomaba provocadora.

Me acomodé en la cama —bien cerca de la ventana, obvio— para arreglarme las uñas y consentirme. Puse una película, preparé palomitas, una copita con vino… y yo ahí, toda relajada, con una ropita cómoda pero que no dejaba nada a la imaginación.

Qué rica velada.

Pero el cansancio de la mudanza, más los dos machos que ya me habían dejado temblando en el día, me pasaron factura.

Me quedé dormida.

No sé cuánto tiempo pasó. La película ya había terminado. La luz discreta del televisor iluminaba apenas el cuarto, pero no dejaba nada a la imaginación. Mi tanga roja bien puesta en su lugar, mis piernas entreabiertas, la blusa medio caída, las tetas medio afuera… un puto cuadro digno de admirar.

Hasta que de repente…

Escuché unos susurros.

Mi corazón se aceleró, pero me quedé inmóvil. Sí, eran mis vecinitos. Estaban en su ventana, viéndome. Y yo ahí, hecha una diosa dormida, sin mover un dedo, pero sabiendo que me tenían en la mira.

Me hice la dormida. Aguardé. Escuché.

La voz de Pepe claramente decía, con esa risita de quien ya se la sabía:

— Ya ven, les dije que esta bien pinche rica la desgraciada.

Alguien más contestó, con la voz entrecortada como si ya tuviera la verga en la mano:

— No mames… que rica mamasita…

Otra voz, más joven, más nerviosa:

— Ya Tony, dile que te estrene, que te dé tu regalo de cumpleaños…

Tony. El cumpleañero de 18. El recién estrenado adulto que seguro tenía la verga a punto de explotar.

Yo seguía haciéndome la dormida, sin saber qué hacer, pero con el coño latiéndome tan duro que pensé que iban a escucharlo desde su ventana. Los quería a todos para mí. A Pepe, a Tony, a los otros que aún no identificaba… todos.

Hasta que uno de ellos dijo, con una voz más ruda, más desesperada:

— Váyanse a la verga. Yo sí le voy a dedicar una chaqueta a la muy puta.

Se comenzaron a reír, empujones, susurros… pero creo que sí lo dejaron solo, porque de repente escuché cómo escupía.

Qué rico. Que se sacara ese rico néctar pensando en mí. No lo podía ver porque seguía haciéndome la dormida, pero lo disfrutaba. Escuchaba sus gemidos ahogados, su mano moviéndose rápido, y yo sin poder tocarme pero con el coño empapado, ardiendo, deseando ser yo quien le estaba jalando la verga.

De repente escuchaba:

— No mames… que rica… estás bien rica, mami… aaaaaah…

Un gemido corto. Un silencio. Y luego:

— ¿Quién sigue?

Pero nada. No se escuchó nada.

Ese tiempo lo ocupé para cambiar de posición. Me moví con lentitud, como si estuviera soñando, y ahora sí podía ver qué ocurría mientras me hacía la dormida.

Desde mi ventana, con la luz tenue, los veía moverse en la suya. Sombras, cuerpos jóvenes, susurros que no alcanzaba a distinguir bien.

Uno de ellos se quedó ahí, viéndome. Volteaba de vez en cuando para ver si nadie lo veía, y con la mano se la jalaba bien rico, imaginándose mis tetas, haciendo unos gestos con la boca que… dios mío. Yo quería gritarle que viniera, que cruzara la calle, que me dejara terminar lo que él solito se estaba haciendo. Pero me quedé quieta, gozando el espectáculo.

En eso…

Recordé que no le había contestado a Eduardo.

Mi novio. El macho que me había llenado la boca de leche horas antes y que ahora tenía a la novia colgada del brazo mientras me escribía a escondidas.

Me levanté bruscamente.

El vecino que estaba en la ventana se volteó tan rápido que casi se cae. Lo vi llevarse la mano al pecho, como si le hubiera dado un infarto, y desapareció detrás de la cortina.

Yo me quedé en medio del cuarto, con la tanga roja empapada, el corazón acelerado, y el celular en la mano con otro mensaje de Eduardo que decía:

“¿Te comieron la lengua los ratones, putita? No me dejes con las ganas…”

Sonreí. Miré hacia la ventana de mis vecinitos. Todo estaba oscuro. Se habían escondido como ratas asustadas.

Pero yo sabía que volverían.

Porque una vez que pruebas la fruta prohibida… ya no puedes dejar de mirar el árbol.

Y yo tenía la ventana bien abierta… y muchas ganas de que me siguieran viendo.

Ventana con vista al pecado

Ventana con vista al pecado II