Alissa llevaba una semana sirviendo en la casa de la condesa viuda de Devonshire y, hasta ese momento, lo odiaba con toda su alma. Dado que no tenía opciones de hacer un buen casamiento con ella, su padre la había empujado a trabajar como sirvienta con tan solo 15 años para no tener que ocuparse de su manutención y tras un par de años al servicio del Conde de Cholmondeley, que había dilapidado su fortuna por su afición desmedida a las apuestas, tuvo que buscar otro lugar de trabajo cuando este, arruinado, se libró de casi todo el personal de servicio. Tras unas semanas de búsqueda y gracias a una buena carta de recomendación, había acabado allí, en la casa de la aristócrata más amargada de toda Gran Bretaña.
La condesa había enviudado 6 años atrás heredando así, además del título que ganó por matrimonio, unas magníficas propiedades y unas arcas a rebosar. Por lo visto, también había heredado, aunque Alissa no sabía si de sus padres o de la amargura de enviudar, un carácter volátil y horrible, unas trescientas cincuenta y ocho manías distintas y una tendencia patológica a no moverse del asiento en todo el día. Por eso, cuando de pronto anunció que se volvía a casar, las habladurías y las burlas se extendieron por todo el condado.
El nuevo conde de Devonshire resultó ser un caballero muy agraciado y varios años más joven que la condesa, pero que, por problemas económicos o, según decían las malas lenguas, por una deuda de su padre hacia la condesa, se había visto empujado a este matrimonio de conveniencia y sin amor.
Alissa nunca había visto a un hombre más apuesto, serio y misterioso, y se ponía tan nerviosa en su presencia que, cuando se cruzaban, trataba de ser aún más invisible de lo que su rango de doncella de habitación ya le exigía. Los condes, desde que habían comenzado su vida en común, tenían unos horarios estrictos y rutinas separadas salvo en las tres comidas principales y un acto social a la semana. Además, aunque sus habitaciones eran contiguas y, en consecuencia, estaban comunicadas por una puerta interior, tanto el valet del conde como la lady´s maid de la condesa aseguraban que dicha puerta no se había abierto jamás. Ni siquiera en la noche de bodas. Entre la falta evidente de contacto físico, las nulas muestras de afecto que se daban en público y las miradas de desagrado que el conde ofrecía a la condesa cuando esta no lo miraba, la casa entera hervía de rumores acerca de la posible homosexualidad del nuevo marido de su señora.
Alissa no lo quería creer. Y no por convencimientos religiosos, que no tenía, sino porque se negaba a afrontar una idea que habría terminado con sus fantasías más secretas de un plumazo. Y es que no lo podía negar. Desde que el conde había llegado a la casa, Alissa tenía que esperar a que se durmiesen sus dos compañeras de cuarto para poder calmar por su cuenta el ardor que iba acumulándose entre sus piernas a lo largo de todo el día. Estaba agotada por la falta de horas de sueño, pero se había vuelto adicta a esos ratos de placer y los esperaba con ansias.
Esa mañana, como siempre hacía, el conde había dejado la mesa del desayuno exactamente a las 9:30 con un distante le deseo una buena mañana, querida dedicado a la condesa y se había encaminado a su despacho situado en la planta de arriba en el que estaría hasta el mediodía, momento en el cual tomaría un ligero tentempié durante 15 minutos en el salón ámbar y saldría a caballo a dar una vuelta por la hacienda. Tras asegurarse del buen funcionamiento de la finca, regresaría a la hora del almuerzo para comer junto a su señora. Volvería a su despacho hasta la caída del sol y, tras la cena, partiría al centro de la ciudad a socializar con otros hombres de la alta. Mientras, la condesa pasaría del salón azul al verde, al comedor y a sus aposentos.
Aquella mañana Alissa estaba limpiando en el rellano de la escalera y desde esa posición abierta y privilegiada le vio levantarse de su silla, despedirse y encaminarse al despacho, pero también vio, medio escondida entre un busto horrendo de algún rey muerto y unas cortinas enormes, cómo el conde se detenía a mitad de camino, miraba a su alrededor como para asegurarse de que no había nadie cerca y cambiaba su ruta encaminándose de pronto hacia la cocina.
El conde había desayunado opíparamente y Alissa estaba segura de que lo que le llevaba a cambiar su ruta habitual no era el hambre, ¿Entonces? ¿por qué iría a la cocina? ¿Sería para ver a Sasha, la bella ayudante de la cocinera o quizá para encontrarse con Louis, el chico de cocina encargado del carbón? Alissa necesitaba averiguarlo como fuese, así que, manteniendo una buena distancia y ocultándose tras cualquier mueble, columna o planta que apareciese en su camino, siguió al conde temerosa de lo que iba a descubrir.
Llegó a la entrada de la cocina a tiempo de ver cómo el hombre de sus fantasías se metía sigilosamente en la despensa aprovechando un descuido del personal de cocina y volvía a salir rápidamente con algo guardado bajo un trapo.
Aliviada porque el conde no tuviese amantes en la cocina, pero intrigada porque hubiese cogido algo a hurtadillas de su propia despensa, decidió continuar con el espionaje atajando por el ala del servicio para llegar antes que él a su despacho y esconderse en el armario.
Con apenas dos segundos de diferencia entró el conde mientras Alissa aún estaba ajustando la rendija del armario para poder ver lo que pasaba dentro del despacho. Estaba segura de que se iba a meter en un buen lío, bien porque el mismo conde la descubriese metida allí o bien por ausentarse tantas horas de su trabajo, porque, para variar, Alissa no había medido las consecuencias de sus actos y no había pensado que no podría abandonar su escondite hasta que el conde se marchase al mediodía, salvo que se quedase dormido o se despistase con algo. Entonces, él cerró la puerta con llave, acabando de un plumazo con cualquier oportunidad de escapar, y dejó el misterioso paquete sobre su escritorio.
Desde su escondite del armario, ella no podía quitarle la vista de encima. Alto, moreno, con el pelo lleno de ondas una cara de ensueño y unos músculos que daban cuenta de sus años como militar del ejército del rey Jorge, Alissa se derretía por él. Solo con mirarlo a través de la rendija ya sentía ese hormigueo que empezaba a crecer entre sus piernas y que en poco tiempo dejaría su ropa interior chorreando.
Tras unos segundos mirándole embobada, se dio cuenta de que el conde no se había movido ni un centímetro desde que había entrado. Permanecía de pie, frente a su escritorio, mirando fijamente el paño que aún envolvía lo que hubiese sustraído de la cocina. Parecía atribulado por algo y respiraba con fuerza.
Con asombro, Alissa lo vio cambiar el peso de una pierna a otra y acariciarse suavemente el muslo con un movimiento ascendente que hizo que a ella se le cortase la respiración.
El conde siguió mirando el trapo con expresión ansiosa mientras su mano derecha se afanaba en frotar sus pantalones cada vez con más fuerza y cada vez más cerca de la ingle. Cuando finalmente alcanzó su entrepierna, un jadeo bajo se le escapó de los labios y el movimiento de su mano se volvió más violento. El conde no dejaba de pellizcarse con fuerza lo que ya era una clara erección bajo sus pantalones.
Alissa estaba hipnotizada. Excitada y contrariada al mismo tiempo. En su nula experiencia con hombres, siempre se había imaginado que ellos se darían placer de una forma más sensual y menos tosca. Para ella, unas suaves caricias sobre esa protuberancia que había sobre su vagina ya le hacían alcanzar un éxtasis exquisito. Sin embargo, el conde se pellizcaba el miembro con mucha fuerza y aunque Alissa pensaba que la tela amortiguaría las sensaciones, aún así, veía cómo los nudillos se le ponían blancos cada vez que apretaba, resiguiendo el contorno de su erección con la mano.
En un momento dado, el conde dejó escapar un leve gruñido y se inclinó hacia la mesa apoyando la mano izquierda sobre el tablero como si sus piernas ya no lo sujetasen y necesitase ese apoyo para seguir en pie. Mientras, la derecha le trabajaba la verga con avidez tanto con pellizcos y frotamientos como con duras palmadas. Alissa no entendía por qué ese hombre se azotaba así su miembro y preocupada se fijó en si su cara reflejaba sufrimiento. En su posición, el conde estaba de perfil y no podía verle la expresión completa, pero más que dolor, a ella le pareció que su bello rostro reflejaba un placer exquisito.
A Alissa la ropa interior ya no le servía para contener el flujo que escapaba a chorros por su vagina y sentía que todo el armario olía intensamente a ella. El sexo le dolía, le palpitaba de necesidad y empezó a juntar los muslos con fuerza para tratar de calmarlo mientras no le quitaba el ojo de encima al conde.
Tras un tiempo indeterminado que a Alissa se le hizo eterno, el conde se enderezó y se desabrochó la camisa dejando su pecho fuerte al aire y, de un tirón violento, soltó los botones del pantalón y lo bajó hasta las rodillas. Su verga erecta saltó hacia afuera y subió hasta más arriba de su ombligo. Alissa no tenía con quién compararlo, pero aquello le pareció enorme; algo demasiado grande para introducirse en cualesquiera que fuesen finalmente los agujeros corporales que le gustase rellenar al conde.
A través de la rendija del armario y temerosa de que su excitada respiración la delatase, Alissa vio cómo aquel hombre magnífico empezaba a estimularse los pezones con ambas manos mientras su verga daba pequeños saltitos al ritmo de sus caricias, celosa quizá de no recibir ahora su atención. Con una respiración jadeante y sin dejar de pellizcarse uno de sus pezones con fuerza, el conde por fin retiró el trapo que cubría lo que Alissa, que ya se había olvidado por completo del hurto en la cocina, creyó que era una barra de mantequilla.
Al principio no entendió nada. ¿Por qué el conde habría robado una barra de mantequilla? ¿Qué tenía que ver aquello con nada? ¿Acaso al conde no le gustaban las mujeres ni los hombres, sino que se excitaba con los lácteos o con los alimentos en general? Creía que no podía estar más impactada con el descubrimiento hasta que vio como el conde abría las piernas hasta ponerse a la altura adecuada y luego colocaba la barra de mantequilla bajo su miembro aún sin tocarlo. Luego, una vez que la barra estaba alineada con su verga, el conde pasó ambas manos por la mantequilla como si también quisiera masturbarla y, una vez las tuvo bien engrasadas, se agarró la verga por la base, la empujó hasta la barra y la sujetó ahí haciendo presión con las manos.
Por unos minutos no pasó nada más. La confusión de Alissa solo era comparable con su excitación, pero ni siquiera entendía por qué esa escena grotesca le hacía arder por dentro de esa manera. El conde seguía ahí, sin moverse, con una expresión feroz y el miembro venoso, que cada vez parecía hincharse más, sujeto a la mantequilla como si quisiese estrangularlo. Lo único que cambiaba en él era su respiración, que iba aumentando de intensidad hasta que casi parecía que llevase corriendo varios kilómetros. Alissa notaba cómo le latía el corazón en los oídos y temía no poder escuchar bien los sonidos que él hacía y que tanto la excitaban. Lo vio jadear con la boca abierta y cómo un hilo de baba se le escapaba de entre los labios. El mundo entero pareció aguantar la respiración un segundo, dos, tres, diez segundos y, de pronto, con un lamento gutural, el conde empezó a mover las caderas adelante y atrás de manera frenética sobre la barra de mantequilla mientras sostenía su durísima verga en el sitio. Con los pantalones por las rodillas y la camisa abierta, ese hombre se movía como un demonio contra sus manos. Alissa le vio sacudirse como un animal, con todos los músculos en tensión y un gesto brutal transformando sus facciones. La barra de mantequilla cada vez era más baja y el conde iba ajustando su altura abriendo las piernas sin bajar el ritmo de sus embestidas.
Alissa no pudo más y empezó a tocarse de manera frenética. No quería hacer ruido, aunque estaba segura de que ese hombre no oiría nada más que su propia respiración y el chasquido pastoso que hacía su erección deshaciendo toda aquella grasa. Cuando se tocaba por las noches aprovechando el sueño de sus compañeras, a Alissa le gustaba dilatar el placer y no culminar enseguida, pero con semejante espectáculo delante, solo tuvo que frotarse el empapadísimo clítoris dos veces y tuvo el orgasmo más intenso de su vida, lo que le hizo soltar un jadeo. Ante el terror a ser descubierta, se quedó completamente quieta pasando por las oleadas de placer sin mover ni un pelo de la cabeza y aguantando la respiración, pero el conde ni se detuvo ni dio muestras de haber oído nada, así que se sintió a salvo por el momento y fue soltando el aire retenido poco a poco.
Tras unas cuantas embestidas más y con la mantequilla ya casi completamente derretida, el conde hizo un túnel con las manos apoyando los nudillos sobre la mesa y siguió follándoselas como un salvaje. Alissa observó con deleite como el conde aceleraba aún más el ritmo, cosa que a ella le habría parecido imposible si no lo estuviese viendo con sus propios ojos, y luego se tensaba de golpe. Mientras una de sus manos se mantenía en la misma posición de túnel pegada a la base de su miembro, la otra empezó a frotar frenéticamente la parte superior con la palma abierta como si quisiese amasar la polla contra la mesa. Entonces, con un rugido, se agarró los testículos con fuerza y comenzó a eyacular. Alissa podía ver como los chorros de semen saltaban desde su miembro sin parar, empapando la mesa y mezclándose con la mantequilla, mientras el conde seguía estrujándose la verga y tirándose compulsivamente de los testículos. Aquellos chorros blancos no dejaban de salir. Cuando parecía que iba a detenerse, se daba una nueva sacudida y otro chorro salía propulsado. El conde temblaba, jadeaba y había perdido el ritmo de sus movimientos. Alissa volvió a correrse solo de verlo así, completamente descoordinado, animal, y soltando leche por todo el escritorio.
Por fin se soltó el miembro y se apoyó en la mesa exhausto con ambos brazos y la cabeza gacha. Su pene aún se agitaba con pequeños espasmos, pero no perdía su dureza. Alissa había escuchado hablar a las mujeres de lo poco que duraban los hombres y de lo rápido que perdían la erección tras un orgasmo, pero la verga del conde seguía igual de dura que cuando empezó.
Unos minutos más tarde y con un gruñido de exasperación, el conde se palmeó la polla dura y se quitó los pantalones con patadas ansiosas, se deshizo de la camisa y rodeó la mesa para sentarse en su silla. Parecía del todo agotado, pero seguía golpeándosela y estrujándosela con ansia. Alissa tendría que abrir la rendija de la puerta un poco más si no quería perderse nada. A pesar de su increíble segundo orgasmo aún estaba excitada y quería ver hasta dónde llegaría el conde con su perversión. Empujó la madera con cuidado de no hacer ruido lo justo para ver cómo el conde colocaba ambas corvas sobre los reposabrazos de su silla y adelantaba el culo hasta estar obscenamente abierto de piernas. En esa postura la polla le llegaba hasta el centro de su pecho y el ano rosado y rodeado de vello negro estaba expuesto bajo sus testículos apretados. El conde dejó de tocarse y se quedó allí sentado en esa extraña postura. Luego, comenzó a mezclar perezosamente los restos de la mantequilla con el semen.
Mientras seguía mezclando, la polla se le movía en pequeños espasmos como reclamando atención y la respiración se le fue acelerando. El conde seguía mezclando y juntando todo el mejunje y su polla seguía saltando como si él mismo estuviese contrayendo los músculos para darse placer sin rozarse. Tras unos minutos más así, resollaba como un toro, pero siguió sentado sin tocarse otro periodo de tiempo indefinido. Dados los dos orgasmos fulminantes que había tenido Alissa, suponía que estos periodos de inacción podían ser por dos motivos, o para calmarse y controlar la duración de su placer o como una especie de juego masoquista de autocontrol. En cualquier caso, en esa postura, esa verga enhiesta era un espectáculo digno de ver. Alissa volvió a tocarse tímidamente, esta vez decidida a aguantar un poco más.
La rendición de este periodo de pausa comenzó con caricias suaves alternadas con tirones fuertes de los testículos con la diestra y pellizcos en el pezón con la siniestra. De nuevo ignorada adrede, la verga le palpitaba sobre su pecho. Desde este ángulo, al estar la silla girada hacia su dirección, Alissa podía ver de frente la cara del conde que antes solo veía de perfil. El placer que sentía se dibujaba en cada una de sus expresiones y se mordía el labio con fuerza. Alternaba los tirones de los testículos con caricias circulares con la palma de la mano y la fricción arriba y abajo por el perineo con los dedos. En ciertos momentos, murmuraba palabras en voz baja que ella se moría por entender, pero que por ahora no había tenido la suerte de poder hacerlo. El conde se soltó el pezón y Alissa se agarró el suyo mientras le vio pasar la mano libre por la montañita de mantequilla con semen que había creado hasta recoger una cantidad generosa. Luego, con cierta renuencia, como si una vez que había empezado le costase renunciar a estimularse en todo momento, dejó de tirarse de los testículos hacia abajo, cosa que, observó Alissa, había empezado a hacer con más energía, y se frotó ambas manos entre sí con minuciosidad para lubricárselas por igual. Mientras tanto, su pelvis avanzaba y retrocedía como impulsada por una excitación que ya era incontrolable. Cuando terminó de embadurnarse y con un impulso que daba a entender que no era capaz de resistirse más, el conde se agarró la verga con ambas manos y empezó a masturbarse con fuerza. La mano derecha marcaba un ritmo lento que ascendía y descendía por el larguísimo miembro. La izquierda, se movía rápido haciendo movimientos circulares por el glande hinchado. La cadencia era hipnótica. Alissa veía cómo una mano subía, bajaba y apretaba con fuerza y cómo la otra mano se movía enloquecida trabajando la punta de esa magnífica polla que de tanto apretar ya estaba de un tono casi púrpura y tuvo que dejar de tocarse de inmediato para no correrse solo con esa visión.
El conde resoplaba, gemía, murmuraba e inclinaba la cabeza hacia atrás en éxtasis. Luego volvía a mirarse como si verse a sí mismo tocándose la verga fuese lo más excitante del mundo. Alissa no lo comprendía. A ella le estaba volviendo loca mirarlo a él, pero no a sí misma ni lo que sus dedos le estaban haciendo entre las piernas. Eso no le podía dar más igual, sin embargo, el conde miraba su miembro con devoción. El ritmo de las sacudidas empezó a acelerarse y Alissa pensó que otra vez iba a culminar, sin embargo, comenzó a alternar sacudidas frenéticas y violentas con paradas bruscas tras las que agitaba su verga por la base y se golpeaba con ella el estómago para volver a empezar después con largos tirones y masajes en los testículos. Alissa no sabía ni dónde mirar. Le faltaban ojos para ver y oídos para escuchar la voz ronca y sensual del conde. El propio sonido de la masturbación ya estaba a punto de hacer que se corriese, pero deseaba también conocer qué susurraban esos labios sensuales que la volvían loca.
El conde se recolocó en la silla adelantando más el culo hacia el borde y volvió a las caricias lentas y apretadas. Con la otra mano rescató varios pegotes del mejunje y empezó a restregarlos suavemente por la entrada de su ano. A Alissa se le pusieron los ojos como platos. ¿Significaba eso que finalmente era desviado? Siempre había escuchado que esa zona era la favorita de los hombres que aman a otros hombres, pero no quería creerlo de su conde. No quería saber que no existía ni la más mínima oportunidad de que un día se restregase con ella como lo había hecho con la barra de mantequilla. Soñaba con sentir la boca del conde entre sus piernas y con perder la inocencia con él, pero si a él no le gustaban las mujeres no podría hacer nada.
Las caricias en el ano se intensificaron volviéndose más audaces; ya no solo frotaba los pliegues de su entrada, sino que la traspasaba de vez en cuando rápidamente y volvía a salir, como haciendo rápidas incursiones. La cadencia de la masturbación también aumentó de velocidad y fuerza. Los sonidos subieron de volumen, los propios de la masturbación y los jadeos y Alissa creyó que se volvería loca de lo excitada que estaba.
Poco a poco, un temblor espasmódico se instaló en el cuerpo del conde presagiando una nueva culminación y Alisa ajustó sus propias caricias para acabar con él, aunque estaba tan al límite que no sabía si podría aguantar. Entonces el conde introdujo el dedo gordo en su recto al mismo tiempo que se encorvó doblando el cuello. Ella no podía ni pestañear.
—Joder, así, sí, por favor, sí, lo necesito ya. —dijo el conde con los dientes apretados y a un volumen que Alissa por fin pudo escuchar.
Entonces, él comenzó a doblar el dedo que tenía en su interior mientras aumentaba la velocidad de la mano y gruñía y jadeaba desesperado. Luego se tensó, se quedó rígido y se replegó contra sí mismo mientras abría la boca y sacaba la lengua como un animal.
Alissa volvió a correrse mientras veía cómo varios chorros de semen salían disparados desde la verga del conde y aterrizaban en su propia lengua estirada y se los tragaba como si acabase de cruzar un desierto y eso fuese un manantial de agua fresca. Tras varias sacudidas más, rebañó con el dedo pulgar los restos de semen que no habían salido con la presión suficiente y se lo llevó a la boca. Completamente desnudo y con el cuerpo laxo sobre la silla, pasó algunos minutos en estado catatónico. ¿Cuánto tiempo había pasado masturbándose? Alissa no lo sabía, pero intuía que no menos de dos horas y que seguro la estarían buscando por no hacer sus tareas a tiempo.
Ese final la había dejado en shock. No sabía si sentir asco o excitación por la grotesca escena. Tenía sobrecarga de sensaciones y emociones y no sabía cómo sentirse.
Mientras divagaba sobre cuestiones morales y la imagen del conde corriéndose contra su propia boca permanecía pegada a sus retinas, el hombre se incorporó, se aseó en una palangana que tenía en el lado opuesto junto con un espejo, se recolocó el pelo y comenzó a vestirse como si nada. Aún seguía empalmado. ¿Cómo lo hacía? ¿Acaso nunca estaba satisfecho? Una vez que volvió a parecer el conde elegante e impoluto de siempre, se dirigió hacia la puerta.
—Alissa, —dijo con una voz perfectamente calmada que a ella le paró el corazón. —mañana a la misma hora. Pero en vez de en el armario, te quiero en el récamier con el uniforme puesto, sin bragas y con los pechos al aire.
Con esto, giró la llave, tiró de la puerta y abandonó la habitación sin esperar respuesta.