Era una noche de viernes en ese bar viejo del centro, luces tenues, mesas pegajosas y salsa a todo volumen que nadie bailaba. No bebo alcohol, pero entré por curiosidad: había oído que los viernes después de las 11 se ponía bueno, con gente que se queda hasta cerrar y pasa de todo. Me senté en la barra con una soda, vestido corto negro, sin nada debajo, tacones y pelo suelto. Pedí una Coca y me quedé mirando.
Dos borrachos se acercaron casi de inmediato. Uno alto y flaco, camiseta de fútbol vieja, barba desaliñada; el otro más bajo, gordito, ojos rojos y sonrisa torcida. Ya iban por la quinta cerveza, hablando alto, riéndose de todo. Me invitaron una ronda (les dije que no bebía, pero acepté la compañía). Charla fácil: el trabajo, lo jodido que está Bogotá, lo que les gustaba de las mujeres. Yo les seguí el juego, me reía, les tocaba el brazo, dejaba que me rozaran la pierna “por accidente”.
A eso de la 1:30 el bar ya estaba casi vacío. Solo quedaban seis u ocho clientes más, todos hombres, bebiendo lento, mirando de reojo. Los dos borrachos ya estaban bien prendidos. Me llevaron a una mesa del fondo, medio escondida por una columna. Ahí mismo me arrodillé entre sus piernas. Les bajé los cierres y les mamé la verga a los dos por turnos: profunda, babosa, garganta hasta que me daban arcadas. El alto se vino primero en mi boca, chorros calientes y espesos que tragué casi todo. El gordito se vino poco después en mis tetas, goteándome por el vestido y el escote. Los dos se quedaron jadeando, con las vergas flácidas, casi dormidos en sus sillas, cabeceando por la borrachera.
Pero yo seguía caliente. Muy caliente. Quería divertirme más, sentirme sucia, perra total. Me subí a la mesa vacía de al lado, me quité el vestido por completo, quedé desnuda, tetas al aire, concha chorreando y semen goteándome por el cuerpo. Abrí las piernas y me toqué despacio, mirándolos a ellos y al resto del bar.
—Vengan, papás… sigan jugando conmigo —les dije, con voz ronca.
Ellos se rieron, todavía medio borrachos, pero con ganas de seguir el juego. El alto se levantó primero, tambaleante, y me penetró la concha de un empujón, follándome despacio al principio, divirtiéndose con los movimientos torpes pero efectivos. Gemía riéndose, diciendo “mira cómo se mueve esta zorra”. El gordito miraba desde la silla, con la verga flácida todavía, sin fe en que pudiera seguir. Parecía que se iba a dormir de nuevo.
Me acerqué a él gateando sobre la mesa, le abrí las piernas y bajé la cabeza. Le chupé las bolas con tal ganas: lengua plana lamiéndolas despacio, metiéndome una en la boca, succionando suave, luego la otra, alternando mientras le pajeaba el tronco flojo. Él se emocionó de golpe, la verga empezó a endurecerse en mi mano, los ojos se le abrieron grandes. “Joder, mami… qué boca…”. Me sorprendió lo rápido que se le paró otra vez. El gordito, que parecía acabado, se puso duro como piedra.
Me levantó como pudo (con esfuerzo por su peso y la borrachera) y me puso sobre la mesa boca abajo, culo en pompa. Me penetró la concha de un empujón fuerte, follándome con tales ganas que me dejó sin aire. Empujones profundos, torpes pero brutales, agarrándome las caderas con manos sudorosas, dándome nalgadas que ardían. Gemía fuerte, riéndose entre jadeos: “toma, puta… para que veas que el gordo sí puede”. Eso me gustó demasiado: el contraste, la sorpresa, la crudeza de un hombre que parecía acabado y de repente me follaba como animal.
El alto se unió otra vez, me metió la verga en la boca mientras el gordito me follaba por atrás. Cambiaban turnos, divirtiéndose como niños grandes, echándome cerveza encima cada vez que querían “refrescar el juego”. Los seis u ocho que quedaban se acercaron más, regalándonos cerveza: chorros fríos en la espalda, en las tetas, en el culo, goteándome por todos lados. Me sentía pegajosa, sucia, oliendo a cerveza rancia y semen crudo, pero super perra. Rico. Me corrí gritando, apretando la verga del gordito dentro mientras el público aplaudía bajito y reía.
Uno propuso el juego: “Metámosle la botella en el culo y que beban directo”. El alto agarró una botella de Águila vacía, la lubricó con saliva y me la metió despacio en el culo, fría, estirándome. El gordito se acercó tambaleando, puso la boca en el cuello de la botella y “bebió” lo que quedaba de cerveza mezclada con mis jugos y el semen que ya me chorreaba. El alto hizo lo mismo después, chupando directo de mi culo como si fuera lo más normal del mundo. Reíamos todos: ellos medio dormidos pero divertidos, yo abierta y empapada, el bar entero mirando y aplaudiendo.
En un momento un tercero, un man alto y flaco con cara de loco, se acercó queriendo meterse. Me agarró del brazo, intentó besarme a la fuerza. No me gustó nada: olor fuerte a licor barato, manos ásperas y agresivas. Dije “no” fuerte. Los dos borrachos míos, aunque medio dormidos, se levantaron como pudieron y lo empujaron. El barman y dos clientes más se metieron: lo sacaron casi a golpes, gritándole “respeta, cabrón”, y lo echaron a la calle. Nadie quiso problemas.
Yo seguí en la mesa, abierta, empapada de cerveza y semen, tocándome hasta correrme una vez más, temblando entera mientras el público aplaudía y me echaba el último chorro de cerveza como si fuera champán de celebración.
Al final el barman me prestó la ducha del fondo: agua fría, jabón barato. Me lavé rápido, me puse el vestido mojado y salí sin que nadie me hiciera preguntas. Nadie me siguió, nadie me grabó (o si lo hicieron, no me importó en ese momento).
Caminé a casa temblando de frío y de placer residual, con el culo adolorido por la botella, la boca con sabor a cerveza y semen, y una sonrisa que no se me borraba. Me sentía usada, sucia, perra total… y jodidamente viva. A veces las noches más locas empiezan con una soda en la barra y terminan con una botella en el culo y cerveza chorreando por todo el cuerpo. Y valen cada segundo.