Tuve conciencia de mi homosexualidad antes de cumplir los 12 años.

Siempre buscaba mirar antes el pene de mi hermano, 5 años mayor que yo, que la rajita de mi hermana 2 años menor que mi hermano.

Solía esconderme en un armario-habitación que había en la habitación de mis padres, y que se accedía a él tanto por su propia recámara, como a través de otra puerta en el pasillo.

Permanecía oculto cuando sabía que mi padre buscaba anhelante a mi madre, católica practicante, y que apenas deseaba nunca las relaciones conyugales.

A través de la rendija, podía ver como mi madre se abría de piernas sin quitarse ni el camisón ni la ropa interior y mi padre, apartaba la braga y metía su pene en la siempre seca vagina.

La cara de mi madre siempre era de sufrimiento, nunca tenía un atisbo de placer, con lo cual mi padre, después de un mete-saca lo más profundo que podía, eyaculaba en un pañuelo que mi madre siempre tenía preparado para el momento.

Lo llenaba casi siempre, dado la poca frecuencia de sus relaciones y se tumbaba a su lado sin pronunciar palabra.

Ella se levantaba, dejaba el pañuelo en una bolsa, también preparada y se lavaba el coño en una palangana con agua, haciendo gestos como si la hubieran desgarrado.

Cuando me percaté que lo que más deseaba de ese acto era el pene de mi padre, descubrí que deseaba ser yo el que estuviera en esa posición y el macho me penetraría en la vagina y yo me movería hasta recibir su semen en mi coño dilatado.

Eso me llevó al riesgo de sustituir esas noches el pañuelo impregnado en semen, por otro no usado, lo cerraba en la bolsa como estaba y me lo llevaba a la habitación, masturbándome inmediatamente oliendo su lefa.

Antes de cumplir los 17, empecé a lamer el semen y tragarlo, hasta que me corría yo mismo.

Todo esto acabó cuando me enamoré del hijo de los molineros.

Me enamoré en primer lugar por su cara, después por su poder entre los demás muchachos del pueblo y por último por su cuerpo.

Lo deseaba con locura.

Había recién cumplido los 18 años. Todas las noches soñaba que me hacía el amor, que me requería para ser su novia y que yo al final, concedía mi virginidad en un arrebato amoroso que me llevaba a correrme inexorablemente.

El no parecía fijarse en mí, pero intentaba ser su amigo.

Él tenía entonces 19 años. Su alias era “el monstruo”, apodo que ya ostentaban su padre y su abuelo.

Más tarde entendí lo del mote, era tan bello, que estaba claro que por su físico no era la razón.

Casi era imposible el acercamiento, puesto que sus amigos se burlaban de mí siempre, hasta tal punto que siempre se dirigían a mí llamándome “nena”.

El último día de clase, vino a por su hermano que estaba en un curso más avanzado que el mío, y en un momento dado que estuvimos solos, se acercó a mí y me dijo que sabía que me gustaba, y que si acudía sin decir nada a nadie al pajar de sus tíos, me haría su mujer.

Casi me caigo al suelo del temblor de piernas que me sobrevino al decirme eso.

Se largó corriendo a por su hermano y también por temor a que los vieran conmigo algunos chicos del pueblo.

Después de comer, y ante el deseo y temor que despertaba la idea de entregarme al chico de mis sueños, padecí la diarrea mas espantosa que se puede uno imaginar. Más de 15 veces, tuve que correr hacia el baño, antes de que viniera el médico.

Este, me recetó unos polvos, y a la mañana siguiente cesó casi por completo.

Aquello me aterrorizó, puesto que por primera vez era consciente que mi ano sería el objeto de la desvirgue y lo tenía totalmente irritado y escocido.

Decidí acudir y rogarle que fuera en otro momento nuestra cita, dadas las circunstancias.

Cuando llegué, estaba esperando sentado en una bala de paja y ante mis explicaciones, me razonó que ya se había imaginado que pondría alguna excusa para rajarme, con lo cual le prometí que lo dejáramos para otro día y que sería la mujer más sumisa, prometiéndole no quejarme en absoluto de todo lo que quisiera hacer.

Muy increíblemente, me dijo que ahora me deseaba mucho y que dentro de unos días, no sabía si cambiaría de opinión.

Tras su insistencia, le supliqué que lo intentaramos, que hiciéramos el amor, y que si no podía ser, lo dejáramos para otra ocasión más propicia. El me dijo que si empezaba, con lo me deseaba y le gustaba, sería imposible dar marcha atrás.

Ante el segundo intento de marcharse, me arrodillé delante de él y le suplique que me hiciera mujer en ese momento, que no me importaba el dolor.

Una sonrisa se dibujó en su cara, y me levantó con sus dos brazos, besándome en la boca, introduciendo su lengua en la mía, y haciéndome sentir maravillosamente en sus brazos.

Después de un pequeño escarceo amoroso, que nunca quise que acabara, me aparto un poco para proceder a desnudarse, ordenandome a mi mismo que lo hiciera también.

Al principio y con la tarea de quitarme la ropa no me percaté de su pene, pero cuando lo ví a unos pocos centímetros de mi cara, me planteé dejarlo todo y salir corriendo.

De largo tenía unos 23 cms. pero no era eso lo que mas asustaba, sino su grosor.

Nunca en mi vida he vuelto a ver una cosa así.

Cuando me ordenó chuparselo sabía perfectamente que era una tarea imposible como así fue.

Lo lamí por fuera e hice algún amago de metérmelo dentro de la boca, pero el mismo me apartó empujándome, diciendo que vaya mujer que era incapaz de mamarle la “polla”.

Me tiró contra la bala de paja, y me abrió las nalgas, pellizcándomelas y escupiendo en mi ano.

Me metió dos dedos en la boca, humedeciéndolos para luego introducirlos en mi ano produciéndome un dolor insoportable, pero lo peor estaba por llegar.

A los dos minutos de manejar mi culo, apuntó con aquel monstruo la entrada de mi ano, presionando con tal dureza que un atroz dolor me dejó completamente paralizado y notando como parte del glande había entrado.

Estaba intentando sin conseguirlo recuperarme del envite, cuando asiendome de los hombres me dio tal estocada que me desmayé. Fue el mismo dolor el que me hizo recuperar para mi desgracia el sentido.

En esos momentos estaba totalmente introducido en mi, y lo estaba sacando casi por completo para volver a dejarse caer con fuerza, enterrándose en mi hasta los huevos.

Era tal mi sufrimiento que no comprendí que aquello que resbalaba muslos abajo, era mi propia sangre.

Me había roto.

Me volví a desmayar, y al cabo de un buen rato recuperé el sentido al notar que su movimiento iba creciendo hasta correrse dentro de mi recto.

Me quedé totalmente paralizado esperando a que aquella mole saliese de mi.

Se salida fue tan dolorosa como su entrada, y durante un momento me era imposible controlar mi ano, para apartar esa sensación tan dolorosa.

Se fue no se donde y volvió al rato con algo, con lo que me limpió y después uso de apósito para proceder a cortar la hemorragia que manaba de mi.

No se el tiempo que estuve así, pero solo deseaba que acabara todo para irme corriendo a casa y no volver a salir mas.

Cuando se cortó el flujo sanguíneo, me dio una fuerte palmada en mi nalga derecha y me dijo que me levantara, que ya era su mujer.

Mientras yo intentaba darme la vuelta, sin éxito, el me decía que había notado cómo había disfrutado, que se sentía muy macho y que a partir de ahora lo haríamos muy a menudo, pues se daba cuenta que me atraía mucho.

Mientras hablaba, se volvía a tocar la mole, y estaba otra vez en apogeo, pero no sé qué fue lo que le iluminó, pero dijo que por hoy ya era bastante, que debería cuidar mi culito para tenerlo pronto a su disposición.

Se vistió silbando y me preguntó como si tal cosa, si me quedaba allí o me iba a casa.

Ante la ausencia de contestación me volvio a pegar una palmada en el trasero y de introducir su lengua en mi boca, me dijo que no dijera nada por ahí, sino se acabaría su buen nombre y además no nos dejarían ser amantes.

Claro está que no lo volví a ver nunca más.

Al mes y medio de aquel día, todavía sangraba cuando evacuaba mis necesidades.

Menos mal que pude apartar la idea del suicidio y pude rehacer mi vida.