Carmen:

Ocho años separan a cualquier cuerpo de sí mismo. Es una verdad que se te clava en el estómago cuando la distancia deja de ser una foto en la pantalla y se convierte en un billete de avión. Lo supe desde el momento exacto en que confirmamos la fecha con Javi por SDC, tres semanas antes de salir de Caracas.

Esas tres semanas fueron extrañas. Todo seguía igual: correos de pólizas de seguros, viandas para los chamos, tráfico infernal. Pero por debajo corría una corriente eléctrica, densa. Ocho años son casi tres mil días. Tres mil días en los que la maternidad y la gravedad hacen su trabajo silencioso sobre la carne.

Lo sentí mientras hacía la maleta en nuestra habitación, bajo el zumbido asmático del aire acondicionado. Entre la ropa metí el vestido verde que Eduardo había elegido unos días antes. No explicó nada. Solo esa sonrisa suya. Yo entendí el mensaje.

Lo sentí con más fuerza en el avión, cruzando el Atlántico. Y en la primera noche en el hotel de Palma, con las ventanas abiertas al puerto y el olor a salitre inundando el cuarto. Pero sobre todo lo sentí en la playa de Alcudia: dos días enteros tirada en la arena, el sol dorándome los hombros mientras mi cabeza no paraba de dar vueltas. Tres días en Mallorca y el nudo en el estómago seguía ahí.

Eduardo:

La tarde antes de ir a casa de Javi, Carmen se metió más de cuarenta minutos en el baño. Yo estaba tirado en la cama, escuchando el agua, el secador, los silencios. Sabía qué hacía: mirándose de frente, de lado, agarrándose la barriga, levantándose las tetas, odiando lo que veía.

Salió con el vestido verde. Pelo rojo recogido, dos mechones sueltos. Se sentó en el borde de la cama, manos quietas sobre las rodillas. El lino se le pegaba a las caderas anchas y al vientre pronunciado.

Me senté a su lado.

Estás lista.

Estoy nerviosa, Edu.

—Javi nos conoce.

—Javi conocía a la Carmen de hace ocho años. No a esta de cuarenta, con ochenta kilos y el cuerpo marcado.

La miré. Le besé la sien.

—Javi conoció menos Carmen. Esta es más.

Carmen:

La casa estaba al final de una calle estrecha, semioculta detrás de una verja llena de buganvilias moradas que soltaba flores secas sobre la gravilla. Eduardo aparcó y apagó el motor. El silencio solo se rompía con las cigarras.

Javi abrió la puerta antes de que tocáramos. Shorts azules, descalzo, sin camisa. Había ganado peso en la cintura, el pelo casi todo blanco, pero seguía siendo ese bloque compacto y bajo. Nos abrazamos.

La terraza trasera olía a jazmín y piedra caliente. Había una tabla de quesos, aceitunas y una botella de Binissalem sudando. Nos sentamos.

Hablamos de Caracas. Le conté cómo había cambiado todo.

—Donde estaba Doña Caraotica ahora hay un edificio super moderno, todo de vidrio y mármol. Y el concesionario Ferrari está justo enfrente del Santo Tomás de Villanueva. Tienen tres carros rojos adentro y casi nunca ves a nadie comprando. Puro escaparate.

Javi meneaba la cabeza, con esa cara de quien procesa la ciudad desde lejos.

Pero mientras hablábamos, sus ojos no dejaban de recorrerme. Bajaban por mi escote sin sostén, se detenían en mi vientre pronunciado, seguían por las caderas. Mirada densa, hambrienta.

Eduardo:

Me recosté en la tumbona y observé en silencio.

Javi se levantó, rodeó la mesa y se arrodilló frente a Carmen. Puso sus manos anchas sobre las caderas de ella y apretó la carne blanda a través del lino.

—Déjate de pendejadas, Carmen. Estás más rica ahora. Más mujer. Más carne donde agarrar.

Le bajó el tirante izquierdo de un tirón. Sacó una teta completa. El seno cayó con su peso real, pesado, con la areola grande y oscura. Javi la agarró, la levantó un poco y se metió el pezón en la boca, chupándolo lento y fuerte. Con la otra mano le pellizcaba el otro pezón, estirándolo. Carmen soltó un jadeo ronco y echó la cabeza hacia atrás, el vientre temblándole.

Luego la volteó, le hundió toda la cara entre las nalgas por encima del vestido y apretó fuerte con las dos manos, respirando pesado y húmedo contra la tela.

Carmen me buscó con la mirada. Yo la sostuve firme, sin sonreír. Dejándole saber que estaba ahí y que estaba disfrutando.

Carmen:

Me paré y me quité el vestido yo misma, botón por botón. El lino cayó a mis pies. Me quedé completamente desnuda: ochenta kilos, vientre prominente hacia adelante, cicatriz nacarada de cesárea, muslos con celulitis, tetas caídas, totona hinchada y mojada, el vello negro largo y esparcido pegado a los labios carnosos por los jugos.

Agarré a Javi por la barba espesa y jalé a Eduardo hasta la tumbona. Me monté encima de él en sesenta y nueve y me metí su guevo en la boca, chupando lento, profundo, sintiendo cómo se ponía más duro.

Detrás de mí sentí a Javi arrodillarse. Con una mano me acariciaba las nalgas mientras con la otra intentaba abrir un paquetico de condones. La cabeza gruesa y caliente de su verga rozaba mi entrada, frotándose contra mis labios hinchados.

Con el guevo de Eduardo todavía en la boca gemí:

—Sin condón, Edu… Dile que me llene toda.

Eduardo:

—Dale, Javi. Métela toda. Quiere que la llenen de leche.

Carmen:

Empecé a mamar a Eduardo con ganas, bajando y subiendo la cabeza, mientras Javi me cogía desde atrás con embestidas lentas y profundas. Estuvimos así un buen rato, los tres conectados. Yo chupando el guevo de Eduardo, sintiéndolo ponerse completamente duro en mi boca, y Javi follándome con ese ritmo pesado que hacía que mi barriga se moviera sobre el pecho de Eduardo.

Chupé más fuerte, metiéndomelo hasta el fondo, babeándolo todo. Eduardo empezó a respirar más agitado. Javi me tenía agarrada fuerte de las caderas y seguía entrando y saliendo, cada vez más profundo.

Hasta que Eduardo se tensó, soltó un gruñido bajo y se corrió en mi boca. Chorros calientes y espesos me llenaron la garganta. Me lo tragué todo, sin soltar, succionando hasta que dejó de palpitar.

Solo entonces saqué su guevo de mi boca. Lo dejé caer pesado y mojado contra su vientre. Me empiné más hacia atrás, arqueando fuerte la espalda, empujando el culo contra Javi para que pudiera entrarme hasta el fondo.

—Más duro —gemí—. Métemela toda.

Eduardo:

Vi desde abajo cómo Carmen sacaba mi guevo de su boca, lo dejaba caer y se empinaba hacia atrás como pidiendo más. Su totona completamente abierta, roja e hinchada, tragándose la verga gruesa de Javi.

Javi agarró sus caderas con más fuerza y empezó a cogérsela más profundo y más rápido. Las bolas le golpeaban contra la vulva con sonidos húmedos y fuertes. El vientre de Carmen se movía pesado sobre mí con cada embestida.

Carmen:

Ahora que solo tenía a Javi adentro, me concentré en sentirlo. Esa verga más gorda me estiraba, me llenaba completo. Con cada empujón fuerte me llegaba hasta el fondo. Me vine duro, temblando, apretando los muslos alrededor de la cabeza de Eduardo.

Javi siguió unos minutos más, sudando, gruñendo contra mi espalda, hasta que se clavó profundo y se corrió adentro con un gemido ronco y largo. Sentí los chorros calientes, espesos, llenándome.

Eduardo:

Javi se sacó despacio. Una gota gruesa de semen cayó directo en mi boca. Carmen se deslizó hacia adelante y me plantó toda su totona caliente, abierta y llena sobre la cara. La limpié con lamidas largas, saboreando la mezcla de los tres. Se corrió por tercera vez, temblando entero, clavándome las uñas en los muslos.

Javi se quedó de pie junto a nosotros, verga floja todavía medio dura, mirándonos con una expresión que no era solo satisfacción. Había melancolía ahí. Como si no quisiera que la noche terminara, como si estuviera guardando cada imagen. Se pasó la mano por la barba, respiró profundo y se quedó un rato más en silencio, observándonos.

Carmen:

Me bajé temblando y me senté al lado de Eduardo. Javi tardó en reaccionar. Finalmente dijo, con voz ronca:

—Les voy a preparar un café…

Pero se notaba que lo dijo por decir algo. Que hubiera preferido que la noche siguiera.

Eduardo me agarró por la nuca y me besó. Beso largo, sucio, con sabor a todo lo que había pasado. A semen, a sudor, a nosotros.

—Te amo, coño —me susurró.

—Y yo a ti.

El olor a café llegó después. Las buganvilias se movían con el viento. Javi volvió con las tazas y esa misma mirada melancólica, como sabiendo que esto había sido especial y que el océano seguiría estando ahí mañana.