Mi nombre es Alexandra, tengo 28 años, mido 1.68 m. Soy de piel clara, tengo el cabello rubio, me llega hasta la mitad de la espalda, soy delgada, tengo una cara bonita afilada y ojos color café claro. Me gusta maquillarme, usar labiales rojos y uñas postizas del mismo tono. También me encanta usar piercings en el hélix de mis orejas, ya que se me ven muy lindas al acomodar mi cabello de forma coqueta. En esta ocasión les quiero confesar la experiencia más larga, sucia y deliciosamente humillante que he vivido como ninfómana declarada: cuando tenía 24 años decidí viajar de Zapopan a Morelia pidiendo ride en la carretera libre, ofreciendo mi cuerpo a cuanto trailero me recogiera, hasta llegar destrozada, con el ano dilatado, la vagina palpitando y llena de semen caliente a la casa de mi papá… para que él me terminara de romper esa misma noche.
Era viernes 12 de abril, 5:40 de la mañana. Me desperté con el clítoris ya hinchado solo de pensar en lo que iba a hacer. Me metí a bañar con mi jabón favorito de vainilla, dejé que el agua caliente resbalara por mis senos medianitos y redondos, por mis pezones rositas que se endurecían con solo rozarlos con la esponja. Depilé todo: piernas, axilas, mi zona íntima completa hasta dejarla suave y rosadita como niña. Me hice tres enemas anales profundos; sentía el agua tibia llenándome el recto, el chorrito saliendo limpio, mi ano contrayéndose de anticipación. Al salir me unté mi crema de coco por todo el cuerpo, masajeándola lento en mis nalgas levantaditas, entre mis labios vaginales, en el clítoris que ya latía solo. Me puse mi tanguita roja de encaje Victorias Secret, tan pequeña que la tira se hundía entre mis nalgas. Luego el plug anal mediano con corazón rosa brillante –ese que me abre poquito a poco y me recuerda con cada paso que soy una puta–. Y finalmente mi vibrador flamingo rosa, lo metí despacito, sintiendo cómo se acomodaba perfecto contra mi punto G y mi clítoris. Lo encendí en modo bajo: un zumbido suave que me arrancó un gemidito.
Maquillaje completo: delineado perfecto, pestañas postizas, labial rojo mate que aguanta todo, piercings pequeños en el hélix de mi oreja. Cabello alaciado suelto y brillante. El outfit para salir de casa y que mi mamá no sospechara: pants gris holgado y sudadera negra y tenis blancos, Pero debajo… debajo traía la ropa que me convertiría en la zorra de la carretera: top blanco de tirantes escotadísimo que dejaba ver la mitad de mis bubis, short de mezclilla azul tan corto que apenas cubría la mitad de mis nalgas, y tacones rojos de 12 cm en mi maleta para usarlos después.
A las 6:05 de la mañana me despedí de mi mamá. Tomé el camión urbano hasta la primera gasolinera grande de la salida a la carretera 15 libre. Bajé a las 6:35 am, el aire frío de la mañana pegándome en la cara, el zumbido del vibrador ya haciéndome temblar las piernas.
Entré directo al baño de mujeres de la gasolinera. Olía a cloro y a desinfectante barato, el espejo grande lleno de manchas. Me paré frente al espejo y empecé el ritual.
Me quité la sudadera negra y la doblé. Luego el pants gris: lo bajé despacito, sintiendo el frío en mis nalgas casi desnudas. Me quité los tenis blancos y los calcetines. Saqué los tacones rojos de la maleta y me los puse ahí mismo, tambaleándome un poco sobre los 12 cm. Todo lo demás (sudadera, pants y tenis) lo guardé bien doblado en la maletita rosa y la cerré.
Frente al espejo me acomodé como la puta que soy: jalé los tirantes del top blanco hacia abajo hasta que mis pezones rositas quedaron a un milímetro de asomarse, la tela apenas cubriendo las areolas. Agarré el short con las dos manos y lo subí con fuerza: la tela se hundió entre mis nalgas hasta dejar casi todo el culo al aire, marcando perfecto mi figura. Me giré de lado, me agaché un poco para verme el culo en el espejo, me subí el cabello con las manos y me mordí el labio rojo. Era una zorra de lujo absoluta. Subí el vibrador un puntito más y gemí fuerte, sola en ese baño sucio, sabiendo que en minutos iba a estar llena de verga.
Salí del baño con la maletita rosa en la mano, los tacones resonando en el piso de concreto, el culo al aire, las tetas a punto de salirse. Me paré en la orilla de la carretera, justo donde pasan los tráilers pesados, levanté el pulgar con mi mejor sonrisa de putita cara y esperé al primero que se detuviera.
Google Maps abierto: Zapopan → Ocotlán → La Barca → Zamora → Jacona → Tangancícuaro → Purépero → Charo → Morelia.
Más de 300 km de puro ride y pura verga.
El primer trailer que frenó fue un Kenworth rojo con caja seca. El chofer era un moreno de 48 años, barba de tres días, brazos tatuados con vírgenes y nombres de hijos, playera negra sudada pegada al pecho velludo, pantalón de trabajo sucio y botas gastadas. Bajó la ventana:
—¿Pa’ dónde, preciosa?
—Voy a Morelia… pero me lleva hasta donde pueda —le dije con voz dulce, inclinándome para que viera bien mis tetas casi saliéndose del top.
—¡Súbete, mi reina! Te dejo en Ocotlán, ¿va?
Subí los tres escalones altos, mi culo casi completamente al aire, el plug moviéndose dentro de mí. La cabina olía a diesel, cigarro y aromatizante de pino barato. Me senté a su lado, crucé las piernas para que el short se subiera más.
—¿Y qué hace una niña tan rica pidiendo ride a estas horas? —preguntó sin quitarme los ojos de las piernas.
—Voy con una amiga que me va a meter a trabajar de bailarina en un table dance en Morelia… pero no traigo ni un peso para el camión —le dije mordiéndome el labio—. Así que… si me haces el favor del ride, yo te hago el favor a ti…
Él soltó una carcajada ronca y puso su mano áspera en mi muslo desnudo.
—¿En serio, mamacita? ¿Tú dirás cómo?
Le sonreí, acerqué mi boca a su oído y le susurré:
—Como tú quieras… tengo la vagina y el culo listos desde que salí de mi casa…
Su mano subió rápido, rozó el short, sintió el vibrador zumbando.
—¿Qué traes ahí, puta?
—Un vibrador… para no aburrirme en el camino —le dije y encendí el modo medio con el celular. Gemí bajito—. Pero prefiero algo de verdad…
Él se lamió los labios, miró la carretera y se desvió en el primer camino de terracería que encontró, entre magueyes y milpas, lejos de todo. Paró el motor detrás de un montón de tierra.
Me jaló hacia la parte trasera de la cabina, el camarote: un colchón viejo, sábanas mugrosas, olor a hombre dormido.
—Quítate todo menos los tacones.
Obedecí temblando de nervios y ganas. Me quité el top, mis pezones rositas como montañitas durísimos por el frío y la excitación. Luego el short. Quedé solo en tanguita roja y tacones. Él se desabrochó el cinturón, bajó el zipper: su verga saltó libre, gorda, venosa, piel morena, cabeza morada brillante de presemen, olía a hombre puro, a sudor de días. Medía fácil 19 cm y era gruesa como mi muñeca.
Me arrodillé en el colchón sucio. La tomé con ambas manos, lamí desde las bolas pesadas y peludas hasta la punta, saboreando su sal. La metí lenta a mi boca, mis labios rojos estirándose alrededor del grosor. Él gruñó, agarrándome el cabello:
—¡Así, puta! Trágatela toda.
La chupé profundo, garganta abajo, hasta que sentí la cabeza golpeándome la campanilla. Baboseé cada vena, lamí el frenillo, succioné las bolas una por una. Él gemía fuerte, empujándome la cabeza.
Después de unos minutos me levantó, me puso boca abajo, arrancó la tanguita de un jalón. Vio el plug brillando entre mis nalgas.
—¡Pinche zorra, hasta juguete traes! ¿Ya vienes preparada pa’ que te rompan el culo?
Sacó el plug con un pop húmedo, mi ano se abrió y cerró solo. Escupió en su mano, lubricó su verga gorda y la puso en mi entrada anal.
—Respira, mi reina… te voy a abrir bien rico.
Empujó. Sentí la cabeza gruesa forzando mi ano, el ardor inicial fue brutal, grité entrecortado, lágrimas en los ojos, pero el dolor se mezcló con placer cuando pasó el anillo y empezó a deslizarse centímetro a centímetro. Mi recto se estiraba como nunca, sentía cada vena rozando mis paredes internas. Cuando llegó hasta las bolas, me quedé sin aire.
—¡Estás bien apretada, cabrona! —gruñó y empezó a bombear lento al principio, luego más fuerte. Cada embestida me llegaba hasta el estómago, mis nalgas rebotando contra su pelvis peluda. Yo lloriqueaba de placer:
—¡Sí, rómpeme el culo, papi! ¡Más fuerte!
Me cogió así casi quince minutos, cambiando de posición: me puso de cucharita, luego encima de él cabalgando anal, mis tetas rebotando, él chupándome los pezones hasta dejarlos rojos e hinchados. Al final me puso en cuatro otra vez, me agarró del cabello y se corrió dentro con un rugido animal. Sentí los chorros calientes inundándome el recto, chorreando cuando salió su verga.
Me dejó temblando, el ano palpitando abierto, semen resbalando por mis muslos. Me limpió con una playera vieja, me dio un beso baboso:
—Eres la mejor puta que me he cogido en años. Suerte, mi reina.
Seguimos hasta Ocotlán. Eran las 8:10 am. Me bajó en una gasolinera, yo con las piernas flojas, el culo adolorido pero deliciosamente lleno de semen. Le di un último beso con lengua:
—Gracias por el ride… y por la lechita dentro.
Ya estaba dentro del juego. El segundo ride sería más fácil… y más sucio.
Estaba parada en la gasolinera de Ocotlán a las 8:15 am, el sol ya calentaba, el semen del primer trailero todavía resbalando tibio por el interior de mis muslos y goteando poquito por mi ano dilatado. Me sentía sucia, usada y absolutamente feliz. Saqué el plug anal de mi maleta y me lo coloque nuevamente en mi ano. El vibrador flamingo seguía dentro de mi vagina, en modo bajo, recordándome con cada latido que esto apenas empezaba.
Limpié lo que pude con una toallita húmeda que traía, me acomodé el short (aunque ya estaba tan estirado que no cubría nada) y volví a la orilla de la carretera. Google Maps marcaba: rumbo a La Barca, 40 minutos en auto, pero yo iba a tardar lo que tuviera que tardar.
El segundo ride llegó rapidísimo. Un Torton verde de volteo, caja vacía, traqueteando. El chofer era un gordo de unos 52 años, bigote gris espeso, camisa a cuadros sudada, brazos como jamones. Paró de golpe y gritó desde la ventana:
—¡Órale, preciosa! ¿Pa’ dónde?
—Pa’ Morelia… o hasta donde me lleves, papi —le contesté con voz ronca de tanto gritar con el primero.
—¡Sube, mi amor! Nomás te dejo en Zamora, pero aquí cabemos los dos… y lo que traigas puesto también.
Subí. La cabina olía a tacos de suadero y cerveza del día anterior, sin aromatizante, puro olor a hombre que no se baña diario. Me senté a su lado y ni bien arrancó ya tenía su mano gorda en mi muslo.
—¿Qué, ya te cogieron hoy, verdad? Tienes la carita de recién follada y se te nota la puchita mojada desde aquí —me dijo sin rodeos, riéndose con esa risa de trailero que retumba.
Sonreí, abrí las piernas un poquito para que viera el brillo entre mis labios vaginales.
—Uno nomás… pero tú puedes ser el segundo si quieres.
No dijo ni mu. Desvió el Torton en el primer camino de terracería que vio después de Sahuayo, entre huertas de aguacate. Paró atrás de un tráiler abandonado y apagó el motor.
—Baja, reina. La caja está vacía, ahí nadie nos ve.
Bajamos. Abrió la puerta trasera de la caja del Torton: estaba completamente vacía, solo polvo y algunas tablas. Me subió de un jalón, me puso contra la pared metálica caliente por el sol y me bajó el short hasta las rodillas.
—Date la vuelta, quiero ver ese culito que traes.
Obedecí. Me empiné, apoyé las manos en la pared, mis tacones rojos clavándose en el piso de metal. Él se desabrochó: sacó una verga corta pero exageradamente gorda, como un refresco de lata, venosa, cabeza color vino, oliendo a sudor y orines viejos. Escupió en su mano, se lubricó y sin pedir permiso me la clavó vaginal de una sola embestida.
Sentí cómo mi vagina se abría al máximo, cómo mis paredes se estiraban alrededor de ese grosor inhumano. Grité fuerte, el dolor fue delicioso, mis rodillas temblaron. Empezó a bombear como animal, sus panzas chocando contra mi culo, sus manos gordas agarrándome las caderas.
—¡Pinche panocha apretadita, cabrona! ¡Te voy a dejar bien llenita!
Me cogió así casi veinte minutos, sin cambiar de posición, solo empujando más y más fuerte. Yo lloriqueaba, babeaba, mis pezones rositas rozando la pared metálica caliente. En un momento me agarró del cabello y me jaló hacia atrás para besarme con lengua, su bigote raspándome la cara.
Cuando ya no pudo más, me sacó la verga, me dio la vuelta y me sentó en el borde de la caja:
—Abre la boca, zorra.
Se corrió en mi boca. Chorros espesos y calientes que tragué casi todos, algunos me cayeron en la cara y en las tetas. Me limpié con su playera sudada.
Después seguimos camino como si nada. Paró en un puesto de tacos en La Barca, me invitó tres de asada con todo:
—Come, mi reina, pa’ que aguantes más vergas.
Comí parada junto al Torton, con su brazo gordo alrededor de mi cintura, presumiéndome con los taqueros como si yo fuera su mujer. Me sentía la puta más feliz del mundo.
Me dejó en la salida de Zamora a las 10:40 am, con un beso baboso y un “suerte, mamacita”.
Tercer camionero. Ahora sí venía lo fuerte.
Un tráiler blanco Freightliner de doble remolque, cargado de muebles envueltos en plástico. Lo manejaban dos: el chofer, un flaco tatuado de 38 años, y su cargador, otro flaco de 35, ambos con gorras de beisbol y radios de banda civil. Pararon al mismo tiempo, los dos asomándose.
—¡Sube, chula! Vamos hasta Tangancícuaro, pero aquí hay lugar pa’ tres.
Subí a la cabina alta. Olía a pino de fresa y mota recién fumada. Me senté entre los dos, mis nalgas casi desnudas tocando los asientos calientes.
Empezaron con la plática normal:
—¿De dónde vienes tan buena?
—¿Novio no te trae?
—¿De verdad vas a bailar en table?
Yo, ya sin pena, bajé los tirantes del top y dejé mis tetas completamente al aire.
—¿Quieren ver el show antes?
Los dos se miraron. El chofer sonrió:
—Vamos al motel de paso que está aquí cerca, en Ecuandureo. Ahí te damos todo el ride que quieras.
Llegamos al motel barato: cuarto con cama king, espejo en el techo, olor a cloro y sexo viejo. Cerraron la puerta y me desnudaron en segundos.
El chofer me puso en cuatro en la cama. Me metió la verga (larga y curva) directo al culo sin lubricante extra, solo con el semen del segundo que todavía me chorreaba. El ardor fue brutal, pero delicioso. El cargador me metió la suya (recta y venosa) en la boca al mismo tiempo.
Me cogieron así, rotando: uno en el culo, otro en la boca, luego cambiaban. Me decían:
—¡Mira nada más qué puta tan rica nos tocó, carnal!
—¡Escúchala gemir, le encanta que la rompan entre dos!
En un momento me pusieron boca arriba, el chofer me levantó las piernas hasta los hombros y me penetró vaginal profundo mientras el otro me metía los dedos en el culo. Sentía cómo mi punto G se hinchaba, cómo mi clítoris latía contra su pelvis cada vez que chocaba.
Se corrieron los dos al mismo tiempo: uno en mi cara, chorros calientes en mis ojos y labial rojo; el otro dentro de mi vagina, inundándome hasta que sentí el semen caliente saliendo por los lados.
Me dejaron tirada en la cama, temblando, el cuerpo cubierto de sudor y semen, el ano y la vagina palpitando como locos.
Salimos del motel a las 12:30 pm. Me bajaron en Tangancícuaro me invitaron un café del OXXO y un “nos la pasamos chido, reina”.
Ya llevaba tres. El cuerpo me dolía deliciosamente, pero sabía que esto apenas iba por la mitad del camino.
Eran las 12:45 pm. Estaba parada en la salida de Tangancícuaro, el sol pegando fuerte, el cuerpo pegajoso de semen seco y sudor, los muslos temblando cada vez que me movía porque mi ano y mi vagina seguían abiertos y palpitando. Aún seguía usando mi plug anal, pero el vibrador flamingo ya no tenía batería así que lo guardé en la maleta. Mi cuerpo entero era un juguete sexual ambulante.
Levanté el pulgar otra vez. Pasaron dos trailers sin parar, pero el cuarto frenó en seco: un camión rabón azul de redilas, cargando cajas de fruta. El chofer era un güero de unos 42 años, fornido, con piercing en la ceja, tatuaje de calavera en el cuello y olor a mota que salía por la ventana.
El chofer baja la ventana, me mira de pies a cabeza y sonríe.
—¿Pa’ dónde vas, preciosa? —A Morelia, mi amor… pero hasta donde me puedas dejar me sirve. Si nomás llegas a Purépero, también está bien.
Él se rasca la barba, niega con la cabeza. —No, yo no paso de Ocotlán hoy… voy descargando en La Barca y regreso.
Le hago ojitos, me acerco más a la puerta, me agacho un poquito para que vea bien el escote del top blanco y le digo bajito, con voz de zorra total: —Ay, pero si me llevas hasta Purépero te hago pasar un rato bien rico… te la mamo mientras manejas, te dejo que me toquetees todo, lo que tú quieras… ¿sí, papi?
Él se queda callado dos segundos, me recorre con la mirada otra vez, se le hace agua la boca y por fin sonríe grande: —Órale, pues… súbete, güerita. Hasta Purépero te llevo…
Abro la puerta con una sonrisa triunfal, subo el escalón con el culo al aire y ya dentro le guiño el ojo: —Vas a ver que me porto re bien, papi…
Subí. La cabina estaba llena de posters de tetonas, un olor a mota y vainilla artificial. Ni bien cerré la puerta ya me estaba tocando las piernas.
Sin perder ni un segundo me bajé los tirantes del top blanco de un jalón. Mis pezones rositas quedaron al aire, duritos como montañitas, apuntando directo a él. Él abrió los ojos y soltó un “no mames”.
No le di tiempo ni de reaccionar. Me incliné sobre su regazo, le desabotoné el pantalón con una mano, bajé el zipper de un tirón y saqué su verga: ya estaba dura, caliente, venosa, oliendo a hombre de carretera. Me la metí a la boca hasta el fondo de una vez, tragándola completa mientras él gemía y ponía una mano en el volante y la otra en mi cabeza.
—Ay, cabrón… qué rica te la comes, zorra…
Yo subía y bajaba rápido, babeando toda su verga, lamiendo las bolas, tragándola hasta la garganta mientras el tráiler rugía por la carretera. Él me jalaba el cabello, me apretaba las tetas, me pellizcaba los pezones duros. Yo solo gemía con la boca llena, sintiendo cómo se ponía más dura cada vez que pasaba un tope y su verga me llegaba más al fondo.
—¿Cuántos te han cogido ya hoy, zorra?
—Tres… tú eres el cuarto y el más morboso —le dije mirándolo a los ojos mientras le mamaba la verga.
Él sonrió perverso:
—Tengo una fantasía que nadie me ha cumplido nunca… ¿te animas?
Sonreí, ya sabía que esto iba a ser diferente.
Se desvió en un camino terracero cerca de Zacapu, entre cerros pelones. Paró el camión en un lugar donde no pasaba ni un alma.
—A ver güera quiero que te desnudes…
Obedecí al instante. Me quité los tacones rojos y los dejé en el piso. Me arranqué el top blanco de un jalón, mis tetas rebotaron libres, los pezones rositas duritos como piedritas. Luego el short destrozado y la tanguita roja: los bajé de un solo movimiento y quedé completamente desnuda, solo con el plug de corazón rosa brillando entre mis nalgas. Me quedé sentada en el asiento del copiloto, abierta de piernas, la piel blanquísima brillando con el sol que entraba por la ventana, temblando de nervios y ganas.
Él me miró dos segundos, mientras se tocaba la verga.
—Ahora hazme mi fantasía, putita… quiero verte montada en la palanca de cambios. Primero por tu panochita, después por el culo.
Señaló la palanca: una bola negra grande, de unos 6 cm de diámetro, llena de rayones y marcas de tanto uso, caliente por el motor.
Yo no perdí tiempo. Saqué de mi ano el plug de corazón rosa de un jalón. Sentí cómo mi ano quedó abierto de golpe, dilatado después de traerlo puesto desde hace horas, palpitando al aire, como una boquita rosada que no se quería cerrar. Gemí fuerte al sentir el vacío rico. Lo limpié rápido con una toallita húmeda y abrí mi maletita rosa, para guardarlo.
De ahí mismo saqué mi lubricante íntimo, el chiquito transparente que siempre llevo. Me puse una cantidad generosa en los dedos y me lo unté despacito en el ano, metiendo dos dedos hasta el fondo, girándolos para que quedara todo resbaloso y bien abierto. Gemí más fuerte todavía, mirándolo a los ojos, enseñándole mi ano dilatado y brillante de lubricante.
—Mira, papi… ya estoy lista para tu fantasía. Mi culo quedó bien abierto y lubricadito solo para ti.
Él soltó un “no mames” y se mordió el labio, la verga ya fuera del pantalón, palpitando.
—Así me gusta, zorra… ahora móntate en la palanca y rómpete ese culo dilatado para mí.
El corazón me latió a mil. Me subí encima de la palanca, abrí las piernas, él escupió en la bola y la frotó. Sentí la bola de la palanca tocando mis labios vaginales, luego la presión. Empujé hacia abajo despacito… el dolor fue intenso, vaginal se abrió al máximo, sentí cómo me estiraba por dentro, cómo llegaba hasta el fondo. Gemí fuerte, lágrimas en los ojos, pero el morbo era más fuerte.
—¡Así, puta! Móntala como si fuera una verga gigante.
Empecé a moverme arriba y abajo, él se bajó el pantalón y se pajeaba viéndome. Luego me agarró las tetas y me chupó los pezones rositas hasta dejarlos morados. Cuando ya no podía más con la vagina, me dijo:
—Ahora el culo.
Escupió más, me levanté, puse la bola en mi ano dilatado y bajé lento. El ardor fue brutal, sentí que me partía en dos, pero centímetro a centímetro entró. Grité, lloriqueé, pero seguí moviéndome mientras él me lamía el clítoris. Me vine así, temblando encima de esa palanca fría y dura.
Después me bajó, me puso boca abajo en el asiento y me cogió vaginal al natural, su verga corta pero gruesa como un tronco. Se corrió dentro en menos de cinco minutos, llenándome otra vez.
—Eres la puta más enferma que me he topado —me dijo mientras me limpiaba con una toalla mugrosa.
Me dejó en una gasolinera cerca de Purépero a las 2:10 pm, con un beso y una SKYY que me invito en el OXXO
Estaba parada en la gasolinera de Purépero, las piernas me temblaban de tanto abrirlas durante las últimas cuatro horas. El short de mezclilla estaba mojado de la zona íntima y mi tanga hundida entre mis labios rosados. El top blanco pegado a mis tetas por el sudor y las corridas de los cuatro traileros anteriores. Los tacones rojos llenos de polvo y tierra. El rubio se me pegaba a la cara y al cuello, el rímel corrido, los labios hinchados de tanto mamar verga. Olía a sexo puro, a hombre, a carretera caliente.
De pronto frenó en seco un International negro brillante, la caja cargada de arena hasta el tope, polvo blanco pegado en los costados. El chofer bajó la ventana y me miró como si fuera un trofeo recién ganado.
Era alto, moreno oscuro, como de 38 años, gorra de los Tigres del Monterrey, barba de dos días perfecta, brazos tatuados con vírgenes, nombres de hijos y fechas. Playera negra sudada pegada al pecho, olor a pino intenso saliendo de la cabina como si acabara de colgar otro arbolito.
—¿Pa’ dónde, preciosa?
—A Morelia… pero si me adelantas un buen tramo te lo agradezco rico—le dije con voz cachonda, mostrándole mis tetas de fuera con los pezones rositas bien duros.
Subí a la cabina. Apenas cerré la puerta me agarró una teta, apretando el pezón hasta que gemí.
—Quítate todo, zorra, que te quiero ver completa.
Me quité los tacones, tiré el short al piso, la tanguita y me arranqué el top. Quedé desnuda, la piel caliente brillando con el sol que entraba por la ventana. Él se desabrochó el cinturón mientras manejaba, sacó una verga larga y delgada, ya dura como fierro, la cabeza roja brillando de pre-semen.
A los diez minutos prendió las direccionales y se metió por un camino de terracería entre maizales altísimos. El polvo se levantaba atrás como una nube. Paró el motor detrás de un montículo donde no había ni un alma, solo maíz, cielo y el ruido lejano de la carretera.
—Aquí nadie nos jode.
Me subí a su regazo de frente, me agarrándome de sus hombros tatuados, abrí bien las piernas y me clavé su verga directo por el culo hasta sentirla en el estómago. Gemí largo, profundo, sabiendo lo que venía.
Él recorrió mi cuerpo con su mirada lujuriosa, prendió la radio de banda civil y habló fuerte al micrófono:
—Hola que tal colegas, traigo a una Rubia que se cae de buena y lo mejor de todo es que le encanta la verga, dice que va para morelia a trabajar en un table. La recogí en Purépero, la voy a dejar en Charo a las cuatro y media. ¿Quién la quiere después?
Se escucharon como veinte voces al mismo tiempo ofreciéndose, pitos, risas, “pásala, cabrón”, “yo la espero en Charo con los compas”.
—Óiganle, cabrones… escuchen cómo se la traga por el culo esta perra.
Mis gemidos retumbaron en toda la frecuencia:
—¡Sí, papi, rómpeme el culo! ¡Métemela toda, más fuerte, así, así!
Se oían pitos, risas, voces de Nayarit, Jalisco, Michoacán: «¡No mames!», «¡Qué rico se oye esa zorra!», «¡Grábenla, cabrones!»
Él me tenía agarrada de la cintura, me azotaba las nalgas hasta dejarlas rojas, me chupaba las tetas como loco, mordía los pezones rositas hasta que me dolían rico. Yo rebotaba cada vez más rápido, el sudor me corría por la espalda, el semen de los anteriores se mezclaba con el nuevo y chorreaba por mis muslos. Me vine temblando, apretándole la verga con el culo, gritando que me llenara.
Él gruñó, me clavó hasta el fondo y descargó chorros calientes dentro de mi recto. Cuando me levanté, el semen chorreaba por mis muslos y caía en el piso de la cabina, dejando un charco.
Volvió a hablar por radio, jadeando todavía:
—Colegas voy a bajar a la rubia en la gasolinera de Charo a las 4:20 exactas. ¿Quién la recoge ahí y sigue el pase? Está abierta por los dos lados y pide más. Dice que se llama Alexa.
Se escucharon varias voces confirmando: «Yo la agarro», «Dile a Alexa que la espero con los compas de la gas en mi Torton amarillo», «Ya le avisé al de la vulcanizadora».
Me dejó en Charo a las 4:20 pm exactas, temblando, el culo chorreando, la cara roja de vergüenza, placer y nerviosa por lo que vendría.
Estaba parada junto a las bombas de la gasolinera de Charo, el sol de las cuatro y media quemándome la piel, los despachadores sacándome plática y echándome el ojo, las piernas temblándome de tanto abrirlas todo el día.
De pronto: ¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIII! Un pitazo largo y fuerte que retumbó en todo el patio. Un Torton amarillo vacío frenó en seco frente a mí. Los tres adentro empezaron a pitar como locos, a gritar y a pegarle a la puerta.
—¡Alexa! ¡Ven pa’cá, pinche zorra famosa! —¡Súbete, Alexa!
Me acerqué contoneándome, los tacones resonando en el concreto caliente. El chofer (el Chino, moreno chaparrito, camisa a cuadros abierta, ojos rojos de cerveza) bajó la ventana y me sonrió con todos los dientes.
—¡Ya te oímos chillar todo el día por la radio, putita! Súbete rápido que te tenemos tres vergas bien calientes.
Subí el escalón, cerré la puerta y me senté entre ellos en la cabina. El Chino prendió la radio de banda civil solo un segundo para avisar:
—Compas soy el Chino… ya cargamos a Alexa, la rubia. La tenemos tres pa’ ella sola. La bajamos en la caseta de Maravatío a las 6:30, quien la quiera después que hable.
Arrancó el Torton y salimos de la gasolinera. Apenas llevábamos dos minutos en carretera cuando el güero flaco me metió mano por debajo del top, el gordito me abrió las piernas y me empezó a meter dedos por los dos hoyos, y el Chino manejaba con una mano y con la otra me apretaba las tetas.
—Ay, cabrones… ya no aguanto, paren en cualquier lado —les dije jadeando.
A los diez minutos el Chino vio un camino de terracería entre milpas, prendió las direccionales y se metió unos quinientos metros hasta quedar bien escondidos. Paró el motor.
—Bájense todos —ordenó.
Los tres se bajaron, abrieron la puerta trasera de la caja seca y me cargaron entre el güero y el gordito como si fuera una muñeca: el güero me agarró por debajo de las axilas, el gordito por las nalgas abiertas, y me subieron de un brinco al interior. El Chino cerró la puerta de un jalón y quedó todo oscuro, solo la luz que entraba por las rendijas.
La caja venía cargando sofás nuevos envueltos en plástico transparente. El olor a pegamento y plástico caliente me mareó de morbo. Me aventaron encima del sofá más grande, el plástico crujió y se pegó a mi espalda por el sudor.
Los tres se bajaron los pantalones al mismo tiempo. El güero flaco tenía una verga curva y larga, el gordito una corta pero gruesa como lata de Tecate, y el Chino una normal pero dura como fierro.
Primero me pusieron de rodillas y me metieron las dos vergas en la boca al mismo tiempo. Gemía con la garganta llena, babeando, lamiendo las dos cabezas, el plástico pegándose a mis rodillas. El Chino se masturbaba viendo.
—¡Mírenla, cabrones, qué rica se las traga!
Después me abrieron de piernas y me cogieron sin orden: uno vaginal, otro anal, rotando cada cinco minutos. El plástico hacía ruido con cada embestida, se me pegaba a las tetas, al culo, a la espalda. El gordito me metió la suya por el culo sin lubricante extra, solo con el semen de los anteriores, y grité rico.
—¡Fóllenme más duro, cabrones! ¡Quiero sentirlos a los tres dentro!
El chino me puso boca abajo sobre el sofá, el plástico pegándose a mis tetas y a mi cara, y me dio anal como animal, agarrándome del cabello.
Se corrieron donde quisieron: el güero en la cara, el gordito dentro de la vagina, el Chino dentro del culo. Sentí el semen caliente mezclándose con todo lo anterior, chorreando por mis muslos y pegándose al plástico. Me dejaron tirada encima del sofá, envuelta en plástico y semen, respirando agitada, temblando de tanto orgasmo.
Cuando terminaron, el Chino abrió la puerta trasera, me cargaron otra vez entre los tres y me bajaron al suelo. Subí a la cabina de nuevo, las piernas que apenas me sostenían.
Ya de regreso en la carretera, el Chino prendió la radio una última vez:
—Oigan compas ya nos cogimos a Alexa, esta bien rica la cabrona. La dejaremos en la caseta de Maravatío como a las 6:30. ¿Quién la agarra ahí?
Se escucharon varias voces confirmando: «Yo la recojo», «Ya le avisé al de la vulcanizadora», «Díganle que la esperamos con ganas».
Llegamos a la caseta de Maravatío a las 6:30 pm exactas. Me bajaron oliendo a sexo puro y a cerveza barata, el cuerpo hecho mierda pero con una sonrisa de oreja a oreja.
A las 6:45 pm, apenas me bajé del Torton amarillo en la caseta de Maravatío, ya estaba parado un Torton gris de carga ligera. El chofer, un moreno alto de 55 años, flaco pero fuerte, manos negras de grasa, camisa azul de trabajo rota en los hombros y voz ronca de tanto fumar Faros, habló por la radio de banda civil antes de que yo subiera:
—Aquí el Tío… ya tengo a la putita famosa. La dejaron bien bañada de leche. Vamos a la vulcanizadora del kilómetro 8, quien quiera alcanzarnos y probarla.
Se escucharon pitos, risas y voces: «Ya voy pa’ allá», «Dile al Negro que la tenga lista», «No mames, esa zorra aguanta todo».
Subí a la cabina. El olor a diesel y cigarro viejo me pegó en la cara. El chofer me miró de arriba abajo, vio el short mojado de la entrepierna, el semen seco en mis muslos, las tetas marcadas bajo el top gris de sudor.
—Te veo bien cogida, mi reina… ¿todavía aguantas o ya vas de bajada?
—Un poquito más, mi amor… nomás hasta el centro —le contesté con la voz quebrada de tanto gritar.
—Sube. Pero primero mi compa de la vulcanizadora quiere saludarte.
Llegamos al taller en menos de diez minutos. Era una vulcanizadora vieja en la orilla de la carretera a Salamanca, letrero medio caído, olor a llanta quemada que se sentía desde afuera. El compañero era un negro musculoso de 45 años, sin camisa, todo sudado, el cuerpo brillando bajo la luz de los focos. Cerró la cortina metálica a medias, dejando solo una rendija por donde entraba el ruido de la carretera y la luz naranja del atardecer.
Me cargaron entre los dos como si no pesara nada. Yo me abracé del cuello del chofer, él me levantó por las nalgas y me empaló vaginal de una sola estocada: su verga gruesa y larga me llegó hasta el estómago, me arrancó un grito que retumbó en todo el taller. El negro me abrió las nalgas con las manos enormes y me metió la suya por el culo al mismo tiempo. Me tenían suspendida en el aire, los dos dentro, rebotando como loca, mis tetas saltando, el sudor chorreándome por todo el cuerpo.
—¡Sí, rómpanme los dos a la vez! ¡No paren, cabrones! ¡Quiero sentirlos hasta el fondo!
El chofer prendió la radio de banda civil del taller, y habló jadeando:
—Óiganle, mucháchos… la putita tiene dos vergas adentro al mismo tiempo. Escuchen cómo chilla la perra.
Mis gritos se oyeron por toda la frecuencia: «¡Ay, ah, me están partiendo en dos!», «¡Más fuerte, rómpanme el culo y la panocha juntos!»
Después me empinaron sobre una pila de llantas viejas, el olor a caucho quemado en la nariz. El negro me dio anal sin piedad, agarrándome de la cintura, cada embestida hacía que mis tetas se aplastaran contra las llantas. El chofer se puso enfrente, me metió los dedos en la vagina y me jalaba el pelo para atrás.
Se corrieron los dos dentro al mismo tiempo: sentí el semen caliente del negro llenándome el recto y el del chofer inundándome la vagina. Cuando me soltaron, el semen chorreaba por mis muslos hasta los tacones rojos.
Me limpie con un trapo viejo lleno de aceite, tomamos una cerveza fría cada uno y me subieron otra vez al Torton. Yo ya me sentía algo pedita, pues no había comido mucho y ya era tarde.
El chofer habló por radio una última vez:
—Oigan vamos a dejar a Alexa en la gasolinera de la entrada poniente a morelia a las 7:40 El último que la quiera antes del centro, ahí está. La morra ya esta bien abierta.
Me dejaron temblando, el cuerpo hecho mierda, el culo y la vagina palpitando, pero con una sonrisa de oreja a oreja.
A las 7:40 pm exactas ya estaba parada en la gasolinera del mercado de abastos, las luces de neón reflejándose en los charcos de semen que me chorreaban por las piernas. El short mojado y manchado de semen, el top pegado a mis tetas como segunda piel, el cabello hecho un desastre, el rímel escurriendo de mis ojos. Olía a sexo de ocho hombres distintos, a grasa de taller, a cerveza, a carretera.
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De pronto apareció un volteo pequeño gris, casi un camión de tres toneladas, limpio, sin caja seca, solo la cabina. El chofer era un señor mayor de 58 años, flaco, bigote canoso perfectamente recortado, ojos tristes y profundos. Camisa de vestir azul clara bien planchada, pantalón de mezclilla limpio, rosario de madera colgando del retrovisor. La cabina olía a vainilla de verdad, limpia, como si la hubiera limpiado esa misma mañana.
Bajó la ventana y me miró con una mezcla de ternura y deseo que me derritió.
—Sube, preciosa… te veo agotada, pero hermosa.
Subí. Cerró la puerta con cuidado, como si yo fuera de cristal. La radio estaba apagada; él no necesitaba presumir nada. Me senté en el asiento del copiloto, las piernas abiertas porque ya no podía cerrarlas, el semen todavía chorreando y manchando su tapiz impecable.
—¿Hasta dónde vas, mija?
—Hasta el centro… quedé con una amiga y su jefe —mentí con voz de niña cansada.
Me miró de reojo, vio todo: las marcas de manos en mis nalgas, los pezones hinchados, el semen seco en mi cara. No dijo nada sexual, solo suspiró.
—Te veo que has tenido un día muy largo… descansa un ratito.
Pero yo ya no podía contenerme. Me acerqué despacito, le besé el cuello arrugado, olía a jabón de lavandería y a hombre limpio. Le bajé el cierre del pantalón con suavidad, saqué su verga: vieja, venosa, larga aunque no muy gruesa, ya tiesa solo de verme. La piel suave, caliente, con olor a hombre que se baña todos los días.
La mamé lento, con cariño, lamiendo cada arruga por arruga, tragándola hasta el fondo mientras él gemía bajito y me acariciaba el cabello como si fuera su hija.
—Ay, mi ángel… qué rico lo haces…
Se desvió a un callejón oscuro, apagó el motor y me puso boca arriba en el asiento amplio. Me quitó con cuidado el short, me abrió las piernas como si fuera la primera vez de su vida, se puso un condon sico y me penetró vaginal despacito, mirándome a los ojos. Fue la cogida más dulce de todo el día: lenta, profunda, con besos suaves en la boca, sus manos viejas acariciándome las tetas, susurrándome al oído:
—Eres lo más bonito que me ha pasado en años… gracias, mi reina…
Yo lloriqueaba de placer y cansancio, abrazándolo fuerte, sintiendo cómo su verga vieja me llenaba con calma, sin prisa, como quien disfruta cada segundo. Se corrió dentro con un suspiro largo y tembloroso, abrazándome fuerte contra su pecho, besándome la frente.
—Gracias, mi ángel… nunca voy a olvidar este ride.
Me dejó a tres cuadras del centro a las 8:05 pm exactas. Me bajé tambaleante, las piernas flojas, el cuerpo hecho mierda pero con el corazón lleno por ese último abrazo tierno.
A las 8:07 pm pedí un Uber desde la esquina. El carro llegó en tres minutos: un Nissan Versa gris plata, chofer de unos 65 años, flaco, bigotito gris bien recortado, camisa blanca de domingo aunque fuera viernes. Me abrió la puerta trasera con manos temblorosas. Subí y me dejé caer en el asiento. No me puse el cinturón; abrí las piernas todo lo que pude. El short apenas me cubría la mitad del culo, los labios hinchados y rojos asomaban, el semen seco y fresco brillaba bajo las luces de la calle.
El señor me miró por el retrovisor y se quedó sin aliento. No dijo ni una palabra en todo el camino, solo tragaba saliva, se acomodaba la verga por encima del pantalón una y otra vez, respiraba fuerte. Yo lo miraba fijo por el espejo, me lamía los labios hinchados, me pasaba las manos por las tetas, le sonreía como la zorra que soy. Él sudaba, el carro se llenó de mi olor a sexo de hombres distintos. Llegamos a la casa de mi papá a las 8:25 pm. Le di las gracias con voz de niña buena y me bajé tambaleando. Él se quedó mirando cómo caminaba hasta la puerta, el culo al aire y mis piernas manchadas de semen.
Entré con mi llave. La casa estaba sola, oscura, papá todavía en la bodega de aguacate. Me metí directo al baño de visitas, abrí la regadera con agua bien caliente y me bañé acariciando mi cuerpo y dedeándome para limpiarme a fondo. Vi cómo el agua se llevaba el semen, el sudor, la tierra, la grasa de taller, la cerveza. Me lavé el cabello dos veces, me depilé otra vez lo que había crecido en el día, me hice un enema profundo para estar completamente limpia por dentro, me unté mi crema de coco en todo el cuerpo hasta oler a postre, me puse el plug de corazón rosa (aunque mi ano ya estaba tan dilatado que casi no lo sentía) y me vestí con el baby doll negro transparente que papá me regaló hace años: cortito, de encaje, sin nada debajo, los pezones rositas duros traspasando la tela, el culo al aire.
A las 9:12 pm le mandé Whats:
“Ya estoy en casa, papi. Te espero desnudita y limpia… ven pronto, traigo muchas ganas de mi dueño ❤️”
Llegó a las 9:40 pm exactas. Entró oliendo a aguacate maduro y sudor de trabajo, camisa de cuadros, botas llenas de tierra. Me vio parada en la sala bajo la luz tenue: baby doll negro, tacones rojos todavía puestos, cabello húmedo cayéndome por la espalda, los pezones duros, las piernas abiertas, el ano y la vagina hinchados y rosados brillando.
Sin decir ni una palabra me cargó como si no pesara nada, me llevó al sillón de la sala, me puso en cuatro de un jalón y me bajó el baby doll hasta la cintura. Vio mi ano dilatado, palpitando abierto, mi vagina roja e hinchada, olió el aroma a coco mezclado con el sexo de todo el día que todavía salía de mí.
Me embistió de una sola vez por el culo, su verga gruesa y conocida entrando fácil porque ya estaba destrozada. Me cogió brutal, como solo él sabe: una mano en mi cabello jalando fuerte, la otra azotándome las nalgas hasta dejarlas rojas otra vez, diciéndome al oído todo lo que siempre quise escuchar:
—Mi putita favorita… mi zorra… mi princesa… sabes cuanto te amo hermosa..
Yo lloriqueaba de placer y cansancio, empujando el culo hacia atrás para sentirlo más adentro.
Se corrió dentro de mi recto con un rugido largo, llenándome otra vez, marcándome como suya por última vez ese día. Después me cargó en brazos, me llevó a su cama, me abrazó fuerte contra su pecho, me besó la frente y me dejó dormir pegada a él, oliendo a hombre de verdad, a aguacate, a mi dueño.
Ese fue el viaje más largo, sucio y perfecto de mi vida: 11 hombres distintos, una carretera entera escuchándome gemir por la radio, y al final… los brazos y la verga de mi papá.
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Alexandra Love.