Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.
El 18 de Diciembre de 2022 quedará en mi memoria de por vida, no solo por ser el día en que Argentina logró su tercer estrella en Mundiales de futbol, sino también porque ese mismo día volví al barrio donde compré mi primer casa propia. Era un departamento de un bloque comunitario que compartía con otras 11 familias.
Volver al barrio casi 30 años después me provocó mil recuerdos. Desde habitarlo con mi familia (me divorcié 10 años después), ver crecer a mis hijos, encontrar que vivíamos en medio de la nada (rodeados de terrenos libres y muy pocas viviendas), que si llovía intensamente necesitabas una canoa para salir del lugar, pero era mi primer casa.
Pasados 30 años, el cambio era notorio. Ya no existen los descampados, hay cientos de viviendas, asfalto y todos los servicios que no existían por aquel entonces. Las casas que ocupaban algunas familias de antaño, son ocupadas hoy por sus hijos y hasta nietos. Muchos de mis vecinos (los mayores) han partido a otro plano y otros simplemente se ha mudado. Solo quedan unos pocos, a los que he encontrado al momento de hacer compras en los grandes negocios que han reemplazado a las despensas o kioscos.
Era de suponer que me encontraría con algunos de mis vecinos de antaño, cuando fuese de compras, ya que no soy afecto a invitarlos a mi casa y mucho menos ir a casas ajenas. Siempre con respeto, pero manteniendo distancias.
Las primeras semanas fui observado como “sapo de otro pozo”, pero lentamente y cuando me reconocían, me fueron brindando algo más de simpatía. De hecho, tengo buenas migas con la dependiente de la panadería de la esquina (una niña que podría ser mi hija), el hombre mayor que atiende la tienda de verduras y sobre todo los jóvenes que tienen una tienda de vinos y bebidas, a escasos 20 metros de casa.
Con la llegada de las fiestas de fin de año, varios de mis vecinos comenzaron a saludarme y tratar de entablar charlas. Pero fiel a mi costumbre, solo me relacioné con los comerciantes. Una tarde mientras abonaba la compra en el negocio de bebidas, el encargado me dijo “Ya te sacaron la radiografía las vecinas: divorciado, fumas bastante, vives con dos hombres jóvenes (mi hijo y nieto), usas shorts casi siempre, no te afeitas seguido…” y siguió el detalle.
Lo miré sorprendido, pues casi todo era correcto. “Tienes dos vecinas, una a cada lado de tu casa y ambas se la pasan en la ventana o bien en la puerta de frente, se saben todo de todos por aquí” remató mientras me cobraba la compra.
Desde ese día, también empecé a observar el panorama. Claramente las dos vecinas eran las chismosas del barrio. Una de ellas María, tenía algunos problemas de movilidad y se valía de eso para conversar con todos los que se detenían unos minutos en su ventana, tendría unos 70 años según pude calcular.
La otra Nuria era más activa, limpiaba su vereda a diario a las 8 de la mañana, vestía ropas poco acordes a su edad y volumen. Con unos 60 años y 1,60 de altura, debía pesar casi 80 kilos: piernas muy gordas, caderas abundantes y un culo proporcional a ambas situaciones. Lo más incómodo es que vestía como si pesara 20 kilos menos y por no tener patio en su casa, colgaba sus ropas íntimas en el jardín de la entrada a casa. Más que bragas, usaba tangas súper estiradas, y los brassier eran excesivamente voluminosos. La primera vez que la vi a escasa distancia, llevaba un pareo animal print, sin sostén y absolutamente traslúcido. Maquillada en exceso y perfumada como si comprase los aromas en barriles.
Nuria se desesperaba por mantener contacto e investigar en mi vida. Ha tocado timbre para solicitar azúcar, aceite, huevos o los que puedan imaginarse. Si me encontraba en la puerta de casa cuando retiraba el auto del garaje, se aproximaba buscando charla con cualquier excusa.
Un atardecer, sonó el timbre de casa. Fui a abrir la puerta y allí estaba Nuria. “Vecino, podría hacerme el favor de cambiar una bombilla en casa, se quemó y no llego a la lámpara”
La miré extrañado, ya que su yerno y su hija viven en un departamento en el fondo de su casa, pero me tomó de sorpresa y no supe decir que no.
La acompañé a la casa, me guio hasta su dormitorio que estaba bastante desordenado. Me señaló el aplique del techo, obviamente no llegaría porque estaba a unos 2,30 metros de altura. “súbase a mi cama, así llega sin problemas, yo corto la energía y evitamos problemas” dijo mientras me alcanzaba la lámpara nueva. Tardó unos segundos y volvió con una linterna para iluminar mi trabajo, no tardé nada en el cambio. Me pidió que esperara mientras devolvía la energía y verificaba si volvía la iluminación.
A los pocos segundos, la luz se encendió y pude observar rápidamente la habitación. Tangas sobre una silla, sostenes enganchados en el respaldo de las mismas y en la sábana donde estaba parado una mancha amarillenta. No necesitaba ser muy inteligente para saber que eso era semen seco. Ella entró a la habitación y al ver la mancha se puso roja como tomate. Yo sabía que era viuda hacia un buen tiempo pero era clarísimo que a Nuria la atendían seguido (información que me dio María), pero era muy descuidada.
Nuria: Disculpe el desorden, pero necesitaba iluminación para limpiar
Yo: ningún problema, si me disculpa me retiro
Nuria: le agradezco y cuando quiera, vengase a tomar unos mates
Ni loco iba a aceptar esa invitación, lo único que me faltaba era ser parte de las habladurías del barrio. Pero no hizo falta, alguien me vio salir y los chismeríos brotaron rápidamente. Para completarla, el responsable de las manchas en las sábanas de Nuria hizo una escena de celos en el jardín de la casa y ya era responsable de la ruptura de la relación de mi vecina.
Días más tarde, la dueña del kiosco de frente a mi casa me atendió cuando fui a comprar cigarrillos y me dijo que Nuria había roto su relación de 5 años por mi presencia cambiando una lámpara.
No podía dar fe de ello y fui a tratar de aplacar las habladurías. A la vista de todo el mundo, toqué timbre en la casa de Nuria y a viva voz, sin acceder a la casa, le aclaré que si tuvo algún inconveniente por mi accionar, no tenía problemas en aclararlo con quien fuera.
Pasaron dos días y todo parecía volver a la normalidad. Pero llegó un día caótico. La ciudad fue azotada por un temporal de viento y lluvias que anegó gran parte de la ciudad. Se cayeron torres de comunicación, el tendido eléctrico colapso, las calles se inundaron con los casi 500 mm de lluvia.
Para nuestra suerte, la calle estaba más baja que las casas por lo que no sufrimos anegamientos. La ciudad quedó a oscuras por varios días, los servicios se fueron reponiendo muy lentamente, pero aquellos que contábamos con equipos generadores, fuimos privilegiados. Nuestras casas tenían luz, se podían cargar los celulares y como no podía ser de otro modo, la solidaridad brotó entre todos. Exprimíamos los tanques de nafta de los vehículos para brindar ayuda a los vecinos.
En casa, se dividió el freezer para almacenar medicamentos, comida de vecinos para que no se arruinara. Los que tenían autos le extraían el combustible y lo traían para que los generadores mantuviesen víveres.
Llegaban las fiestas de fin de año, escaseaban velas, pilas, baterías y todo aquello que brindaba iluminación en las casas. Tal como brotó la solidaridad espontánea y las miserias también afloraron.
Recuerdo que Nuria había logrado superar las habladurías, pero la noche del 24 de diciembre, sucumbió.
Me reuní en casa de una de mis hermanas a pasar la Nochebuena, pero al volver a casa, encontré a varios vecinos compartiendo un espacio común, con luz y servicios básicos. Cuando llegué a casa, estaban en las veredas tratando de festejar algo, aunque fuera mantenerse vivos.
Me invitaron a compartir el momento y en medio de la oscuridad, apenas rota por la luz de las velas, brindamos por un año nuevo mejor. No había la típica música festiva ni luces de fiesta, solo el silencio roto por las charlas y la penumbra que las velas imponían.
La noche avanzaba y lo vecinos volvían a sus casas, hacía demasiado calor y casi ninguno tenía refrigeración. Abrí las puertas del garaje y prolongué un rato más la reunión.
Ya solo quedábamos 4 o 5 cuando el equipo electrógeno avisó que el combustible se acababa. Nuria ayudó a juntar todo, cerrar las puertas y quedamos solos.
Nuria: le tengo terror a la oscuridad
Yo: no queda casi nada de combustible, hasta mañana que ordeñe el auto
Nuria: entiendo, ¿puedo quedarme un rato, hasta que amanezca?
Yo: otra vez las habladurías…
Nuria: Me voy con una linterna a casa y vuelvo a oscuras…
Yo: ¿y mañana?
Nuria: van a despertar tarde, quédese tranquilo
Tomó la linterna, se encaminó a su casa y volvió una media hora después cuando ya casi me dormía. Entró sin hacer ruidos y nos sentamos en el patio, compartimos una par de copas y el sueño ya me vencía, aunque ella no paraba de hablar
Yo: Nuria, estoy muy cansado, quiero dormir.
Nuria: Me quedo aquí en el patio, si no molesta.
Agregué un par de litros de combustible al generador y encendí la luz. El calentador de agua dejó listo el líquido y me fui a dar una ducha.
Cuando estaba secándome para ir a mi cama, ella entró al baño y sin mediar palabra se arrodilló y comenzó a mamarme la verga. Mientras chupaba, pasaba su mano por la entrepierna y se frotaba intensamente. Se aferró a mi culo y se enterró la verga tan profundo como le permitía su boca. Mamaba como desesperada. El alcohol y el momento hicieron el resto.
Sin que me excitara su figura ni sus intereses, la llevé a la cama. Ese cuerpo poco agraciado pero necesitado me pudo y no dudé en cogerla. La puse en cuatro patas sobre la cama, le abrí las piernas y a duras penas pude hallarle la raja.
Con la verga a tope, la clavé, furioso, desesperado como si se tratara de la hembra más tentadora y deseada. Me movía con ganas, embistiendo con violencia, arrancando gemidos y gritos mientras la taladraba.
Descargué toda la leche que había en mis huevos, la tomé firmemente del cabello y retuve las últimas embestidas.
Los sonidos de la concha rebalsando de leche y verga eran imponentes. Le aplique un par de nalgadas en esas cachas gigantes hasta dejarlas marcadas por mis manos.
“Si, así me gusta, dame más, partime” dijo mientras retenía la verga en lo más profundo de su cuerpo.
Las piernas de ella cedieron, mi peso la venció pero ni así salí de su cueva, metí mi mano por entre el colchón y su cuerpo para manosearla a discreción.
Cuando ya no pude más, me dejé caer sobre ella, aplastándola.
No sé cuánto tiempo pasó, hasta que me salí. Tumbado a su lado, me dormí.
Cuando desperté, ella estaba desparramada en la cama, de piernas abiertas y yo con la clásica erección matinal. Dudé un poco, pero no podía quedarme con las ganas: la monté y ubicándome tras ella, le dejé ir la verga a fondo. Gimió y se acomodó un poco para volver a la acción, tan solo unos minutos, pero suficientes para que cuando estaba por explotar la quitara de la concha voluminosa y le impregnara la espalda y culo de leche. La salpiqué por completo. Era una imagen preciosa.
Cuerpo lleno de celulitis, en cada pozo gotas de mi semen.
Se despertó y viéndose regada de semen, huyó rumbo a la ducha para quitarse los restos.
Nuria: tengo que irme, ya debe estar por venir mi novio. Es tarde.
Yo: dale mis saludos al cornudo y tratá de que te haga gozar como yo.
Nuria: él es delicado y me ama.
Yo: pero necesitabas coger y sacarte las ganas, nada de delicadeza
Nuria: no podes ser tan bruto
Yo: Primera y última vez Nuria, quédate con la delicadeza
Se vistió y salió rápidamente. Durante la tarde nos cruzamos dos veces y le hice señas de coger y chupar la verga, se puso colorada y se guardó en la casa. Yo sabía que podía llegar a volver a mi cama, si su “novio” no la calmaba, pero habría que esperar.
Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
Saludos,
Alejo Sallago – [email protected]