Hace ya algunos años que trabajo en una preparatoria en una zona rural. Deben imaginarse que estoy en contacto con una gran cantidad de alumnas y muchas de ellas con hermosos cuerpos adolescentes y lo mejor, con las hormonas desatadas.

Esta ocasión quiero platicarles una de las experiencias más satisfactorias que he vivido gracias a mi trabajo.

En una de las jornadas para promocionar nuestra escuela nos repartimos la visita a las escuelas secundarias de la zona. Ahora doy gracias porque las dos compañeras que debían acompañarme me dejaron todo el encargo, a lo que accedí porque podría cobrarme los favores de una forma placentera.

El asunto es que estuve frente a los grupos de tercer grado de secundaria para ofertarles nuestros servicios educativos. A mitad de la charla vi que entre la multitud de alumnos una chica se recostó sobre su mesa mirando hacia la ventana. Era evidente que se estaba aburriendo. Pero lo más sobresaliente no era eso, sino que al volverse a incorporar destacó un rostro hermoso.

Desde mi ubicación frente al grupo se podía notar bajo su camisa blanca un par de senos hermosamente turgentes. Sobre los cuales caía su cabello negro brillante. Tuve la necesidad de acercarme un poco más, así que mientras platicaba con ellos recorrí los pasillos hasta llegar atrás de su asiento, en el cual se hiso evidente la majestuosidad del cuerpo femenino adolescente. Desde atrás de su asiento pude observar ahora unas piernas gruesas y firmes debido a lo corto de su falda escolar a cuadros blancos y celestes

Después de eso di por concluida la visita y me despedí del grupo.

Pero, esperé un poco dentro de las instalaciones para poder ver tener contacto con la misma muchacha.

Las clases no habían terminado cuando la vi salir de su salón. Una colegiala de aproximadamente 1.60. Disimuladamente de acerqué a ella caminando a su lado. Le dije:

—Disculpa, preciosa, ¿Puedes enseñarme dónde están los baños?

A lo que ella respondió:

—Aaah, sí profe. Voy a los baños también. Sígame.

Cómo te llamas? —Le pregunté

Se limitó a contestar— Magali

—¿Y cuántos años tienes? Perdón por la pregunta pero destacas de todos tus compañeros.

—La verdad acabo de cumplir 18, lo que pasa es que tuve que salirme de la escuela por ciertos motivos. Y ahora mis papás me obligaron a seguir aunque no quiera.

—Ya veo. Nunca es tarde para continuar, eh.

En seguida me coloqué detrás de ella mientras caminábamos. Su trasero se movía lentamente de un lado a otro haciendo que su falda se sacudiera con ritmo levantándose ligeramente. Desde mi perspectiva podía admirar sus piernas imaginando sus caderas desnudas. Mi interior se encendió pensando en ese hermoso culito que se escondía debajo de la falda. Arriba de esas caderas se delineaba una cintura exquisita y una espalda igual de firme y pequeña, en la que se movía al viento una cabellera negra y larga que tenía un moño para sujetarlo.

Durante el trayecto me dirigió algunas miradas coquetas acompañadas de una sonrisa que interpreté como provocadora. Yo estaba hipnotizado por ese vaivén de deseo causado por su trasero. Casi al llegar a los baños tomé su muñeca y le dije:

—Noté que la charla no te llamó mucho la atención.

Y respondió:

—Disculpe, profe. Estaba un poco cansada. Aunque no recuerdo mucho de lo que dijo me gustó mucho su voz. Bueno, la forma en que se expresó.

A continuación le dije:

—Bueno, no te preocupes. Pero… porqué estás tan cansada? Y gracias por el cumplido. Quería también llamar tu atención.

—Ah sí? —Me preguntó—. Por qué, profe?

Mientras sostenía una de sus manos le fui haciendo caricias ligeras sobre el dorso de su mano.

Le contesté:

—Claramente eres una niña muy hermosa, me encantaría verte estudiando conmigo, bueno, en mi escuela. Me gustaría verte todos los días, eso me daría más ganas de ir a trabajar. Y así también podría tener tiempo contigo, no sólo verte sino también platicar y tomarte de las manos como ahora.

Ella se sonrojó pero no desvió la mirada. Una sonrisa se dibujó en su rostro y su mirada se volvió la de una mujer que desea algo.

La conversación fue fluida. Me dijo:

—Estaría muy bien, profe. Quiero seguir estudiando. Usted me enseñaría.

Poco a poco fui subiendo por su brazo hasta su hombro y después tomé su rostro con ambas manos. Sus ojos negros eran hipnóticos y parecía que pedían algo más.

Mi mano derecha se deslizó hacia la parte trasera de su cabello. Al sentir mis dedos entre sus cabellos cerró los ojos e inclinó su cabeza hacia atrás, dejando escapar una gemido ligero de su boca. Fue ahí donde entendí que podía seguir al próximo paso.

Después de eso le dije:

—Magali, te puedo dar clases y también lecciones particulares, lo que tú quieras. —Le dije tratando de insinuarle algo más.

—Ay sí. A veces se me dificultan algunas temas, como los de biología.

—Es mi especialidad. —dije sonriendo—. Sobre eso puede enseñarte de todo y el cuerpo humano.

Soltó una pequeña risita mostrando una mezcla de pena y coqueteo.

—Ya me acompañaste por el pasillo hasta los baños. Ahora yo te puedo acompañar hasta dentro del baño, si gustas

—Profe, eso no se puede.

—Claro que se puede, si tú quieres puedo acompañarte y platicar.

—Pero aquí ya estamos platicando.

—Me gusta platicar contigo, pero aquí nos pueden escuchar y lo que quiero decirte no lo debe oír nadie, mucho menos lo deben ver. Además podemos revisar algunas cosas, algo que quieras que te explique.

La risa que se produjo en ella mostraba ahora mucho más provocación. Y el desarrollo de la conversación iba por buen camino.

—Las clases no se dan en el baño, profe. Usted quiere otra cosa y creo que no se va a poder.

—Sigo seguro que sí, tú podrías aprender mucho. Además, me gustaría conocer y ver de cerca las cosas que aquí afuera no puedo.

Con esto ella soltó una risa ligera. Y me dijo:

—Está bien, profe. Usted gana. Quiero que me enseñe.

Al escuchar esas palabras mi pantalón empezó a llenarse y sentir la presión de mi miembro queriendo salir.

Después agregó:

—Falta mucho para el próximo toque, profe. Voy a entrar al baño. —Rozó mi mano al tiempo que comenzaba a encaminarse hacia el interior—. ¿Quiere acompañarme?

Cuando estuvimos adentro lentamente me llevó de la mano al último espacio del baño. Abrió la puerta y se volteó para quedar frente a mí.

Luego me dijo:

—Profe, quiere que yo esté junto a usted en la prepa?

—Sí —respondí—. Eso me encantaría.

La tomé por la cintura, provocando que nuestros cuerpos se acercaran y así probar sus labios. Cuando esto sucedió quiso separarse pero ya era muy tarde. No estaba dispuesto a dejarla ir. Entonces después de un instante de duda mi colegiala se dejó llevar. Nos fundimos en un apasionado sin igual.

Mis manos la acariciaban sobre su ropa pero rápidamente bajaron hasta sentir su tierno culito. Sentí unas nalgas tan firmes y redondas como nunca antes. Así que metí mis manos bajo su falda escolar, tocando sus piernas y luego, para mi sorpresa, su cachetero de encaje. Fue una sorpresa muy excitante sentir y conocer a una adolescente que ya usara ese tipo de ropa interior en secundaria. Posiblemente no era la primera persona que le tocaba descubrirlo pero no importaba si fui o no el primero.

La respiración de la escolar se volvió más rápida. Mis labios la besaron por su barbilla, su cuello y llegando al pecho ella se abrió más su camisa dejando ver un pecho blanco, limpio y con un aroma a adolescencia que me embriagó.

Ella no decía nada, sólo respiraba agitada. Besé su cuello apasionadamente, no tenía ganas de separarme de ella. Su pecho subía y bajaba aceleradamente.

De pronto ella dijo: – Profe… No pare. Necesito…

– Dime lo que necesitas, mi niña.

– Necesito sentirlo.

Ya que mis manos estaban bajo su falda, tomé su ropa interior y comencé a quitársela, sin bajar su falda. Coloqué su cachetero rojo sobre el depósito de agua, no sin antes, llenar mis pulmones de su perfume sexual.

Luego dijo:

—Siento mucho calor, profe. Usted me calentó mucho. Yo ya sabía lo que quería de mí. Tómeme, profe.

Dicho eso, proseguí a quitarle su camisa. Su sostén era de color rosa. El cual hice a un lago para besar toda la amplitud de sus senos y lamer sus pezones oscuros.

Esto evidentemente la excitó aún más, porque los gemidos comenzaron:

—Aaah… Mmmmm.

Dirigió una de sus manos hasta mi pene acariciándolo sobre el pantalón. Su pequeña mano trataba de abarcar la amplitud de un pene que parecía explotar de ganas de penetrarla en ese mismo instante.

—¿Quieres probarlo? —Le pregunté

—Profe… Siento mucho calor en mi interior. Ayúdeme a calmarlo. Mi cuerpo… ya no aguanta—. dijo en voz baja.

—Todo es tuyo, mi amor.

Me abrí el pantalón, a lo que ella metió la mano para volver a acariciarlo sobre el boxer. Después metió su mano debajo y sintió entre sus dedos al pene que deseaba estar dentro de ella.

Entonces le pregunté:

—¿Es el primer pene que acaricias?

—No, pero aún no he tenido mi primera vez. Me moría de ganas. Usted será el primero en metérmela.

—Será la primera vez, princesa, pero no será la última. Aquí, o en la prepa te haré mía. Te voy a coger cuando estemos a solas. Vas a probar mi verga cuando tengamos ganas.

—Ay sí, profe. Cójame por favor. Ya métamela.

Al decir eso la tomé por la cintura y le di la vuelta. Presionando su espalda le indiqué que se inclinara sobre el depósito de agua. Me bajé el boxer y el pantalón. Y después hundí mi lengua en su vulva. Di un paseo por todos sus labios saboreando cada rincón de sus pliegues sin estrenar. Ella simplemente gemía de forma espasmódica.

Mi lengua visitó su interior, probando sus jugos adolescente, enervantes, deliciosos.

Después me incorporé y le dije:- Mi amor, prepárate. Vas a sentir dolor pero también placer. Voy a cogerte ahora. Ya estás lista para ser mi mujer.

Acto seguido coloqué mi miembro en la entrada de su cueva. Con mi mano esparcí un poco de líquido preseminal alrededor de su entrada. Y después dejé que el glande se abriera camino.

No pude ver su expresión pero noté que bajó la cabeza pero no me detuve. Saqué lo que había introducido para después volver a meterlo lentamente. Al cabo de un minuto ya no volvió a bajar la cabeza, al contrario, su espalda se arqueaba y el moño escolar se movía al mismo compás que las embestidas de mi cadera hacia su trasero. Era excitante ver ese moño en su cabello porque hacía que no olvidara que me estaba cogiendo a una estudiante de secundaria con un trasero suculento.

Sus nalgas rebotaban con cada embestido de mi pene en su pequeño coño. Tomé sus caderas con mis manos para darle con fuerza.

Le pregunté:

—Así está bien?

—Así me encanta, profe. Deme, cójame, hágame suya. Soy su mujer de ahora en adelante. Venga a cogerme a los baños o donde quiera.

Mientras me decía esto el ritmo comenzó a acelerarse. El sonido del impacto de su trasero en mi cuerpo se escuchaba con un poco de eco en el silencio del baño. Ese silencio típico era interrumpido por un hombre mayor cogiendo con una colegiala que se convertía en mujer.

Bajé el rimo de mis embestidas tratando de meter mi pene cada vez más profundo. Ella sentía su interior explotar soltando un:

—Aaaaaah. Largo y profundo.

Bajé mi torso hasta su espalda y besé su nuca. Mi lengua volvió a emprender el viaje por su cuello, espalda y hombros.

—Ay, profe. ¡Qué rico! ¿Me va dar su leche? Quiero su leche.

—Sí, princesa. Pero tú no me has dado de la tuya.

—Quiere mamar mis pechos? Ya son suyos, profe, también mi leche. Chúpelos, pero no saque su verga, sígame dando.

Saqué mi pene y coloqué a mi estudiante sentada en el depósito.

—¿Lista? Aquí voy a metértela.

Le metí el pene con fuerza y tomé uno de sus senos con la mano y el otro con la boca. Esto le dio más placer porque ahora sus ojos parecían desorbitados. Continuamos en esa posición por alrededor de 5 minutos.

Enseguida tomé sus caderas con mi manos y la levanté. Ella entrelazó sus manos detrás de mi cuello y de pie la cogí con fuerza. Sus zapatos escolares se balanceaban en el aire detrás de mí. El sonido de nuestros cuerpos chocando aumentó ahora con el sudor producto de una pasión contenida en ese cuarto de baño.

No nos preocupó si alguien nos escuchó o nos vio. Éramos sólo ella y yo disfrutando de una buena cogida. Sus pezones se mantuvieron visiblemente muy duros. De la comisura de sus labios un hilo de saliva se le escapaba a mi nueva mujer. Estaba claro que lo disfrutaba como nunca.

Mientras la penetraba de pie estrujaba sus nalgas duras y de vez en cuando le daba una nalgada para que ella también se moviera.

El orgasmo llegó al poco tiempo. Ella, con los ojos en blanco, soltó un gemido ahogado y sus piernas se estiraron ligeramente seguido de pequeñas convulsiones en todo su cuerpo. Luego, se soltó de mi cuello y, con el cuerpo aun recuperándose, bajó una de sus piernas. La tomé por la cintura y esperé a que se repusiera del orgasmo.

—Mi mujer, esto me encantó. ¿Quieres repetirlo?

—No sé, me siento mal.

—No te preocupes, muñequita. Espero que lo hayas disfrutado tanto como yo. Y no te sientas mal, esto es normal.

—Me voy a cambiar. Cámbiese, profe. Debe salir o lo van a encontrar aquí.

Nos vestimos y ella salió primero. Después me avisó que podía salir. Una vez fuera me despedí de ella con un beso en la mejillas pero justo cuando estaba a punto de tocar su piel con mis labios se giró y puso sus labios también, y me dijo:

—Profe, ¿cuándo regresa? Me da pena pero… quiero volver a sentir su pene. ¿Me volverá a coger? Y esta vez también le prometo que le haré una mamada.

—Vendré el miércoles próximo. Tienes que traer otra vez ropa interior como la que trajiste hoy.

—Ok, lo estaré esperando.

Me dio otro beso justo cuando sonada el timbre de salida.