Era una noche de esas en las que Bogotá se pone húmeda y pegajosa, como si la ciudad entera sudara deseo. Yo había decidido jugar: me puse un vestido rojo corto que apenas me cubría el culo, tacones negros de aguja, peluca rubia larga y maquillaje cargado —labios rojos brillantes, sombra oscura, pestañas postizas—. Me pinté una verruga falsa en la mejilla para darle más realismo al disfraz. Salí a la calle 19, cerca de donde siempre paran las putas de la zona, y me paré en una esquina mal alumbrada, fumando un cigarrillo barato, moviendo la cadera como si supiera lo que hacía.

Pasaron varios carros, algunos pitaron, otros bajaron la ventana y preguntaron precio. Yo les decía “doscientos mil la media hora, papi, todo incluido” con voz ronca, fingiendo acento de pueblo. La mayoría seguían de largo. Hasta que llegó él.

Un carro negro viejo, vidrios polarizados. Se detuvo justo frente a mí. Bajó la ventana del copiloto. Era alto, moreno, pelo corto rapado, cara angulosa, labios gruesos y una mirada que te desnudaba sin tocarte. Vestía camiseta ajustada y jeans rotos. Me miró de arriba abajo y sonrió de lado.

—¿Cuánto por la noche completa, mami?

—Cincuenta mil más y te hago lo que quieras —le dije, acercándome a la ventana, inclinándome para que viera el escote.

—Sube.

Me subí al carro. Olía a cigarrillo, a colonia barata y a algo más fuerte, como testosterona acumulada. Arrancó sin decir mucho, manejó hasta un motel de la 26, de esos con garaje privado y luces tenues. Pagó la habitación sin regatear. Entramos.

Apenas cerró la puerta me empujó contra la pared. Me besó fuerte, metiendo la lengua hasta la garganta, agarrándome el culo con las dos manos. Yo le seguí el juego, gimiendo bajito, fingiendo que era una puta experimentada. Le bajé la cremallera del pantalón mientras él me subía el vestido. No llevaba nada debajo. Me abrió las piernas con la rodilla y metió dos dedos de golpe. Gemí de verdad.

—Qué rica estás, zorra —me dijo al oído.

Entonces lo sentí. Cuando le bajé los jeans y los calzoncillos, salió: una verga grande, gruesa, venosa, dura como piedra. Pero no era solo eso. Era trans. Tenía tetas operadas, grandes, firmes, con pezones oscuros. La verga era suya, natural, y estaba empalmada al máximo. Me miró esperando mi reacción. Yo sonreí, me arrodillé y me la metí en la boca sin dudar.

La chupé profundo, baboseando, lamiendo las bolas, metiéndome hasta la garganta hasta que me dio arcadas. Él me agarró del pelo y me folló la boca como si fuera un agujero cualquiera. Gemía fuerte, diciendo “así, puta, trágatela toda”. Me corrí solo de la humillación rica, sin tocarme.

Me levantó como si no pesara nada, me tiró en la cama boca abajo. Me abrió las nalgas, escupió en mi culo y me la metió despacio al principio. Dolía, pero rico. Me folló así un rato, profundo, lento, haciendo que sintiera cada centímetro. Luego aceleró. Me dio nalgadas que dejaron marcas rojas, me jaló el pelo, me dijo “eres mi puta esta noche, ¿verdad?”. Yo solo gemía “sí, papi, rómpeme”.

Cambiamos: me puso boca arriba, me levantó las piernas hasta los hombros y me penetró otra vez, mirándome a los ojos mientras me follaba el culo. Con la mano libre me pajeaba la concha, metiendo dedos, frotándome el clítoris hasta que me corrí temblando, apretándolo dentro. Él no paró. Siguió empujando más fuerte, más rápido, gruñendo como animal.

Al final se salió, se puso de pie al lado de la cama y me dijo “abre la boca”. Me corrí otra vez solo de verlo masturbarse. Se vino en chorros gruesos, calientes, directo a mi lengua, a mis labios, a mi cara. Me llenó la boca hasta que se me escurrió por la barbilla. Tragué lo que pude, el resto me lo unté en las tetas como si fuera crema.

Se quedó jadeando un rato, mirándome con una sonrisa satisfecha.

—Hijueputa, qué rico estuvo —dijo.

Yo me limpié con la sábana, todavía temblando.

—Te di como a rata —le solté, riéndome bajito.

Él se rió también, se vistió y me dejó cincuenta mil más en la mesita.

—Para que compres condones la próxima, puta.

Se fue. Yo me quedé tirada en la cama, oliendo a semen, a sudor y a sexo crudo. Me sentí usada, sucia, pero plena. Me limpié como pude, me vestí con el vestido arrugado y salí del motel caminando despacio, con el culo adolorido y una sonrisa de oreja a oreja.

A veces fingir ser puta es la forma más honesta de ser uno mismo. Y ese trans hijodeputa me dio exactamente lo que necesitaba: sin filtros, sin ternura, solo placer puro y violento.