Don Leandro I

Don Leandro I

Me llamo Carolina, siempre he sido una adicta al sexo, a temprana edad mi tío José me sentó en su regazo, jugando al caballito y casi sin que yo me diera cuenta me metió su verga haciéndome llorar por el dolor que me hizo sentir, era muy chiquita de edad por ese entonces, lo hizo muchas veces más y como ya no me dolía lo empecé a disfrutar, mi hermano mayor, Tulio, se dio cuenta del juego que hacíamos mi tío y yo, así que una noche se metió a mi cama y me dijo que si no lo hacía con él, me acusaría a nuestros padres.

Desde entonces tuve sexo con ambos hasta que mi tío fue transferido por razones de trabajo, mi hermano y yo seguíamos teniendo sexo sin muchas preocupaciones por cuidarnos, por fortuna nunca me embarazó.

Ya con diecisiete año tenía sexo con diferentes muchachos del colegio, hasta que pasó lo inevitable, quede embarazada sin saber quien podría ser el padre, mis padres se enojaron tanto que me dieron dos semanas de plazo para salir de la casa, me quedé esperando que ellos cambiaran de parecer, pero no lo hicieron, así que terminé en casa de una tía de allegada, mi tía me dijo que ella tenía sus propios problemas y la casa nos era suficientemente grande como para acomodar a una persona más con un hijo a cuestas, así que encontré un trabajo en un supermercado y junté lo suficiente para arrendar una pieza en casa de don Leandro.

Don Leandro un hombre maduro de sesenta y un año, me aceptó en su casa y por una cifra permisible para mí, me arrendo una pieza que él tenía sin ocupar, inmediatamente me di cuenta de que él me miraba en forma extraña, asumí que debía ser porque siendo viudo le faltaba una mujer y como mis formas son generosas, lo aduje a eso, me miraba con ojos lascivos cuando yo bajo el parrón me sacaba mi teta para alimentar a mi hija, tengo que decir que también para mí era una cosa morbosa que me excitaba y a veces recurría a la masturbación pensando al vejete que se corría mirándome las tetas y a mi hijita que me mordía y succionaba mi pezón.

El viejo me dijo que si tenía algún problema con la bebita, él podía de tanto en tanto cuidarla, así yo podría tener más libertad para trabajar, a mí me pareció genial y más de una vez me aproveche de su “generosidad”, para salir a hacer compras o simplemente vitrinear y desentenderme un poco de mis obligaciones como madre, ya no tenía relaciones sexuales muy a menudo, no muchos hombres quieren a una mujer madre soltera, pero había aprendido a autosatisfacerme y me sentía bastante más cómoda y tranquila, una de mis fantasías seguía siendo don Leandro y su voyerismo, ya que no se limitaba solo a mirar descaradamente mis senos, sino que a veces mientras bañaba a mi nena, él aparecía como por arte de magia trayéndome un chocolate, galletas o cualquier cosa le diera la oportunidad de mirarme mientras yo bañaba a mi hijita, esto para mí constituía otro perverso morbo.

Le pedía a él de tomarla por sus bracitos mientras yo le lavaba sus piernecitas, se las abría, enjabonaba esa vulvita regordeta, hacía que la girara para abrir sus nalguitas y lavar prolijamente su diminuto orificio anal, el viejo terminaba con una colosal erección y yo con mis bragas empapadas, yo bañaba la niña todos los días antes de ponerla en su cunita y todos los días don Leandro se hacía presente con algo para regalarme, hasta que le dije que no era necesario, me bastaba su ayuda, se le iluminó su cara y desde ese día rondaba mi puerta a la hora del baño de mi bebita.

Pasaron algunos meses y mi calentura era tal que había comenzado a mostrarle a don Leandro la minúscula vagina de mi niña, casi se le caía la baba al pobre viejo y yo tuve que comenzar a usar un apósito para contener la cantidad de mis fluidos:

—Leo, ayúdame a bañarla … sostenla con una mano y con la otra abres un poco su vaginita, así la puedo enjabonar mejor …

Se lo tuve que decir dos veces al vejete para que lograra entender lo que le estaba pidiendo, sus grandes manos pudieron hacer lo que le pedí, su rostro estaba enrojecido y su respiración alterada, casi tiritaba con la excitación de estar tocando la suave piel de mi bebita:

—¿Leo desde cuando que eres viudo? …
—El próximo mes se cumplirán diez años …
—¿Y por qué no te has buscado otra mujer? …
—Porque mi pensión es baja y no quiero tener otra mujer que me venga a mandonear en mi propia casa …
—¿Y cómo lo haces sin una mujer? …
—Bueno, sé hacer todas mis cosas … lavo, plancho, cocino, limpio … se hacer de todo …
—Sí, pero … cómo hombre, digo … ¿Cómo lo haces? …
—Bueno, eso es lo más complicado … pero también me las arreglo solo … hay algunas veces que logro invitar a alguna vecina o amiga que quiere lo mismo que yo … un poco de sexo sin obligaciones …
—¿Tienes muchas de estas vecinas? …
—Tuve una viuda que me visitaba dos a tres veces por semana … pero encontró una pareja y no la volví a ver … de esto hace dos años …
—¡Dos años sin nada de nada! …
—Sí … más o menos …
—¿Te tocas? …
—¿Cómo? …
—Lo haces tú solo … sin nadie más …
—¿Y tú como lo haces? … no te veo nunca con un muchacho …
—Supongo que como tú … tengo dedos …
—¿Te tocas? …
—¡Pero por supuesto! … ¿o te piensas que soy de fierro? …
—Y … ¿Podrías mostrarme cómo lo haces? …
—¿Y que me das a cambio? …
—¡Una semana de renta! …
—¡Dos! …
—¡Umh! … ¡Está bien! … pero hazlo ahora mismo …
—¡Sí … pero déjame abrigar a mi nenita …
—¡No! … quiero mirarla a ella también …
—¡Entonces van a tener que ser tres semanas! …
—¡Urgh! … esta bien, pero hazlo ya …

Cuidando de que mi nena no se nos fuera a caer, comencé a hacer unos pasos de danza mientras comenzaba a desvestirme, primero mi blusa, mis tetas oprimidas por mi sujetador negro lo hicieron pasar su lengua por sus labios lascivamente, acerqué una silla y me senté en ella acariciando mis longilíneas piernas:

—¡Sácate la falda! … ¡Sácate la falda! …

Leandro estaba totalmente hipnotizado, me levanté desabroché y abrí el cierre de mi falda, después la hice bajar con parsimonia, sacándomela y plegándola en el respaldo de la silla, el vejete sin poder resistir, también se sentó sacando su verga dura como palo, mi hija ignara de la perversión que se desarrollaba a dos metros de ella, hacía sonidos de bebita y se tiraba sus piececitos dejando a la vista de Leandro su culito y vaginita infantil, la cara del hombre estaba visiblemente alterada por la visión de ese diminuto sexo, ya casi no me miraba, sus ojos estaban fijos en mi pequeña:

—¿Te gusta mi nenita? …
—¡Uh-Umh! …
—¿Te gusta su vaginita cerradita y pequeñita? …
—¡Umh! … ssiii …
—¿Te gustan esas nalguitas regordetas? …
—¡Ssiii! … me gustan …
—¿Te gustaría correrte en su pechito? … ¡Mira, ni siquiera tiene tetitas! …
—¡Ssiii! … déjame que me corra en esas tetitas … ssiii …
—¿Me dejas libre de la renta del mes? …
—¡Ssiii! … ¡Ssiii! … todo lo que tú quieras … pero déjame correrme en ella …

Mientras acercaba mi mano al cuerpo de mi bebita, sentí el primer chorro de semen espeso y caliente de Leandro aterrizar en mi mano y el vientre de mi nenita que desconocedora de la pecaminosa situación, venía bañada en esperma, su barriguita, piernas y un hilo de lefa en su bracito, era la carga del vejete que se sacudía de pies a cabeza mientras su verga disparaba chorros y chorritos por doquier.

—¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Umpf! …
—¡Mírala! … la has dejado toda bañada … mira este coño pequeño … ¿Te gusta? …

Leandro convulsionaba fuertemente y su demacrado rostro estaba en éxtasis mirando el chochito de mi nena, recogí un poco de su lefa y comencé a espalmar a mi bebita con esa esperma cual, si fuese una crema para bebé, Leandro estaba hechizado, subyugado totalmente, no podía apartar sus ojos de la perversa visión de ver su semen esparcido sobre el cuerpo de la bebita.

—¿Quieres que me coma el coñito de mi hija? …
—¡Umh! … ¡Urgh! …
—¿Quieres que bañe su chochito con tus mocos? …
—¡Ssiii! … ¡Ssiii! … ¡Hazlo! … ¡Ssssiiii! …

Yo estaba tan caliente como el vejete, acomodé a mi hija y comencé a lamer su barriguita, sus muslitos y su conchita, Leandro comenzó a pajearse otra vez, yo tenía cuatro dedos en mi chocho encharcado y miraba la verga dura del viejo:

—¡Leo … ven y métemela! …

El viejo no se lo hizo repetir, se colocó detrás de mí, sentí el bulbo de su cabezota deslizarse entre mis glúteos, luego su glande se abrió espacio entre mis hinchados labios y se deslizó dentro de mi causándome una sensación tremendamente placentera:

—¡Cómele el chochito! … ¡Cómele esa conchita chiquita! … ¡Cómesela! …

Mi nena se reía sintiendo las cosquillas que le procuraba mi lengua en su diminuta vulvita, yo encontraba deliciosa la lefa de Leandro sobre la suave piel de su conchita, Leandro me estaba follando como un poseído, me daba unos embistes muy fuertes, me tuve que afirmar bien para no caer y arrastrar conmigo a la bebita, apreté mis muslos mientras sentía que Leo me llenaba la vulva con su esperma, se corrió muy rápido, pero lo suficiente para darme un muy necesitado desahogo, me corrí con él y él me mantuvo empalada en su miembro tirándome fuertemente por mis caderas.

—¿Te gusto? …
—¡Oh, Caro! … eran muchos años que no lo hacía dos veces seguidas … ¡Mira ese chochito pequeñito! … ¿Dime si no es lo más bello que hay? …
—¡Te gustó la conchita de mi Emma! …
—¡Me encantó, Caro! … ¡Me encantó! …
—¿Entonces cómo lo haremos con la renta de este mes? …
—¡No te preocupes, Carolina! … me das la del mes siguiente … ¡Pero dime que lo repetiremos, dímelo! …
—¡Ya veremos, Leo … ya veremos! …


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