Mi nombre es Jimena. Soy una mujer de contextura gruesa, cabello negro, uso gafas y soy de estatura mediana.

No soy el tipo de mujer que se consideraría atractiva; los hombres, por lo general, me ven como “la amiga fea”, con la que no quieren bailar.

Sergio, mi marido, con quien tengo dos hijos, no me pone mucha atención. Lo conocí hace cuatro años. Él estaba en una mala situación y decidió quedarse conmigo a cambio de ayuda económica. Para tener intimidad, él debe tomar mucho licor y no le gusta que encienda la luz; dice que se le quitan las ganas. De milagro logré que me hiciera dos hijos. Pensé que así me amaría, pero no me quiere ni a mí ni a mis hijos. Sin embargo, para él es más fácil estar conmigo que conseguir un empleo.

Trabajo en un almacén de ropa para bebés. Mi horario es extenso y salgo muy de noche, por lo que decidí comprarme una moto. El problema es que no sabía manejar, así que le pedí que me recogiera en el trabajo, algo que hacía de mala gana.

Una noche salí más tarde de lo normal. Lo llamé como de costumbre, pero no me contestaba. El tiempo pasaba y no lograba comunicarme, así que decidí llamar a un mototaxi.

Paró un joven de aproximadamente 25 años, vestía traje negro y chaleco color plateado. Me monté en la moto y esta se inclinó hacia un lado.

—Uy, señora, usted es muy pesada —me dijo.

No respondí, ya que sabía que decía la verdad. Lo intenté por segunda vez y, con visible dificultad, pudo mantener el equilibrio y salimos en dirección a mi hogar.

La noche estaba fría y las calles, desiertas, pero ya faltaba poco para llegar. Pasamos el puente amarillo, junto al matorral; en pocos metros estaría en casa después de un difícil día de trabajo.

—Falta una cuadra subiendo la loma y llegamos —le dije.

El conductor detuvo la moto y me pidió que me bajara, diciendo que yo era muy pesada. No entendía lo que pasaba.

Bajé de la moto y sentí como el hombre se abalanzó sobre mí.

—Mamita rica, le voy a cobrar a mi manera.

¿Mamita rica? Lo dijo con tanta convicción que no pensé que se tratara de mí. Luego recordé que estaba en peligro y no debía distraerme con estas tonterías.

Pero el hombre estaba sobre mí, pasaba sus manos sobre mi cuerpo, agarraba mis carnes como una fiera ardiente, presionaba su entrepierna contra la mía. Por cómo se sentía, era fácil adivinar que su pene estaba erecto. Yo estaba nerviosa y paralizada. Gritar era inútil, no había nadie. No quería que me golpeara o me hiciera daño.

Sus manos apretaban mis glúteos, su lengua pasaba sobre mi cuello, escuchaba su respiración.

Metió una mano entre mi blusa.

—Qué ricas tetas y esos gorditos ricos.

Sus palabras me halagaban. Nunca me habían dicho eso en la intimidad. Cómo me hubiera gustado escuchar eso de mi pareja y no de un extraño.

El hombre metió la mano en el pantalón y sacó su pene. Quise gritar, pero el tamaño de ese miembro me sorprendió tanto que enmudecí.

El hombre pasó su pene por mis brazos, por mis piernas, inclusive por mi cara. Para este punto estaba llorando.

Desató la correa de mi pantalón, me lo bajó, se acercó a mis panties, olfateó mi entrepierna, luego hizo una cara de satisfacción.

—Qué rico. Cuquita calientita.

Bajó mi ropa interior, vio mi vagina y eyaculó. Su semen se impregnó en mis piernas y un poco en mi estómago.

—Maldita sea —gritó enfurecido—, no soy precoz, estás muy rica.

Se vistió rápidamente, tomó su moto y se fue.

Yo me quedé sola, me vestí, pensando en lo que había pasado, confundida, nerviosa.

Era un momento traumático, pero también la primera vez que alguien me trataba como una persona deseable.

Mi cuerpo temblaba, pero mi corazón estaba feliz porque me sentí deseada por primera vez. Tomé con mi dedo un poco de su semen y lo probé.

No sé por qué lo hice. Sabía amargo y estaba espeso. Seguro si me hubiera invitado a salir yo hubiera aceptado. Lastimosamente, buscó la manera más equivocada posible.

Llegué a casa y le conté a mi esposo. Él me dijo que se había quedado dormido, que no era su culpa y que por qué no manejaba mi moto si no quería que eso pasara.

Lo entendí. ¿Qué tan herida se debe estar para aceptar esos tratos? Y peor, sentirse bien con unas palabras de un malvado como aquel motociclista.

Aprendí a manejar mi moto, puse la denuncia y abandoné a ese hombre débil y vividor.

Reorganicé mi vida, busqué ayuda y hoy soy feliz con mis hijos y, lo mejor, soy feliz en mi propia piel.