Capítulo 2

CAPÍTULO 2: “EL MACHO QUE VOLVIÓ POR SU PUTA”

o cómo Eduardo me reclamó lo que le ofrecí desde la ventana

Yo estaba terminando de instalarme, todavía con el cuerpo caliente por lo que había pasado con Ángel en la mañana, cuando algo dentro de mí me pedía que me asomara por la ventana. Algo animal, algo que no podía controlar. Así que me asomé.

Y ahí estaba Eduardo.

Parado exactamente en el mismo lugar que en la mañana, pero esta vez se veía más sexi, más macho, más puto dios. Venía con su uniforme de fútbol. Un short que no dejaba nada a la imaginación. Se le marcaba todo, y con su mano nuevamente me ofrecía esa verga que se marcaba deliciosa, como si me estuviera diciendo: “esto es tuyo, atrévete otra vez”.

Ya me imaginaba ese olor a macho, su verga sudada después del partido, y por lo que alcanzaba a ver… se veía enorme.

La baba se me caía. Mi mirada fija en su verga, no podía dejar de verlo. Era más grande de lo que había imaginado en la mañana. Y otra vez me guiñó el ojo.

Así que le respondí igual que en la mañana. Le dije “ven” con el dedo.

Y esta vez… sí vino.

Cada paso que daba hacía que el corazón me latiera al mil por hora. Sentía cómo se me mojaban las tangas otra vez, cómo me temblaban las piernas, cómo mi boca ya saboreaba lo que estaba por venir.

Cuando de repente ya estaba aquí, en la entrada del edificio. Le dije desde la ventana que subiera, y así fue. Escuché sus pasos en las escaleras, cada vez más cerca, hasta que tocó la puerta.

Abrí.

Lo tenía frente a mí y era más hermoso todavía. Un macho de 1.75, musculoso, moreno, y esa barba que… dios mío, esa barba que me hacía imaginar cómo me iba a raspar los muslos, las tetas, el cuello.

Entró. Cerré la puerta.

Y enseguida me puso contra la pared. Me agarró por la cintura con una fuerza que me hizo gemir antes de que siquiera me besara. Me besó tan apasionado que sentí que me devoraba el alma. Y yo correspondía como la puta que soy, mordiéndole los labios, metiéndole la lengua, agarrándole la nuca para que no se fuera.

Me arrancó la blusa y el bra y se fue directo a mis tetas. Se las comía con unas ansias que me hacían retorcerme de placer. Me mordía los pezones, me los chupaba como si llevara años sin probar leche, y yo mientras tanto le acariciaba esa verga tan dura que pedía a gritos salir del short.

Así que se la saqué.

Wow.

Dos puños y más. Peluda. Rica. Que apuntaba hacia el cielo como una antena buscando mi boca. Yo disfrutaba tanto como me comía las tetas y su verga babeando, goteando, pidiendo ser devorada.

Luego, sin decir nada, escupió mis tetas. Las tenía llenas de saliva, brillando, y en ese momento comprendí lo que quería ese delicioso macho.

Así que me puse de rodillas y comencé a mamarle la verga que apenas me cabía en la boca. La metía hasta el fondo, sintiendo cómo me llegaba a la garganta, cómo me ahogaba un poco, y yo encantada de sentirme llena de él.

Y nuevamente escupió a mis tetas.

Así que sin más, puse su verga entre mis tetas y comencé a jalársela con mis tetas una y otra vez, mientras su cabeza entraba en mi boca cada vez que subía. Un ritmo perfecto, una puta coreografía de placer.

Él lo disfrutaba tanto y yo encantada de complacer a mi macho. Aumentaba el ritmo, más rápido, más duro, y sus huevos rebotaban en mis tetas, mojándose con mi saliva, calientes, llenos de leche esperando explotar.

Su voz gruesa como su verga empezó a soltar todo lo que tenía guardado:

— Oh sí, mami…

— Eso, putita…

— Es lo que querías, verdad, zorrita…

— Ahí te va tu leche, maldita puta…

Su verga cada vez más tensa, más dura, más gorda. Sabía que pronto explotaría. Y mis tetas disfrutando de esa verga, mis tetas frotándose contra ella, mi boca atrapando la cabeza una y otra vez…

Hasta que se vino en mi boca.

Su leche escurriendo en mis tetas, sus piernas temblando, gimiendo de tanto placer. Sacudió su verga en mi lengua, la exprimió hasta que salió la última gota, y yo me tragué todo como la perra que soy, limpiándolo con los labios, sin desperdiciar nada.

No se limpió ni nada. Sólo se subió el short, me pidió mi celular y se timbró. Su cel sonó, colgó, me lo devolvió y me dijo con esa voz ronca que me derretía:

— Me llamo Eduardo. Yo te escribo.

Me besó la frente y se fue con tanta prisa como había llegado.

Me quedé en el piso, con las tetas llenas de leche y saliva, las rodillas rosadas, el coño escurriendo, y una sonrisa de oreja a oreja. Me levanté como pude, me asomé a la ventana…

Y justo cuando él llegaba a la esquina, iba llegando su novia.

Lo besó, se tomaron de la mano y se fueron juntos, como si nada hubiera pasado.

Y yo, desde lo alto, con su leche todavía en mis tetas y su sabor en la boca, solo pensé:

Qué suerte tiene esa puta novia de tener un macho así… y qué suerte tengo yo de que él venga a buscarme cuando ella no sabe ni quién soy.

Ventana con vista al pecado

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