Capítulo
- Buenos vecinos IV
- Buenos vecinos I
- Buenos vecinos II
- Buenos vecinos III
Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Como ya conté en capítulos anteriores, después de 30 años volví al barrio donde adquirí mi primera vivienda. Me reencontré con viejos conocidos y recordé tiempos pasados con algunos de ellos.
La insufrible familia Robles
Los Robles vivían en el departamento que se ubicaba exactamente sobre el mío. Cacho y Zaira (el matrimonio) y tres hijas de 8, 6 y 4 años.
El matrimonio era de los más problemáticos del bloque y siempre tenían algún problema con los demás integrantes: el volumen de la música, el ladrido de las mascotas de los demás, las juntadas con amigos, en fín siempre un problema.
Cacho trabajaba en el ferrocarril como guarda nocturno y solía hacer horas extras laborales para fortalecer el sueldo, por lo que casi siempre llegaba a la casa a las 13 horas, después de casi 10 horas de trabajo. Zaira se dedicaba a la limpieza en casa de familias, por lo que sus horarios eran mutantes: a veces por la mañana otras por las tardes.
Las niñas eran gritonas, se peleaban continuamente y se disfrazaban con ropas de su madre y jugaban hasta la hora de ir a la escuela. Era normal que desfilaran con tacones en horarios poco apropiados interrumpiendo el descanso del resto de los moradores (entre ellos yo).
No faltó momento en que tuviese algún encontronazo con los padres de las niñas por el poco control que tenían para con ellas, aun estando ellos en la casa.
Cacho era aficionado al trago, por lo que nunca sabías si hacer algún reclamo porque era proclive a la pelea cuando estaba pasado de copas. Zaira era una mujer muy flaca, casi sin formas, vestía muy informal, de baja estatura (1,60 como mucho y quizá unos 45 o 50 kg), fumaba como loca y tenía una voz muy estridente.
Por razones de higiene en el bloque, tuvimos una queja para con ellos y desde aquel momento no tuvimos más contacto.
De más está decir que fue una de las cosas que agradecí cuando me fui del bloque a mi nueva casa.
Con el tiempo, mis hijos se encontraron con las dos hermanas mayores de la familia Robles en antros y fiestas, por lo que recuperaron algo de contacto con ellas, pero ni ahí de juntarnos las familias siquiera para compartir un rato.
Tras mi divorcio, mi hijo mayor (a los 20 años) tuvo una relación esporádica con la hija mayor de los Robles, un noviazgo que duro quizá un invierno. La chica seguía siendo tan descontrolada como lo era de niña, exigente, demandante, celosa, lo que se diría una mujer tóxica.
A partir de entonces, sé que se seguían por redes sociales pero no mucho más.
Al volver al barrio, me enteré que Cacho Robles había sido víctima del Covid y estuvo un tiempo internado grave, hasta que una infección hospitalaria terminó con su vida a los 50 años. Zaira se tuvo que hacer cargo de la familia y sus hijas, ya adultas, buscaron trabajo para colaborar con el mantenimiento familiar y los gastos que la partida de Cacho había generado.
Lola, la hija mayor, recibida de psicóloga trabajaba en un gabinete y había formado pareja con una compañera laboral, lo que motivó a Zaira a echarla de la casa. Reina, la menor, seguía la profesión de su madre y trabajaba interna en una casa de familia de muy buena posición, de lunes a sábado y volvía los sábados a mediodía a compartir con su madre el domingo. Cintia, la del medio, se recibió de docente y se desempeñaba en dos escuelas y brindaba clases especiales los sábados en un centro comunitario.
En mi último año de trabajo, compartí escuela con Cintia, trataba de evitar contacto con ella, pero irremediablemente lo tuve. Yo cumplía funciones ayudando a la secretaria con la carga de datos de sueldos y ausentismo y cobros y ella debió presentarme documentación en varias oportunidades.
Me miraba tratando de ubicar de donde me conocía pero yo trataba de evitar darle conversación. Llegó el día de mi jubilación y el trato se cortó.
Las vueltas del destino nos volvieron a cruzar. Estaba haciendo compras en un local cercano a mi nueva casa y ella ingresó acompañada por su madre. Ella me saludó por haberme reconocido del trabajo y la madre la iró extrañada.
Zaira: ¿lo conoces al Alejandro?
Cintia: si, trabajaba conmigo en una escuela
Zaira: y antes vivía en el departamento 3, debajo del nuestro.
Yo: exactamente, ¿Cómo está Zaira?
Cintia: me resultaba conocido en la escuela
Zaira: muy bien y ¿usted?
Yo: bien, de nuevo en el barrio.
Cintia: ¿por qué dejaste la escuela?
Yo: me jubilé
Zaira: ¿tan joven? ¿qué es de la vida de Mayra?
Yo: no lo sé, nos divorciamos hace más de 15 años.
Zaira: perdón no lo sabía. Yo enviude hace casi 6 años. El Covid.
La conversación fue cortada por la empleada que pretendía cobrar mi compra. Pagué, saludé a todos y me dispuse a retirarme.
Cintia: cuando gustes, pasá por casa y charlamos un rato, así puedo sacarme algunas dudas del trabajo. Sigo viviendo con mamá.
Agradecí la invitación, pero internamente sabía que no iba a ir. Zaira estaba muy desmejorada físicamente, avejentada y vestía con el mismo tipo de ropas que 30 años atrás. Parecía un espectro, que no abandonaba el cigarrillo que siempre la acompañaba entre sus dedos. Cintia es una mujer joven, de unos 35 años, cabello tipo melena negro (mismo color del padre), algo más alta que la madre (quizá 1,65), buenas formas aunque no exuberantes, muy proporcionada y siempre iba de jeans y remeras algo ajustadas.
Nos cruzamos por el barrio varias veces, hasta que un día me encontró entrando el auto en el garaje de casa. Esperó que bajara del auto y se quedó charlando un rato, haciendo consultas de trabajo y cuando se iba, me informó que quizá vendría a verme pues uno de sus alumnos del centro comunitario tenía dudas en una de las materias que yo solía dictar. Se despidió y partió rumbo a su casa.
Quedé pensando en la joven, quizá no sabía de los motivos de nos llevaron a distanciarnos de su familia, pero era lo de menos. Realmente era interesante y para nada parecía integrante de la familia Robles.
Unos días después, sonó el timbre en casa. Abrí la puerta y la encontré allí, me comentó que las dudas seguían y me pasó unos apuntes de su alumno, quedando en volver el viernes para que juntos veamos los mismos y pudiera darle algunas ideas para ayudarlo. No me agradaba demasiado la idea, pero no me quedaba otra.
El viernes a las 18 horas, nuevamente el timbre y Cintia esperando que abriese. Como es mi costumbre, estaba con shorts y sin remera, por lo que demoré en abrir hasta calzarme una. Le abrí y pasó sin esperar que la invitara.
Pasamos casi dos horas con las carpetas y algunos apuntes que ayudaran. Me pareció correcto ofrecerle un café o mates, para dar por concluida la clase. Aceptó y acomodó las cosas en la punta de la mesa. La charla fue amena y los mates se prolongaron hasta cerca de las 21:30. Le mandó un mensaje a la madre para que se quedara tranquila que estaba bien y volvería en un rato.
Cintia: ¿puedo preguntar algo personal?
Yo: si, claro.
Cintia: ¿por qué discutieron mis padres y vos?
Yo: por ustedes, no sabían respetar horarios y hacían mucho quilombo mientras tratábamos de descansar.
Cintia: mi padre varias veces nos retó por lo mismo
Yo: algo de razón tenía entonces.
Cintia: y si, pero mi madre siempre sostuvo que había algo más
Yo: ¿algo más?
Cintia: le molestaba mucho que Trini se enredara con los vecinos, vos entre ellos
Yo: ni que hubiese sido mi mujer
Cintia: si hasta generó problemas en casa, algo hubo con mi viejo
Yo: pero eso no tenía nada que ver, sus problemas no tenían que involucrarnos
Cintia: Hasta inició a mi hermana en el lesbianismo, después que ustedes se fueron, pero conmigo no pudo. Me gustan los hombres.
Yo: ahh bueno, no sabía nada de eso.
Cintia: a mí me jode tener que quedarme en casa, mis hermanas se fueron y yo no puedo conseguir nada, siempre mi vieja está detrás de mí
Yo: sos una mujer, hecha y derecha
Cintia: pero me gustan los tipos más grandes que yo, así como vos
Esto se estaba saliendo de los carriles normales, confesiones de parte de ella y algo de atracción que estaba sintiendo. Me levanté para reacomodar el mate y ella me siguió a la cocina.
Cintia: ¿qué hay de cierto que te enroscaste con una alumna de adultos y con la vicedirectora? ¿es real?
Yo: es algo muy privado Cintia
Cintia: pero se dice que eso te costó algunos problemas
Yo: ¿a dónde querés llegar Cintia?
Se quitó la remera, dejando a la vista un buen par de tetas apenas cubiertas por un sujetador rosa, se aproximó a mí y sin dudar me dijo “A tu cama, durante meses te dediqué pajas cuando trabajábamos juntos. Más aún cuando charlando con Marcela en el centro me dijo que te la habías movido en la escuela y un tiempo después en una fiesta. Me contó todo, ¿ella fue la alumna, no?”.
Yo: tranquila nena, podrías ser mi hija y tu madre se moriría si sabe que terminaste conmigo en una cama”
Cintia: Marcela me contó absolutamente todo con detalles, cuando se pasa de copas, no sabe callarse. Es amiga mía.
Me arrinconó contra la mesada y se colgó de mi cuello, buscando mi boca. Y uno no es de fierro, menos ante una hembrita caliente, zafada y con ganas de acción. ¿se imaginan un tipo de casi 60 con una mujercita de 35? No era para desaprovechar. Y no lo hice.
La dejé hacer, se trepó a mi cuerpo, me comió la boca desesperada y me dejó aferrarme a su culito, levantándola hasta quedar a la misma altura.
Nos comimos a besos un buen rato, allí en la cocina. Giré y la acomodé sobre la mesada, para evitar que se esforzara demasiado, ya recargada allí me dedique a devolver los besos y jugar con mis manos en las tetas, primero sobre el corpiño y después de moverlo, directamente sobre ellas.
Emitió un gemido y me llevó a mamarlas. Estaban duritas y los pezones de ponían de punta, como señalando donde trabajar. A los tirones le bajé los leggins que llevaba y descubrí que no había tanga, colaless ni bragas, solo una conchita bien demarcada, húmeda y con ganas de ser penetrada.
La acerqué al borde de la mesada, dejé colgando las piernas, bajé mi short y mandé la verga entre los labios vaginales, rosados, empapados y con el clítoris inflamado. No quise entrar de una, pero con un movimiento brusco ella me llevó dentro de su cuerpo. Hubo un pequeño grito y se prendió a mi cuerpo.
Cintia: quiero que me cojas, clavame acá y llevame a tu cama, colgando.
Cruzó las piernas detrás de mi espalda y se levantó de la mesada, era tan liviana que me costó muy poco cargarla hasta mi cama. Despacio me dejé caer con ella debajo, sin salir de su interior, le dejé caer el peso de mi cuerpo mientras trataba de enterrarle la verga a tope.
Se quejó y pidió montarme, giramos y ya sobre mí, cabalgó lentamente, esforzándose por enterrarla tan adentro como se podía. El tamaño de mi verga es normal, por lo que ni hizo tope en su matriz, ni le rompió ningún agujero, simplemente la hizo sentir que ya estaba dentro.
Se quedó quieta, como disfrutando el momento, para luego empezar a moverse tranquila de manera circular y luego atrás y adelante, hasta llegar a un orgasmo sereno, sin gritos ni gemidos agudos, solamente gozando.
Cuando se calmó, recién volvió a hablarme.
Cintia: mañana por la noche, tengo salida con amigas ¿puedo venir por algo más?
Yo: no suelo dormirme tarde
Cintia: es una excusa para salir, tipo 23:30 vengo y me quedo hasta las 5 de la mañana. Quiero saber que tan bien mamas. Marcela dijo que eras muy bueno.
Yo: Cintia, no quiero problemas y menos con tu vieja, ¿está claro?
Cintia: obvio, no pienso decirle nada
Yo: ok, un detalle, si queres que te la coma, depílala por completo.
Cintia: perfecto, ahora me voy antes que ella salga a buscarme. Nos vemos
Se calzó el leggins, el corpiño y la remera. La acompañé a la puerta y salió después de observar que no había nadie en la calle.
El sábado fue una tortura, no veía el momento de que ella viniera. Acomodé cada rincón de la casa, ordené todo, preparé la habitación y dejé casualmente a mano una caja de preservativos, lubricante en gel, la bañera limpia y toallas a mano. Un juego de sábanas especiales para esa noche, de tela suave y limpias.
Cené muy liviano, preparé una botella de licor cremoso dulce (Tía María) sobre el armario de la habitación y un vaso para servirlo. Pensaba derramarlo sobre su piel para beberlo y me dediqué a esperar.
Eran casi las 0:30 y no llegaba, ya me impacientaba. A las 0:50 golpearon suavemente la ventana de la habitación desde la calle, me levanté prontamente y fui a abrir. Cintia no venía sola, estaba con su hermana mayor y su pareja (las lesbianas),
Las tres ingresaron rápidamente y cerraron la puerta tras ellas.
“Mirá Alejandro, si no salía con nosotras, mi vieja no la dejaba salir” dijo Lola. “No pensamos molestarlos, solamente estamos aquí a modo de seguridad para que Zaira no venga” completó la pareja de Lola.
Quedé sorprendido. Las miré y Cintia se acercó a mi “Se quedan en el sillón del living haciendo la suya y nosotros nos vamos a tu habitación” dijo con total naturalidad mientras Lola y su pareja se acomodaban y empezaban a besarse y acariciarse como si nadie estuviese allí.
Cintia me tomó de la mano y me llevó a la habitación. Se quitó la pollera diminuta que llevaba, el top que cubria sus tetas, quedando con un hilo rojo.
Se tiró en la cama y me llamó para empezar a jugar y calentarnos. Yo estaba congelado, un par de lesbianas en el living matándose sexualmente y yo con la hermana menor en pelotas tirada en la cama de dos plazas, pidiéndome que hiciera con ella una fiesta.
Me costó iniciar, pero una vez que comencé a acariciarla, me descontrolé totalmente. Le arranqué a tirones el hilo y la dejé desnuda por completo para comerme su concha como si en ello me fuera la vida, ella abrió bien las piernas para dejarme hacer y disfrutó de cada lamida y chupada que le propinaba. Quería comerme cada milímetro de piel que tenía a mi alcance, tras un buen rato de mamada, le pedí que se pusiera en posición perrito para seguir lengüeteándola desde atrás. La lubriqué intensamente y cuando la sentí lista, me preparé para mandarle la verga a fondo.
Estuve bombeando la concha por minutos, haciéndola gemir con cada embestida hasta derramar toda la leche en su interior. Quedó rendida y satisfecha, se dejó caer y descansó un buen rato. Mientras tanto, me fui al baño a darme una ducha y recuperarme de ese polvo, al pasar por el living ví a las lesbianas haciendo un 69 precioso, las lenguas eran serpientes que reptaban entre los labios vaginales y los gemidos eran una sinfonía. Tanto tiempo quedé mirando ese panorama que Cintia se levantó de la cama y fue a buscarme, me vio observando la escena y acercándose por detrás me dijo “Te gustaría estar prendido ahí ¿no?” no emití palabra pero asentí con la cabeza. “Ni se te ocurra, si no te llaman, ya las he visto como se ponen si alguien se mete entre ambas” comentó mientras me arrasaba al baño.
Nos duchamos juntos, nos mimamos mientras nos quitábamos los restos de las corridas, jugamos un rato metiéndonos mano por todos lados, hasta volver a excitarnos. Nos secamos y volvimos a la habitación, pero la cama estaba ocupada: las lesbianas estaban tijereteando como locas, desatadas, descontroladas, metiéndose dedos en las conchas y culos. Eran un espectáculo digno de filmar. Acabaron intensamente las dos. Y una de ellas tuvo un squirt terrible, empapando las sábanas de manera brutal.
Ya más serenas, se acomodaron en el lecho y nos miraron: “¿les gustó el espectáculo? Estamos muy calientes y ambas ovulando, si alguien nos coge, nos deja preñadas” contó Lola.
“Haberlo sabido Loli, dejaba que Ale se la metiera a alguna de las dos” contó Cintia mientras se preparaba para volver a casa. “Duchense, que ya casi es hora de volver”.
Cuando se estaban yendo, Cintia me dio un beso de despedida y Lola y su pareja me aseguraron que me llamarían dentro de un mes, si era discreto, quería que las dejara embarazada, si me animaba.
Se fueron las tres y me arrepentí de haberle dado calce a Cintia, ya que jamás me imaginé que me pedirían algo así.
Un mes después, volvía encontrarme con Zaira. Me contó que las lesbianas se habían ido de la ciudad con una oportunidad laboral en el sur del país y Cintia se había puesto de novia con un docente de otra ciudad y habían iniciado el pedido de traslado hacia allí.
Una vez más, la insoportable familia Robles había entrado a mi vida y generado un trastorno, más mental que real, pero trastorno al fin.
Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
Saludos,
Alejo Sallago – [email protected]