Capítulo 3
- La cuota oral de Diana: su primer pago
- La cuota de Diana II: En la cocina del cornudo
- La cuota oral de Diana esta vez la acompaña su hermana
Era domingo al mediodía. Me encontraba tirado en el sofá, bata entreabierta, cabeza latiendo por la resaca de la noche anterior. La cita había sido un fiasco: una mujer mayor que conocí en Tinder —aunque guapa— no me dio ni las gracias. Me fui a casa solo, frustrado, con el alcohol todavía quemándome las venas y un deseo acumulado de una noche sin desfogue.
Desde el primer pago de Diana habían pasado justo quince días, pero la deuda la había cobrado con creces: dos, tres veces al día, a veces en su propia sala mientras Andrés roncaba en el cuarto de al lado, ajeno a todo, y el hijo estaba en el colegio. Recordaba escenas grabadas a fuego: una tarde la hice arrodillarse bajo la mesa de la cocina, tragando despacio mientras removía el arroz; otra vez en el sofá con la televisión a todo volumen tapando sus gemidos ahogados; incluso en el baño, contra el lavabo, donde succionaba con una determinación casi religiosa hasta dejarme seco.
Diana ya dominaba mi gusto al milímetro: profundo desde el inicio para construir tensión, lento al principio, luego acelerado, succiones firmes, garganta contrayéndose justo cuando más lo necesitaba, ordeñándome como si su vida dependiera de sacarme hasta la última gota. Sabía que su esposo apenas la tocaba —lo delataban sus miradas evasivas y el hambre voraz con que su cuerpo respondía al mío—, pero nunca lo mencionaba. Ese silencio era parte del collar invisible que le había puesto.
Le escribí seco: «Sube. Necesito que vengas a pagar. Puerta abierta.»
Minutos después se oyó el clic suave. Diana entró primero, seguida de cerca por su hermana Laura. Sorpresa absoluta.
Venían derechitas de misa: Diana con vestido plisado azul marino hasta las rodillas, blusa blanca de algodón abotonada hasta el cuello, crucifijo plateado balanceándose justo entre sus tetas medianas pero firmes, pelo negro liso en coleta baja. Laura, 21 años, más delgada, con esa inocencia frágil que se rompe fácil, llevaba un vestido floreado sencillo, pelo negro larguísimo suelto hasta la cintura, ojos claros enormes y huidizos, manos apretadas delante del pubis como queriendo desaparecer.
Diana cerró la puerta con cuidado extremo, bajó la mirada al piso de inmediato. Su voz salió temblorosa, casi un susurro culpable: —Acabamos de llegar de misa… mis papás están abajo en el apartamento esperando para tomar café con nosotros. Les dije que subía rápido a traerte algo que me pediste. —Tragó saliva, mejillas ardiendo—. Traje a Laura… ella necesita hablar contigo. Está en apuros… y yo le conté cómo… cómo pago.
Laura dio un pasito adelante, voz apenas audible, ojos clavados en el suelo: —Vecino… gracias por recibirme. No tengo trabajo fijo… necesito dos millones para seguir estudiando, pero ya no puedo pagarlo. Diana me dijo que usted ayuda… y que se puede pagar… de otra forma. Yo… soy inexperta… nunca he hecho nada así… pero estoy dispuesta. Por favor, sea bondadoso.
Me quedé sentado, observándolas en silencio varios segundos, dejando que la vergüenza se espesara en el aire. Las dos sumisas, tímidas, ya arrodilladas en espíritu mucho antes de tocar el piso.
Con voz calma, sin alzar el tono, pero con esa firmeza que no admite discusión: —Siéntate, Laura. Primero, Diana, salda lo pendiente. Quiero comprobar si tu gratitud sigue siendo sincera. Si no me haces disfrutar lo suficiente… el pago no vale.
Diana asintió despacio, sin levantar la vista, y avanzó. Se arrodilló entre mis piernas con movimientos lentos, manos temblorosas abriendo del todo la bata. Mi verga saltó tiesa, pesada, apuntándole directo a la cara. La miró un instante con ojos vidriosos, llenos de culpa santa por engañar a toda su familia abajo después de comulgar. Tomó mi pene con ambas manos como si fuera una reliquia prohibida, lo acercó a sus labios con reverencia, lo rozó contra su mejilla, aspiró hondo mi olor. Luego abrió la boca despacio y se lo metió entero de un solo viaje lento hasta que su nariz chocó contra mi pubis. Un gemido ronco escapó de su garganta: «mmm…»
Empezó a trabajar con devoción absoluta, conocedora ya de cada detalle que me llevaba al borde: cabeza adelante y atrás, lengua rodeando el tronco con lentitud casi religiosa al principio, luego lamiendo con avidez insaciable cada vena, cada centímetro, como si mi sabor fuera lo más adictivo que había probado en su vida. Lágrimas de vergüenza rodaban por sus mejillas —por traicionar al esposo postrado, por disfrutar en secreto lo que él nunca le dio—, pero su boca no paraba. Trataba mi verga con una adoración que solo yo entendía: lamía con lengua plana, succionaba el glande con labios apretados y suaves, empujaba hasta el fondo hasta que su garganta se contraía en espasmos involuntarios que me ordeñaban como un puño caliente y húmedo. Sus caderas se movían sutilmente, pezones duros clavándose en la blusa, respiración entrecortada por la nariz, cuerpo temblando de una excitación que la avergonzaba hasta el alma.
Yo observaba inmóvil, saboreando el control absoluto: abajo sus padres esperaban café con inocencia, su esposo había tosido toda la semana sin sospechar nada, y ella estaba aquí, tragándose mi verga con ojos de culpa mientras su coño se empapaba sin permiso.
—Más profundo, Diana —ordené sereno—. Muéstrame tu gratitud completa. Alivia tu deuda.
Obedeció al instante, empujando hasta que su nariz se pegó a mi abdomen, garganta apretándome con contracciones desesperadas. Lágrimas corrían libres, pero su lengua seguía adorando, succionando con un hambre contenida que me llevaba al límite.
Sintió que llegaba. Me agarró las caderas con firmeza, me empujó contra su cara y se mantuvo ahí clavada. Sabía exactamente lo que me volvía loco.
Exploté con chorros espesos directo en su garganta. Ella solo tragaba: «glup… glup… glup…», ordeñándome con la mano para no desperdiciar ni una gota. Lo hizo con determinación implacable, como quien se toma una medicina amarga para curarse: aunque el sabor le repugnara, lo tragaba entero, mirándome a los ojos, comprobando que lo estaba disfrutando, que lo hacía muy bien… aunque en el fondo ardía de rabia por tener que pagar así.
La saqué despacio. Mi verga quedó impecable. Ella permaneció arrodillada, jadeando, me miró con expresión de pena absoluta, voz quebrada: —Gracias… vecino… por dejarme pagar así. —Bajó la mirada de nuevo, casi inaudible—: Si usted quiere… usar mi parte de abajo… para cobrar más rápido… estoy dispuesta. Yo me encargo de que mi esposo no se dé cuenta. Solo le pido… por favor… tráteme con cuidado. Su miembro es grande y temo que me lastime.
Laura levantó la vista un segundo, ojos abiertos de sorpresa y vergüenza ajena, pero no abrió la boca.
Dejé que la oferta de Diana flotara en el aire, que su humillación creciera. Luego, con voz estoica: —Muéstrame. Quítate todo. De pie. Quiero verte completamente desnuda.
Diana se levantó temblando, dedos torpes desabotonando la blusa. La dejó caer. Senos medianos pero firmes, pezones duros y oscuros apuntando al frente. Bajó la falda plisada, quedó en bragas blancas baratas de algodón. Dudó un instante, ojos llenos de lágrimas frescas, pero bajó las bragas despacio, revelando su coño depilado, labios hinchados, brillando de humedad traicionera. Un hilo viscoso le corría por el interior del muslo. Temblaba de pura vergüenza.
—Gírate. Muéstrame todo.
Obedeció despacio. Culo redondo, blanco, suave, con la marca ligera de la ropa interior.
—Ponte en cuatro.
Se arrodilló en el piso, se inclinó hacia adelante, apoyada en manos y rodillas. Su culo se abrió ligeramente, ano rosado y apretado a la vista, coño chorreando justo debajo. Temblaba entera, el crucifijo balanceándose con cada respiración agitada.
Miré a Laura, aún sentada, roja hasta las orejas. —Laura, arrodíllate. Esfuérzate en darme una buena mamada. Quiero ver si eres lo suficientemente agradecida para que te preste el dinero. Si no me haces disfrutar… no hay préstamo.
Laura tembló, pero obedeció. Se arrodilló al lado de Diana en cuatro. Tomó mi verga con manos inexpertas, la miró un segundo con terror puro, y se la metió despacio en su boquita pequeña. Tosió suave al principio, vergüenza absoluta por ver a su hermana expuesta así, por tener que hacer esto. Empezó a mover la cabeza torpemente, succionando con esfuerzo, lengua tímida rodeando el glande.
Diana, aún en cuatro, susurró desde su posición humillante: —Hazlo profundo, Laurita… succiona el glande con fuerza… lame las venas… así le gusta. Trágalo todo cuando llegue… y sé generosa.
—Ven, ayuda a tu hermana. Guíala. Pon tu mano en mis huevos.
Laura obedeció las instrucciones de Diana al pie de la letra, empujando más profundo, garganta contrayéndose alrededor de mí. Lágrimas rodaban, pero su boca trabajaba con devoción creciente: succionaba con labios apretados, lengua girando, manos temblorosas masajeándome los huevos. Diana seguía guiando y estimulando: —Más rápido… contrae la garganta como si quisieras exprimirlo… lame los huevos también… así lo hago yo para que termine satisfecho.
Laura lamió mis huevos con timidez al principio, luego con más entrega, succionando con fuerza, gemidos ahogados escapando de su boca llena. Su inexperiencia era evidente, pero el esfuerzo desesperado por complacerme era total.
Cuando estuve al límite, empujé su cabeza contra mi pubis mientras Diana ayudaba sujetándola. —Trágalo —grité.
Un chorro espeso le llenó la boca. Laura abrió mucho los ojos, pero tragó ruidosamente. Diana ordeñó con la mano hasta la última gota.
Aunque su trabajo fue excelente —tímido pero dedicado hasta llevarme al éxtasis—, dije con voz serena: —Pudo ser mejor, Laura. Pero aun así… te presto el dinero.
Le entregué los dos millones en billetes. Laura los tomó temblando, lágrimas de alivio y humillación mezcladas.
Luego miré a Diana, aún en cuatro, desnuda y expuesta. Recogí sus bragas empapadas del suelo. —Vístete y vete. Luego te llamo para ver si acepto tu oferta de pagar con tu parte de abajo. Estos calzones ya me pertenecen.
Diana se levantó avergonzada, temblando, recogiendo su ropa con dedos torpes. Se vistió rápido, falda y blusa arrugadas, crucifijo de nuevo en su sitio. Se notaba lo mojada que estaba: brillo húmedo entre los muslos, olor leve a excitación culpable que solo yo percibía.
Bajaron las escaleras en silencio, rostros encendidos, cuerpos temblorosos.
Yo me quedé allí, oliendo los calzones de Diana impregnados de sus jugos, saboreando el morbo absoluto: Diana había ofrecido su coño por un deseo secreto que la carcomía, Laura había pagado con la boca por pura necesidad, y abajo los padres, el esposo y el hijo esperaban café… completamente ajenos a la puta misa que acababan de dar en mi sofá.
Pero el deseo no se apagaba. Minutos después, con la verga endureciéndose de nuevo al recordar sus bocas sumisas, les escribí a ambas: «Vuelvan. Ahora. Tengo más deuda que cobrar. Y esta vez no será solo con la boca.»