Capítulo 2
Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.
Como ya conté en el capítulo anterior, después de 30 años volví al barrio donde adquirí mi primera vivienda. Me reencontré con viejos conocidos y recordé tiempos pasados con algunos de ellos.
Mi primer departamento era uno de los 12 que había en el bloque de aquella urbanización. Obvio que había 12 familias, cuatro muy parejas en edad con la mía, tres unos años mayores y las otras cinco decididamente mucho más grandes.
Por aquel tiempo, me pasaba buena parte del día trabajando (soy docente jubilado), por lo que mi ex y mis hijos pasaban ese tiempo solos. Por esa razón, no extrañó que rápidamente las mujeres de edad similar a la de mi ex, se hiciesen amigas y compinches, compartiendo buena parte del día. Además los hijos iban todos a la misma escuela, lo que afianzaba la relación entre ellas.
Pasados unos 8 meses, mi ex me preguntó si estaba de acuerdo en que ella tomara clases de depilación, manicura y pedicuría, lo haría mientras los chicos estaban en la escuela y sabía que no había quien brindara los servicios en la urbanización, lo que supondría un ingreso extra a nuestras escasas billeteras. Me pareció bueno, así llevaba adelante alguna actividad que no fuera chismear y mirar televisión todo el día.
Seis meses después, había aprobado su primer curso y avanzado rápidamente sobre el segundo, por lo que colocó avisos en los negocios cercanos y comenzó a tener clientas de manera pronta.
Juntos acomodamos un sector del living para que pudiese trabajar cómoda, con buena luz y compramos una cama simple (de una plaza) a la que dotamos de un colchón bastante duro que oficiaría de camilla de trabajo durante la atención y más tarde como sillón para ver tv.
Como en todo gabinete donde se atienden mujeres, quien regentea el lugar se transforma en psicóloga, confidente y, en algunos casos, paño de lágrimas.
Es por eso que me fui enterando de casi la vida y obra de las clientas, ya que era uno de los temas de conversación con mi ex, al volver yo del trabajo: algunas eran engañadas, otras eran infieles, algunas contaban sus andanzas en la cama, en fin todo lo que se les pueda ocurrir.
Llegó la época de verano y con ella el momento en que mi ex se recibió de depiladora. Cuando las clientas se enteraron, mi departamento se volvió un desfile de mujeres de todas las edades: alguna para eliminar vellos del rostro, otras de las piernas, de las axilas y lo más grave (al menos en ese tiempo) la zona vaginal.
Los lectores empezarán a imaginar mil cosas y las lectoras entenderán bien de que les hablo: por más que de pares de trate, a las damas en general no les gusta que otras mujeres la observen quitarse los vellos de esa zona. Por tal razón, había turnos especiales, horarios especiales, la mayor intimidad posible… ¡¡pero era mi casa!! Al llegar, ya no podía ingresar simplemente, debía avisar por el portero eléctrico y así evitar ver a mis vecinas desnudas.
En alguna oportunidad, debí permanecer sentado en las afueras del bloque de departamentos hasta que la tarea terminara y la clienta saliera de allí.
Verlas salir era todo un espectáculo para mí: se sonrojaban hasta el punto más alto de coloración en la piel, pues entendían que yo sabía que sus conchitas iban irritadas y sin vello alguno, les juro que hasta me causaba gracia como algunas de ellas trataban de evitar mirarme o cruzarse conmigo.
A las menos, les importaba muy poco que entiendo debería ser lo normal. Las clientas habitués eran las del mismo bloque que nosotros, entre las que resaltaban dos muy claramente: Angie, 35 años, divorciada, 3 hijos, rubia de peluquería, 1,75 de altura, muy bien proporcionada físicamente y con fama de fiestera. La otra era Tania, 25 años, casada hacía poco con un camionero, un bebé de meses, cabello castaño rojizo en melena, 1,55 de altura, bastante flaca a quien le había sentado de maravillas la maternidad (le dejó un buen par de tetas y un culito bien formado).
Angie solía pasar dos veces al mes para hacerse un servicio completo, ya que salía de fiesta casi todos los fines de semana, dejando sus hijos a cargo de una hermana mayor que se instalaba en el departamento los fines de semana.
Tania, por el contrario, lo hacía cada 20 días, momento que coincidía con el retorno de su marido de los viajes. Obvio que la chica se preparaba para recibirlo y las vecinas de ésta daban fe que la atención que le brindaba era muy satisfactoria: a buen entendedor, pocas palabras.
Al año de estar trabajando en casa, mi ex se enteró que el matrimonio de Tania se caía a pedazos: el marido tenía una familia paralela en otra ciudad y cuando venía a casa de Tania, se daba los gustos que su “otra pareja” no le proveía: oral, anal y algo de sado.
Obvio que Tania cayó en depresión, de la que solo la sacaban las otras mujeres del bloque, hasta Angie la llevaba con ella a sus salidas, tratando de levantarle el ánimo.
Ambas fueron de las primeras en dejar el bloque: Angie a casa de sus padres tras el fallecimiento de la madre y Tania que vendió el departamento para mudarse con una de sus hermanas. Allí le perdimos el rastro a ambas.
Con mi retorno al barrio y ya divorciado, me encontré con otra de las clientas de mi ex y me comentó que Tania vivía cerca, seguía sola con su hijo que ya era un hombre de 28 años y trabajaba en un consultorio médico como secretaría.
Un sábado estaba haciendo compras en un conocido shopping de la ciudad, cuando alguien se me acercó por la espalda y me embistió con el carro de compras, me di vuelta como para reprender a quien me había chocado y me encontré con Tania, que sonriendo se acercó y me abrazó dándome un beso.
Tania: Ale, ¡cuánto tiempo sin verte!
Yo: hola Tania, ¿cómo andás tanto tiempo?
Tania: bien, por suerte. Me enteré que volviste al barrio
Yo: si, compré casa hace un año, a la vuelta de los departamentos.
Tania: yo estoy cerca, pero no tanto, pasate por casa y tomamos unos mates y charlamos ¿sí?
Me hizo una llamada perdida para que guarde su número y se despidió. “No te pierdas, que tenemos bastante para charlar” dijo mientras se encaminaba a la línea de cajas. Vestía sus típicos jeans ajustados que resaltaban su culito, zapatillas y esas blusas holgadas que permitían a sus tetas moverse libremente apenas sujetas por un brassier pequeño.
Realmente no había perdido la capacidad de balancear la cola al caminar y su cuerpo parecía no haber recibido el castigo del paso del tiempo, estaba más rellenita pero muy proporcionada.
Realmente me gustó verla y observarla, por lo que al finalizar las compras, mientras volvía a casa ya iba planeando el momento de visitarla.
Pasó una semana y me decidí, le envié un par de mensajes por WhatsApp y coordinamos en encontrarnos un miércoles en el atardecer. Ella propuso su casa, cosa que me pareció interesante, pasé por el local de bebidas y compré un pack de cervezas frías (sé que le gusta) y me fui a su casa.
Me recibió afectuosamente, agradeció las cervezas y me invitó a pasar. Iba vestida con una remera clara y amplia que mostraba que había un brassier de tono claro debajo, y un pequeño short de lycra muy ajustado a sus formas, resaltando su culito bien formado.
Vive en un dúplex algo pequeño, pero cómodo, con un living que tiene un tv grande en una pared y enfrentado un sillón amplio, de esos que suele utilizarse como cama, una pequeña mesa preparada para dejar vasos o algún plato con algo para picar. Las dos habitaciones en planta alta separadas por el baño. Apenas recorrimos la casa, ella mostrándola y yo observando el lugar y la vestimenta de mi anfitriona, se excusó de ingresar a su habitación pues estaba desordenada.
Volvimos al living y comenzamos a charlar mientras tomábamos la primera cerveza.
Tania: me enteré que estás divorciado de Mayra desde hace tiempo
Yo: si, hubo algunos chisporroteos, escenas de celos y con mi trabajo no podes ser celosa. La mayoría de las docentes son mujeres.
Tania: pero algo más hubo, también lo sé
Yo: los caballeros no tenemos memoria
Tania: si claro…
Yo: ¿y vos? ¿Qué fue de tu vida?
Tania: nada raro, no volví a formar pareja después de mi separación, tuve que afrontar hace un par de años un tema de salud que por suerte ya pasó.
Yo: ¿qué te pasó? ¿No me dirás que Covid?
Tania: ojalá, me detectaron cáncer de mama. Varios nódulos en ambos pechos.
Yo: no me lo hubiese imaginado
Estaba clarísimo que no podía decirle que le había mirado las tetas descaradamente y que me seguían pareciendo tan apetecibles como cuando vivía en el bloque de departamentos, es más juraría que se veían bastante mejor.
Tania: por suerte di con un médico joven que me puso en tratamiento con pastillas y luego con radiación.
Hablaba del tema con naturalidad y me contaba detalles de su proceso de curación. “Después de casi un año y medio de tratamiento, se logró reducir de tamaño y con un par de cirugías me extrajeron todo lo que se había encapsulado. Gino (el médico) hizo una cirugía muy delicada y pequeños cortes que corrigió a los seis meses para quitar cicatrices” dijo para tomar la lata de cerveza y beber un buen sorbo.
“Recién el verano pasado pude volver a la playa, ya que estaba demasiado delicada la zona y no podía exponerme al sol. Hoy puedo decir que las volví a broncear, a usar biquinis como antes y eso me hace muy feliz. Si te las mostrara, verías que parecen las de una mujer mucho más joven, gracias a mi doctorcito” dijo entre risas.
Me hizo reír con sus dichos y se me ocurrió tirar una frase algo desubicada pero que llevaba intencionalidad: “Ver para creer y palpar para saber”.
Tania: a bueno… míralo vos al señor… Tiempo sin vernos y al primer encuentro ya me quiere tocar las tetas.
Yo: bueno señora, si usted tienta es lo mínimo que uno puede pensar.
Tania: creo que se te está subiendo la cerveza a la cabeza, preparemos algo para picar, así no te pega tan mal.
Se puso de pie y se encaminó hacia un pasillo que había al final del living, desde la arcada del ingreso, me hizo señas de que la siguiera: “Dale, vení a ayudarme y así elegimos que comer” mencionó antes de entrar.
Fui tras ella, y encontré un espacio pequeño donde estaba la cocina, una mesada que ocupaba buena parte, la heladera al fondo, un anafe y unas alacenas donde guardaba fuentes y algunos comestibles. Era bastante complicado movernos ambos en ese espacio, por lo que ella se ubicó cerca de la heladera para poder abrirla y buscar las cosas en su interior, dejándome a mí el bajar las bandejas para poner los ingredientes.
“Tengo un salamín, algo de queso, una picadita que compré ayer en la fiambrería y unos maníes, ¿está bien?” dijo antes de abrir la puerta de la heladera.
“Por mí, está bárbaro, elegí lo que más te guste” respondí mientras giraba mi cabeza hacia ella. En ese momento, se inclinó para tomar algunas cosas de la parte inferior y me dejó una vista genial: el short de lycra se le metía completamente en la zanja de culo y por el borde superior asomaba lo que claramente el elástico típico de un hilo dental de color celeste intenso. Si demoraba un segundo más mirando ese panorama, me hubiese pescado con la mirada perdida en esa imagen. Alcancé a girar antes de que cerrara la puerta y casi me provoco un corte en la mano por no estar atento al uso del cuchillo.
Me miró y sonrió, era evidente que había sentido mi mirada en su cuerpo. Se ubicó a mi lado y agachándose un poco se dispuso a cortar algo de queso y el escote de la remera dejó a la vista el canalillo y las puntillas del brassier blanco, bien relleno. Eso me dio pie a retomar la charla sobre las cirugías en las tetas.
“Decime Tania, ¿cómo fue el tema de las cirugías? Tengo entendido que se pierde parte de masa en la mastología” mencioné. “Sí, es cierto, de hecho sacan parte del tejido, por eso hizo la segunda que ya repuesta fue más estética. Si bien no me agregaron, reacomodaron lo que había y las tensaron un poco” me explicaba mientras continuaba con la preparación.
Tania: sacate otro par de latas de la heladera y vamos para el living
Pasar por detrás de ella llevaría a un roce inevitable por lo pequeño del espacio, me puse de costado y traté de evitar tocarla, pero fue imposible. Fue una pasada rápida pero suficiente para rozar la cola de ella. Ni se inmutó, sabiendo que no podía evitar el contacto, pero tampoco hizo nada para que no sucediese. Aprovechó el momento para tomar las cosas y volver al sillón, ya casi no entraba luz natural por la ventana de frente, por lo que bajó las persianas y encendió una lámpara de pie para iluminar algo el lugar, puso en funcionamiento el tv y activó un playlist de música tranquila, que no interrumpiera la charla. Se quitó las sandalias que llevaba y se sentó con las piernas cruzadas sobre el sillón. Le extendí la lata de cerveza, que tomó y abrió para beber.
Me ubiqué a su lado y retomamos la charla, el tema que salió fue recuerdos del bloque de departamentos. “¡¡Qué banda la del monoblock 12!! Había de todo y con cada historia que mamita mía” dijo antes de beber parte de la cerveza. Asentí e hice mención a las que yo recordaba: Angie, ella, Bety (del departamento 2), Luisa (la abuela del 4), la insufrible familia Robles (que vivía sobre mi departamento), Trini (una atorrante de aquellas casada con un taxista en el 8) y las parejas mayores que casi no existían dentro del conglomerado.
“Había unos comentarios terribles, con esas paredes tan finas se oía todo lo que sucedía arriba, abajo y a los costados” mencionó entre risas.
Yo: ya lo creo y de algunas fuiste protagonista.
Tania: ni me lo hagas recordar, después de la primer semana vino Luisa a casa a quejarse por los “ruidos de la noche”
Yo: pero tenías competencia, Trini no dejaba títere con cabeza mientras el marido estaba haciendo turnos los fines de semana. Zafé yo porque mi mujer estaba siempre en casa.
Tania: ¿vos decís que mi ex marido también visitó el 8?
Yo: no puedo dar fe, pero se decía que sí.
Tania: menos mal que yo le daba todo
Yo: pero ella era especialista, una profesional.
Reimos juntos y la charla iba rondando cada vez más próxima a las relaciones que había en el bloque. Estaba subiendo la temperatura, hasta que llegó el momento más álgido.
Tania: decime Ale, ¿fantaseabas con algunas de las vecinas?
Yo: y sí, mucho más después de la ida a pasar ese domingo a la pileta del gremio de tu ex. Las vi por primera vez en biquinis y tangas a muchas y era imposible no imaginarlas sin nada.
Tania: ¿te confieso algo? Bety la maestra del 2 te tenía ganas y recuerda ese día porque te manoseo un poco y dejó que le mandaras manos.
Yo: pensé que no lo hacía a propósito, que era parte del juego que estábamos haciendo entre todos en la pileta.
Tania: cuando volvimos a los departamentos, lo agarró al esposo y lo dejó de cama, tenía una calentura terrible. Ella lo contaba el lunes y yo estaba que explotaba de bronca
Yo: ¿por qué?
Tania: mientras ella se había dado el gusto de tocarte y después lo mató a conchazos al marido. Yo me quedé sola en casa porque mi ex viajóy me quedé caliente. Ese día estaba excitadísima.
Yo: ¿pero por qué no hiciste nada?
Tania: me maté a pajas, pero necesitaba algo adentro que no fueran dedos.
Las confesiones iban poniendo el ambiente calentito, yo notaba que algo iba en crecimiento en mí, aunque trataba de ocultarlo era complicado.
Tania se puso de pie y fue en busca de algo más para tomar, ya que las latas se habían terminado y parecía que la charla iba a seguir un buen rato más.
Volvió con una botella de vino blanco dulce bien frío y dos vasos, la destapó y sirvió para los dos.
Tomó el vaso y acercándome el mío, brindó por aquellos buenos tiempos. Hizo desaparecer el contenido de su vaso de una sola vez y volvió a servirse.
“No sabés las veces que me tuve que satisfacer sola en mi departamento, escuchaba las historias de las otras mujeres en las rondas de mates y me imaginaba siendo yo parte de ellas: pasé por vos, por Julio (el cornudo de Trini), los levantes de Angie los fines de semana… Me hice una experta en pajas, de hecho es la forma que me calmo hoy en día, ya que no volví a tener pareja. Cada tanto me volteaba algún tipo que conocía cuando salía con Angie, pero nada serio.” Confesó mostrando que el alcohol ya le estaba pegando mal. “Tania, sos más joven que yo y si yo puedo ligar cada tanto, no creo que a vos te cueste hacerlo” le dije. Dejó el vaso en la mesa y se puso de frente a mí: “Cuando me descubrieron lo del cáncer, le pedí al médico que me sacara las tetas, evitaría problemas a futuro y ya no necesitaba dárselas a nadie. Él me convenció de conservarlas, hasta me demostró que podían sentir excitación nuevamente una tarde en su consultorio. Me las manoseo un poco y vi como respondían a los masajes. Creí que era el momento de usarlas y le pedí que me cogiera, pero el tipo es casado hace muy poco y su mujer es un monumento. Me rechazó elegantemente, ¿vos lo harías? “contó mientras me miraba a los ojos.
Lo pensé unos momentos mientras devolvía la mirada y casi como un acto reflejo, me acerqué y pasé mis manos lentamente por sus pechos. Al sentir el roce, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro de sus labios. Realmente tenía los pechos firmes y los pezones se marcaban a tope.
Levanté lentamente la remera y se la quité, dejándola en short y brassier. Sentía su respiración intensa y pausada, el perfume de su piel era intenso, quizá demasiado, pero me embriagó y me llevó a tomar sus labios por asalto. Se sobresaltó un poco al sentir el roce entreabrió los suyos y me dejó meter la lengua entre ellos y abrirme paso en su boca. El beso paso de ser tranquilo a más intenso, y nos abrazamos, aferrándonos para no separarnos por un buen rato.
“quiero pasar un buen rato juntos, pero nada de relaciones ¿ok?” murmuró mientras me acariciaba, “Será lo que deba ser, hoy y quién sabe si algún día más” le respondí.
Se puso de pie, fue hasta la puerta de acceso y pasó llave para no ser interrumpidos. Volvió al sillón y me extendió la mano para llevarme a su habitación, mientras subíamos le desprendí el brassier y pasé mi mano derecha por la cola, recorriéndola intensamente.
Cuando abrió la puerta del cuarto, vi una cama muy grande, King Size seguramente, cubierta con solo una sábana azul. Se sentó sobre la derecha y retiró el brassier dejando esas tetas redondas, puntiagudas por los pezones erguidos, bien tersas, con pezones rosa que brotaban de unas aureolas marrones claras. Llevó sus manos al borde del short y lo bajó junto al hilo dental blanco que tenía una mancha intensa amarillenta en el centro, ya estaba despidiendo flujo: la calentura la dominaba.
Dejó la ropa en el suelo y desnuda me invitó a acompañarla. Me quité la remera, el jean y el calzado, me subí a la cama con el bóxer aún colocado.
Me recosté a su lado, nos miramos y volvimos a besarnos. “Haceme sentir placer chupando mis tetas hasta que me duelan, no las muerdas que son sensibles todavía” dijo mientras intentaba subirse sobre mí. La ayudé y me acercó los pechos a la boca: los mamé como desesperado mientras ella se frotaba sobre mi vientre, me aferré a los cachetes de su culito, ayudándola a frotarse arriba y abajo. “Quiero sentir tu pija, sacate el bóxer y déjame sentirla entre mis piernas” pidió mientras ya empezaba a gemir. Por momentos la colocaba en la entrada de su concha, para después sacarla y frotarla. Lo repitió por unos minutos, hasta que se separó un poco colocando sus manos en mi pecho, se arqueó un poco y por fin la metió dentro de su concha palpitante. “Ufff, cuanto tiempo sin sentir una pija adentro, que bien se siente y cuanto lo extrañaba” murmuró antes de empezar a cabalgar lentamente, adentro y afuera, apenas unos centímetros y después a fondo. Los gemidos fueron reemplazados por pequeños gritos, las tetas rebotaban con cada sentón que se daba.
No tengo idea de cuánto duró la cabalgata, si fueron horas, minutos o segundos, lo que sí estoy seguro que el grito que dio cuando llegó al orgasmo fue de los más fuertes que escuché en mi vida. La cantidad de flujo que despachó fue tanta como la leche que dejé escapar con mi llegada, mojó todo, pareció orinarse de tanto placer…
Se detuvo temblando, se afirmó a mi pecho para no caer y dio un par de gemidos más mientras la concha le latía desbocada.
Repito: en mi vida una mujer acabó de semejante manera cuando tuvimos sexo, me dejó sorprendido.
Tania: me encanta el sexo oral, que me chupen y me metan la lengua en la concha, entre los labios, que me muerdan el clítoris, pero sé que llego a ahogar a quien me brinda placer de tanto flujo que despido.
Yo: como gozás, es increíble.
Tania: ni te cuento cuando el oral me hace terminar
Yo: me estas tentando a hacerlo
Tania: no ahora ni en mi casa, en un hotel alojamiento, donde nadie pueda quejarse de mis gritos y si te portás bien, te entrego el culo para que me hagas gritar como una loca.
Le acepté la propuesta, mientras nos reponíamos tirados en la cama. Estábamos mimándonos cuando se oyó una llave tratando de abrir la puerta de ingreso al dúplex. Se cubrió como pudo y bajó rápidamente, la escuché hablar con alguien y le pidió que volviese en una hora más. Tras cerrar la puerta subió nuevamente al cuarto.
“Era mi hijo, que venía con su novia eterna de esta semana. Pensó que yo no estaba en casa y venían a ponerla, se la llevó a un telo pero van a volver en 2 horas. Tenemos una hora para volver a coger y otra para que yo pueda ventilar y acomodar mi pieza ¿vamos de vuelta?” dijo sin mostrar alguna preocupación.
Se tendió en la cama, abrió las piernas y me invitó a montarla. Le seguí el tren, me ubiqué en el lugar preciso y dejé que mi pija a media asta empezara a moverse dentro de ella. Cada vez que embestía, soltaba un gemido y mientras mi pija crecía en su interior, los flujos brotaban en cantidad y provocaban un ruido similar a un PLOP, cuando entraba.
Cuando el tamaño estuvo a tope, colocó sola las piernas en mis hombros para facilitar la entrada completa y reemplazaba los gemidos por aullidos. Se aferró a mi espalda con las piernas y gritó nuevamente al llegar al orgasmo, me empapó y regó la cama de líquidos de manera terrible.
Sentía latir los músculos de su vagina, apretándome la pija hasta exprimirla por completo.
Se relajó quizá unos 20 minutos después y aflojó las piernas, dejándolas caer.
“Dos polvos en una noche, increíble. Espero que cuando me chupes la concha rindas igual o mejor” dijo mientras se bajaba de la cama y miraba el resultado en las sábanas. “Es un hermoso enchastre y espero se repita pronto Ale” comentó mientras ingresaba al baño a ducharse.
Volvió con un camisón rosa, casi transparente, sin nada debajo. Me hizo levantarme de la cama, quitó las sábanas y las hizo un bollo para reemplazarla por otras limpias.
Me vestí y bajamos juntos, ella dejó las ropas en el lavarropas y me acompañó a la puerta. Antes de abrir, me dio un buen beso de agradecimiento y me repitió la consigna previa a coger: “Pasamos un buen rato, pero nada de relaciones”
Abrió, salí y me fui al auto, cuando llegué a casa era casi medianoche, tenía pegotes en la piel producto los flujos de ambos. Me metí a la ducha y tras un buen baño me fui a mi cama. Estaba a punto de dormirme cuando sonó un mensaje en el celular “muy buenos polvos, pero quiero saber si vas a aguantar cuando te acabe en la boca. Un beso, Tania”
Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
Saludos,
Alejo Sallago – [email protected]